lunes, 1 de mayo de 2017

Diez errores que nunca deberías cometer escribiendo novela histórica.

Errores novela histórica


Imagina: estás leyendo un libro del que estás disfrutando enormemente. Aníbal, después de someter o convencer a múltiples tribus celtas e íberas para añadirlas a sus tropas númidas y púnicas, se dispone a comenzar una de las mayores epopeyas militares de la historia contra el incipiente poderío de Roma. Todo está preparado para que un ejército enorme y diverso recorra una distancia tremenda, jalonada por ríos caudalosos, montañas nevadas y enemigos por doquier. Y, de repente, la vanguardia del ejército púnico está formada por... mamuts. Sí, mamuts.

Se trata de un ejemplo exagerado; en principio, no creo que nadie pudiera cometer semejante error. Pero sí que hay muchos otros, menos evidentes, en los que podemos caer cuando estamos escribiendo una novela histórica si no tenemos suficiente cuidado durante el proceso de documentación. Y te aseguro que los lectores apasionados de este género pueden -podemos- ser tremendamente exigentes en cuanto al rigor histórico de las narraciones.

Sin dejar de ser ficción, nuestra historia debe asentarse firmemente en los datos existentes, y los vacíos que rellenemos con nuestra imaginación deben tejerse de forma que el resultado final resulte plausible y coherente con el contexto.

Anacronismo histórico
¿Te has fijado en el anacronismo flagrante?
¡Efectivamente! ¿Qué hace una ballesta entre las armas de este signífero romano?

Y, ¿cómo evitamos cometer estos errores capaces de deslucir de un plumazo tanto trabajo? ¿Qué debemos tener en cuenta especialmente para desterrar cualquier posible mamut que pretenda asomar sus colmillos entre nuestros renglones? He aquí diez terrenos pantanosos en los que podemos enfangarnos si no tenemos el suficiente cuidado.

1. Fauna, vegetación, clima y entorno.


Elefantes, bien africanos o bien asiáticos (como los del rey Poro en su enfrentamiento con Alejandro Magno), pero nunca mamuts. Es conveniente documentarse en la medida de lo posible sobre la paleoflora, paleofauna, geografía y condiciones ambientales de un escenario en la época que nos ocupe. Es difícil, sí: pocas fuentes recogerán estos datos, que los cronistas "daban por sentados" mientras escribían largamente sobre batallas, costumbres o religión.

En caso de no encontrar alguna información en concreto, es mejor no especificar demasiado. Pero sí que tendremos que tener claras por lo menos algunas generalidades. Por ejemplo, al hilo de nuestra exagerada anécdota de los mamuts de Aníbal, la antigua Cartago fue, durante los últimos siglos antes de nuestra era, un vergel donde era posible cultivar cuantas frutas o vegetales se conocieran en el Mediterráneo, un huerto privilegiado del que más tarde se beneficiarían sus enemigos romanos, y no una región árida, cercana al desierto, como lo es Túnez en la actualidad.

2. Las costumbres y los valores morales.


Cierto, las costumbres de la antigüedad distan mucho de asemejarse a las de hoy en día. Por descontado, cada pueblo ha tenido sus propios usos y maneras (no globalizados, como muchos ahora), que pueden verse reflejados en diferentes escritos sobre el momento en cuestión. Debemos ser cuidadosos a la hora de documentarnos, intentando ajustar en la medida de lo posible el contexto tanto geográfico como temporal. Pero este tema es largo, y quizás merecería un post aparte para tratarlo en profundidad.

Queda por citar, no obstante, un asunto espinoso: los valores morales. Términos como "derechos humanos" o "feminismo" son extremadamente recientes; la opinión que podía tener un legionario romano, o un guerrero europeo de la Edad Media sobre el papel de las mujeres en la sociedad, la homosexualidad, el vínculo paternofilial o la libertad de culto nos resultan difícilmente asimilables con la mentalidad de hoy en día.

Así que el reto es doble: por un lado, conocer las opiniones imperantes en el escenario que hayamos escogido, y por otro adaptar a nuestros personajes para que sean consecuentes con ellas. No digo que debamos renunciar, por ejemplo, a crear personajes femeninos fuertes -la visibilización de las mujeres es una de las asignaturas pendientes de la historia, y en el contexto de la ficción podemos contribuir, aportando nuestro granito de arena, a que esto no se perpetúe hasta el infinito-, pero tenemos que ser conscientes de las limitaciones que nos imponga cada periodo histórico. Y crear personajes con los que podamos empatizar a pesar de la distancia (en todos los sentidos) que nos separa de ellos resulta tan complejo como necesario.

3. La "moda": vestimenta, armas y armaduras.


Cada periodo de la historia ha conllevado sus propias modas: desde el kolt utilizado por los egipcios para realzar los ojos, hasta los aparatosos vestidos del siglo XVIII.

Pero quiero detenerme especialmente en la panoplia guerrera. Evidentemente, la armadura de un hoplita ateniense, la de un auxiliar de Roma o la de un hombre de armas inglés durante la guerra de los cien años serán muy diferentes entre sí. Al igual que el kitón, la túnica o la camisola. Asimismo, las armas (y el modo de utilizarlas) variarán mucho según la cultura y la época.

Distintas panoplias de guerreros

No es difícil encontrar en la literatura -y no digamos ya en el cine- ejemplos en los que esta información se confunde, supongo que a veces por desconocimiento y otras por primar la espectacularidad frente al rigor. Un ejemplo extraído de una novela que he leído recientemente: las ballestas no aparecen hasta bien entrada la edad media, por lo que resultaría imposible que pudieran amartillarlas unos vikingos sobre las proas de sus embarcaciones en pleno siglo X.

Y en la gran pantalla... recuerdo ver Excalibur de niño. Las armaduras que utilizaban los caballeros de la mesa redonda eran realmente espectaculares. Además, la crítica de la época daba a entender que se trataba de la mejor adaptación de la leyenda llevada hasta entonces al cine. Oscura, tenebrosa y mística como ninguna otra; sobra decir que me gustó. Pero había un error de bulto que, por suerte, en aquel momento no me importó (lo que me permitió disfrutar -y sufrir- sin darle más vueltas con la peli). No fue hasta varios años después cuando comprendí que aquellas armaduras que lucían los caballeros de Arturo, así como los de Mordreaut, brillantes y enormes, eran propias de las justas del siglo XV, mil años después de los "hechos". Arturo, de existir, habría lucido en el mejor de los casos una cota de malla como las que usaran los últimos legionarios de Roma en el momento en el que la avalancha de tribus bárbaras se lanzaran sobre las fronteras. Y muchos de los suyos, salvo quizás sus caballeros y señores de la guerra, habrían luchado sin apenas más protección que la que les ofrecieran sus escudos.

Arturo histórico vs. Arturo cinematográfico
Arturo vs Arturo


4. Las expresiones.


El lenguaje, y en particular las frases hechas, que damos por sentadas, pueden hacer que algunos anacronismos flagrantes nos pasen desapercibidos. Pensemos siempre en el contexto antes de que expresiones como "una aguja en un pajar", "la sangre que corre por mis venas", "saltó como un resorte" o "sentí dispararse mi adrenalina" nos traicionen.

5. El número de combatientes en los conflictos.


El número de participantes en una batalla tendrá que ser coherente con la capacidad demográfica del momento en cuestión, ¿verdad? No es lo mismo una batalla en la época de la república romana contra el mismo Aníbal, en la que los ejércitos podían estar compuestos por decenas de miles de combatientes (las tropas romanas en la batalla de Cannas superaban los 80.000 hombres), que quinientos años después, en el ocaso del imperio, en el que salvo en los Campos Catalaúnicos (donde pueblos enteros combatieron entre sí) las tropas imperiales habían sufrido una transformación que no sola afectaba a sus armas y estrategia de lucha, sino también a su número. En ese entonces, los legionarios por unidad habían pasado de los cuatro mil de unos siglos antes, a mil en el mejor de los casos. En el otro extremo, los conflictos en la baja edad media podían dirimirse con el enfrentamiento de unos pocos centenares de combatientes.

6. La heroicidad desmedida. 


Sin duda, contar que Leónidas y sus trescientos espartanos defendieron, ellos solos, el paso de las Termópilas frente a ingentes cantidades de guerreros nos asegura un relato épico. Pero no, no fue así; hubiera resultado imposible. Cierto es que ellos permanecen allí durante el último ataque, en el que dejan la vida, pero hasta entonces contingentes de otras polis griegas -que en ese momento se retiran, y de ahí la heroicidad espartana- habían luchado junto a ellos en la misma falange, dándoles un respiro a los héroes del león de Esparta.

Que algo como eso no nos ciegue. Una escena en la que apenas medio centenar de guerreros resisten el embate de millares... no es creíble. Cuando vayamos a plantear situaciones desesperadas, más nos vale sustentarlas lo mejor que podamos para que resulten suficientemente verosímiles. Otro punto con el que debemos ser precavidos es el de las consecuencias de un golpe o una herida: no podemos hacer sufrir a nuestro protagonista un lanzazo en el costado y que este no le pase factura durante la lucha y los días posteriores.

Heroicidad desmedida
¡Vaya! Creo que me he metido en un buen lío...

7. Los desplazamientos.


Debemos tener en cuenta lo que supondría recorrer cada distancia con los medios e infraestructuras disponibles en la época. No era lo mismo atravesar la Galia en época de Vercingetórix, que hacerlo doscientos años más tarde, cuando las calzadas de Roma se convirtieron en los primeros "fragmentadores de ecosistemas a gran escala". Asimismo, la orografía del terreno, o las condiciones climatológicas, también tendrían una notable influencia.

Cuando busquemos referencias, lógicamente debemos diferenciar entre viajes a pie, a caballo o en barco. Respecto al primer punto, las fuentes históricas recogen que un ejército romano de la república podía recorrer veinte millas al día con toda su impedimenta a cuestas; desde luego, yo hoy en día no sería capaz.

En cuanto a la navegación, las tormentas, los bajíos traicioneros, o la posibilidad de encuentros desagradables con enemigos o con los piratas que dominaban muchas zonas hacían que llegar a buen puerto fuera en ocasiones una auténtica lotería. Hay una anécdota, también recogida en las crónicas, en la que un general escribe un mensaje en el cuero cabelludo de su correo, a bordo de un buque. Cuando este llega a su destino (al otro lado del Mediterráneo), el mensaje ha quedado oculto bajo la enorme mata de pelo del mensajero.

8. Los alimentos y los cultivos.


Ni persas horneando un delicioso pan de maíz, ni campesinos cultivando campos de papas -patatas- en el siglo XII. Como sabemos, cualquiera de estos alimentos no llegaron a Europa o Asia hasta el descubrimiento de América. En cada lugar comerían lo que se produjera en su entorno más cercano (algunos productos no perecederos podrían transportarse algo más lejos), y la dieta variaría en función de la época del año, y por supuesto del poder adquisitivo.

El concepto de comida rápida sí que existía, por ejemplo, en las urbes romanas: podías adquirir en las tabernas algunos trozos de salchichas frías que consumir entre gestión y gestión. Hay cosas en las que no hemos cambiado tanto... aunque ellos no podían acompañar los desayunos rápidos con una taza de delicioso café.

9. La información y las comunicaciones.


Hoy en día es casi imposible no enterarse de lo que ocurre, no solo a nivel local, sino también a escala mundial. Por mucho que pretendas abstraerse de lo que te rodea, siempre tendrás a mano un periódico, o la televisión, o más probablemente acceso a internet mediante cualquier dispositivo (o proximidad a cualquiera que sí esté bien informado).

Sin embargo, hasta hace poco tiempo esto no era así: la gente tan solo tenía constancia de lo que pasaba a su alrededor, en su pequeño universo. Esta situación se acentúa aún más según el periodo y la civilización que observemos. Además, en muchas situaciones, la información que llegaba a según qué lugares era de dudosa credibilidad. Todos hemos probado el juego de dar un mensaje, y repetirlo de persona en persona para comprobar cómo este ha variado. Imagina lo que podía llegar a hacer este efecto en la antigüedad: las historias que portaban entre sus bártulos los comerciantes o soldados (los más viajeros), solían cambiar a gusto del narrador, que aderezaría certezas y rumores con su propio punto de vista. Si una batalla se había desarrollado en un lugar distante, a la hora de ser narrada, bastante tiempo después, a lo largo del camino podían haber cambiado no solo el número de participantes, sino incluso el resultado...


10. La longevidad.


La esperanza de vida del género humano en la actualidad prácticamente no ha tenido parangón en ningún periodo anterior. En función de la civilización -y, dentro de ellas, del estrato social- que estudiemos, este dato puede variar considerablemente, influenciado por múltiples variables: hábitos de alimentación e higiene, belicosidad -propia o de los vecinos-, desarrollo de la medicina...

Para estimar este dato, además de consultar investigaciones recientes al respecto, podríamos tomar como referencia la edad a la que murieron algunos personajes ilustres de la época. Como ejemplo, Platón vivió más de setenta años, por lo que no sería descabellado que el personaje de una novela que transcurra en la Grecia clásica pudiera alcanzar una edad similar a la del conocido filósofo (aunque tampoco fuera lo más habitual). Por desgracia, si a tu protagonista le ha tocado vivir en el neolítico, o en los momentos más oscuros de la edad media, no dispondrás de tantos años para relatar su historia, así que deberías tratar de contraerla en un periodo aceptable para el momento.

Ten en cuenta además que este dato estará relacionado con la edad a la que solían alcanzarse distinto hitos del desarrollo, por ejemplo el momento en el que los individuos comenzaban a ser considerados como adultos, el de su iniciación como guerreros, o la edad a la que contraían matrimonio.

Y, de propina, un último consejo: si has tomado decisiones controvertidas a la hora de seguir alguna teoría novedosa o no tan conocida que apoyara mejor el desarrollo de tu historia, o si has introducido algún anacronismo deliberado para enriquecer la trama, el momento de dejar constancia de ello y explicar a los lectores los detalles que consideremos oportunos, además de señalar los hechos históricos y separarlos de los que se deben únicamente a nuestra imaginación, es en la nota histórica. Pero de esto ya hablaremos otro día con la profundidad que se merece.

Bien, a pesar de que me ha salido una entrada larguísima, apuesto a que se me han quedado cosas en el tintero. ¡Nadie ha dicho que esto fuera fácil! Si estáis enfrascados en el proceso de escribir una novela histórica, espero que este decálogo os sea de utilidad. Repasad cada punto, y... ¡a por esos pequeños mamones mamuts!

¿Y tú? ¿Has cazado algún mamut memorable en los textos que has escrito o leído?


5 comentarios:

  1. Y qué fácil es que se nos cuele un mamut!!!
    Gracias por los consejos. Muy útiles.

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    1. Muchas gracias a ti por comentar. Con lo grandes que son los mamuts, y lo difícil que resulta verlos a veces.

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  2. A estas alturas de la vida he visto mamuts de todo tipo, pero creo que los más comunes son las expresiones: recuerdo concretamente el caso de una novela ambientada alrededor del año 1000 en la que un señor ciego llevaba un "lazarillo" que me llamó mucho la atención en su momento... Y, como esa, unas cuantas. ¡Muy buena recopilación de anacronismos!

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  3. Muchas Gracias, Elena! tú tan sólo con lo que habrás tenido que ver sobre cascos con cuernos (y otras lindezas) cuando te documentaste para "Cuando la luna brille", tendrás para escribir un libro entero de qué no se debe hacer ;-)

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  4. Lo difícil es convencer a la gente de que realmente no llevaban cuernos en los cascos, cuando es un mito tan extendido :') Otro buen consejo podría ser: nunca des nada que no hayas investigado por ti mismo por válido xD

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