lunes, 16 de octubre de 2017

Hoy nos acompaña... Elena Álvarez

Entrevista a la escritora Elena Álvarez


Y hoy tengo (tenemos) la suerte de contar con una invitada de lujo en el blog: Elena Álvarez, una joven escritora que, apasionada de la novela histórica, se ha atrevido nada más y nada menos que a adentrarse en el mundo vikingo para regalarnos una estupenda novela titulada "Cuando la luna brille", publicada por la editorial Tandaia en 2016.

Cuando la luna brille
Cuando la lune brille. Editorial Tandaia

Como metódica escritora de este género que tanto nos gusta, se considera una verdadera friki de la documentación. Porque, por mucho que haya gente que aún no se haya enterado, los vikingos de verdad nunca lucieron cuernos en sus cascos. Y ella, a base de leer todo documento sobre este pueblo, sus costumbres, tradiciones, forma de vida, etc. que ha caído en sus manos, ha pasado a convertirse no solo en una auténtica estudiosa, sino también una valiosa divulgadora. En su blog, Esquinas dobladas, podrás encontrar completos resúmenes explicativos (como este sobre barcos vikingos), interesantísimos artículos sobre el género que nos apasiona, y además, deleitar tus sentidos gracias a la suculenta lista de recetas de postres literarios que nos trae en colaboración con María Vogel. Ideales para meternos en los libros con todos nuestros sentidos.


Elena Álvarez
¡Hola, Elena!

Entonces, vamos allá:

1-. ¿Cuál es la primera novela histórica que recuerdas haber leído? 

No cuentan precisamente como novela, pero cuando era pequeña me encantaba leer los cómics de Astérix y Obélix: por supuesto, no entendía casi ninguna de las referencias, pero me parecían divertidísimos. En cuanto a novelas propiamente dichas, recuerdo lo mucho que me marcó ¿Quién cuenta las estrellas?, de Lois Lowry, cuando la leí con unos once o doce años… Por aquella época también leí Endrina y el secreto del peregrino, de Concha López Narváez, que recuerdo que me gustó muchísimo y que fue el primer libro que leí fijándome tanto en la trama y los personajes como en la manera en la que estaba escrito…

2-. Recomiéndanos alguna de tus favoritas. 

No me cansaré nunca de recomendar los Episodios Nacionales, de Benito Pérez Galdós. Es verdad que son muchos y que, como en todo, hay algunos que me gustan más que otros, pero posiblemente hoy no escribiría novela histórica si no hubiera leído la Primera Serie de los Episodios en el momento en el que la leí: me hizo darme cuenta de que los clásicos no tenían por qué ser aburridos y de que los diálogos son la manera más poderosa que tenemos de caracterizar a un personaje. Antes de leerlos ni siquiera tenía constancia de que hubiera ocurrido la Guerra de la Independencia y Galdós consiguió que me enamorara del momento, de sus paisajes, de sus personajes y, sobre todo, de su prosa. 

También puedo recomendar la última novela histórica que he leído: El guerrero a la sombra del cerezo, de David B. Gil, que ha sido una sorpresa muy agradable después de llevar algún tiempo sin disfrutar tanto con una novela.

3-. ¿Qué te aporta este género que no lo hagan los demás? 

Cuando era más jovencita y estaba en el instituto me encantaba estudiar historia porque me parecía que me estaban contando un cuento: pasó esta cosa que provocó esto otro y por eso después ocurrió aquello. Una novela histórica es como un cuento dentro de un cuento: es una historia dentro de la Historia. Te permite además vivir la aventura que sea con los personajes, acompañándolos de la mano durante su viaje por una cultura y una forma de ver la vida que por lo general se parece bien poco a la nuestra: creo que se puede aprender mucho de una buena novela histórica, no solo por los detalles referidos al período que sea que trate, sino sobre todo por la visión del mundo de los personajes, que ha cambiado tanto a lo largo de los años.

4-. ¿Cuál es tu periodo histórico favorito? Si existiera una máquina del tiempo, ¿pasarías allí tus vacaciones, te quedarías a vivir o echarías un vistazo y volverías pronto a casa? 

Galdós vuelve a ser culpable porque me hizo enamorarme tanto de la Guerra de la Independencia (aunque la obra de Goya también ha influido en esto) que se ha convertido en mi período histórico favorito: fue un momento clave en la historia de España (también en el resto de Europa), donde se puede decir que se plantó la semilla de lo que es el mundo moderno, aunque después tardara mucho en germinar.

Si existiera una máquina del tiempo… Lo cierto es que escribí hace algunos años una novelilla que iba precisamente sobre una máquina que te permitía viajar al pasado y, a través de las opiniones de los diferentes personajes, exploré todas las opciones. Creo que la historia es fascinante y por supuesto me encantaría subirme al aparato y pasarme unas buenas vacaciones recorriendo el pasado, pero creo que estoy demasiado acostumbrada a vivir con aire acondicionado e Instagram como para quedarme a vivir allí. El pasado es lo que nos ha hecho llegar hasta donde estamos hoy y por eso no debemos olvidarlo, pero está muy bien donde está.

5-. ¿A qué personaje te habría gustado poder estrecharle la mano? ¿Y de cuál te asegurarías de estar bien lejos? 

A Galdós, claro. Y a Goya y a Beethoven: creo que, de hecho, me habría encantado poder charlar con cualquier artista sobre su obra. Y supongo también que es lo típico, pero no me gustaría tener que acercarme a ningún dictador.

6-. ¿Qué escenario que se pueda visitar hoy en día podría inspirarte una buena novela? 

Creo que cualquier paisaje o cualquier edificio cobra un sentido muy diferente cuando conoces su historia, y todas esas historias son susceptibles de ser incluidas en una novela. Es un poco lo que me pasó cuando visité la ciudad de Berlín: la primera tarde que llegué allí vi la Puerta de Brandemburgo y un trocito del Muro de Berlín ¡y me pensaba que ya lo había visto todo! Era lo que conocía antes de ir, lo que me sonaba. Pero después hice una visita guiada y la ciudad se transformó en cuanto me explicaron todas las cosas que habían pasado en cada sitio. Ahora, fíjate, he escrito una novela ambientada en Berlín.

7-. ¿Hay algún hecho histórico que nunca te atreverías a novelar? ¿Por qué motivo? 

Pues… en principio, no. Hay quizás períodos históricos que no me llaman suficientemente la atención como para querer embarcarme en la tarea de documentarme como para escribir una novela: por ejemplo, ahora mismo no escribiría sobre los pueblos precolombinos ni sobre la conquista de América. ¡Pero eso no quita que dentro de unos años me entre el gusanillo! 

8-. ¿Dedicas mucho tiempo a documentarte cuando inicias un nuevo proyecto? 

¡Culpable! Me encanta documentarme. ¡Me encanta! Soy de ese tipo de personas que quiere controlarlo todo, todo sobre lo que estoy escribiendo: hasta el más mínimo detalle, cómo se preparaba tal alimento o qué perfume se utilizaba en qué ocasión. ¡Todo!

Antes de empezar a escribir suelo documentarme sobre la época en general: qué hechos y personajes reales quiero incluir y cómo. Aunque una vez que he comenzado el manuscrito siempre tengo que pararme a buscar datos: por ejemplo, recuerdo que cuando estaba escribiendo Cuando la luna brille investigué mucho sobre plantas medicinales, sus propiedades, su presencia en Dinamarca (donde está ambientada la novela) y, sobre todo, los usos que se les podría haber dado hace años. ¡Y después muy poco de todo eso aparece en la novela, donde ni siquiera se menciona el nombre de las enfermedades que tratan esos remedios!

9-. ¿Cuál es tu personaje favorito de los que has creado o novelado? 

¡Qué pregunta tan difícil! Va cambiando, porque suelo centrarme mucho en comprender al personaje sobre el que esté escribiendo en cada momento y eso hace que desplace un poquito a los que vinieron antes, pero hay un personaje al que sí que le tengo un cariño especial, porque creo que todavía no le he dado la historia que se merece (aunque la he reescrito varias veces ya…). De momento ni siquiera sé si se publicará algún día, pero puedo decir que se llama Jorge y que vive en un circo.

10-. Por último, ¿qué consideras que te define como autora? 

¡Otra pregunta difícil! No sabría decir si es un rasgo que me define como autora, pero escribo novela histórica porque me gusta aprender sobre la historia: no sé mejor manera de interiorizar y comprender la información que encuentro que conjugarla en una novela y, para ello, busco hacerla lo más accesible y clara posible, porque en una novela al fin y al cabo lo importante son la trama y los personajes y no la ambientación. Alguna vez me han dicho que en mis novelas las atmósferas son muy especiales y creo que es porque, al intentar hacer que los decorados (el período histórico) se fundan con mi trama de tal manera que nadie se dé cuenta de que están ahí, me sale narrar las cosas de manera sencilla. Quizás sea porque no me interesan las grandes batallas ni los grandes señores en sus palacios, sino cómo estos, sus consecuencias y sus decisiones afectan a las vidas anónimas de mis personajes.


Y esto es todo, amig@s. Agradecer de nuevo a Elena sus respuestas, y animaros a visitar su blog si no lo conocíais (también puedes encontrarla en Twitter y Facebook), y a haceros con su novela si todavía no la habéis leído (yo la tengo pedida, y debe de estar a punto de llegar). Y, por supuesto, contadme vuestras impresiones en los comentarios.



lunes, 2 de octubre de 2017

N cuentas de Twitter a tener en cuenta si te apasiona la historia



Como ya he comentado anteriormente, mi desembarco en esto de las redes sociales es muy, muy reciente. Después de abrir este blog, la primera playa en la que me aventuré a dejar alguna tímida huella fue Twitter; allí puedes encontrarme como @josezoilohdez.

Como recién aterrizado puedo valorar alguna de las cosas que me agradan de esta red: la posibilidad de interaccionar con compañeros escritores, lectores, blogueros, o apasionados de la historia; la cantidad de información interesante e imágenes curiosas que desfilan antes tus ojos en un momento; o el esfuerzo de síntesis necesario para comunicarte utilizando únicamente los 140 caracteres disponibles (de momento). Aunque también tiene aspectos que me resultan abrumadores: la rapidez con la que se sucede todo en este río de información que nunca cesa; o la facilidad con la que en ocasiones parecen avivarse las polémicas, partiendo a veces de un simple malentendido.

Quedándome con lo positivo: en este puñado de meses he encontrado numerosas cuentas interesantes para un escritor de novela histórica (o para alguien aficionado a la historia), y aunque soy consciente de que me quedan aún muchísimas otras por descubrir, quería compartirlas con vosotros. Allá voy.

@davidyaguec. David Yagüe, escritor y periodista, escribe sobre novela histórica en su blog XX siglos. Interesantísimas entrevistas a autores nacionales e internacionales, repaso a las novedades del mundo editorial, colaboraciones, artículos de opinión... Imprescindible.

@blocdefran. Detrás de ella encontramos al escritor Fran Zabaleta, autor de novelas como "Medievalario", "En tiempo de halcones" o "La cruz de ceniza". A través de sus tweets accederemos a contenidos siempre curiosos e interesantes, y además estaremos al día de las publicaciones de su bloc. Un tipo estupendo, de los que vale la pena leer. Aquí tienes una muestra.

@esq_dobladas. Es la cuenta de Elena Álvarez, autora de "Cuando la luna brille", novela histórica ambientada en el mundo de los vikingos. Sus artículos, muy bien planteados, recogen sus experiencias como escritora y lectora de este género que a ambos nos apasiona. Uno de mis favoritos: ¿Por qué leemos novela histórica?

@SandraFerrerV. Gracias a la cuenta de la periodista, escritora y bloguera Sandra Ferrer, Historia y Mujeres, podremos acercarnos a un sinfín de llamativas biografías de mujeres relevantes en diferentes épocas y ámbitos: pioneras, científicas, viajeras, feministas, artistas... Irresistible para los amantes de las efemérides.

@javieramosantos. Javier Ramos, autor del recién publicado "Eso no estaba en mi libro de Historia de Roma", comanda además la web "Lugares con historia". Me veo en la obligación de advertiros que seguir su cuenta puede ampliar hasta fronteras insospechadas vuestra lista de lugares pendientes de visitar.

@CINHDe. El Twitter oficial del Certamen Internacional de Novela Histórica Ciudad de Úbeda. Imágenes espectaculares de recreadores internacionales (no te olvides de seguir también su Instagram, es una fuente de inspiración inagotable), información sobre el certamen y otros eventos como "Sit Tibi Terra Levis" y artículos de interés sobre diferentes hallazgos arqueológicos.

@evalbeca. Cuenta de Eva Alberola. Esta técnica de Turismo de El Campello apasionada de las pequeñas historias de la historia siempre encuentra artículos la mar de interesantes para compartir.

@Mariajo_Noain. Arqueóloga y antropóloga, gestiona el blog "Los viajes de Aspasia". Pequeñas e interesantes píldoras sobre historia, viajes, cultura, patrimonio, museos...

@FisgonHistorico. Magníficas ilustraciones sobre personajes y hechos históricos. Una forma muy visual de aprender datos nuevos, tan entretenida como leer un cómic.

@RetoHistorico. Curiosidades, noticias, efemérides, y artículos de interés sobre historia y arqueología.

@antigua_roma. Hechos significativos de la historia de la antigua Roma contados el día en que ocurrieron. Una fuente sin fin de curiosidades. Muy a tener en cuenta sus vídeos didácticos para conocer el patrimonio en directo.

@MANArqueológico. Cuenta oficial del Museo Arqueológico Nacional. Fotografías de diferentes piezas, información sobre conferencias, seminarios, actividades, etc. Imprescindible.

@EnglishHeritage. De acuerdo, está en inglés, pero sus contenidos son una pasada. Me declaro fan incondicional de sus animaciones :)

@HadriansWall. Otra de mis manías recurrentes: el muro de Adriano. Cuenta en la que se comentan curiosidades acerca de esta emblemática construcción, así como las actividades que alrededor de ella se organizan.

Bueno, por hoy lo dejaré aquí, aunque me quedan otras tantas en el tintero. ¿Conocías estas cuentas? ¿Ya las sigues? ¿Quieres sugerirme alguna más?  

lunes, 25 de septiembre de 2017

Pronto... Niebla y Acero





Hoy os traigo una entrada pequeña, pero especial para mí.

Si eres visitante habitual de este territorio, quizás sepas que ando metido de lleno en los últimos retoques necesarios para publicar, por fin, la segunda parte de las aventuras de Attax: "Niebla y Acero". Y este lunes quería compartir contigo algunas novedades al respecto.

En primer lugar: estamos trabajando para encontrar una nueva imagen para la serie "Las Cenizas de Hispania". Ya sabes que la primera impresión es fundamental, y la portada es lo primero que entra por los ojos. Así que -aunque siempre guardaré un cariño especial a esa fotografía de la muralla de Conímbriga que mi gran amigo Santiago Cabrera convirtió en carta de presentación de mi primera novela- espero poder mostrar dentro de poco el nuevo aspecto de "El Alano", y la cubierta definitiva de "Niebla y Acero".

Además, estamos preparando algunas cosas muy chulas para acompañar el lanzamiento. Búscame en las redes (de momento, Twitter y Facebook) para estar al tanto de todo. Aún no puedo concretar más, pero habrá algún que otro sorteo y promociones interesantes.

De momento, te traigo la sinopsis. Espero que os sirva para empezar a vislumbrar lo que os espera entre las páginas de la novela.

"Hispania, año 456 d.C. Tras varias décadas abandonada a su suerte frente al acoso de los pueblos bárbaros, el nuevo emperador de Roma ha vuelto a dirigir sus ojos hacia la distante Diocesis hispaniarum. Será Teodorico, rey de los visigodos, federados del imperio, el encargado de atravesar los Pirineos con un magnífico ejército, con la misión de poner fin a las correrías suevas en territorio peninsular e instaurar de nuevo la paz de Roma entre sus fronteras.

La batalla del Urbicus, donde las tropas visigodas fuerzan la retirada del derrotado ejército suevo hacia el interior de la Gallaecia, es solo el primer paso de la ambiciosa estrategia del soberano godo para acometer su aventura hispana. Attax, el veterano guerrero alano; Marco, su protegido, y su variopinto grupo, proseguirán su camino junto a las tropas de Teodorico, seguros de que su poderío militar les permitirá saciar sus aún no satisfechas ansias de venganza.

Pero en una época en la que la única ley válida es la que se escribe con la sangre de los derrotados, y un puñado de tierra en el que asentarse vale más que cualquier palabra, nada es lo que parece, y la amenaza de una traición puede esconderse detrás de cada sonrisa. Y, en ocasiones, el precio a pagar por culminar una venganza puede ser tan amargo que marque tu vida para siempre.

Atraviesa las nieblas del Annas y sumérgete nuevamente en una Hispania al borde del caos, oscura y fronteriza, vista por los ojos de Attax, mientras con su diestra, cada vez más cansada, sujeta su spatha. Déjate llevar por el rítmico retumbar de los tambores, por el estruendo del entrechocar de los aceros, y siente cómo la vida pugna por aflorar entre las cenizas de una tierra devastada por la guerra."

¿Qué te ha parecido? ¿Te apetece leerla? Me encantará que me dejes tu opinión en los comentarios. Por hoy me despido: ¡toca seguir trabajando para poder presentar pronto todas las novedades!


lunes, 18 de septiembre de 2017

El narrador, ¿en primera o tercera persona?

Narrador en primera o tercera persona


Supongo que cada uno, a la hora de leer (o escribir) una novela, tiene sus manías y preferencias. Por un lado está claro que la temática es uno de los grandes condicionantes cuando entramos en una librería, o en una web de compra on line (o nos sentamos frente al ordenador con la idea de comenzar una nueva novela). Hay quien, como yo, lo que busca es una novela histórica cuya sinopsis resulte atractiva (y que tenga más de trescientas páginas; de forma totalmente subjetiva, he decidido asumir que esta es la extensión mínima necesaria para que una historia se pueda desarrollar como a mí me gusta). Mientras, otros lectores se decantarán por sus géneros favoritos y se dejarán guiar por las sensaciones que les transmitan la portada y la sinopsis, o bien por los consejos de amigos o blogueros de referencia.

Tras este primer filtro, en el caso de la novela histórica, influyen otros factores, como el período y la localización en los que se desarrolla la acción. Ya he confesado en otras ocasiones que hay épocas que no me atraen, mientras que hay otras que me resultan tan fascinantes que puedo incluso hacer la vista gorda ante una sinopsis poco atractiva esperando verme sorprendido por el contenido del interior. Bueno, esto no siempre ocurre, tengo que reconocerlo. 

Pero hoy quiero hablar de otro aspecto que también me parece determinante a la hora de definir el resultado final, y las expectativas que me genera un texto: la forma en la que el autor decide enfocar la perspectiva de la acción, usando bien la primera, bien la tercera persona. Aunque este no sea un factor para desestimar la lectura de una novela, sí que no puedo evitar tener mis propias preferencias, que traslado a la hora de escribir. Entre mis libros favoritos, la mayoría están narrados desde el punto de vista del protagonista. Así, sin darle muchas vueltas, se me ocurren un buen puñado: Crónicas del Señor de la Guerra, de Bernard Cornwell; Aníbal, de Gisbert Haefs; El Asirio, de Nicholas Guild o El Druida, de Morgan Llywelyn. Aunque, una vez convencido por el desempeño de un escritor, lógicamente trataré de hacerme también con el resto de sus obras que se me pongan a tiro, independientemente de que estén narradas en primera o en tercera persona.

Novelas de Bernard Cornwell
Bernard Cornwell combina primera persona (Crónicas del Señor de la guerra y Sajones, vikingos y normandos), con tercera persona (El arquero del Grial) 

En fin, voy al grano. Desde mi experiencia como lector y como escritor, ¿qué ventajas e inconvenientes le encuentro a la narración en primera persona?

En primer lugar: el esquema de la historia resulta más sencillo de elaborar, pues todo debe ceñirse a una lógica temporal íntimamente relacionada con la vida del protagonista. Podemos realizar saltos temporales, traer a colación recuerdos del pasado, darle acceso a información sobre hechos acaecidos mucho tiempo atrás, pero el trazado general se ceñirá a los años que consideremos oportunos dentro de la vida de una persona. A la hora de escribir, me resulta, quizás, más abarcable.

Por otra parte, creo que la principal riqueza que aporta la perspectiva del protagonista es que permite al lector ver a través de sus ojos, sentir lo que está sintiendo, comprender mejor sus actuaciones, sus motivos, su forma de vida. Su propia experiencia, intereses y forma de ser actuarán como un filtro a través del cual nos llega la información sobre su día a día y los acontecimientos en los que se vea envuelto. Esto, bien manejado, puede resultar muy enriquecedor, aunque también tiene sus desventajas. Lo mejor para mí es que te hace abandonar por un momento el cómodo sillón en el que estás leyendo (esa maravillosa colina desde la que los generales observan las batallas, como diría Woody Allen en la Última noche de Boris Grushenko, mientras desde la loma veía cómo un rebaño de ovejas corría sin sentido en la llanura) para trasladarte a la acción, mancharte de barro, apabullarte con el fragor de los gritos y el entrechocar de los metales, y ponerte en la piel de gentes que, de existir, lo hicieron hace cientos o miles de años, rodeados de una realidad bien distinta.

Una novela cuya acción se narra en primera persona nos ofrece una oportunidad inmejorable para zambullirte de lleno en la acción. En nuestra imaginación podremos recrear las sensaciones, la tensión, el miedo, la incertidumbre o la alegría. Si el autor es capaz de crear un personaje con el que empaticemos profundamente, viviremos sus vicisitudes con pasión, y si se ve envuelto en un conflicto bélico este ejercicio puede resultar particularmente intenso. Ruido, imprecaciones, sangre, tensión; todo ello nos envuelve mientras pasamos una página tras otra, la luna recorre el firmamento y la hora a la que tenemos programado nuestro despertador se acerca implacablemente.

Desarrollar la narración de una buena batalla es un ejercicio complicado. El hacerlo en primera persona nos obliga además a sumergirnos en el caos, renunciando a extendernos en otros factores que también pueden ser interesantes a la hora de comprender lo que está sucediendo: nos concentramos en los detalles y las sensaciones pero no tendremos una visión global o la capacidad para asomarnos a las sutilezas tácticas. Pienso que esta forma de narrar encaja mejor con conflictos en los que el número de combatientes no sea excesivo, como por ejemplo la alta edad media europea, o la época tardorromana, en las que los encontronazos se resolvían con la participación de unos cientos o pocos miles de guerreros. Por el contrario, en batallas de proporciones gigantescas, como pueden ser las de la época republicana de Roma contra Aníbal, las guerras de Alejandro en Asia, las guerras Dacias de Trajano (se ve que me estoy leyendo a Santiago Posteguillo en este momento, y me tiene enganchado) o las guerras Napoleónicas, por variar, se prestan mejor a ser narradas en tercera persona, para no perder así detalle de estos conflictos en los que podían superarse los 100.000 hombres sumando los efectivos de los bandos combatientes.

cascos y cotsa de malla
Los vikingos resultan ideales para narrar una batalla en primera persona, o eso creo yo. 

Por supuesto, todo esto no son más que generalidades, pues las posibilidades para transmitir lo que deseamos son incontables. Por ejemplo, podemos vivir el momento en primera persona y completar el dibujo general posteriormente, cuando vayan llegando nuevos informadores. O plantear una escena a la lumbre del vivaque de un campamento de campaña, la mesa de una taberna bien provista de ánforas de vino barato o el hogar de alguno de los implicados en la trama, en la que alguno de los participantes en la acción desgrane su historia acompañado del crepitar del fuego.

Sin embargo, debo reconocer que escoger una narración en primera persona, ciñéndonos a la perspectiva del protagonista principal, resulta una apuesta arriesgada. La posibilidad de cambiar de puntos de vista, de trasladar la acción de escenario, etc. pueden aportar mucho dinamismo a una narración, y esta alternancia bien utilizada puede facilitar el objetivo de que el lector devore los capítulos uno tras otro, saltando de hilo en hilo, de trama en trama. Por otra parte, la presencia de un narrador omnisciente que nos permita explicar las acciones, sentimientos y perspectivas de varios personajes, así como describir el escenario de manera más completa, resulta un recurso tentador.

En primera persona te zambulles de lleno en el personaje, juzgas con su moral, te fijas en lo que a él (o ella) le llama la atención, y no te centras en detalles que a nosotros nos resultarían curiosos, quizás exóticos, pero que forman parte de la cotidianeidad para el narrador. No sé si esto último puede ser considerado una ventaja o un inconveniente, pues te obliga a mostrar más que contar, y puede contribuir a alejarnos de los peligros del infodumping (y los escritores de novela histórica, habitualmente obsesionados apasionados de la documentación, tenemos que cuidarnos mucho de caer en este error). Tratar de identificarte con una persona tan alejada de nuestra perspectiva habitual es un ejercicio complejo y apasionante. Su idiosincrasia, sus circunstancias, sus valores, serán radicalmente diferentes a los nuestros. Sin embargo, descubriremos que sus sentimientos y sus motivaciones pueden tener una raíz común que conecta con nuestra propia realidad, y nos permiten comprender, empatizar, implicarnos, jugar a predecir cómo reaccionaría en cada momento.

Como quizás ya sepas, mi trilogía "Las Cenizas de Hispania" está narrada en primera persona por Attax, su protagonista. Pero, en mi caso, he tenido que tener en cuenta otro factor que añade una nueva vuelta de tuerca: Attax no sabe leer ni escribir. Así que es otro de los implicados en la historia el encargado de transmitirnos las impresiones y vicisitudes de este alano, recopilando sus palabras y tratando de ponerse en su piel. Y esta segunda voz, este narrador en las sombras, aporta a su vez, aun sin desearlo, algo de su propia cosecha, de su propia perspectiva. Su estrato social, su nivel cultural, su implicación emocional, la edad a la que vivió cada acontecimiento son diferentes a las de Attax. De esta manera, por mucho que trate de permanecer al margen como mero transcriptor, dibujará algunas imágenes, refleja algunos sentimientos que quizás el alano nunca admitiría. ¿Qué te parece esta idea? Rizar, el rizo, ¿verdad? ¿Has leído la novela? ¿Has detectado las posibles aportaciones de este segundo protagonista? Como escritor o como lector, ¿qué voz prefieres utilizar? Espero que me lo cuentes.

lunes, 11 de septiembre de 2017

¿Qué Emerita Augusta encontrarían los alanos a su llegada?

Emerita Augusta en el siglo V


Emerita Agusta, la monumental capital de la diócesis hispana, no debía resultar tan monumental en pleno siglo V como lo había sido generaciones atrás.

Una de las explicaciones más socorridas para este hecho se basa en la crisis que azotó al imperio romano durante su último siglo de vida. Por mi parte, estoy totalmente de acuerdo con esta aseveración, aunque Emerita continuó destacando entre todas las ciudades hispanas como una de las más dinámicas, económica y socialmente hablando. La segunda hipótesis, también acertada, es la oleada de destrucción provocada por los diferentes pueblos bárbaros que recorrieron la península en esos días. También resulta razonable, y complementaria a la anterior. Pero hay una tercera variable que en muchos casos nos pasa desapercibida, y no tiene que ver con ninguna crisis económica o militar, ni mucho menos con la presencia de Attax (este alano pendenciero y jugador habría nacido en esta ciudad, al igual de los hijos de cualquier hispanorromano que conviviera con los alanos que se establecieron en la zona por unos pocos años) y los suyos, o el suevo Hermigario, que la atacó años después (y alguno más del que todavía no voy a hablar...). Aunque parezca mentira, probablemente el mayor culpable (aunque de forma indirecta) del cambio producido en la fisonomía de la ciudad, y la decadencia asociada, en esos últimos años del imperio, no fue otro que el último emperador hispano que se sentó en el trono de los césares.

Pero antes de hablar de Flavio Teodosio, el último gobernante del imperio antes de su división en oriente y occidente, vamos a fisgonear un poco en la historia de la ciudad que protagoniza hoy el post. Emerita Augusta fue erigida poco después del fin de las guerras cántabras, para acomodar allí a los veteranos de algunas de las legiones que habían combatido durante el conflicto. Miles de militares que, en ese momento, con el territorio controlado por Roma "pacificado", sin expectativas de nuevas conquistas más allá de las fronteras, y por primera vez en décadas sin el temor a una guerra civil (la famosa Pax Romana de Augusto), debían abandonar la vida castrense para empuñar el arado y convertirse en transmisores del modo de vida romano en las provincias.

Como sucedió en otros tantos lugares alrededor del Mediterráneo y las fronteras del imperio, en el levantamiento de esta colonia se siguió el mismo patrón constructivo que para otras tantas ciudades de retiro para veteranos. El diseño interior se basaba en la construcción de dos largas calles perpendiculares entre sí, formando una cruz, en cuyos extremos se abrirían sendas puertas en la estructura defensiva, y alrededor de las que se dispondrían el resto de edificaciones de la urbe a modo de manzanas. Estas dos calles se denominaban Cardo y Decumano máximo, y componían el trazado principal de cualquier ciudad que tuviera un origen romano. En el caso de Emerita Augusta, estas grandes arterias fueron construidas por los soldados de las legiones V y X, futuros ciudadanos del lugar, por orden del principal lugarteniente (y amigo) de Octavio Augusto, su fiel Marco Agripa.

Zona arqueológica de La Morería
Zona arqueológica de La Morería. Rincón en el que mejor se pueden apreciar edificios de los últimos siglos del imperio.  

Durante los siguientes cuatrocientos años, la ciudad conoció diferentes períodos de prosperidad que consiguieron convertirla en una de las principales urbes de una Hispania que, con el tiempo, vio cómo las provincias que la componían cambiaban de nombre y de límites geográficos. El momento en el que se creó la división administrativa de Lusitania, supuso para la antigua ciudad de Agripa un ascenso al selecto club de las principales ciudades hispanas como capital de la recién creada provincia. Su progresión no se frenó ahí: ya en el siglo IV, se convertiría en la capital de la diócesis hispana (entidad administrativa imperial que incluía a las provincias existentes en la península ibérica más Baleares, así como también la provincia Tingitana en el norte de África), dejando así atrás a sus habituales competidoras, como Tarraco, Corduba, Hispalis o Carthago Nova.

Tras este rápido (rapidísimo) paseo de casi cuatro siglos, retornamos al hilo inicial de este post: Flavio Teodosio (conocido como El Grande) y su indirecto papel en el cambio que sufrió la estructura de la ciudad emeritense desde finales del siglo IV.

Si bien hay bastante gente que sabe que Trajano y Adriano fueron hispanos que dirigieron los destinos de Roma (aunque en el caso del segundo hay quien duda de su origen), muy pocos saben que hubo un tercer emperador hispano. Se cree que Teodosio era originario de Cauca (Coca, en la provincia de Segovia), y su paso por el palacio imperial de Roma no fue tan placentero ni productivo como el de sus antecesores hispanos. La razón, en su caso, no tiene que deberse obligatoriamente a sus mayores o menores aptitudes para el gobierno (cualquiera sabe qué habría hecho el bueno de Trajano de encontrarse en su lugar), sino principalmente a que nuestro personaje ascendió al trono más de doscientos cincuenta años después de que Trajano ampliase las fronteras del imperio hasta su máxima extensión, y unos cuantos menos desde que su sucesor Adriano se entregara febrilmente a construir todo tipo de obras públicas a lo largo del imperio. Desde luego, el imperio que se encontró Teodosio distaba bastante de la bien engrasada maquinaria administrativa, social, comercial y bélica que utilizaran (y afinaran) Trajano y su sucesor; aún así, fue capaz de mantener unidas las débiles costuras de un imperio que se resquebrajaba hasta el mismo día de su muerte.

Teodosio, por encima de todo, será recordado en la historia por dos hitos fundamentales (ambos de capital importancia para comprender el  mundo tal y como lo conocemos hoy): el primero de ellos, dividir el imperio a su muerte en dos mitades (dando así opción al futuro nacimiento del imperio bizantino, o romano de oriente, según y cuándo se mire), consciente de la difícil tarea que constituía gobernar sobre una superficie tan extensa con unos recursos tan precarios; el segundo, por haber instaurado el cristianismo como la religión oficial del imperio.


Misorio de Teodosio el Grande
Misorio de Teodosio.

Bien, Teodosio dejó este mundo en el año 395 y, los alanos no llegaron hasta la ciudad en el año 409, aproximadamente (y sucesivos pueblos bárbaros en las décadas siguientes). A la llegada del pueblo de Attax, Emerita seguía siendo una ciudad extensa y poblada para los cánones de la época en Hispania. Sin embargo, sus antaño poderosas murallas nada pudieron hacer ante el empuje de los guerreros alanos, así como tampoco frente a los suevos años después. Una ciudad que, como ya hemos apuntado, lejos de la idea de decadencia que se puede tener de esta época, seguía conformando un enclave dinámico, pero castigado a causa su propia fama: pueblo bárbaro que ingresaba en Hispania, pueblo bárbaro que soñaba con apoderarse de ella. 

Pero, repito, no fueron Attax y los suyos los que destruyeron sus principales monumentos, como sí pudieron hacer los godos de Alarico durante el saqueo de Roma poco después. En ese entonces, cuando los alanos se asentaron en la ciudad, su disposición debía de resultar bastante similar a la que podría existir, por ejemplo, en época de Trajano (salvo por un detalle que mencionaremos más adelante). El puente sobre el Guadiana, o Annas como se conocía entonces, levantado aprovechando los islotes arenosos, continuaba otorgando a la ciudad un poder económico fundamental para su desarrollo, incluso en esta época. En el interior, el Cardo y el Decumano atravesaban la ciudad, favoreciendo el crecimiento de barrios y arrabales. Porque si en ese entonces existía una ciudad extramuros, más humilde (y campesina) que la que se situaba dentro de las murallas, también en su interior muchas calles se habrían estrechado como resultado de la construcción indiscriminada de casas, establos y talleres en las antiguas residencias y sus alrededores.


Puente romano de Mérida
Puente romano sobre el Guadiana.

Y aquí es donde entra en juego Teodosio. Al elevar el credo cristiano como religión oficial del imperio, el resto de religiones pasaron a ser prohibidas y, en muchos casos, perseguidas. De esta forma, sus fieles pasaron a vivir una situación similar a la que habían padecido los cristianos en el pasado. Muchos templos dedicados a deidades del altar latino (y de otros pueblos del Mediterráneo) resultaron abandonados, clausurados o reutilizados para otros menesteres; y sus ricos materiales (mármol, metales, maderas valiosas) fueron extraídos por los vecinos y utilizados para construir o rehabilitar sus viviendas, graneros, establos, cercas o lo que precisaran, así como para reparar las castigadas murallas y acueductos.

Además del deterioro de estos templos, dispersos en diferentes puntos de la ciudad, hay otros edificios que sufrirían especialmente las consecuencias del edicto de Teodosio: los que se concentraban en el extremo oriental de la urbe, donde generaciones de emeritenses habían disfrutado de un ocio "a la romana", animando a sus aurigas favoritos, aplaudiendo a rabiar a los fornidos gladiadores, y vibrando con otras diversiones menos confesables. Y fue su decadencia la que finalmente cambiaría de imagen que hasta entonces había tenido la Emerita romana.


Mosaico de auriga romano
Mosaico que se puede ver en el Museo Romano de Mérida, en el que se muestra a un famoso auriga local.

Tanto el teatro como el anfiteatro, verdaderas joyas de la ciudad (también en la actualidad), fueron clausurados, al considerarse los espectáculos que allí se ofrecían impíos y poco adecuados para la moral cristiana. El circo, que se encontraba al otro lado de las murallas, también dejó de ser visitado. Y así, más tarde, cuando alanos como Attax recorrieron aquellas calles cercanas al antiguo espacio lúdico de la ciudad, debieron asistir atónitos a cómo unas moles de piedra y mármol, poco antes imponentes y llenas de vida, se habían convertido en montañas de desperdicios y cascotes, en las que los vecinos lanzaban cuanto no necesitaban a modo de improvisado vertedero. Probablemente, descendientes de un pueblo nómada como eran, no supieran lo que eran esos edificios, ni lo que se representaba en los mismos. Visto así, quizás no los echarían de menos.

¿Y por qué hemos hablado hoy de cómo era Emerita Augusta en el siglo V? Pues porque Attax, el alano, deberá regresar a la ciudad que lo vio nacer en la segunda novela de "Las cenizas de Hispania". Una ciudad que le traerá recuerdos de un tiempo que creía olvidado. Un tiempo, el de su infancia, en el que había sido amado y protegido; un tiempo corto, lejano y ya irreal para alguien como él.

lunes, 4 de septiembre de 2017

El año en el que Teodorico vivió peligrosamente (o, al menos, fuera de la Galia)


Teodorico


Hace muchos años, en un reino "bastante cercano", existía una princesa que era la niña de los ojos de su padre, el rey. Un rey temido tanto por los suyos como por sus vecinos, que se encontraba en guerra casi constante en todas sus fronteras. Así, tratando de buscar alianzas que pudieran resultar beneficiosas para su inestable reino, un buen día decidió entregar en matrimonio a su hija a un rey que vivía muy lejos (bastante, tampoco tanto. Vamos, que no guerreaban porque no se tenían lo suficientemente cerca). Un rey que, sin haber mediado conflicto hasta entonces entre ellos (novedad), protegería la frontera sur de su reino, a la vez que desposaba a su hija, engendrando con el tiempo algunos rubios muchachitos que, a la larga, ocuparían el trono, afianzando aún más las relaciones entre ambos reinos.

Parece que estamos en un cuento de princesas; y en todo cuento de princesas que se precie, hace falta un dragón. Años después, aparece el "dragón". El gobernante más poderoso de ese entonces (aunque venido a menos) toca en la puerta del padre de la joven para encargarle una delicada misión: embarcarse en una guerra en la que destruiría el reino de su yerno. Pero no estamos en un cuento de princesas, no, estamos en la Hispania en pleno siglo V. Tan solo faltaría que llegara "Teodoricus Shrek  (Rex)" y dijera: y voy yo, y me lo como.

Porque en esa situación, justamente, se encontró Teodorico segundo, rey visigodo de Tolosa en el año 456 d.C. Su yerno, el suevo Rechiario, tras años sometiendo a pillaje diversas zonas de Hispania confiado en que su boda con la hija del visigodo conseguiría que aquel lo protegiera frente a una lejana y debilitada Roma, había conseguido acabar con la paciencia de Avito, el entonces emperador. Este personaje, un galorromano cercano (política y geográficamente hablando) a los visigodos, acababa de ascender al trono de la ciudad eterna (o lo que quedaba de ella) y ya tenía suficientes problemas como para meterse en más "fregados"; que si una revuelta de senadores por aquí, que si el vándalo Genserico haciendo de las suyas en el mar, que si un nuevo pueblo germano irrumpiendo en sus tierras a través del resquebrajado limes; que si su homólogo oriental discutiendo su idoneidad para vestir la púrpura... Demasiados frentes abiertos como para tener que dividir sus escasas fuerzas y enviar un contingente a la lejana Hispania. Así, encargó a Teodorico que, como soberano de un pueblo federado (vamos a resumir diciendo que "aliado") del imperio, despachara a su yerno en nombre de Roma.

Aviso, por si alguien no se ha percatado: a estas alturas ya hemos abandonado cualquier simulacro de cuento de princesas y dragones. ¿Qué haría un mandamás del siglo V, con una ambición más que importante, en semejante situación? ¿Poner sobre aviso a su hija y yerno, arriesgándose a incurrir así en ira de Roma, negándose a acatar las ordenes de Avito y posicionándose con el pueblo adoptivo de su hija? No. Ya hemos dicho que la ambición dominaba cada uno de los pasos de Teodorico que, además, no era ningún tonto (ni sabía lo que era un cuento de hadas). Si quería ser fuerte, más que Roma, más que su yerno o que los francos o burgundios, tenía que ir expandiéndose y eliminando a cada contendiente de uno en uno. Aunque eso significara condenar a su hija en primer lugar, pues Avito, sin proponérselo, le había señalado a Teodorico el camino a seguir para convertirse en el más poderoso de los reyes de occidente. Así, el rey visigodo organizó un ejército de varios miles de hombres entre los suyos, a los que añadió contingentes francos y burgundios por orden expresa del emperador (así también se aseguraba de que sus posesiones en la Galia no quedaban expuestas ante las armas de sus vecinos, porque Teodorico era ambicioso pero, sobre todo, era listo). Así, seguido por un poderoso ejército se adentró en Hispania dispuesto a barrer a su yerno del mapa. Ni un aviso para que huyera y se estableciera en otro lugar para salvar así a su hija o, a su propio pariente político. Vamos, ni un intento de cara a la galería (¿Qué galería? ¡Estamos en el siglo V, joder!).

En los últimos capítulos de El Alano asistimos a cómo una formidable tropa de guerreros bien pertrechados, con la moral por las nubes y sedientos de botín penetran en Hispania sin oposición, pues los pasos que atravesaban los Pirineos desde la Galia seguían estando en manos de Roma (o deberíamos decir que por lo menos no en manos de Rechiario, pues hacía casi cincuenta años que habían sido desguarnecidos). Una vez en la diócesis, comienza una frenética campaña en la que el primer (y casi único) enfrentamiento bélico en campo abierto entre ambos contendientes tiene lugar en las orillas del río Urbicus (Órbigo). Allí, las tropas suevas (reforzadas por contingentes de hispanos afines y bagaudas, o esclavos fugados, si se prefiere), acostumbradas a campar a sus anchas en un territorio sin una oposición armada real, con una población atemorizada, chocan contra un verdadero ejército; probablemente el mejor de la época. Entre otras cosas, porque la actuación visigoda en la batalla de los Campos Catalaúnicos (cinco años antes) había resultado fundamental para que Roma (y sus aliados) se alzaran con una victoria en la que muy pocos creían vista la triunfal marcha de Atila y los suyos, hasta ese instante.

mapa de Europa en el siglo V
Así estaba el "patio" por ese entonces.

Tras ver cómo su ejército quedaba desarbolado ante el empuje de las armas de Teodorico, Rechiario, malherido en combate, debe huir del mismo y buscar refugio hacia el oeste, esperando hacerse fuerte en el interior de la Gallaecia en espera de que su adversario le diera un respiro. Pero, nuevamente, Teodorico sabía perfectamente qué quería. Así, consciente de que el invierno se acerca (nos encontramos en el mes de octubre) no pierde el tiempo. No envía una carta a su hija avisándole de que huya, no. Recorre las viejas calzadas de Roma y pone bajo asedio la que hasta entonces había sido la capital sueva: Braccara Augusta. Ésta termina cayendo en su poder, y tras ella, el propio Rechiario es capturado en lo que hoy conocemos como Oporto y, entonces, era poco menos que un pueblo pesquero con una fortaleza a la que las crónicas se refieren como castro: Portus Cale.

Desconocemos el destino de su hija (¿la habría matado Rechiario furioso por la traición de su padre? ¿o la habría puesto a salvo antes de dirigirse a la guerra?), pero no así el de su yerno. Rechiario fue ajusticiado en la misma Gallaecia, antes de que el ejército visigodo continuara su avance para tomar cuantas ciudades aún se encontraban bajo dominio suevo, además de otros enclaves que su rey entendía de interés para el desarrollo de la campaña. Porque Teodorico era ambicioso, y mucho, como ya hemos dicho y como poco tardarán Attax y los suyos en comprender.

 Así que, colorín colorado, este cuento no ha hecho más que comenzar.

Si quieres saber más sobre cómo continúa, en breve tendrás disponible en Amazon la segunda novela de la serie Las cenizas de Hispania.


Niebla y Acero - Las cenizas de Hispania 2

Porque tirando del refranero español, en ocasiones, la realidad supera a la ficción, y en otras tantas, nada es lo que parece.




lunes, 28 de agosto de 2017

La practicidad romana y los caballos asturcones


Durante las clases de historia, tanto en el colegio como en el instituto, escuché muchas veces que los romanos habían sido uno de los pueblos más prácticos que han existido. Siempre me lo explicaban en base a que se trataba de una civilización que no buscaba la belleza en sus edificaciones, sino la funcionalidad de las mismas. Unos años más crecido, aparte de este discurso, puedo añadir otro: Roma siempre supo quedarse con lo mejor de cada pueblo al que subyugó durante su expansión por la cuenca mediterránea, y no solo en el ámbito constructivo.

Por ejemplo, durante su conflicto contra los cartagineses, la entonces república romana entendió que sin plantear batalla en el mar su victoria final resultaría imposible. Así, las primeras páginas de lo que sería la armada romana de guerra (en este caso con sus propias innovaciones, como el Corvus) comenzarían a escribirse en el siglo III a.C., con las primeras flotas construidas en el sur de Italia. Un poco más tarde, también repararon en que los cascos que utilizaban los guerreros celtas en batalla protegían mejor el cuello y la nuca que los suyos propios. Como no podía ser de otra manera, los cascos de los legionarios comenzaron a fabricarse a partir de entonces según este estilo celta.

casco romano tipo galo
Casco romano de estilo galo (y no es un "trabalenguas")

También el gladius, la temible espada corta de las legiones, sufrió evoluciones a lo largo de los más de cuatrocientos años de imperio (y otros tantos de república): una de ellas se basó en la apariencia de la antigua falcata íbera (o celtíbera, también), cuyo diseño fue adaptado por los legionarios para su sangriento cometido una vez sus pies pisaron la antigua Iberia.


Gladius romano
El Kalashnikov romano
También, aunque quizás esto resulte menos conocido, fueron capaces de utilizar la agrodiversidad existente en los diferentes territorios que conquistaban en su propio beneficio, transportándola allí donde se encontraban, De esta manera, extendieron el cultivo del castaño hasta muchos lugares (¿a alguien les suena el paisaje de Las Médulas, en el Bierzo?, así como el de la vid o el aceite, y otros tantos. Pero hay un episodio que me llamó especialmente la atención en cuanto me encontraba recabando información para escribir "El Alano".

Llegado el momento, necesitaba para Attax un "empleo digno" según el criterio de un bárbaro enorme, rubio y vocinglero que adoraba los caballos, la guerra y las mujeres. Un tipo que provenía de una cultura que despreciaba trabajar la tierra o escribir. Un tipo que pensaba que cualquier desafío que le lanzara el destino tenía una única solución: las armas. Y ahí acudió en mi auxilio la afamada practicidad romana.

Hispania fue siempre reconocida por Roma como una provincia rica en metales (especialmente en plata), aceite, vino y prósperas fábricas de salazón (aunque en pleno siglo V d.C. no estaba la cosa como para invertir demasiado en algo que, de un plumazo, te podía ser arrebatado por las armas). Pero también aportó al imperio un elemento desconocido para muchos: el caballo asturcón. Se trata de una raza equina propia de la cordillera cantábrica, donde retozaban desde mucho antes de la intromisión de Roma en los asuntos de la vieja Iberia, pero que pasaría a ser conocida en la historia mundial en cuanto Octavio Augusto, durante la campaña que llevó a cabo en Hispania para "celebrar su principado en solitario", pudo comprender las ventajas que ofrecían estos pequeños caballos (casi del tamaño de ponis) para sus enemigos. 

Caballo asturcón
Y con ustedes... ¡el asturcón!

Estamos hablando de una raza autóctona de las montañas astures y cántabras. Aún hoy en día, pueden encontrarse pastando algunas pequeñas manadas en los más recónditos valles asturianos. Estos asturcones, presentes en el territorio desde hace más de 2.500 años, son caballos de pequeña alzada, menor del metro cincuenta; y desde tiempos inmemoriales ya eran utilizados por astures y cántabros tanto para hacer la guerra, como a modo de animales de tiro. Se trata de caballos resistentes, recios, que sobreviven al invierno sin apenas cuidados y resultan frugales en cuanto a su alimentación, lo que los convierte en monturas idóneas para desplazarse por caminos de montaña, así como para recorrer largas distancias.

 Los caballos que eran su pasión también eran originarios de las montañas del norte; según el capataz, eran conocidos a lo ancho y largo del imperio como asturcones. Pese a ser consciente de las grandes ventajas de esta raza para desplazarse en las zonas montañosas del norte de Hispania, y haber llegado a admirar su seguridad, firmeza y resistencia, yo seguía prefiriendo aquellos grandes sementales de largas y musculosas patas capaces de cargar sobre sus lomos una pesada armadura y un caballero perfectamente equipado para la batalla. Este fue motivo de acaloradas discusiones con el astur durante mucho tiempo, acompañadas de bravatas, y a veces incluso regadas con buen vino y acompañadas de alguna de las delicias que el capataz guardaba para las ocasiones especiales.

Extraído de: El Alano.

Además, se trata de una raza cuyos ejemplares poseen un vigor inusitado para lo pequeño de su tamaño. Así, en ocasiones, los guerreros astures se desplazaban en parejas sobre ellos, de manera que al llegar al campo de batalla, uno de los guerreros echaba pie a tierra y luchaba como un infante, mientras su compañero lo hacía a lomos de su montura.

Todas estas ventajas fueron rápidamente percibidas por la maquinaria bélica romana. Desde entonces, no sólo se alistaron grupos de jinetes astures y cántabros (con su propia impedimenta y monturas) en las cohortes auxiliares de caballería de Roma, sino que también se extendió el uso de estos animales entre las legiones, llegando de esta manera a registrarse su presencia en lugares muy recónditos del imperio.

Pero, con el tiempo, se extendió el uso de este animal no solo a nivel militar. También entre los ciudadanos (y emperadores, como el propio Nerón) comenzó a valorarse esta raza de pequeño porte, dócil, veloz, resistente y, lo más apreciado para ellos, con un trote extremadamente cómodo para el jinete.

No era raro verlo revolcándose con los peludos perros de la villa bajo la atenta y preocupada mirada de alguno de los esclavos, o bien intentando subirse al vallado donde teníamos a los caballos para acariciarlos. Pese a que al bueno de Medulio parecía que se le iba a cortar la respiración cada vez que lo veía, yo lo aupaba y permitía que pudiera admirar a los caballos con sus grandes ojos muy abiertos por el asombro. Entonces, esa noche, Aspasia me reprendía en nuestro rincón del barracón:

–Bárbaro bruto, cómo un día le pase algo al niño todos lo lamentaremos. 

Extraído de: El Alano.

De esta forma, el historiador/militar romano Plinio el Viejo (El viejo Plinio, al que tanto debemos por su "Historia natural" y cuya onomástica de su muerte tuvo lugar hace tan solo dos días), llegó a decir de ellos: "son de talla menor; no tienen una marcha como la normal; su paso es cómodo; se debe al movimiento simultáneo de los remos de un mismo lado". Lo que traducido al nivel popular de ese entonces, se le llegó a denominar como "caballo trotador", por su cómoda monta para el jinete, lo que hizo de su cría y venta un negocio lucrativo, no solo a nivel militar, sino también civil en determinadas zonas de la Hispania romana.

Mi vida seguía girando en torno a los bravos asturcones. Junto con Medulio y el amo Quinto, nos acercábamos cada seis meses al mercado de la ciudad, donde poníamos a la venta alguno de los sementales que criábamos.

Extraído de: El Alano.


Y así fue como Plinio me ofreció  una "salida laboral digna" para un bárbaro con alergia a cualquier otro trabajo que no incluyera reventar cabezas y despachar a sus enemigos. Un bárbaro amante de los caballos que, en un primer momento, no entendía el motivo por el que los romanos tenían tan buen concepto de esos pequeños animales, cuando su pueblo y sus primos sármatas criaban ejemplares de alta cruz, estilizados, de pecho ancho y capaces de soportar su propia armadura y la del jinete. Pero Attax desconocía que animales como aquellos ponis asturianos, cántabros y gallegos habían llegado incluso a conquistar el corazón de un emperador como Nerón, que poseía varios ejemplares en su palacio de Roma. Un ferrari en Roma, aunque escondido bajo la carrocería de un seat 127.

¿Conocías esta raza y las anécdotas que recopila este post? ¿Imaginas al mismísimo emperador a lomos de uno de estos recios ejemplares?

lunes, 21 de agosto de 2017

Hoy nos acompaña... Fran Zabaleta

Entrevista a Fran Zabaleta


Hoy estoy (estamos) de enhorabuena en Letras con Historia, porque cuento con un ilustre visitante: el escritor de novela histórica Fran Zabaleta, que ha aceptado amablemente mi invitación para responder a esta pequeña entrevista a través de la cual pretendo conocer un poco más a algunos de mis más admirados compañeros de letras (¿ya has leído la visita que nos hizo Ana Joyanes?).

Este escritor vigués, licenciado en Geografía e Historia, desempeñó su actividad laboral en el ámbito de la enseñanza en educación secundaria y bachillerato antes de dedicarse en exclusiva a su gran pasión: la escritura. Desde entonces, le ha dado tiempo para trabajar como redactor, corrector, editor de texto, documentalista y adaptador de clásicos con un buen puñado de editoriales: Anaya, Santillana, Alfaguara, Ediciones SM, Martínez Roca, Espasa Calpe, Obradoiro, Grazalema, Xerais… Además, lleva casi veinte años escribiendo guiones de documentales para instituciones, empresas y televisión; y, como no, también se ha consagrado como novelista publicando un interesantísimo puñado de títulos.

La primera de sus novelas aparece en 2005: se trata de La cruz de ceniza, una novela histórica escrita en colaboración con Luis Astorga y publicada por Suma de Letras. Tras ella vinieron Medievalario -en la que ahora mismo me encuentro sumergido (y enganchado)-, publicada por Redelibros en el año 2011; 99 libros para ser más culto (Martínez Roca 2011, escrito en colaboración con Juan Ignacio Alonso); Xoán Branco e a gran revolta irmandiña (NigraTrea 2012); y En tiempo de halcones (Grijalbo, enero 2016).

La Cruz de Ceniza, Fran Zabaleta
La Cruz de Ceniza, 2005.

Un auténtico todoterreno que destila pasión por la historia, y cuyas letras combinan a la perfección una parte de erudición aderezada con otro tanto de simpatía, acidez, desenfado y dominio del lenguaje para generar un cóctel equilibrado y con personalidad

Puedes conocerlo en mayor profundidad en su bloc, que te recomiendo encarecidamente si lo tuyo es la novela histórica (no te pierdas sus Historias para disfrutar de la Historia). Y, como buen escritor moderno, también anda por Twitter y Facebook.

Antes de meternos en faena, y asaetearlo con unas cuantas preguntas, no puedo dejar de hacer mención a una frase suya que suscribo totalmente: "enganchado a la novela histórica hasta las trancas". 

Fran Zabaleta
Una vez más, gracias, Fran :)

1. ¿Cuál es la primera novela histórica que recuerdas haber leído?

En realidad no estoy muy seguro, porque devoro libros desde que tengo memoria. Probablemente leí muchas novelas históricas sin que mi mente las catalogara como tales. La primera que sí tuve claro que era histórica, y que me descubrió un mundo insospechado, fue La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa.

Debía de tener diecisiete o dieciocho años y me impactó no solo la historia, los personajes, la atmósfera de desolación y esperanza, sino la forma en que estaba escrita (y es que, aunque no me guste nada el Vargas Llosa personaje, hay que reconocer que es un maestro con la pluma. Y va sin doble sentido).

Pensándolo ahora, que ya ha llovido hasta hartarse desde que la leí, me doy cuenta de que debió de influirme mucho más de lo que imagino, porque La guerra... cuenta la historia de una alucinante revolución en el sertón brasileiro a finales del siglo XIX… y desde que empecé a escribir siempre que me despisto me descubro novelando revoluciones (como la anabaptista de La cruz de ceniza o la irmandiña de En tiempo de halcones).

Así que parece que le debo más de lo que creo a Vargas Llosa y a su La guerra del fin del mundo, qué le vamos a hacer. Espero que no lea esto y venga a reclamar su parte de los millones de euros que ingreso cada año en concepto de royalties.


Novela histórica
La guerra del fin del mundo

2. Recomiéndanos alguna de tus favoritas.

Eso sí que es difícil. ¡Hay demasiadas! Sin duda, esta de La guerra del fin del mundo, pero también Shogún, de James Clavell, El asirio, de Nicholas Guild, El nombre de la rosa de Umberto Eco, El dios de la lluvia llora sobre México de Laszlo Passuth, El puente de Alcántara de Frank Baer… Hace poco escribí una entrada en mi bloc con quince novelas históricas que me parecen imprescindibles, a él te remito y así me ahorro pensar, que es muy cansado.

Novela histórica
"Novelón"
3. ¿Qué te aporta este género que no lo hagan los demás?

Leo de todo y me gustan (casi) todos los géneros, pero sin duda el histórico es mi favorito. Supongo que se debe a que me fascina la historia, hasta el punto de que estudié Geografía e Historia.

Las novelas históricas me permiten echar una ojeada al pasado, sí, pero sobre todo sumergirme en él, meterme en la piel de personajes de otras épocas. ¡No hay nada como viajar… sin salir de casa!

Y además, a través de la novela histórica se puede, comprender mejor el presente y entender qué diablos pasa en el mundo. O intentarlo, al menos.

4. ¿Cuál es tu periodo histórico favorito? Si existiera una máquina del tiempo, ¿pasarías allí tus vacaciones, te quedarías a vivir o echarías un vistazo y volverías pronto a casa?

Qué difícil. Cuando estudiaba historia tenía un problema: cada nueva época que estudiábamos me atraía de tal forma que me ponía a leer todo lo que encontraba sobre ella. Al final no tenía tiempo para nada, claro. Y hoy me sigue pasando lo mismo: me atraen todas las épocas, desde la prehistoria hasta el siglo XX, y todas las civilizaciones, ya sea la Persia sasánida o el imperio inca.

Va por rachas, supongo. Actualmente llevo dos o tres años enganchado al período colonial español en América, especialmente al siglo XVII, devorando cuanto cae en mis manos. Lo que me sorprende es que con tanta ingestión descontrolada no esté como un tonel.

Sobre viajar al pasado: dudo mucho que consiguiéramos mantenernos vivos más allá de un fin de semana en la mayor parte de las épocas pasadas, probablemente moriríamos de cualquier infección contra la que ya no tenemos defensas, aparte de la dureza de las condiciones de vida o la violencia. Por ejemplo, imagínate que apareces en plena batalla de Crécy, con miles de flechas volando por doquier, entre los relinchos histéricos de cientos de inmensos caballos de batalla que sueltan coces y mordiscos a diestro y siniestro y rodeado de moles humanas embutidas en armaduras acorazadas y con espadones de quintal y medio en las manos. Eso sí que debía de ser una orgía de violencia, y no las chiquilladas de los ultras del fútbol actual.

Aun así, me encantaría tener esa ventana que me llevara al pasado… para echar un vistazo rápido, comprobar que los historiadores no dan ni una y regresar a la comodidad de mi casa. Que está más calentita y en la nevera hay cervecita fría. Sin olvidar el sofá, claro.

5. ¿A qué personaje te habría gustado poder estrecharle la mano? ¿Y de cuál te asegurarías de estar bien lejos?

Me temo que abundan más los segundos que los primeros. No me acercaría ni borracho al pirata Olonés (se dedicaba a cortar en pedazos al primero que se le cruzaba por delante y a comerse sus corazones a mordiscos, literalmente, todavía palpitantes) o al Loco Aguirre, por ejemplo.

Sin embargo, me habría encantado acompañar a Charles Darwin en su viaje en el Beagle, y discutir con él y con Fitzroy sobre lo humano y lo divino… (aunque el pobre Fitzroy era un tanto fanático en cuestiones religiosas, qué se le va a hacer).

6. ¿Qué escenario que se pueda visitar hoy en día podría inspirarte una buena novela?

Precisamente me pillas de viaje, visitando los escenarios de mi próxima novela. Pero no te voy a decir dónde estoy, que la cosa todavía está muy verde. De todas formas, escenarios que inspiren los hay a patadas (al menos que me inspiren a mí, pero reconozco que soy facilón y me dejo enredar a la primera. Chicas, tomad nota).

Si tengo que elegir uno, ¿qué tal alguna isla paradisíaca perdida, por ejemplo, en los Mares del Sur? Seguro que si escarbas un poco descubres la historia de algún náufrago, o de algún explorador español que se pasó por allí de visita hace la tira de años y que te sirve de excusa. Siempre y cuando la editorial corra con los gastos, claro, aunque por desgracia esto es cada vez menos frecuente.

Si tengo que pagármelo yo, me dejo tentar por escenarios mucho menos exóticos (¡ah, cuántas grandes novelas se pierde el mundo por la tacañería de las editoriales! Una injusticia).

7. ¿Hay algún hecho histórico que nunca te atreverías a novelar? ¿Por qué motivo?

En general prefiero novelar, por pura salud mental, los hechos históricos que ofrecen algo de esperanza o que reivindican la lucha del ser humano por un mundo mejor. Por eso no creo que me atreva nunca a novelar, por ejemplo, la historia de la Camboya de los Jemeres Rojos y Pol Pot, uno de los genocidas más sanguinarios de la historia. No, lo siento, demasiado horror para sumergirme en él durante los años que me llevaría documentarme y escribirla. Aparte de que pocos lectores tendrían el estómago necesario para aguantar la lectura.

8. ¿Dedicas mucho tiempo a documentarte cuando inicias un nuevo proyecto?

Soy un puñetero maniático de la documentación. Para escribir La cruz de ceniza, por ejemplo, estuve tres años atiborrándome de tochos sobre la reforma protestante, el anabaptismo, la guerra en el siglo XVI, los movimientos milenaristas, las biografías de los reformadores, la ropa y las costumbres de la Edad Moderna, la gastronomía, la geografía y la historia de Francia, Holanda y Alemania… Un día me descubrí buscando información sobre las técnicas de teñido de la ropa en los Países Bajos y decidí que hasta ahí había llegado, que con la ropa de Zara iban que se mataban.

(Sí, es cierto: no conseguí resistirme y seguí investigando en cuanto se me pasó el pronto).

9. ¿Cuál es tu personaje favorito de los que has creado o novelado?

Ya te vale, en menudo compromiso me metes. No llevo la cuenta, pero a estas alturas ya tengo unos cuantos cientos de hijos haciendo de las suyas por ahí (me han salido revoltosos, qué le voy a hacer, ni te imaginas las fiestas que montamos cuando nos reunimos). Hay unos cuantos que me caen especialmente bien (y alguno que no soporto, eso también).

De todas formas, aún a riesgo de jugarme el cuello si se enteran los demás, reconozco que siento debilidad por Lopo Feixoo de Milmanda (que, por cierto, creo que está de visita en tu casa estos días). Un tipo duro y muy corrido (ejem, que ha vivido mucho, quiero decir), pero que en el fondo es tan sensible como un corderillo sin destetar. Para su desgracia, que la vida siempre ha sido muy jodida para la gente íntegra. De hecho, me cae tan bien que le he invitado a hacer un cameo en la novela que estoy escribiendo ahora.

Si te has quedado con curiosidad por saber a cuál no soporto, lo confesaré: a Baltasar Sachs, el meapilas monje de La cruz de ceniza. Tan obsesionado por seguir a su dios que no le importa meter a sus amigos en el mismo infierno. Pero esa historia ya la conté y si te interesa tendrás que leerla...

Medievalario, Fran Zabaleta
Medievalario. Y me apunto a Baltasar Sachs y la Cruz de ceniza. 

10. Por último, ¿qué consideras que te define como autor?

Aparte de la documentación, que suele ser exhaustiva, me han dicho un montón de veces que mis novelas son muy cinematográficas. Supongo que se debe a que para escribir una escena necesito imaginármela antes hasta el menor detalle, la veo en mi cabeza como si estuviera en ella. Lo que no siempre es agradable: lo he pasado realmente mal más de una vez mientras escribía alguna escena violenta, una violación o una matanza. Maldita imaginación.

Bueno, maldita no: también me lo he pasado muy bien escribiendo otras escenas más… placenteras. Ejem.

Espero que hayáis disfrutado tanto como yo de la entrevista. Una vez más, mil gracias, Fran. Por mi propio interés, sigue enganchado a la novela histórica, porque en tu bloc nos pones sobre la pista de muchas joyas que merece la pena descubrir, y porque queremos seguir disfrutando de tus cinematográficas descripciones y tus paseos por la naturaleza humana y sus diversas manifestaciones en escenarios de lo más complicados. Y porque que exista otro tipo capaz de leer sobre la herejía prisciliana y pensar "anda, qué bien encaja esto en mi novela de aventuras" me hace pensar que, después de todo, no estoy tan loco. ¡Nos leemos!