lunes, 29 de mayo de 2017

Los alanos y sus primos sármatas: acróbatas a caballo.


Bárbaros Alanos y Sármatas


Tras esta entrada, en la que tuvimos un primer acercamiento a los pueblos bárbaros que cruzaron las fronteras del moribundo imperio romano en dirección a la península ibérica, allá por el siglo V d.C., vamos a centrarnos en uno de ellos, quizás el más desconocido para nosotros: los alanos.

Los alanos son un pueblo sumamente misterioso, nómada y arcaico, animista en sus creencias. Sin historiadores entre los suyos, y rodeados de carromatos como únicas viviendas, no dejaron nada escrito ni construido después de su llegada a Europa. Salvo por la descripción que realizan en ocasiones sus enemigos romanos, son un pueblo que, como dice el historiador Javier Arce, no deja huella allí por donde pasa.
A los alanos les unía una estrecha relación de parentesco con otra tribu, los sármatas. Desde su aparición en las crónicas, los encontramos guerreando contra Roma en diferentes ocasiones, en la frontera oriental del imperio. Su irrupción supuso para los romanos una de las primeras ocasiones en las que debieron hacer frente a poderosos ejércitos de caballería, preludio de lo que tendrían que soportar en los siglos posteriores contra otros contendientes, como los partos.

Catafracta parto

En ese entonces, los ejércitos romanos prácticamente despreciaban a la caballería, y lo cierto es que no les había ido nada mal: habían conquistado casi todo su mundo conocido usándola apenas en labores de escolta o como mensajeros. Eran sus rocosos legionarios los que ganaban las batallas, armados con gladius y pilum contra los enemigos, y con palas y picos contra los bosques y tierras yermas que se cruzaban en su camino.
Sin embargo, tanto sármatas como alanos hacían recaer el peso de sus batallas en una eficaz y bien organizada caballería. Sus guerreros eran avezados jinetes; se cuenta que cada uno acudía a la batalla con al menos dos monturas, y cuando la primera de ellas daba muestras de cansancio, eran capaces de saltar a la otra sin necesidad de tocar el suelo, para continuar cabalgando durante horas. Además, resultaban extraordinarios arqueros montados, capaces de lanzar una y otra vez sobre sus monturas sin variar su cadencia ni su precisión. Para ello usaban unos característicos arcos cortos elaborados en hueso y madera, que podían usar cómodamente incluso a lomos de sus caballos, mientras los espoleaban para alejarse de sus perseguidores tras acribillarlos con sus proyectiles.

Arco huno para jinete arquero

Junto a esta caballería ligera, mayoritaria, luchaban los jinetes pesados o catafractas, que hacen su aparición por primera vez en los anales de la historia en el primer siglo antes de Cristo. Desde entonces, tanto romanos como partos o persas comprendieron el valor de tropas como aquellas para decidir batallas, por lo que comenzaron a crear sus propias compañías de caballeros pesados a semejanza de sármatas y alanos.
Se trataba de jinetes acorazados, que portaban armaduras de escamas, principalmente de cuero reforzado con placas de metal. De igual manera protegían a sus monturas. Iban armados con largas y recias lanzas con las que se lanzaban a la carga contra formaciones de infantería con una fuerza descomunal, o contra otras tropas a caballo, sembrando el pánico. Sus estandartes, al igual que su propia manera de luchar, terminarían siendo asumidos también por los romanos: los famosos dracos, o dragones, de caballería.

Lamentablemente, estas unidades contaban con tres inconvenientes: eran tremendamente costosas, pues las armaduras eran excesivamente caras; eran unidades lentas, salvo cuando sus caballos conseguían recorrer una distancia suficiente como para ganar velocidad con todo el peso con el que cargaban; y, fruto de la anterior, no todos los caballos eran válidos para pertenecer a una tropa como esta. Se requerían monturas grandes y fuertes para poder combatir con el peso de una armadura encima y resistir los choques, que eran entrenados desde potrillos como un combatiente más, capaces de cocear o incluso morder a los que se encontraran a su paso durante los combates. Tanto los sármatas como los alanos eran criadores expertos, y tenían a sus monturas en gran estima.
Como curiosidad, siglos más tarde, los romanos, que preferían usar el metal al cuero en sus armaduras, dieron otro nombre a estas unidades de catafractas que proliferaron en la frontera oriental: clibanarios. Esta palabra derivaba de clibanum, cuyo significado equivale a horno móvil, lo que habla bien a las claras del tremendo calor que debían soportar los jinetes que luchaban ataviados de tal guisa, en el confín este del imperio.

Expulsados del mar de hierba.

En la antesala de la caída definitiva del imperio occidental, también los alanos y los sármatas vieron cómo su propio mundo saltaba en pedazos. Probablemente fue una tragedia para ellos abandonar sus extensas estepas, aquellos océanos de hierba en los que generaciones de nómadas habían vivido sin apenas ataduras, llevando a sus preciadas monturas a pastar de un lugar a otro. Pero ninguno de ellos escribía, por lo que nadie ha tenido en cuenta lo que pudo significar para estos pueblos verse obligados a dejar atrás cuanto habían conocido, enfrentándose a una vida incierta.

Representación idealizada de Atila
Atila, según Eugène Delacroix
En el momento en el que los hunos comienzan a dirigirse hacia las fértiles y ricas tierras del imperio de Roma, los sármatas deciden ponerse bajo las órdenes de Atila, uniendo sus fuerzas a las de su pueblo y a las de otros tantos que se habían reunido bajo sus estandartes. En cambio, gran parte de las tribus alanas deciden abandonar las tierras de sus ancestros y recorrer miles de kilómetros hasta llegar a la Galia y a Hispania, aunque aquello les llevara a enfrentarse al mismo imperio con el que llevaban tiempo colaborando, formando parte de las tropas auxiliares que demandaban sus cada vez más amenazadas fronteras. Porque Roma tampoco era ya la misma que conocieron los primeros alanos: su supremacía se apagaba, y sus limes se desmoronaban, defendidos apenas por un puñado de valientes en comparación con las veteranas y numerosas legiones que las guarnecían siglos atrás.

El cruce del Rin

La primera vez en la historia en la que suevos, vándalos y alanos se agrupan, fue en el margen oriental del río Rin. Allí, convivieron con otros múltiples pueblos “bárbaros”, esperando el instante propicio en el que irrumpir en el interior del imperio. Este se presentó cuando, el último día del año 406 d.C., el crudo invierno hizo posible que la superficie del río se congelara. Sobre ella se lanzaron miles de hombres y mujeres, desbaratando a las pocas tropas romanas que defendían el ruinoso limes (un inciso: no puede haber mejor novela histórica que “El águila en la nieve” de Wallace Breem, para recrear este episodio).

Suevos, vándalos y alanos cruzando el Rin

Después de conseguir el anhelado paso, las tribus alanas se separan en dos, acompañando cada grupo a un reyezuelo. Los que siguieron a Goar se establecieron en la Galia, cerca de la actual Bretaña francesa, y se posicionaron como aliados de Roma. El emperador, consciente de su escaso poderío militar en comparación con lo extenso de su territorio, quiso atraer a algunas tribus a su lado para que fueran ellas quienes libraran sus guerras contra otros “bárbaros”, y los alanos de Goar atendieron a su llamamiento.
En cambio, el resto de las tribus alanas, al mando de un caudillo llamado Respendial, junto con suevos y vándalos (tanto asdingos como silingos) cruzaron los Pirineos para aliarse con Máximo, un usurpador imperial, de origen hispano, establecido en Tarraco que pretendía aumentar de esta manera sus tropas lo suficiente como para poder defender sus derechos a gobernar en Hispania. De esta forma, los distintos pueblos bárbaros se iban alineando a favor de uno u otro de los contendientes que pugnaban por los restos del moribundo imperio. Y, cuando suevos, vándalos y alanos atraviesan los desguarnecidos Pirineos en el año 409 d.C., comienza la historia que tan bien conocemos: las “tribus germánicas” en Hispania.

El ocaso de los alanos en Hispania.

Los alanos que habían seguido a Respendial, tras deambular por la provincia de Lusitania y llegar a establecerse durante un tiempo en su capital, Emerita Augusta, resultaron masacrados en la provincia romana de Baetica en el año 418 cuando Walia, soberano visigodo, ejecutando órdenes de Roma, hizo la guerra contra ellos y contra los vándalos silingos. Los supervivientes lograron llegar hasta Gallaecia, donde otra tribu vándala, los asdingos, luchaba con los suevos por hacerse con el control del territorio, uniendo su destino al de los vándalos, irremisiblemente.

Alianza de vándalos y alanos

A partir de entonces, el rey vándalo asdingo se convertiría también en soberano de silingos y alanos, convirtiéndose en un enemigo poderoso para Roma, al haber añadido a los supervivientes de los dos pueblos al suyo propio. De tal manera que, en la guerra que tuvo lugar al poco tiempo en Gallaecia entre suevos y vándalos, Roma se vio obligada a intervenir de nuevo. El emperador prefería debilitar a los que se fortalecían en exceso, en espera de poder ir eliminándolos cuando resultaran una molestia, en lugar de dejar que un pueblo numeroso y poderoso arraigara en sus provincias.
Vándalos y alanos, en el instante en el que creían alzarse con la victoria al haber cercado a sus enemigos suevos y tenerlos a su merced, resultaron sorprendidos por la llegada de los ejércitos imperiales: dos, ni más ni menos. Uno comandado por el Comes Hispaniarum, Astirius, desde el este, y otro desde el sur, comandado por el último Vicarius de la diócesis (el último conocido con dicho cargo), Maurocellus, que cerró la tenaza sobre ellos.
Después de este episodio, el poderío alano quedaría definitivamente disuelto, y los suyos se integrarían entre los vándalos hasta el declive de ambos pueblos muchos años después, y muchas millas de distancia más lejos. ¿Todos? Todos no; además de aquellos individuos que eligieron continuar en Hispania pese a la partida de los suyos al otro lado del mar, en la Galia, como si se tratara de un cómic de Astérix, los descendientes de Goar y los suyos resistieron durante unas cuantas generaciones... pero esa es parte de otra historia (y quizás de otra novela).

5 comentarios:

  1. Mmmm... Entonces, según entiendo, una parte de los alanos cruzaron el Estrecho fusionados con el pueblo vándalo de Genserico, y los que se quedaron en la Galia serían los que lucharían más tarde junto a visigodos y romanos contra los hunos y sus aliados en los Campos Cataláunucos. ¿Es así? No entendía cómo podían los alanos luchar más tarde en la Galia si antes los visigodos prácticamente habían acabado con ellos en la Hispania. Con esto parece que se me aclaran las cosas un poco.

    Un saludo

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  2. Exacto, sucedió de esa manera. Después de que los alanos penetraran en las tierras del imperio, se escindieron en dos ramas: una proclive a aliarse con Roma (la de Goar), y la otra más interesada en decidir sus propios pasos (la de Respendial). De esa manera, los alanos de Goar unieron sus fuerzas a Aecio en los Campos Catalaúnicos, y el imperio les concedió tierras en las que establecerse en los alrededores de la actual Bretaña francesa.

    Un placer!

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  4. Un artículo muy interesante, sobre todo para comprender cómo ese choque entre el Imperio y los alanos, con su potente caballería, acaba transformando la cultura de la guerra de los romanos. Cómo bien se dice, no existe demasiada información sobre este pueblo, y sobre las influencias que tuvo sobre los territorios por los que pasaron, así que se agradecen mucho artículos como este.

    Un saludo!

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  5. Sin duda un pueblo para sacarle mucho partido en una novela de aventuras :)

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