lunes, 8 de mayo de 2017

Paseando por las ruinas romanas de Conímbriga.


Conímbriga


Siempre que hablo de Conímbriga, y digo que está en Portugal, suelen preguntarme si se trata de la actual Coimbra. Es un poco complicado de responder, pero, básicamente, tienen parte de razón.

El yacimiento arqueológico de Conímbriga se encuentra en una localidad llamada Condeixa a nova, a unos diez kilómetros de la actual Coimbra. Y no, geográficamente no es Coimbra, pues ya hemos dicho que no se encuentran en el mismo lugar, pero sí es cierto que existe un nexo de unión entre ambas localizaciones que data de muchos siglos atrás. 

Aunque Conímbriga, o su emplazamiento, fue habitado sucesivamente desde la edad del hierro hasta la Roma imperial, su relación con la vecina Coimbra data del siglo V de nuestra era, cuando el tiempo del imperio en Hispania (y en toda su mitad occidental) llegaba a su fin. En ese entonces Coimbra era un modesto asentamiento de nombre Aeminium, mientras Conímbriga era una ciudad en toda regla, con una larga tradición tras ella y familias poderosas que controlaban cuanto ocurría en la región. Precisamente, este último puede haber sido el motivo que terminara por arrastrarla hasta su declive.  

Un poco de historia.


El emplazamiento de la ciudad fue descubierto por sus primeros ocupantes en la edad del Hierro. En él encontraron un enclave ideal para protegerse y tener una visión privilegiada de la comarca circundante. Conímbriga -al igual que sus antecesoras- se alzaba en lo alto de una loma, dominando la llanura. Sus escarpadas laderas facilitaban su defensa; y, en el siglo IV de nuestra era, sus vecinos levantaron una gruesa muralla en la zona más accesible, para fortificar aún más la posición. La inestabilidad política era la nota predominante de la época, por lo que cualquier mejora que ofreciera seguridad a los habitantes de la zona era bienvenida. Este proceder se reprodujo en múltiples lugares de la cuenca del Mediterráneo, mientras los ataques de los pueblos extranjeros arreciaban a lo largo de las fronteras.

Esta inestabilidad alcanzó su máximo apogeo en el siglo siguiente, poco antes de que el hérulo Odoacro depusiera al último emperador de Roma. A principios del siglo V d.C., concretamente en el año 409, diferentes pueblos "bárbaros" se adentraron en el territorio que hasta entonces había conformado la diócesis Hispaniarum de Roma.

Suevos, vándalos y alanos irrumpieron a través de los Pirineos con sus guerreros, mujeres, niños y ancianos, auténticas naciones en movimiento que llevaban generaciones vagando por Europa, anhelando una tierra donde asentarse. Su oportunidad llegó en el instante en que un rico terrateniente hispano decidió nombrarse a sí mismo emperador, enfrentándose al legítimo mandatario, que bastantes problemas tenía entonces como para preocuparse por la distante Hispania.

Suevos, vándalos y alanos

Máximo, como se llamaba el usurpador, pensó que si podía atraer a esos tres pueblos hacia su bando, podría utilizar a sus guerreros en su provecho en el conflicto que terminaría enfrentándolo, más pronto que tarde, al emperador Honorio.

En connivencia con el usurpador, suevos, vándalos y alanos se repartieron entre sí tres de las provincias hispanas, dejando la Tarraconensis en manos del propio Máximo, que poco después resultaría derrotado sin haber conseguido lo que pretendía. De todas maneras, los tres pueblos se quedaron en aquellos lugares que habían acordado con Máximo en primera instancia.

El reparto que realizaron resulta, cuanto menos, llamativo: toda la Lusitania, y su vecina Carthaginense, quedaron asignadas al pueblo alano, aunque estos apenas resultaban suficientes para apropiarse siquiera de la primera, extensa y muy poblada. Por su parte, suevos y vándalos compartirían Gallaecia. Curiosamente, ninguno de estos dos pueblos pareció quejarse por esta desproporción, así que los alanos pasaron unos cuantos años instalados en la capital de la provincia lusitana, Emerita Augusta, sin enfrentarse a aquellas tribus con las que habían compartido vicisitudes desde su entrada en tierras del imperio.

No hay apenas información sobre las andanzas de los alanos en este periodo: por lo que parece, se limitaron a ignorar otras ciudades de la zona, como la propia Conímbriga. Este pueblo nómada, procedente de la estepa rusa, sería derrotado (y casi aniquilado) a los pocos años de su llegada a Lusitania a manos de los visigodos del rey Walia -bajo órdenes de Honorio, el legítimo emperador- sin haber puesto un pie en la ciudad.

Con el paso de los años, los supervivientes alanos, así como los vándalos, abandonaron la península y se asentaron en África, dejando en suelo hispano como único pueblo "bárbaro" a los suevos, que poco tardaron en establecer su propio reino en la Gallaecia, asentándose en los alrededores de Braccara Augusta.

Viéndose libres de competencia, los suevos, cada vez más audaces en sus expediciones de saqueo, comenzaron a traspasar las antiguas fronteras administrativas de Gallaecia en busca de presas más apetecibles. Conímbriga, cercana y relativamente indefensa, por no tratarse de una gran ciudad, supuso un atractivo reclamo para las partidas de guerreros suevos en busca de botín y riquezas.

Suevos saqueando Conímbriga

Ha quedado constancia en las crónicas de una incursión en el año 465 d.C. en la que el objetivo fue la casa de uno de los más acaudalados e influyentes ciudadanos de Conímbriga, de nombre Cantaber. La riqueza de este potentado debía de ser célebre en muchas millas a la redonda; los suevos vieron su oportunidad y asaltaron su vivienda, logrando capturar a parte de su familia -su madre y sus hijas-, presumiblemente con la intención de pedir por ellas un elevado rescate.

Pocos años más tarde, en el 468, se realiza un ataque a gran escala, en el que los suevos consiguen desbaratar las defensas de la ciudad y someterla a saqueo. Con la muralla parcialmente destruida, los supervivientes poco tardaron en empezar a abandonar la ciudad de manera paulatina. Muchos se establecieron en las cercanías, conformando lo que hoy en día es Condeixa a Nova; mientras que otros tantos se refugiaron a unos escasos diez kilómetros de su antiguo hogar, en lo que hoy se conoce como Coimbra, y en ese entonces como Aeminium.

A partir de entonces Aeminium conoció una época de inusitada prosperidad como no había disfrutado hasta entonces. Bien situada en el antiguo viario romano entre Braccara Augusta y Olissipo, vio cómo sus defensas se agrandaban, y pasó a ser sede del episcopado hasta ese entonces establecido en Conímbriga. Mientras aquella languidecía sin remedio, Aeminiun pasó a convertirse en la ciudad más relevante de la zona, mudando su nombre por el de Coimbra, muy similar al de la ciudad de origen de muchos de los nuevos habitantes que se instalaron entre sus muros.

El yacimiento arqueológico de Conímbriga.


Si tienes algún interés en la arqueología romana y visitas Portugal, no estaría de más darse un paseo por la zona. Ahora bien, lo primero que debo decir es que, al menos cuando yo fui, no resultaba sencillo llegar al yacimiento, pues se encontraba escasamente señalizado.

El complejo, además del yacimiento propiamente dicho, cuenta con un museo cuyo contenido proviene del propio enclave. Por "deformación profesional", y aunque han sido varios los fondos utilizados para su excavación, puesta en valor y rehabilitación, debo mencionar que uno de ellos ha sido el Fondo Europeo Agrícola para el Desarrollo Rural - FEADER, por medio de la iniciativa LEADER.

Si quieres saber más sobre el complejo, y planificar bien tu visita, puedes echarle un vistazo a su web oficial: www.conimbriga.pt

Por mi parte, te ofrezco un pequeño resumen basado en mi experiencia de lo que encontrarás allí:

Podrás pasear entre los restos de las termas públicas de la urbe, localizadas en el extremo sur, así como observar los restos de un acueducto de más de tres kilómetros de longitud, cuya cisterna de agua se encontraba en la zona intramuros. También deambular entre manzanas de edificios en los que habitaban las clases medias y bajas de la época -insulae-, así como recorrer los pasillos de las imponentes domus de los terratenientes. Desde mi punto de vista, hay tres edificaciones que destacan entre todas:

1. La casa de los Repuxos. Se encuentra situada extramuros. Destacan sus mosaicos y pinturas, bien conservados y accesibles; y una fuente que es posible ver en funcionamiento al introducir una moneda, lo que la convierte en la atracción más popular para la mayoría de los visitantes.

Casa de los Repuxos, Conímbriga

2. Las gruesas murallas que protegían la ciudad, en las que se puede observar la heterogeneidad de los materiales utilizados, tan propia de la época. El ancho de estas "cortinas" es de más de dos metros, y aunque no se han conservado en su totalidad aún se vislumbran las bases de las torres de vigilancia que se distribuían a lo largo de su perímetro.

Muralla, Conímbriga

3. Ya en el interior del recinto fortificado, muy cerca de la propia muralla, podemos disfrutar de la impresionante domus de la familia Cantaber, aquella que, como hemos comentado, fue blanco de la codicia de los suevos en el 465. Ciertamente, Cantaber debió de haber sido un verdadero magnate. Y no era de gustos precisamente sencillos: su casa familiar, situada en una ubicación privilegiada, resulta enorme en comparación con otras construcciones de la época en la zona, contando con dos patios de columnas o peristilos, en lugar de uno solo como era habitual. Además, tenía termas propias.


Termas de Cantaber, Conímbriga

En definitiva, un personaje interesante en una época fascinante. ¿Estás de acuerdo conmigo en que la historia de Cantaber merecía formar parte de una novela?


1 comentario: