lunes, 26 de junio de 2017

El muro de Adriano. ¿Quo vadis, Jon Snow?



Cuando era pequeño, mi vida cambió el día en el que el comercial de Larousse se presentó en mi casa asegurando a mis padres que no tenían la enciclopedia completa de la editorial. Sus "volúmenes especiales" incluían un Atlas Histórico. Con el paso de los años resultó, sin duda, el tomo más hojeado (o manoseado, como da fe su pésimo estado de conservación) y amortizado de la colección. Después de ese he comprado numerosos atlas históricos, pero aquel siempre tendrá para mí un encanto especial. En él vi por primera vez las fotos de determinados lugares y monumentos que me impactaron, en una época en la que para encontrarlas no podías recurrir a Internet, sino como mucho a una revista de viajes o a las "Ronda" de Iberia. Una lotería.

Entre ellas, hubo tres imágenes que me llamaron especialmente la atención, y enseguida añadí a mi lista mental de lugares por visitar.

La primera fue la de la abadía de Mont Saint Michel, levantada en un islote rocoso que, durante la marea alta, queda aislado del continente. Para unos bretona, para otros normanda, ambas regiones francesas se la disputan. Declarada Patrimonio de la Humanidad en el año 1979, su origen se remonta al siglo VIII, pero es a partir del siglo X, cuando los monjes benedictinos se instalaron en ella. Todo lo que diga de esta obra de arte es quedarse corto. Ya lo dijo Victor Hugo: "la Abadía de Mont Saint Michel es a Francia lo que la Gran Pirámide a Egipto".

Mont Saint Michel
Mont Saint Michel


En la segunda aparecía el Pont du Gard. El puente sobre el río Gard, como también se llama a este impresionantemente bien conservado tramo de acueducto romano. Se sitúa en los alrededores de la ciudad francesa de Nimes, cerca de la preciosa villa de Uzès. Una obra de ingeniería romana de casi dos mil años cuyo aspecto actual parece hacernos retroceder en el tiempo hasta el momento en el que fue construido para proveer de agua a la ciudad de Nemausus (Nimes). Al igual que en el caso anterior, también fue declarado Patrimonio de la Humanidad; esta vez, en el año 1985. Si nos atenemos a algunas de las curiosidades que se mencionan acerca de él, para la construcción de sus cincuenta kilómetros de recorrido -con casi cincuenta metros de alto en algunas secciones, y doce de desnivel-, se debió emplear una mano de obra de más de 1000 personas trabajando a destajo durante unos cinco años. Darse un chapuzón en el Gard bajo la sobrecogedora estampa del acueducto es sin duda mucho mejor que ver la escena en una página a todo color.

Pont du Gard
Pont du Gard


Y la tercera fotografía mostraba el único de estos emplazamientos que aún me queda por visitar: el muro de Adriano.

Este mismo año tenía planeado darme un salto con la familia y unos amigos, pero quizás lo que a mí me resulta interesante no lo sea tanto para  dos pequeños "vándalos" de cinco años. Así que, teniendo en cuenta además las horas de trayecto que lo separan de Edimburgo, no me queda más remedio que retrasarlo hasta otra ocasión más propicia. Mejor; así tendré tiempo para sacar el físico suficiente como para hacer en bici la ruta que discurre por los casi 120 km que recorría la descomunal construcción entre Carlisle y Newcastle. sus extremos.

Vayamos por partes:

¿Qué era?


El muro de Adriano era lo que en su momento se denominaba "Limes" en la concepción administrativa romana del imperio. Se trataba por tanto de una frontera fortificada y militarizada, pero más corta y férrea que las que podían encontrarse en el Danubio o en el Rin, por poner dos ejemplos. Una frontera fortificada lineal, trazada de costa a costa aprovechando la "estrechez" de la isla de Britannia en el antiguo límite con las tierras pictas y brigantes, tribus ajenas entonces (y por siempre) al yugo de Roma.

Como no podía ser de otra manera, visto su nombre, fue el emperador Adriano (hispano de nacimiento) el que promovió su construcción durante su visita a la isla en el año 122 de nuestra era; la que conllevó seis largos años de trabajo para unos quince mil hombres. Después de su muerte, Antonino Pío (vaya casualidad, nacido en Nemausus), su sucesor, comenzó la construcción de otro muro situado más al norte, mucho más corto en extensión (poco más de 50 km) y frágil, pues en gran parte fue levantado utilizando turba y tierra. Este último se abandonaría a los pocos años de su levantamiento, no como el edificado en tiempos de Adriano.

Casi ciento veinte kilómetros de muralla salpicada por fuertes militares (14) y fortines (80), situados a una distancia entre ellos de una milla romana. Además, todos ellos se encontraban unidos por un camino militar, y protegidos en su cara norte por un vallum o foso. En cada uno de ellos se abría una puerta que comunicaba el mundo romanizado con los "salvajes" del norte. 

¿Para qué se construyó?


Como todos los limes de Roma, su objetivo era limitar el acceso a territorio imperial de los extranjeros, así como fiscalizar las actuaciones comerciales entre ambas zonas. Tanto los comerciantes del norte del muro como los romanos debían pasar por ella para realizar sus transacciones, lo que suponía una estupenda medida para que la administración imperial pudiera recabar los consiguientes impuestos sobre la mercancía. Una medida económica que sí logró su objetivo, porque desde el punto de vista militar, este limes nunca se dotó hombres suficientes como para que la fortificación representara una defensa insalvable para las tribus norteñas, que la traspasaron en varias ocasiones a lo largo de los siglos.

¿Cuándo se abandonó?


El repliegue definitivo de las tropas imperiales acantonadas en la isla desde su conquista, como ya vimos en este post, tuvo lugar entre los siglos IV y V. Si en el año 409 se marchan a luchar en el continente los últimos legionarios acuartelados en Britannia, se estima que los fuertes y fortines de la frontera septentrional ya se habrían abandonado entre los años 389 y 390. A partir de ese momento, algunas de estas estructuras defensivas volvieron a ser ocupadas, en este caso por tropas, hombres y familias de las diferentes confederaciones o reinos "indígenas" que comenzaron a proliferar en la tierra que Roma conquistara más de tres siglos atrás.

Muro de Adriano
Sección del Muro

Algunas novelas históricas que se desarrollan en este escenario.


El Muro ha supuesto un tema de interés recurrente para muchas personas, entre ellos destacados novelistas que han desarrollado sus historias al amparo de la sombra de estos muros. Ahora mismo me vienen a la cabeza unos cuantos títulos de los que se encuentran en mi biblioteca, como son:

- El águila de la novena legión: ópera prima de la escritora inglesa Rosemary Sutcliff (ya fallecida). Narra las aventuras de dos jóvenes que atraviesan el Muro hacia las desconocidas tierras norteñas, en busca del estandarte perdido de la Novena Legión Hispana. Este, un águila de plata, había desaparecido años antes junto con la totalidad de los hombres que integraban esta unidad militar.

- El usurpador del imperio: otra novela de la misma autora. En esta ocasión recrea los difíciles tiempos que pasó la isla a lo largo del siglo III, en el que se suceden las intrigas, las guerras civiles y las traiciones. En ella recrea personajes históricos como Carausio o Alecto, gobernadores de Britannia.

- El muro de Adriano, del alemán William Dietrich. En ella se recrea la vida en el Muro de las últimas tropas romas que se hicieron cargo de la fortificación en el siglo IV.

- La leyenda de Britannia,  de Antonio E. Castillo, en la que se cuentan las aventuras de un joven sajón que llega a la isla britana en el siglo III. En su deambular por la provincia también accede a las cercanías del Muro.

Si he de recomendar alguna, me quedo con la primera. Pero, como siempre, se impone para ello la subjetividad.

¿Y alguna no histórica?


Yo fui uno de lo que no había comenzado a leer las novelas de George R. Martin, cuando vi la primera temporada de la serie Juego de Tronos. No tenía ni idea de quién era el autor, pero en cuanto terminé de ver el primer capítulo pensé: "eso es el Muro de Adriano, seguro". Y no iba muy desencaminado, pues lo pude confirmar poco después en cuanto me interesé por el autor. En una entrevista concedida a la revista Rolling Stone,  George R. Martin, en relación a su serie "Canción de hielo y fuego", recordaba sus sensaciones en el año 1981, cuando visitó las ruinas del Muro de Adriano. En ella, dijo lo siguiente: "me subí e intenté imaginarme cómo debería sentirse un legionario romano, vigilando esas lejanas colinas. Para ellos era el final de una civilización (...) podría haber cualquier tipo de monstruo allí. Lo sentí como una barrera frente a unas fuerzas oscuras, y me dejó una semilla. Pero cuando escribes fantasía, todo es mayor y más colorido, así que tomé el Muro y lo hice tres veces más largo, de doscientos metros de alto, y de hielo.

Así que, Ioannes Nix, has encontrado tu limes... :)

Cuando al fin lo visite, prometo dedicarle un post como se merece. ¿Y tú, tienes algún escenario con historia entre tu lista de lugares pendientes de visitar?



6 comentarios:

  1. Ciertamente, el Muro de Adriano es uno de ellos. Cartago (o lo que queda), Siracusa, Alejandría... Demasiados lugares entre los que, por supuesto, quisiera conocer Coviacum, Conímbriga y Braccara Augusta, entre otros.

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  2. Hay tanto que ver, y es tan difícil en muchos casos... Menos mal que para ciertos escenarios lo tenemos más sencillo :).

    Gracias por tus comentarios, Ana

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  4. Hace meses leí un libro sobre Britannia y la construcción del muro de Adriano. La construcción fue dura y costosa y tuvieron varios problemas que solventar como la diferencia en el ancho del muro porque se llevaba a cabo desde tres puntos distintos.
    Una entrada muy interesante y la nota final sobre juego de tronos le ha dado un toque especial
    Un beso

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  5. Precioso, me gustaría mucho visitarlo también, y darme un chapuzón. No conocía estos lugares y me ha gustado mucho saber sobre ellos.

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