lunes, 29 de mayo de 2017

Los alanos y sus primos sármatas: acróbatas a caballo.


Bárbaros Alanos y Sármatas


Tras esta entrada, en la que tuvimos un primer acercamiento a los pueblos bárbaros que cruzaron las fronteras del moribundo imperio romano en dirección a la península ibérica, allá por el siglo V d.C., vamos a centrarnos en uno de ellos, quizás el más desconocido para nosotros: los alanos.

Los alanos son un pueblo sumamente misterioso, nómada y arcaico, animista en sus creencias. Sin historiadores entre los suyos, y rodeados de carromatos como únicas viviendas, no dejaron nada escrito ni construido después de su llegada a Europa. Salvo por la descripción que realizan en ocasiones sus enemigos romanos, son un pueblo que, como dice el historiador Javier Arce, no deja huella allí por donde pasa.
A los alanos les unía una estrecha relación de parentesco con otra tribu, los sármatas. Desde su aparición en las crónicas, los encontramos guerreando contra Roma en diferentes ocasiones, en la frontera oriental del imperio. Su irrupción supuso para los romanos una de las primeras ocasiones en las que debieron hacer frente a poderosos ejércitos de caballería, preludio de lo que tendrían que soportar en los siglos posteriores contra otros contendientes, como los partos.

Catafracta parto

En ese entonces, los ejércitos romanos prácticamente despreciaban a la caballería, y lo cierto es que no les había ido nada mal: habían conquistado casi todo su mundo conocido usándola apenas en labores de escolta o como mensajeros. Eran sus rocosos legionarios los que ganaban las batallas, armados con gladius y pilum contra los enemigos, y con palas y picos contra los bosques y tierras yermas que se cruzaban en su camino.
Sin embargo, tanto sármatas como alanos hacían recaer el peso de sus batallas en una eficaz y bien organizada caballería. Sus guerreros eran avezados jinetes; se cuenta que cada uno acudía a la batalla con al menos dos monturas, y cuando la primera de ellas daba muestras de cansancio, eran capaces de saltar a la otra sin necesidad de tocar el suelo, para continuar cabalgando durante horas. Además, resultaban extraordinarios arqueros montados, capaces de lanzar una y otra vez sobre sus monturas sin variar su cadencia ni su precisión. Para ello usaban unos característicos arcos cortos elaborados en hueso y madera, que podían usar cómodamente incluso a lomos de sus caballos, mientras los espoleaban para alejarse de sus perseguidores tras acribillarlos con sus proyectiles.

Arco huno para jinete arquero

Junto a esta caballería ligera, mayoritaria, luchaban los jinetes pesados o catafractas, que hacen su aparición por primera vez en los anales de la historia en el primer siglo antes de Cristo. Desde entonces, tanto romanos como partos o persas comprendieron el valor de tropas como aquellas para decidir batallas, por lo que comenzaron a crear sus propias compañías de caballeros pesados a semejanza de sármatas y alanos.
Se trataba de jinetes acorazados, que portaban armaduras de escamas, principalmente de cuero reforzado con placas de metal. De igual manera protegían a sus monturas. Iban armados con largas y recias lanzas con las que se lanzaban a la carga contra formaciones de infantería con una fuerza descomunal, o contra otras tropas a caballo, sembrando el pánico. Sus estandartes, al igual que su propia manera de luchar, terminarían siendo asumidos también por los romanos: los famosos dracos, o dragones, de caballería.

Lamentablemente, estas unidades contaban con tres inconvenientes: eran tremendamente costosas, pues las armaduras eran excesivamente caras; eran unidades lentas, salvo cuando sus caballos conseguían recorrer una distancia suficiente como para ganar velocidad con todo el peso con el que cargaban; y, fruto de la anterior, no todos los caballos eran válidos para pertenecer a una tropa como esta. Se requerían monturas grandes y fuertes para poder combatir con el peso de una armadura encima y resistir los choques, que eran entrenados desde potrillos como un combatiente más, capaces de cocear o incluso morder a los que se encontraran a su paso durante los combates. Tanto los sármatas como los alanos eran criadores expertos, y tenían a sus monturas en gran estima.
Como curiosidad, siglos más tarde, los romanos, que preferían usar el metal al cuero en sus armaduras, dieron otro nombre a estas unidades de catafractas que proliferaron en la frontera oriental: clibanarios. Esta palabra derivaba de clibanum, cuyo significado equivale a horno móvil, lo que habla bien a las claras del tremendo calor que debían soportar los jinetes que luchaban ataviados de tal guisa, en el confín este del imperio.

Expulsados del mar de hierba.

En la antesala de la caída definitiva del imperio occidental, también los alanos y los sármatas vieron cómo su propio mundo saltaba en pedazos. Probablemente fue una tragedia para ellos abandonar sus extensas estepas, aquellos océanos de hierba en los que generaciones de nómadas habían vivido sin apenas ataduras, llevando a sus preciadas monturas a pastar de un lugar a otro. Pero ninguno de ellos escribía, por lo que nadie ha tenido en cuenta lo que pudo significar para estos pueblos verse obligados a dejar atrás cuanto habían conocido, enfrentándose a una vida incierta.

Representación idealizada de Atila
Atila, según Eugène Delacroix
En el momento en el que los hunos comienzan a dirigirse hacia las fértiles y ricas tierras del imperio de Roma, los sármatas deciden ponerse bajo las órdenes de Atila, uniendo sus fuerzas a las de su pueblo y a las de otros tantos que se habían reunido bajo sus estandartes. En cambio, gran parte de las tribus alanas deciden abandonar las tierras de sus ancestros y recorrer miles de kilómetros hasta llegar a la Galia y a Hispania, aunque aquello les llevara a enfrentarse al mismo imperio con el que llevaban tiempo colaborando, formando parte de las tropas auxiliares que demandaban sus cada vez más amenazadas fronteras. Porque Roma tampoco era ya la misma que conocieron los primeros alanos: su supremacía se apagaba, y sus limes se desmoronaban, defendidos apenas por un puñado de valientes en comparación con las veteranas y numerosas legiones que las guarnecían siglos atrás.

El cruce del Rin

La primera vez en la historia en la que suevos, vándalos y alanos se agrupan, fue en el margen oriental del río Rin. Allí, convivieron con otros múltiples pueblos “bárbaros”, esperando el instante propicio en el que irrumpir en el interior del imperio. Este se presentó cuando, el último día del año 406 d.C., el crudo invierno hizo posible que la superficie del río se congelara. Sobre ella se lanzaron miles de hombres y mujeres, desbaratando a las pocas tropas romanas que defendían el ruinoso limes (un inciso: no puede haber mejor novela histórica que “El águila en la nieve” de Wallace Breem, para recrear este episodio).

Suevos, vándalos y alanos cruzando el Rin

Después de conseguir el anhelado paso, las tribus alanas se separan en dos, acompañando cada grupo a un reyezuelo. Los que siguieron a Goar se establecieron en la Galia, cerca de la actual Bretaña francesa, y se posicionaron como aliados de Roma. El emperador, consciente de su escaso poderío militar en comparación con lo extenso de su territorio, quiso atraer a algunas tribus a su lado para que fueran ellas quienes libraran sus guerras contra otros “bárbaros”, y los alanos de Goar atendieron a su llamamiento.
En cambio, el resto de las tribus alanas, al mando de un caudillo llamado Respendial, junto con suevos y vándalos (tanto asdingos como silingos) cruzaron los Pirineos para aliarse con Máximo, un usurpador imperial, de origen hispano, establecido en Tarraco que pretendía aumentar de esta manera sus tropas lo suficiente como para poder defender sus derechos a gobernar en Hispania. De esta forma, los distintos pueblos bárbaros se iban alineando a favor de uno u otro de los contendientes que pugnaban por los restos del moribundo imperio. Y, cuando suevos, vándalos y alanos atraviesan los desguarnecidos Pirineos en el año 409 d.C., comienza la historia que tan bien conocemos: las “tribus germánicas” en Hispania.

El ocaso de los alanos en Hispania.

Los alanos que habían seguido a Respendial, tras deambular por la provincia de Lusitania y llegar a establecerse durante un tiempo en su capital, Emerita Augusta, resultaron masacrados en la provincia romana de Baetica en el año 418 cuando Walia, soberano visigodo, ejecutando órdenes de Roma, hizo la guerra contra ellos y contra los vándalos silingos. Los supervivientes lograron llegar hasta Gallaecia, donde otra tribu vándala, los asdingos, luchaba con los suevos por hacerse con el control del territorio, uniendo su destino al de los vándalos, irremisiblemente.

Alianza de vándalos y alanos

A partir de entonces, el rey vándalo asdingo se convertiría también en soberano de silingos y alanos, convirtiéndose en un enemigo poderoso para Roma, al haber añadido a los supervivientes de los dos pueblos al suyo propio. De tal manera que, en la guerra que tuvo lugar al poco tiempo en Gallaecia entre suevos y vándalos, Roma se vio obligada a intervenir de nuevo. El emperador prefería debilitar a los que se fortalecían en exceso, en espera de poder ir eliminándolos cuando resultaran una molestia, en lugar de dejar que un pueblo numeroso y poderoso arraigara en sus provincias.
Vándalos y alanos, en el instante en el que creían alzarse con la victoria al haber cercado a sus enemigos suevos y tenerlos a su merced, resultaron sorprendidos por la llegada de los ejércitos imperiales: dos, ni más ni menos. Uno comandado por el Comes Hispaniarum, Astirius, desde el este, y otro desde el sur, comandado por el último Vicarius de la diócesis (el último conocido con dicho cargo), Maurocellus, que cerró la tenaza sobre ellos.
Después de este episodio, el poderío alano quedaría definitivamente disuelto, y los suyos se integrarían entre los vándalos hasta el declive de ambos pueblos muchos años después, y muchas millas de distancia más lejos. ¿Todos? Todos no; además de aquellos individuos que eligieron continuar en Hispania pese a la partida de los suyos al otro lado del mar, en la Galia, como si se tratara de un cómic de Astérix, los descendientes de Goar y los suyos resistieron durante unas cuantas generaciones... pero esa es parte de otra historia (y quizás de otra novela).

lunes, 22 de mayo de 2017

Quince autores imprescindibles para los amantes de la novela histórica, I

Autores imprescindibles novela histórica


Siempre se ha dicho que los lectores habituales de novela histórica son un público fiel, pero exigente. Puntilloso, incluso, en demasiadas ocasiones; y, como lector, no me excluyo. 

Entonces, ¿qué espero cuando compro una novela histórica? ¿Qué tienen aquellos autores de referencia en este género que los diferencia del resto? Ambas preguntas son muy difíciles de responder pero, como en toda opinión personal, subjetiva, trataré de argumentar por qué hay determinados escritores y escritoras que me encantan y, desde mi posición de lector de este tipo de novelas, recomiendo encarecidamente

Para que no se convierta en un post de proporciones bíblicas, y resulte demasiado largo y engorroso, lo dividiré en varias secciones. En esta inicial, hablaré sobre aquellos escritores en lengua inglesa de los que no me pierdo una novela, para continuar en siguientes post con escritoras en lengua inglesa, otros autores internacionales, nacionales y, por último, indies.

Primera evidencia de subjetividad: la división anteriormente expuesta. ¿Por qué? Pues porque debo reconocer que disfruto leyendo a muchos escritores (y escritoras) anglosajones, y por ello les dedicaré dos post, uno para ellos, y otro para ellas. Segunda prueba de subjetividad: me ceñiré a mi época favorita, que se encuadra entre los siglos VII a.C. y XIV d.C. Así que, sintiéndolo mucho, otros muchos libros de gran calidad, pero ambientados en otros periodos, quedarán fuera de esta lista. 

Una vez dicho esto, vamos allá.


Tres escritores de novela histórica en lengua inglesa de los que no me pierdo una novela.


1-. Bernard Cornwell


Aunque haya decidido seguir el orden alfabético entre los autores, ciertamente, para mí, Bernard Cornwell debería ocupar en cualquier caso el número uno en esta lista. 

Este escritor, nacido en Londres como cuenta en las solapas de sus libros, se graduó en la Universidad de Londres y trabajó para la BBC durante años, antes de establecerse en Estados Unidos. Posee un dilatada carrera en el ámbito de la escritura, con múltiples novelas publicadas (todas las que conozco, dentro del género de novela histórica), la mayoría de ellas dentro de diferentes series, dedicadas a temas tan dispares como la guerra de la independencia española (serie del fusilero Sharpe, única que no me he leído; que Cornwell me perdone, pero la época en la que está ambientada no me atrae especialmente...), la guerra de los cien años (serie del arquero Thomas de Hookton y su búsqueda del Grial), la lucha entre sajones y vikingos por el control de Britannia (la saga del guerrero sajón Uthred: Sajones, vikingos y normandos) o su propia interpretación de la leyenda artúrica (Crónicas del señor de la guerra). Además, y sin encuadrar en estas series, ha realizado otros trabajos como Stonhenge, Azincourt o el Ladrón de la horca.

Salvo las relativas a Sharpe, repito, las he leído todas. Pero sobre el conjunto, a mi entender, destaca la trilogía de Derfel Cadarn y su interpretación del mito de Arturo. Esta se encuentra compuesta por los siguientes títulos: El rey del invierno, El enemigo de Dios y Excalibur. Si disfrutas de una buena novela, con personajes sólidos y carismáticos, no rehuyes la oscuridad que puede adueñarse de una época tan pródiga en supersticiones, y no te importa sufrir al verte envuelto en una buena batalla (repleta de sangre y otros fluidos), estas novelas son para ti.

A nivel general, Bernard Cornwell sabe qué busca un lector de novela histórica cuando se sumerge entre las páginas de un libro. Emoción, épica, ciertas dosis de humor (en ocasiones negro, muy negro), batallas y, todo ello, sin perder de vista que la "historia real" es tan importante como la novelada. Creo que nadie que haya leído (vivan yo y mi subjetividad) sabe hacer que una batalla, caótica y sangrienta, parezca emerger de las páginas, sobrecogiendo a quien la lee. Quien ha leído la lucha en un muro de escudos descrita por Bernard Cornwell, o quiere más, o directamente se da cuenta de que este tipo de novela histórica no está hecha para él, o para ella.

De esta última trilogía, la de Derfel, he tomado "prestado" el nombre de uno de sus secundarios para incluirlo en mi novela "El Alano", como homenaje al personaje de Cornwell. ¿Sabes de quién hablo?

Novelas Bernard Cornwell

2-. Nicholas Guild


Descubrí tarde a Nicholas Guild, porque, curiosamente, es el que antes publicó sus novelas, en la década de los setenta, y hasta principios de los noventa. Tuve que esperar a alguna reedición para poder leerlo, pero la espera valió la pena. Durante años pensé que, tristemente, habría fallecido, porque era la única explicación que encontraba para explicar la ausencia de más novelas escritas por él. Por fortuna, estaba muy equivocado. Tras un largo período (¿20 años?) sin publicar, estamos de enhorabuena, porque acaba de sacar un nuevo libro, que espero leer en breve.
Nació en Estados Unidos en la década de los cuarenta, y, aunque hasta el momento tiene pocos libros publicados, tiene el honor (nuevamente desde mi punto de vista) de haber sacado tres verdaderas joyas como El asirio, La estrella de sangre, y El macedonio. Las dos primeras enclavadas en el imperio asirio, continuación una de la otra; y la tercera en la Macedonia de un joven Filipo, padre de Alejandro.
Desde mi perspectiva, Nicholas Guild es el escritor de novela histórica 9, ¿por qué? Porque no saca un 10 en ningún aspecto, pero tampoco menos de un 9 en ninguno de ellos. No podría destacar un punto fuerte sobre los demás en sus novelas, precisamente por ello parecen perfectamente equilibradas, redondas en su concepción. Su adecuación a la historia es más que correcta, así como su trabajo de documentación. También trabaja los personajes de forma exhaustiva, así como la trama y las relaciones entre ellos. No rehuye narrar una buena batalla aunque, en este punto, el 10 tengo claro a quien se lo voy a dar...

Novelas Nicholas Guild
Queridos Reyes Magos: me vendrían bien algunos playmobil asirios y macedonios

3-. Simon Scarrow

Simon Scarrow es un escritor inglés nacido en la década de los sesenta del siglo pasado. Su primera novela data del año 2000, con la que comenzó su célebre serie sobre el personaje ficticio Marco Licinio Cato, un joven liberto imperial que comienza una fulgurante (y rocambolesca) carrera en el ejército romano durante el primer siglo de nuestra era. Parece ser que en aquel entonces, hasta Bernard Cornwell llegó a decir de él: "No me hace ninguna gracia este tipo de competencia. Sus novelas son una lectura apasionante, y le deseo lo mejor".

Lo que he leído de Scarrow se centra en tres series. La primera, "Quinto Licinio Cato", comienza con "El águila del imperio" y ya cuenta con quince entregas (cuya calidad e interés, Scarrow me perdone, va decayendo progresivamente). También destaca la serie "Los generales", basada en las vidas de Napoleón y el Duque de Wellington. Aunque a priori no se encuadra entre mis temáticas prioritarias, realmente debo decir que se trata de libros muy logrados y entretenidos. Y, por último, una serie juvenil, que hasta el momento cuenta con tres entregas, basadas en la historia de un joven (Marco), que siendo esclavo, terminará entrando al servicio de Julio César. Desde mi punto de vista, cualquier esfuerzo por transmitir a los más jóvenes la pasión por la historia y por la lectura son bienvenidas.

Scarrow empezó con mucha fuerza. Sus primeras entregas de Cato y Macro son novelas redondas, en las que es imposible no implicarse en las vicisitudes de los personajes, de personalidades bien definidas y que desprenden una química especial. Son novelas emocionantes, con intriga en muchas ocasiones, y grandes dosis de acción, incluyendo excepcionales batallas entre legionarios y cualquier ejército que se les ponga por delante, desde la fría Britannia, hasta la cálida Palmira, pasando por la salvaje costa ilírica o el peligroso cauce del Nilo  (alístate, decían, verás mundo).

Pero por si alguien pensaba que Scarrow se había encasillado en la Roma imperial, en el año 2007 sorprendió con la primera novela de la serie sobre las vidas de Napoleón y Wellington. Yo mismo, por ejemplo, no esperaba que una novela encuadrada en semejante época me cautivara (había hecho una prueba con Patrick O'Brian, pero no salió del todo bien).

Novelas Simon Scarrow


Ha sido muy difícil elegir tan solo a tres autores, por eso he optado por avanzar dentro de poco otro nuevo post, en este caso, con tres escritoras de habla inglesa, y aun así, asumo que se me quedarán muchos otros en el tintero.

De todas formas, no quiero acabar sin mencionar, aunque sea brevemente, a muchos los autores que han quedado fuera de esta breve selección, pero que cuentan con obras dignas de resaltarse. Probablemente, otros escritores que podrían tener un hueco en mi lista particular son los siguientes: Wallace Breem (con El Águila en la nieve: fantástica novela sobre el cruce del Rin por parte de los pueblos bárbaros que penetraron en el imperio romano en los inicios del siglo V d.C), Steven Pressfield, y su famoso "Las puertas de fuego", en la que escribe sobre la batalla de las Termópilas, Harry Sidebottom, y su serie sobre las luchas entre romanos y sasánidas, denomida "Guerrero de Roma", o Edward Rutherford, con "El bosque", "London" o "Príncipes de Irlanda", en los que recorre la historia de un lugar a lo largo de diferentes generaciones, a modo de saga familiar.

¿Y para ti, qué autor anglosajón no podría faltar entre tus imprescindibles en novela histórica?
PD. Probablemente tenga que repescar este post periódicamente, para irlo actualizando a medida que descubra nuevas y sorprendentes novelas históricas.

lunes, 8 de mayo de 2017

Paseando por las ruinas romanas de Conímbriga.


Conímbriga


Siempre que hablo de Conímbriga, y digo que está en Portugal, suelen preguntarme si se trata de la actual Coimbra. Es un poco complicado de responder, pero, básicamente, tienen parte de razón.

El yacimiento arqueológico de Conímbriga se encuentra en una localidad llamada Condeixa a nova, a unos diez kilómetros de la actual Coimbra. Y no, geográficamente no es Coimbra, pues ya hemos dicho que no se encuentran en el mismo lugar, pero sí es cierto que existe un nexo de unión entre ambas localizaciones que data de muchos siglos atrás. 

Aunque Conímbriga, o su emplazamiento, fue habitado sucesivamente desde la edad del hierro hasta la Roma imperial, su relación con la vecina Coimbra data del siglo V de nuestra era, cuando el tiempo del imperio en Hispania (y en toda su mitad occidental) llegaba a su fin. En ese entonces Coimbra era un modesto asentamiento de nombre Aeminium, mientras Conímbriga era una ciudad en toda regla, con una larga tradición tras ella y familias poderosas que controlaban cuanto ocurría en la región. Precisamente, este último puede haber sido el motivo que terminara por arrastrarla hasta su declive.  

Un poco de historia.


El emplazamiento de la ciudad fue descubierto por sus primeros ocupantes en la edad del Hierro. En él encontraron un enclave ideal para protegerse y tener una visión privilegiada de la comarca circundante. Conímbriga -al igual que sus antecesoras- se alzaba en lo alto de una loma, dominando la llanura. Sus escarpadas laderas facilitaban su defensa; y, en el siglo IV de nuestra era, sus vecinos levantaron una gruesa muralla en la zona más accesible, para fortificar aún más la posición. La inestabilidad política era la nota predominante de la época, por lo que cualquier mejora que ofreciera seguridad a los habitantes de la zona era bienvenida. Este proceder se reprodujo en múltiples lugares de la cuenca del Mediterráneo, mientras los ataques de los pueblos extranjeros arreciaban a lo largo de las fronteras.

Esta inestabilidad alcanzó su máximo apogeo en el siglo siguiente, poco antes de que el hérulo Odoacro depusiera al último emperador de Roma. A principios del siglo V d.C., concretamente en el año 409, diferentes pueblos "bárbaros" se adentraron en el territorio que hasta entonces había conformado la diócesis Hispaniarum de Roma.

Suevos, vándalos y alanos irrumpieron a través de los Pirineos con sus guerreros, mujeres, niños y ancianos, auténticas naciones en movimiento que llevaban generaciones vagando por Europa, anhelando una tierra donde asentarse. Su oportunidad llegó en el instante en que un rico terrateniente hispano decidió nombrarse a sí mismo emperador, enfrentándose al legítimo mandatario, que bastantes problemas tenía entonces como para preocuparse por la distante Hispania.

Suevos, vándalos y alanos

Máximo, como se llamaba el usurpador, pensó que si podía atraer a esos tres pueblos hacia su bando, podría utilizar a sus guerreros en su provecho en el conflicto que terminaría enfrentándolo, más pronto que tarde, al emperador Honorio.

En connivencia con el usurpador, suevos, vándalos y alanos se repartieron entre sí tres de las provincias hispanas, dejando la Tarraconensis en manos del propio Máximo, que poco después resultaría derrotado sin haber conseguido lo que pretendía. De todas maneras, los tres pueblos se quedaron en aquellos lugares que habían acordado con Máximo en primera instancia.

El reparto que realizaron resulta, cuanto menos, llamativo: toda la Lusitania, y su vecina Carthaginense, quedaron asignadas al pueblo alano, aunque estos apenas resultaban suficientes para apropiarse siquiera de la primera, extensa y muy poblada. Por su parte, suevos y vándalos compartirían Gallaecia. Curiosamente, ninguno de estos dos pueblos pareció quejarse por esta desproporción, así que los alanos pasaron unos cuantos años instalados en la capital de la provincia lusitana, Emerita Augusta, sin enfrentarse a aquellas tribus con las que habían compartido vicisitudes desde su entrada en tierras del imperio.

No hay apenas información sobre las andanzas de los alanos en este periodo: por lo que parece, se limitaron a ignorar otras ciudades de la zona, como la propia Conímbriga. Este pueblo nómada, procedente de la estepa rusa, sería derrotado (y casi aniquilado) a los pocos años de su llegada a Lusitania a manos de los visigodos del rey Walia -bajo órdenes de Honorio, el legítimo emperador- sin haber puesto un pie en la ciudad.

Con el paso de los años, los supervivientes alanos, así como los vándalos, abandonaron la península y se asentaron en África, dejando en suelo hispano como único pueblo "bárbaro" a los suevos, que poco tardaron en establecer su propio reino en la Gallaecia, asentándose en los alrededores de Braccara Augusta.

Viéndose libres de competencia, los suevos, cada vez más audaces en sus expediciones de saqueo, comenzaron a traspasar las antiguas fronteras administrativas de Gallaecia en busca de presas más apetecibles. Conímbriga, cercana y relativamente indefensa, por no tratarse de una gran ciudad, supuso un atractivo reclamo para las partidas de guerreros suevos en busca de botín y riquezas.

Suevos saqueando Conímbriga

Ha quedado constancia en las crónicas de una incursión en el año 465 d.C. en la que el objetivo fue la casa de uno de los más acaudalados e influyentes ciudadanos de Conímbriga, de nombre Cantaber. La riqueza de este potentado debía de ser célebre en muchas millas a la redonda; los suevos vieron su oportunidad y asaltaron su vivienda, logrando capturar a parte de su familia -su madre y sus hijas-, presumiblemente con la intención de pedir por ellas un elevado rescate.

Pocos años más tarde, en el 468, se realiza un ataque a gran escala, en el que los suevos consiguen desbaratar las defensas de la ciudad y someterla a saqueo. Con la muralla parcialmente destruida, los supervivientes poco tardaron en empezar a abandonar la ciudad de manera paulatina. Muchos se establecieron en las cercanías, conformando lo que hoy en día es Condeixa a Nova; mientras que otros tantos se refugiaron a unos escasos diez kilómetros de su antiguo hogar, en lo que hoy se conoce como Coimbra, y en ese entonces como Aeminium.

A partir de entonces Aeminium conoció una época de inusitada prosperidad como no había disfrutado hasta entonces. Bien situada en el antiguo viario romano entre Braccara Augusta y Olissipo, vio cómo sus defensas se agrandaban, y pasó a ser sede del episcopado hasta ese entonces establecido en Conímbriga. Mientras aquella languidecía sin remedio, Aeminiun pasó a convertirse en la ciudad más relevante de la zona, mudando su nombre por el de Coimbra, muy similar al de la ciudad de origen de muchos de los nuevos habitantes que se instalaron entre sus muros.

El yacimiento arqueológico de Conímbriga.


Si tienes algún interés en la arqueología romana y visitas Portugal, no estaría de más darse un paseo por la zona. Ahora bien, lo primero que debo decir es que, al menos cuando yo fui, no resultaba sencillo llegar al yacimiento, pues se encontraba escasamente señalizado.

El complejo, además del yacimiento propiamente dicho, cuenta con un museo cuyo contenido proviene del propio enclave. Por "deformación profesional", y aunque han sido varios los fondos utilizados para su excavación, puesta en valor y rehabilitación, debo mencionar que uno de ellos ha sido el Fondo Europeo Agrícola para el Desarrollo Rural - FEADER, por medio de la iniciativa LEADER.

Si quieres saber más sobre el complejo, y planificar bien tu visita, puedes echarle un vistazo a su web oficial: www.conimbriga.pt

Por mi parte, te ofrezco un pequeño resumen basado en mi experiencia de lo que encontrarás allí:

Podrás pasear entre los restos de las termas públicas de la urbe, localizadas en el extremo sur, así como observar los restos de un acueducto de más de tres kilómetros de longitud, cuya cisterna de agua se encontraba en la zona intramuros. También deambular entre manzanas de edificios en los que habitaban las clases medias y bajas de la época -insulae-, así como recorrer los pasillos de las imponentes domus de los terratenientes. Desde mi punto de vista, hay tres edificaciones que destacan entre todas:

1. La casa de los Repuxos. Se encuentra situada extramuros. Destacan sus mosaicos y pinturas, bien conservados y accesibles; y una fuente que es posible ver en funcionamiento al introducir una moneda, lo que la convierte en la atracción más popular para la mayoría de los visitantes.

Casa de los Repuxos, Conímbriga

2. Las gruesas murallas que protegían la ciudad, en las que se puede observar la heterogeneidad de los materiales utilizados, tan propia de la época. El ancho de estas "cortinas" es de más de dos metros, y aunque no se han conservado en su totalidad aún se vislumbran las bases de las torres de vigilancia que se distribuían a lo largo de su perímetro.

Muralla, Conímbriga

3. Ya en el interior del recinto fortificado, muy cerca de la propia muralla, podemos disfrutar de la impresionante domus de la familia Cantaber, aquella que, como hemos comentado, fue blanco de la codicia de los suevos en el 465. Ciertamente, Cantaber debió de haber sido un verdadero magnate. Y no era de gustos precisamente sencillos: su casa familiar, situada en una ubicación privilegiada, resulta enorme en comparación con otras construcciones de la época en la zona, contando con dos patios de columnas o peristilos, en lugar de uno solo como era habitual. Además, tenía termas propias.


Termas de Cantaber, Conímbriga

En definitiva, un personaje interesante en una época fascinante. ¿Estás de acuerdo conmigo en que la historia de Cantaber merecía formar parte de una novela?


lunes, 1 de mayo de 2017

Diez errores que nunca deberías cometer escribiendo novela histórica.

Errores novela histórica


Imagina: estás leyendo un libro del que estás disfrutando enormemente. Aníbal, después de someter o convencer a múltiples tribus celtas e íberas para añadirlas a sus tropas númidas y púnicas, se dispone a comenzar una de las mayores epopeyas militares de la historia contra el incipiente poderío de Roma. Todo está preparado para que un ejército enorme y diverso recorra una distancia tremenda, jalonada por ríos caudalosos, montañas nevadas y enemigos por doquier. Y, de repente, la vanguardia del ejército púnico está formada por... mamuts. Sí, mamuts.

Se trata de un ejemplo exagerado; en principio, no creo que nadie pudiera cometer semejante error. Pero sí que hay muchos otros, menos evidentes, en los que podemos caer cuando estamos escribiendo una novela histórica si no tenemos suficiente cuidado durante el proceso de documentación. Y te aseguro que los lectores apasionados de este género pueden -podemos- ser tremendamente exigentes en cuanto al rigor histórico de las narraciones.

Sin dejar de ser ficción, nuestra historia debe asentarse firmemente en los datos existentes, y los vacíos que rellenemos con nuestra imaginación deben tejerse de forma que el resultado final resulte plausible y coherente con el contexto.

Anacronismo histórico
¿Te has fijado en el anacronismo flagrante?
¡Efectivamente! ¿Qué hace una ballesta entre las armas de este signífero romano?

Y, ¿cómo evitamos cometer estos errores capaces de deslucir de un plumazo tanto trabajo? ¿Qué debemos tener en cuenta especialmente para desterrar cualquier posible mamut que pretenda asomar sus colmillos entre nuestros renglones? He aquí diez terrenos pantanosos en los que podemos enfangarnos si no tenemos el suficiente cuidado.

1. Fauna, vegetación, clima y entorno.


Elefantes, bien africanos o bien asiáticos (como los del rey Poro en su enfrentamiento con Alejandro Magno), pero nunca mamuts. Es conveniente documentarse en la medida de lo posible sobre la paleoflora, paleofauna, geografía y condiciones ambientales de un escenario en la época que nos ocupe. Es difícil, sí: pocas fuentes recogerán estos datos, que los cronistas "daban por sentados" mientras escribían largamente sobre batallas, costumbres o religión.

En caso de no encontrar alguna información en concreto, es mejor no especificar demasiado. Pero sí que tendremos que tener claras por lo menos algunas generalidades. Por ejemplo, al hilo de nuestra exagerada anécdota de los mamuts de Aníbal, la antigua Cartago fue, durante los últimos siglos antes de nuestra era, un vergel donde era posible cultivar cuantas frutas o vegetales se conocieran en el Mediterráneo, un huerto privilegiado del que más tarde se beneficiarían sus enemigos romanos, y no una región árida, cercana al desierto, como lo es Túnez en la actualidad.

2. Las costumbres y los valores morales.


Cierto, las costumbres de la antigüedad distan mucho de asemejarse a las de hoy en día. Por descontado, cada pueblo ha tenido sus propios usos y maneras (no globalizados, como muchos ahora), que pueden verse reflejados en diferentes escritos sobre el momento en cuestión. Debemos ser cuidadosos a la hora de documentarnos, intentando ajustar en la medida de lo posible el contexto tanto geográfico como temporal. Pero este tema es largo, y quizás merecería un post aparte para tratarlo en profundidad.

Queda por citar, no obstante, un asunto espinoso: los valores morales. Términos como "derechos humanos" o "feminismo" son extremadamente recientes; la opinión que podía tener un legionario romano, o un guerrero europeo de la Edad Media sobre el papel de las mujeres en la sociedad, la homosexualidad, el vínculo paternofilial o la libertad de culto nos resultan difícilmente asimilables con la mentalidad de hoy en día.

Así que el reto es doble: por un lado, conocer las opiniones imperantes en el escenario que hayamos escogido, y por otro adaptar a nuestros personajes para que sean consecuentes con ellas. No digo que debamos renunciar, por ejemplo, a crear personajes femeninos fuertes -la visibilización de las mujeres es una de las asignaturas pendientes de la historia, y en el contexto de la ficción podemos contribuir, aportando nuestro granito de arena, a que esto no se perpetúe hasta el infinito-, pero tenemos que ser conscientes de las limitaciones que nos imponga cada periodo histórico. Y crear personajes con los que podamos empatizar a pesar de la distancia (en todos los sentidos) que nos separa de ellos resulta tan complejo como necesario.

3. La "moda": vestimenta, armas y armaduras.


Cada periodo de la historia ha conllevado sus propias modas: desde el kolt utilizado por los egipcios para realzar los ojos, hasta los aparatosos vestidos del siglo XVIII.

Pero quiero detenerme especialmente en la panoplia guerrera. Evidentemente, la armadura de un hoplita ateniense, la de un auxiliar de Roma o la de un hombre de armas inglés durante la guerra de los cien años serán muy diferentes entre sí. Al igual que el kitón, la túnica o la camisola. Asimismo, las armas (y el modo de utilizarlas) variarán mucho según la cultura y la época.

Distintas panoplias de guerreros

No es difícil encontrar en la literatura -y no digamos ya en el cine- ejemplos en los que esta información se confunde, supongo que a veces por desconocimiento y otras por primar la espectacularidad frente al rigor. Un ejemplo extraído de una novela que he leído recientemente: las ballestas no aparecen hasta bien entrada la edad media, por lo que resultaría imposible que pudieran amartillarlas unos vikingos sobre las proas de sus embarcaciones en pleno siglo X.

Y en la gran pantalla... recuerdo ver Excalibur de niño. Las armaduras que utilizaban los caballeros de la mesa redonda eran realmente espectaculares. Además, la crítica de la época daba a entender que se trataba de la mejor adaptación de la leyenda llevada hasta entonces al cine. Oscura, tenebrosa y mística como ninguna otra; sobra decir que me gustó. Pero había un error de bulto que, por suerte, en aquel momento no me importó (lo que me permitió disfrutar -y sufrir- sin darle más vueltas con la peli). No fue hasta varios años después cuando comprendí que aquellas armaduras que lucían los caballeros de Arturo, así como los de Mordreaut, brillantes y enormes, eran propias de las justas del siglo XV, mil años después de los "hechos". Arturo, de existir, habría lucido en el mejor de los casos una cota de malla como las que usaran los últimos legionarios de Roma en el momento en el que la avalancha de tribus bárbaras se lanzaran sobre las fronteras. Y muchos de los suyos, salvo quizás sus caballeros y señores de la guerra, habrían luchado sin apenas más protección que la que les ofrecieran sus escudos.

Arturo histórico vs. Arturo cinematográfico
Arturo vs Arturo


4. Las expresiones.


El lenguaje, y en particular las frases hechas, que damos por sentadas, pueden hacer que algunos anacronismos flagrantes nos pasen desapercibidos. Pensemos siempre en el contexto antes de que expresiones como "una aguja en un pajar", "la sangre que corre por mis venas", "saltó como un resorte" o "sentí dispararse mi adrenalina" nos traicionen.

5. El número de combatientes en los conflictos.


El número de participantes en una batalla tendrá que ser coherente con la capacidad demográfica del momento en cuestión, ¿verdad? No es lo mismo una batalla en la época de la república romana contra el mismo Aníbal, en la que los ejércitos podían estar compuestos por decenas de miles de combatientes (las tropas romanas en la batalla de Cannas superaban los 80.000 hombres), que quinientos años después, en el ocaso del imperio, en el que salvo en los Campos Catalaúnicos (donde pueblos enteros combatieron entre sí) las tropas imperiales habían sufrido una transformación que no sola afectaba a sus armas y estrategia de lucha, sino también a su número. En ese entonces, los legionarios por unidad habían pasado de los cuatro mil de unos siglos antes, a mil en el mejor de los casos. En el otro extremo, los conflictos en la baja edad media podían dirimirse con el enfrentamiento de unos pocos centenares de combatientes.

6. La heroicidad desmedida. 


Sin duda, contar que Leónidas y sus trescientos espartanos defendieron, ellos solos, el paso de las Termópilas frente a ingentes cantidades de guerreros nos asegura un relato épico. Pero no, no fue así; hubiera resultado imposible. Cierto es que ellos permanecen allí durante el último ataque, en el que dejan la vida, pero hasta entonces contingentes de otras polis griegas -que en ese momento se retiran, y de ahí la heroicidad espartana- habían luchado junto a ellos en la misma falange, dándoles un respiro a los héroes del león de Esparta.

Que algo como eso no nos ciegue. Una escena en la que apenas medio centenar de guerreros resisten el embate de millares... no es creíble. Cuando vayamos a plantear situaciones desesperadas, más nos vale sustentarlas lo mejor que podamos para que resulten suficientemente verosímiles. Otro punto con el que debemos ser precavidos es el de las consecuencias de un golpe o una herida: no podemos hacer sufrir a nuestro protagonista un lanzazo en el costado y que este no le pase factura durante la lucha y los días posteriores.

Heroicidad desmedida
¡Vaya! Creo que me he metido en un buen lío...

7. Los desplazamientos.


Debemos tener en cuenta lo que supondría recorrer cada distancia con los medios e infraestructuras disponibles en la época. No era lo mismo atravesar la Galia en época de Vercingetórix, que hacerlo doscientos años más tarde, cuando las calzadas de Roma se convirtieron en los primeros "fragmentadores de ecosistemas a gran escala". Asimismo, la orografía del terreno, o las condiciones climatológicas, también tendrían una notable influencia.

Cuando busquemos referencias, lógicamente debemos diferenciar entre viajes a pie, a caballo o en barco. Respecto al primer punto, las fuentes históricas recogen que un ejército romano de la república podía recorrer veinte millas al día con toda su impedimenta a cuestas; desde luego, yo hoy en día no sería capaz.

En cuanto a la navegación, las tormentas, los bajíos traicioneros, o la posibilidad de encuentros desagradables con enemigos o con los piratas que dominaban muchas zonas hacían que llegar a buen puerto fuera en ocasiones una auténtica lotería. Hay una anécdota, también recogida en las crónicas, en la que un general escribe un mensaje en el cuero cabelludo de su correo, a bordo de un buque. Cuando este llega a su destino (al otro lado del Mediterráneo), el mensaje ha quedado oculto bajo la enorme mata de pelo del mensajero.

8. Los alimentos y los cultivos.


Ni persas horneando un delicioso pan de maíz, ni campesinos cultivando campos de papas -patatas- en el siglo XII. Como sabemos, cualquiera de estos alimentos no llegaron a Europa o Asia hasta el descubrimiento de América. En cada lugar comerían lo que se produjera en su entorno más cercano (algunos productos no perecederos podrían transportarse algo más lejos), y la dieta variaría en función de la época del año, y por supuesto del poder adquisitivo.

El concepto de comida rápida sí que existía, por ejemplo, en las urbes romanas: podías adquirir en las tabernas algunos trozos de salchichas frías que consumir entre gestión y gestión. Hay cosas en las que no hemos cambiado tanto... aunque ellos no podían acompañar los desayunos rápidos con una taza de delicioso café.

9. La información y las comunicaciones.


Hoy en día es casi imposible no enterarse de lo que ocurre, no solo a nivel local, sino también a escala mundial. Por mucho que pretendas abstraerse de lo que te rodea, siempre tendrás a mano un periódico, o la televisión, o más probablemente acceso a internet mediante cualquier dispositivo (o proximidad a cualquiera que sí esté bien informado).

Sin embargo, hasta hace poco tiempo esto no era así: la gente tan solo tenía constancia de lo que pasaba a su alrededor, en su pequeño universo. Esta situación se acentúa aún más según el periodo y la civilización que observemos. Además, en muchas situaciones, la información que llegaba a según qué lugares era de dudosa credibilidad. Todos hemos probado el juego de dar un mensaje, y repetirlo de persona en persona para comprobar cómo este ha variado. Imagina lo que podía llegar a hacer este efecto en la antigüedad: las historias que portaban entre sus bártulos los comerciantes o soldados (los más viajeros), solían cambiar a gusto del narrador, que aderezaría certezas y rumores con su propio punto de vista. Si una batalla se había desarrollado en un lugar distante, a la hora de ser narrada, bastante tiempo después, a lo largo del camino podían haber cambiado no solo el número de participantes, sino incluso el resultado...


10. La longevidad.


La esperanza de vida del género humano en la actualidad prácticamente no ha tenido parangón en ningún periodo anterior. En función de la civilización -y, dentro de ellas, del estrato social- que estudiemos, este dato puede variar considerablemente, influenciado por múltiples variables: hábitos de alimentación e higiene, belicosidad -propia o de los vecinos-, desarrollo de la medicina...

Para estimar este dato, además de consultar investigaciones recientes al respecto, podríamos tomar como referencia la edad a la que murieron algunos personajes ilustres de la época. Como ejemplo, Platón vivió más de setenta años, por lo que no sería descabellado que el personaje de una novela que transcurra en la Grecia clásica pudiera alcanzar una edad similar a la del conocido filósofo (aunque tampoco fuera lo más habitual). Por desgracia, si a tu protagonista le ha tocado vivir en el neolítico, o en los momentos más oscuros de la edad media, no dispondrás de tantos años para relatar su historia, así que deberías tratar de contraerla en un periodo aceptable para el momento.

Ten en cuenta además que este dato estará relacionado con la edad a la que solían alcanzarse distinto hitos del desarrollo, por ejemplo el momento en el que los individuos comenzaban a ser considerados como adultos, el de su iniciación como guerreros, o la edad a la que contraían matrimonio.

Y, de propina, un último consejo: si has tomado decisiones controvertidas a la hora de seguir alguna teoría novedosa o no tan conocida que apoyara mejor el desarrollo de tu historia, o si has introducido algún anacronismo deliberado para enriquecer la trama, el momento de dejar constancia de ello y explicar a los lectores los detalles que consideremos oportunos, además de señalar los hechos históricos y separarlos de los que se deben únicamente a nuestra imaginación, es en la nota histórica. Pero de esto ya hablaremos otro día con la profundidad que se merece.

Bien, a pesar de que me ha salido una entrada larguísima, apuesto a que se me han quedado cosas en el tintero. ¡Nadie ha dicho que esto fuera fácil! Si estáis enfrascados en el proceso de escribir una novela histórica, espero que este decálogo os sea de utilidad. Repasad cada punto, y... ¡a por esos pequeños mamones mamuts!

¿Y tú? ¿Has cazado algún mamut memorable en los textos que has escrito o leído?