lunes, 28 de agosto de 2017

La practicidad romana y los caballos asturcones


Durante las clases de historia, tanto en el colegio como en el instituto, escuché muchas veces que los romanos habían sido uno de los pueblos más prácticos que han existido. Siempre me lo explicaban en base a que se trataba de una civilización que no buscaba la belleza en sus edificaciones, sino la funcionalidad de las mismas. Unos años más crecido, aparte de este discurso, puedo añadir otro: Roma siempre supo quedarse con lo mejor de cada pueblo al que subyugó durante su expansión por la cuenca mediterránea, y no solo en el ámbito constructivo.

Por ejemplo, durante su conflicto contra los cartagineses, la entonces república romana entendió que sin plantear batalla en el mar su victoria final resultaría imposible. Así, las primeras páginas de lo que sería la armada romana de guerra (en este caso con sus propias innovaciones, como el Corvus) comenzarían a escribirse en el siglo III a.C., con las primeras flotas construidas en el sur de Italia. Un poco más tarde, también repararon en que los cascos que utilizaban los guerreros celtas en batalla protegían mejor el cuello y la nuca que los suyos propios. Como no podía ser de otra manera, los cascos de los legionarios comenzaron a fabricarse a partir de entonces según este estilo celta.

casco romano tipo galo
Casco romano de estilo galo (y no es un "trabalenguas")

También el gladius, la temible espada corta de las legiones, sufrió evoluciones a lo largo de los más de cuatrocientos años de imperio (y otros tantos de república): una de ellas se basó en la apariencia de la antigua falcata íbera (o celtíbera, también), cuyo diseño fue adaptado por los legionarios para su sangriento cometido una vez sus pies pisaron la antigua Iberia.


Gladius romano
El Kalashnikov romano
También, aunque quizás esto resulte menos conocido, fueron capaces de utilizar la agrodiversidad existente en los diferentes territorios que conquistaban en su propio beneficio, transportándola allí donde se encontraban, De esta manera, extendieron el cultivo del castaño hasta muchos lugares (¿a alguien les suena el paisaje de Las Médulas, en el Bierzo?, así como el de la vid o el aceite, y otros tantos. Pero hay un episodio que me llamó especialmente la atención en cuanto me encontraba recabando información para escribir "El Alano".

Llegado el momento, necesitaba para Attax un "empleo digno" según el criterio de un bárbaro enorme, rubio y vocinglero que adoraba los caballos, la guerra y las mujeres. Un tipo que provenía de una cultura que despreciaba trabajar la tierra o escribir. Un tipo que pensaba que cualquier desafío que le lanzara el destino tenía una única solución: las armas. Y ahí acudió en mi auxilio la afamada practicidad romana.

Hispania fue siempre reconocida por Roma como una provincia rica en metales (especialmente en plata), aceite, vino y prósperas fábricas de salazón (aunque en pleno siglo V d.C. no estaba la cosa como para invertir demasiado en algo que, de un plumazo, te podía ser arrebatado por las armas). Pero también aportó al imperio un elemento desconocido para muchos: el caballo asturcón. Se trata de una raza equina propia de la cordillera cantábrica, donde retozaban desde mucho antes de la intromisión de Roma en los asuntos de la vieja Iberia, pero que pasaría a ser conocida en la historia mundial en cuanto Octavio Augusto, durante la campaña que llevó a cabo en Hispania para "celebrar su principado en solitario", pudo comprender las ventajas que ofrecían estos pequeños caballos (casi del tamaño de ponis) para sus enemigos. 

Caballo asturcón
Y con ustedes... ¡el asturcón!

Estamos hablando de una raza autóctona de las montañas astures y cántabras. Aún hoy en día, pueden encontrarse pastando algunas pequeñas manadas en los más recónditos valles asturianos. Estos asturcones, presentes en el territorio desde hace más de 2.500 años, son caballos de pequeña alzada, menor del metro cincuenta; y desde tiempos inmemoriales ya eran utilizados por astures y cántabros tanto para hacer la guerra, como a modo de animales de tiro. Se trata de caballos resistentes, recios, que sobreviven al invierno sin apenas cuidados y resultan frugales en cuanto a su alimentación, lo que los convierte en monturas idóneas para desplazarse por caminos de montaña, así como para recorrer largas distancias.

 Los caballos que eran su pasión también eran originarios de las montañas del norte; según el capataz, eran conocidos a lo ancho y largo del imperio como asturcones. Pese a ser consciente de las grandes ventajas de esta raza para desplazarse en las zonas montañosas del norte de Hispania, y haber llegado a admirar su seguridad, firmeza y resistencia, yo seguía prefiriendo aquellos grandes sementales de largas y musculosas patas capaces de cargar sobre sus lomos una pesada armadura y un caballero perfectamente equipado para la batalla. Este fue motivo de acaloradas discusiones con el astur durante mucho tiempo, acompañadas de bravatas, y a veces incluso regadas con buen vino y acompañadas de alguna de las delicias que el capataz guardaba para las ocasiones especiales.

Extraído de: El Alano.

Además, se trata de una raza cuyos ejemplares poseen un vigor inusitado para lo pequeño de su tamaño. Así, en ocasiones, los guerreros astures se desplazaban en parejas sobre ellos, de manera que al llegar al campo de batalla, uno de los guerreros echaba pie a tierra y luchaba como un infante, mientras su compañero lo hacía a lomos de su montura.

Todas estas ventajas fueron rápidamente percibidas por la maquinaria bélica romana. Desde entonces, no sólo se alistaron grupos de jinetes astures y cántabros (con su propia impedimenta y monturas) en las cohortes auxiliares de caballería de Roma, sino que también se extendió el uso de estos animales entre las legiones, llegando de esta manera a registrarse su presencia en lugares muy recónditos del imperio.

Pero, con el tiempo, se extendió el uso de este animal no solo a nivel militar. También entre los ciudadanos (y emperadores, como el propio Nerón) comenzó a valorarse esta raza de pequeño porte, dócil, veloz, resistente y, lo más apreciado para ellos, con un trote extremadamente cómodo para el jinete.

No era raro verlo revolcándose con los peludos perros de la villa bajo la atenta y preocupada mirada de alguno de los esclavos, o bien intentando subirse al vallado donde teníamos a los caballos para acariciarlos. Pese a que al bueno de Medulio parecía que se le iba a cortar la respiración cada vez que lo veía, yo lo aupaba y permitía que pudiera admirar a los caballos con sus grandes ojos muy abiertos por el asombro. Entonces, esa noche, Aspasia me reprendía en nuestro rincón del barracón:

–Bárbaro bruto, cómo un día le pase algo al niño todos lo lamentaremos. 

Extraído de: El Alano.

De esta forma, el historiador/militar romano Plinio el Viejo (El viejo Plinio, al que tanto debemos por su "Historia natural" y cuya onomástica de su muerte tuvo lugar hace tan solo dos días), llegó a decir de ellos: "son de talla menor; no tienen una marcha como la normal; su paso es cómodo; se debe al movimiento simultáneo de los remos de un mismo lado". Lo que traducido al nivel popular de ese entonces, se le llegó a denominar como "caballo trotador", por su cómoda monta para el jinete, lo que hizo de su cría y venta un negocio lucrativo, no solo a nivel militar, sino también civil en determinadas zonas de la Hispania romana.

Mi vida seguía girando en torno a los bravos asturcones. Junto con Medulio y el amo Quinto, nos acercábamos cada seis meses al mercado de la ciudad, donde poníamos a la venta alguno de los sementales que criábamos.

Extraído de: El Alano.


Y así fue como Plinio me ofreció  una "salida laboral digna" para un bárbaro con alergia a cualquier otro trabajo que no incluyera reventar cabezas y despachar a sus enemigos. Un bárbaro amante de los caballos que, en un primer momento, no entendía el motivo por el que los romanos tenían tan buen concepto de esos pequeños animales, cuando su pueblo y sus primos sármatas criaban ejemplares de alta cruz, estilizados, de pecho ancho y capaces de soportar su propia armadura y la del jinete. Pero Attax desconocía que animales como aquellos ponis asturianos, cántabros y gallegos habían llegado incluso a conquistar el corazón de un emperador como Nerón, que poseía varios ejemplares en su palacio de Roma. Un ferrari en Roma, aunque escondido bajo la carrocería de un seat 127.

¿Conocías esta raza y las anécdotas que recopila este post? ¿Imaginas al mismísimo emperador a lomos de uno de estos recios ejemplares?

lunes, 21 de agosto de 2017

Hoy nos acompaña... Fran Zabaleta

Entrevista a Fran Zabaleta


Hoy estoy (estamos) de enhorabuena en Letras con Historia, porque cuento con un ilustre visitante: el escritor de novela histórica Fran Zabaleta, que ha aceptado amablemente mi invitación para responder a esta pequeña entrevista a través de la cual pretendo conocer un poco más a algunos de mis más admirados compañeros de letras (¿ya has leído la visita que nos hizo Ana Joyanes?).

Este escritor vigués, licenciado en Geografía e Historia, desempeñó su actividad laboral en el ámbito de la enseñanza en educación secundaria y bachillerato antes de dedicarse en exclusiva a su gran pasión: la escritura. Desde entonces, le ha dado tiempo para trabajar como redactor, corrector, editor de texto, documentalista y adaptador de clásicos con un buen puñado de editoriales: Anaya, Santillana, Alfaguara, Ediciones SM, Martínez Roca, Espasa Calpe, Obradoiro, Grazalema, Xerais… Además, lleva casi veinte años escribiendo guiones de documentales para instituciones, empresas y televisión; y, como no, también se ha consagrado como novelista publicando un interesantísimo puñado de títulos.

La primera de sus novelas aparece en 2005: se trata de La cruz de ceniza, una novela histórica escrita en colaboración con Luis Astorga y publicada por Suma de Letras. Tras ella vinieron Medievalario -en la que ahora mismo me encuentro sumergido (y enganchado)-, publicada por Redelibros en el año 2011; 99 libros para ser más culto (Martínez Roca 2011, escrito en colaboración con Juan Ignacio Alonso); Xoán Branco e a gran revolta irmandiña (NigraTrea 2012); y En tiempo de halcones (Grijalbo, enero 2016).

La Cruz de Ceniza, Fran Zabaleta
La Cruz de Ceniza, 2005.

Un auténtico todoterreno que destila pasión por la historia, y cuyas letras combinan a la perfección una parte de erudición aderezada con otro tanto de simpatía, acidez, desenfado y dominio del lenguaje para generar un cóctel equilibrado y con personalidad

Puedes conocerlo en mayor profundidad en su bloc, que te recomiendo encarecidamente si lo tuyo es la novela histórica (no te pierdas sus Historias para disfrutar de la Historia). Y, como buen escritor moderno, también anda por Twitter y Facebook.

Antes de meternos en faena, y asaetearlo con unas cuantas preguntas, no puedo dejar de hacer mención a una frase suya que suscribo totalmente: "enganchado a la novela histórica hasta las trancas". 

Fran Zabaleta
Una vez más, gracias, Fran :)

1. ¿Cuál es la primera novela histórica que recuerdas haber leído?

En realidad no estoy muy seguro, porque devoro libros desde que tengo memoria. Probablemente leí muchas novelas históricas sin que mi mente las catalogara como tales. La primera que sí tuve claro que era histórica, y que me descubrió un mundo insospechado, fue La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa.

Debía de tener diecisiete o dieciocho años y me impactó no solo la historia, los personajes, la atmósfera de desolación y esperanza, sino la forma en que estaba escrita (y es que, aunque no me guste nada el Vargas Llosa personaje, hay que reconocer que es un maestro con la pluma. Y va sin doble sentido).

Pensándolo ahora, que ya ha llovido hasta hartarse desde que la leí, me doy cuenta de que debió de influirme mucho más de lo que imagino, porque La guerra... cuenta la historia de una alucinante revolución en el sertón brasileiro a finales del siglo XIX… y desde que empecé a escribir siempre que me despisto me descubro novelando revoluciones (como la anabaptista de La cruz de ceniza o la irmandiña de En tiempo de halcones).

Así que parece que le debo más de lo que creo a Vargas Llosa y a su La guerra del fin del mundo, qué le vamos a hacer. Espero que no lea esto y venga a reclamar su parte de los millones de euros que ingreso cada año en concepto de royalties.


Novela histórica
La guerra del fin del mundo

2. Recomiéndanos alguna de tus favoritas.

Eso sí que es difícil. ¡Hay demasiadas! Sin duda, esta de La guerra del fin del mundo, pero también Shogún, de James Clavell, El asirio, de Nicholas Guild, El nombre de la rosa de Umberto Eco, El dios de la lluvia llora sobre México de Laszlo Passuth, El puente de Alcántara de Frank Baer… Hace poco escribí una entrada en mi bloc con quince novelas históricas que me parecen imprescindibles, a él te remito y así me ahorro pensar, que es muy cansado.

Novela histórica
"Novelón"
3. ¿Qué te aporta este género que no lo hagan los demás?

Leo de todo y me gustan (casi) todos los géneros, pero sin duda el histórico es mi favorito. Supongo que se debe a que me fascina la historia, hasta el punto de que estudié Geografía e Historia.

Las novelas históricas me permiten echar una ojeada al pasado, sí, pero sobre todo sumergirme en él, meterme en la piel de personajes de otras épocas. ¡No hay nada como viajar… sin salir de casa!

Y además, a través de la novela histórica se puede, comprender mejor el presente y entender qué diablos pasa en el mundo. O intentarlo, al menos.

4. ¿Cuál es tu periodo histórico favorito? Si existiera una máquina del tiempo, ¿pasarías allí tus vacaciones, te quedarías a vivir o echarías un vistazo y volverías pronto a casa?

Qué difícil. Cuando estudiaba historia tenía un problema: cada nueva época que estudiábamos me atraía de tal forma que me ponía a leer todo lo que encontraba sobre ella. Al final no tenía tiempo para nada, claro. Y hoy me sigue pasando lo mismo: me atraen todas las épocas, desde la prehistoria hasta el siglo XX, y todas las civilizaciones, ya sea la Persia sasánida o el imperio inca.

Va por rachas, supongo. Actualmente llevo dos o tres años enganchado al período colonial español en América, especialmente al siglo XVII, devorando cuanto cae en mis manos. Lo que me sorprende es que con tanta ingestión descontrolada no esté como un tonel.

Sobre viajar al pasado: dudo mucho que consiguiéramos mantenernos vivos más allá de un fin de semana en la mayor parte de las épocas pasadas, probablemente moriríamos de cualquier infección contra la que ya no tenemos defensas, aparte de la dureza de las condiciones de vida o la violencia. Por ejemplo, imagínate que apareces en plena batalla de Crécy, con miles de flechas volando por doquier, entre los relinchos histéricos de cientos de inmensos caballos de batalla que sueltan coces y mordiscos a diestro y siniestro y rodeado de moles humanas embutidas en armaduras acorazadas y con espadones de quintal y medio en las manos. Eso sí que debía de ser una orgía de violencia, y no las chiquilladas de los ultras del fútbol actual.

Aun así, me encantaría tener esa ventana que me llevara al pasado… para echar un vistazo rápido, comprobar que los historiadores no dan ni una y regresar a la comodidad de mi casa. Que está más calentita y en la nevera hay cervecita fría. Sin olvidar el sofá, claro.

5. ¿A qué personaje te habría gustado poder estrecharle la mano? ¿Y de cuál te asegurarías de estar bien lejos?

Me temo que abundan más los segundos que los primeros. No me acercaría ni borracho al pirata Olonés (se dedicaba a cortar en pedazos al primero que se le cruzaba por delante y a comerse sus corazones a mordiscos, literalmente, todavía palpitantes) o al Loco Aguirre, por ejemplo.

Sin embargo, me habría encantado acompañar a Charles Darwin en su viaje en el Beagle, y discutir con él y con Fitzroy sobre lo humano y lo divino… (aunque el pobre Fitzroy era un tanto fanático en cuestiones religiosas, qué se le va a hacer).

6. ¿Qué escenario que se pueda visitar hoy en día podría inspirarte una buena novela?

Precisamente me pillas de viaje, visitando los escenarios de mi próxima novela. Pero no te voy a decir dónde estoy, que la cosa todavía está muy verde. De todas formas, escenarios que inspiren los hay a patadas (al menos que me inspiren a mí, pero reconozco que soy facilón y me dejo enredar a la primera. Chicas, tomad nota).

Si tengo que elegir uno, ¿qué tal alguna isla paradisíaca perdida, por ejemplo, en los Mares del Sur? Seguro que si escarbas un poco descubres la historia de algún náufrago, o de algún explorador español que se pasó por allí de visita hace la tira de años y que te sirve de excusa. Siempre y cuando la editorial corra con los gastos, claro, aunque por desgracia esto es cada vez menos frecuente.

Si tengo que pagármelo yo, me dejo tentar por escenarios mucho menos exóticos (¡ah, cuántas grandes novelas se pierde el mundo por la tacañería de las editoriales! Una injusticia).

7. ¿Hay algún hecho histórico que nunca te atreverías a novelar? ¿Por qué motivo?

En general prefiero novelar, por pura salud mental, los hechos históricos que ofrecen algo de esperanza o que reivindican la lucha del ser humano por un mundo mejor. Por eso no creo que me atreva nunca a novelar, por ejemplo, la historia de la Camboya de los Jemeres Rojos y Pol Pot, uno de los genocidas más sanguinarios de la historia. No, lo siento, demasiado horror para sumergirme en él durante los años que me llevaría documentarme y escribirla. Aparte de que pocos lectores tendrían el estómago necesario para aguantar la lectura.

8. ¿Dedicas mucho tiempo a documentarte cuando inicias un nuevo proyecto?

Soy un puñetero maniático de la documentación. Para escribir La cruz de ceniza, por ejemplo, estuve tres años atiborrándome de tochos sobre la reforma protestante, el anabaptismo, la guerra en el siglo XVI, los movimientos milenaristas, las biografías de los reformadores, la ropa y las costumbres de la Edad Moderna, la gastronomía, la geografía y la historia de Francia, Holanda y Alemania… Un día me descubrí buscando información sobre las técnicas de teñido de la ropa en los Países Bajos y decidí que hasta ahí había llegado, que con la ropa de Zara iban que se mataban.

(Sí, es cierto: no conseguí resistirme y seguí investigando en cuanto se me pasó el pronto).

9. ¿Cuál es tu personaje favorito de los que has creado o novelado?

Ya te vale, en menudo compromiso me metes. No llevo la cuenta, pero a estas alturas ya tengo unos cuantos cientos de hijos haciendo de las suyas por ahí (me han salido revoltosos, qué le voy a hacer, ni te imaginas las fiestas que montamos cuando nos reunimos). Hay unos cuantos que me caen especialmente bien (y alguno que no soporto, eso también).

De todas formas, aún a riesgo de jugarme el cuello si se enteran los demás, reconozco que siento debilidad por Lopo Feixoo de Milmanda (que, por cierto, creo que está de visita en tu casa estos días). Un tipo duro y muy corrido (ejem, que ha vivido mucho, quiero decir), pero que en el fondo es tan sensible como un corderillo sin destetar. Para su desgracia, que la vida siempre ha sido muy jodida para la gente íntegra. De hecho, me cae tan bien que le he invitado a hacer un cameo en la novela que estoy escribiendo ahora.

Si te has quedado con curiosidad por saber a cuál no soporto, lo confesaré: a Baltasar Sachs, el meapilas monje de La cruz de ceniza. Tan obsesionado por seguir a su dios que no le importa meter a sus amigos en el mismo infierno. Pero esa historia ya la conté y si te interesa tendrás que leerla...

Medievalario, Fran Zabaleta
Medievalario. Y me apunto a Baltasar Sachs y la Cruz de ceniza. 

10. Por último, ¿qué consideras que te define como autor?

Aparte de la documentación, que suele ser exhaustiva, me han dicho un montón de veces que mis novelas son muy cinematográficas. Supongo que se debe a que para escribir una escena necesito imaginármela antes hasta el menor detalle, la veo en mi cabeza como si estuviera en ella. Lo que no siempre es agradable: lo he pasado realmente mal más de una vez mientras escribía alguna escena violenta, una violación o una matanza. Maldita imaginación.

Bueno, maldita no: también me lo he pasado muy bien escribiendo otras escenas más… placenteras. Ejem.

Espero que hayáis disfrutado tanto como yo de la entrevista. Una vez más, mil gracias, Fran. Por mi propio interés, sigue enganchado a la novela histórica, porque en tu bloc nos pones sobre la pista de muchas joyas que merece la pena descubrir, y porque queremos seguir disfrutando de tus cinematográficas descripciones y tus paseos por la naturaleza humana y sus diversas manifestaciones en escenarios de lo más complicados. Y porque que exista otro tipo capaz de leer sobre la herejía prisciliana y pensar "anda, qué bien encaja esto en mi novela de aventuras" me hace pensar que, después de todo, no estoy tan loco. ¡Nos leemos!

lunes, 14 de agosto de 2017

Castelnaud la Chapelle y Beynac et Cazenac





Viviendo durante todo el año en una maravillosa isla como es Tenerife, lo menos que me apetece en vacaciones es irme a una playa a pasar horas al sol y bañarme en las cristalinas aguas del mar. Lo puedo hacer casi cada día, así que cuando llega el verano siempre trato de darme una escapada en la que, huyendo de piscinas y costas, principalmente, visito comarcas rurales llenas de encanto, una rica gastronomía y, como no podía ser de otra manera, un extenso patrimonio histórico y arquitectónico en el que investigar (y tomar notas, porque nunca se sabe...).

Este año tocó la Dordoña-Perigord, en en suroeste de Francia, una región preciosa como pocas. Valles verdes, colinas coronadas por pequeñas ciudades amuralladas o castillos, extensos cultivos de girasoles y limpios ríos en los que bañarte: disfruté, imposible negarlo.

Pero vamos a lo que vamos.

Esta región, en la antigüedad (siglo V d.C.), fue parte del reino visigodo de Tolosa; pero esta vez no van por ahí los tiros. En esta entrada, nos remontaremos al siglo XIV de nuestra era, hasta una guerra que asoló Francia durante casi un centenar de inviernos (con algunas treguas durante este período, porque ese ritmo no había cuerpo que lo aguantara :)). Una guerra que, con toda la lógica, se conoce como la guerra de los cien años

Sus batallas más famosas y determinantes, como Crécy o Azincourt, se dirimieron en el norte del país, en las regiones de Bretaña y Normandía; pero, ¿acaso la guerra de los cien años también tuvo un escenario tan al sur? Pues sí. El ducado de Aquitania, como se conocía entonces a la región, había sido heredado por la corona inglesa tras la muerte de la gran Eleonor de Aquitania (duquesa de Aquitania y condesa de Gascuña por nacimiento, y reina consorte de ambos estados en guerra; una mujer formidable, inteligente y práctica, digna del reconocimiento como una de las personalidades más influyentes de su época), por lo que también se convirtió en un animado campo de batalla. Un campo de batalla en el que la fortificación de enclaves resultaba crucial para ambos contendientes para mantener sus posiciones. La guerra no se ganaba en el sur, parecía, pues los mayores esfuerzos bélicos tenían lugar en el norte de Francia (más cercano para los ingleses); pero quien perdiera comba en esta región se encontraría acorralado entre una marea de enemigos.

Muy cercanos a la preciosa ciudad medieval de Sarlat la Caneda (preciosa es quedarse corto), separados por el curso del río Dordogne y apenas a diez kilómetros de distancia, aún se alzan en sendas elevaciones dos grandes colosos de aquella época: los castillos de Castelnaud la Chapelle y Beynac et Cazenac.

Fortaleza (restaurada) de Castelnaud la Chapelle

Durante las décadas en las que la guerra asoló aquellas frondosas riveras, los defensores de ambas fortificaciones se lanzaron a la batalla entre sí en múltiples ocasiones. Si en un primer momento, el conocido actualmente como Castelnaud (castillo nuevo, aunque se tratara de una fortificación realizada sobre el viejo castillo cátaro del siglo XII), fue fortificado por los ingleses y sus aliados aquitanos para enfrentarse a sus vecinos de Beynac, durante el transcurso de la guerra fue tomado por sus enemigos en varias ocasiones, hasta que, ya cerca del final del conflicto, en el año 1442, fue tomado definitivamente por los franceses tras someterlo a un feroz asedio.

Maqueta del castillo de Castelnaud la Chapelle, con el aspecto que tendría en el año 1442

Ahora mismo, el castillo de Castelnaud la Chapelle, bien restaurado y accesible, alberga en su interior un interesante museo de la guerra, en el que la mayoría de las piezas responden a esta época.

Durante la visita tendremos ocasión de ver máquinas de asedio (y defensa), como balistas o lanzapiedras (trabuquetes), así como armas de fuego también de asedio, como bombardas o culebrines (la guerra de los cien años supuso, probablemente, la primera ocasión en que las armas de fuego se utilizaron en batalla en occidente, con desigual resultado). Podremos observar también armas de fuego portátiles (más modernas, de gran peso y muy incómodas de utilizar) como arcabuces, mosquetes e incluso un curioso ribault (primitivos predecesores de las metralletas actuales); pero, si algo llama la atención, es la extensa colección de ballestas que alberga el museo. Ballestas que en un primer momento serían empuñadas por mercenarios genoveses, muy utilizados por los franceses en este conflicto. Se pueden apreciar las múltiples variaciones de este arma a lo largo de su evolución, desde las más primitivas y complicadas, hasta más modernas y sencillas, en las que diferentes mecanismos hacían más fácil la maniobra de recarga al tirador, talón de Aquiles de aquellos hombres. 

Vaya "bicho raro": un ribault

Los ballesteros eran una tropa ofensivamente muy interesante, debido a la potencia y capacidad de penetración de los virotes que lanzaban, pero contaban con un importante hándicap: mientras recargaban la pieza entre disparo y disparo, maniobra que requería cierto tiempo además de fuerza, quedaban a merced de los proyectiles enviados desde el campo inglés. Así, en determinado momento de la guerra, tuvieron que recurrir a la colaboración de otro soldado que los protegiera con un pavés, o escudo de gran tamaño, mientras añadía un nuevo dardo a su ballesta. 

Unas "cuantas ballestas"

En la misma estancia en las que se encuentran no menos de una treintena de estas armas, sin vitrinas, y probablemente sin que la mitad de la gente que pasa por allí repare en su existencia, hay un pequeño recodo en el que, al asomarte, encontrarás una representación de la tropa que durante más de medio siglo supuso una verdadera pesadilla para los ballesteros pero, sobre todo, para los caballeros franceses: el arquero inglés y su temido arco largo o longbow, como era conocido entonces. En el mismo tiempo que un ballestero genovés empleaba en efectuar una sola recarga, un arquero inglés podía lanzar hasta diez de sus flechas. Un arma que, aunque primitiva (nada sofisticada, como las ballestas), reportó a las tropas inglesas las mayores victorias que consiguieron durante el conflicto, haciendo inútil el enorme despliegue de hombres y tecnología militar que acometieron los diferentes reyes franceses durante gran parte de la contienda.

El arco largo inglés (o galés, pues también era empuñado por muchos galeses que servían en las tropas inglesas) sembró de cadáveres franceses media Francia, convirtiéndose en un arma mortífera y, a quienes la portaban, en verdaderos demonios a ojos de los hombres de armas franceses.

Pero ¿sabías que el temor al arco inglés no se limitó únicamente a las tierras francesas? Eduardo de Woodstock, conocido como el príncipe negro, heredero del trono inglés y vencedor en batallas tan cruciales como la de Crécy, trajo hasta España grandes compañías de arqueros. y, nuevamente, sus flechas fueron las protagonistas en una contienda que desangró Castilla durante el siglo XIV, y en las que también tropas francesas al mando de sus más importantes comandantes, como Bertrand du Guesclin, participaron para oponer sus ballestas a los arcos. Está claro que ni en las treguas eran capaces de estarse quietos en casa :)

Una región, sin duda, muy recomendable. Cuéntame, ¿conocías estos castillos franceses? ¿Los has añadido a tu lista de lugares por visitar?

lunes, 7 de agosto de 2017

Hydacio, el cronista de una Hispania moribunda


Hydacio, el cronista de una Hispania moribunda


A riesgo de parecer pesado, sí, el siglo V d.C. supuso una época de inestabilidad para las distintas provincias que constituían Hispania, que no había tenido parangón desde que la férrea autoridad de Roma se hiciera con la totalidad del territorio, en el mismo instante en el que Octavio Augusto decidiera poner fin a la independencia de astures y cántabros.

Un momento de nuestra historia en el que no son precisamente de cronistas y sus correspondientes crónicas de lo que andamos sobrados. Vista la incertidumbre, no era un momento muy adecuado para tomar el cálamo o el estilo, en absoluto; quizás, podríamos decir que lo más inteligente era correr :).


libro antiguo
Kindle de la época...

Si algo sabemos sobre lo sucedido en aquel entonces, es gracias a una figura muy poco conocida en la actualidad, que se atrevió a recoger los hechos de su tiempo en una crónica. Un hombre que, pese a lo contemplativa que pueda resultar en principio la acción de recabar información sobre lo que acontecía a su alrededor, se convirtió en un verdadero "activista" de aquello en lo que creía firmemente: la idoneidad de mantener el legado de Roma en las tierras del imperio, así como su guía.

Esta idea lo impulsó a liderar una arriesgada embajada que lo llevaría desde su tierra natal, Gallaecia, hasta la Galia, para encontrarse con Flavio Aecio (conocido entonces como el "último romano"), Magister militum del imperio (máximo comandante militar del imperio, únicamente detrás del emperador en este aspecto), al que requirió, junto con otros representantes de su provincia, que se internara en Hispania y acabara con los bárbaros allí instalados, restituyendo el poder de Roma.

Aecio, vencedor de Atila, el huno, en los Campos Catalaúnicos, tuvo una vida complicada, siempre luchando (e intrigando) hasta el instante en el que fue asesinado por su emperador. Así que nunca sabremos si realmente pretendía atender al llamamiento de los hispanos, pero fue dejando la tarea para un mejor momento... y, dado que tenía una ingente cantidad de proyectos pendientes, el asunto se demoró por casi tres décadas, en las que el último héroe romano no pareció recordar quién había sido aquel hispano, ni qué se cocía más allá de los Pirineos.

Por contra, los que no olvidaron el papel del cronista en aquella embajada, y sus posteriores ataques verbales desde el púlpito, fueron los suevos, sus incómodos vecinos. Así que, finalmente, tras ser traicionado por varios de los suyos, fue prendido y encarcelado por sus enemigos. Finalmente, en el año 469 d.C., murió, apagándose la vela que había iluminado aquellos años por medio de su crónica.

Estamos hablando de Hydacio, obispo de la ciudad de Aquae Flavia (la actual Chaves, en el norte de Portugal). Nacido en el seno de una familia acomodada de la provincia de la Gallaecia, y entregado desde muy joven al oficio religioso, emprendió un larguísimo (y peligroso) viaje a Palestina, donde fue instruido por diferentes maestros en su fe, entre ellos, el que posteriormente sería conocido como San Jerónimo. Fue a su llegada nuevamente a su tierra, años después, cuando comenzó a trabajar en su Chronicon, iniciando su relato en los últimos años del siglo anterior, tomando información de diferentes historiadores de la época.


Mapa de Gallaecia
Provincia romana de Gallaecia

Unas crónicas que, como en toda labor de investigación histórica que pretenda tener éxito, resulta conveniente leer entre líneas antes de hacer juicios de valor, y entender, además de al cronista y a sus motivaciones, a la propia época. Sirva a modo de ejemplo de por qué esta matización, el siguiente párrafo, que recoge una de las notas de su Chronicon:

Desparramándose furiosos los Bárbaros por las Hispanias, y recrudeciéndose al igual el
azote de la peste, el tiránico exactor roba y el soldado saquea las riquezas y los
mantenimientos guardados en las ciudades; reina un hambre tan espantosa, que obligado por
ella, el género humano devora carne humana, y hasta las madres matan a sus hijos y cuecen
sus cuerpos, para alimentarse con ellos. Las fieras, aficionadas a los cadáveres de los
muertos por la espada, por el hambre y por la peste, destrozan hasta a los hombres más
fuertes, y cebándose en sus miembros, se encarnizan cada vez más para destrucción del
género humano. De esta suerte, exacerbadas en todo el orbe las cuatro plagas: el hierro, el
hambre, la peste y las fieras, cúmplense las predicciones que hizo el Señor por boca de sus
Profetas.

Visto así, Hydacio no estaba disfrutando precisamente de lo que veía a su regreso a su tierra (quizás, debería haber corrido).

Tenía sus razones: el imperio se desmoronaba, y con él las estructuras administrativas que hasta entonces lo habían sostenido; la fe cristiana, de la que él era máximo representante en la ciudad de Aquae Flaviae, se encontraba amenazada por el nacimiento de múltiples herejías (arranismo y priscilianismo, por nombrar las más conocidas), frente al soporte que había representado la autoridad imperial para aquella, desde que se decretara como religión oficial del imperio; y los pueblos bárbaros (suevos, vándalos y alanos, pero para él, sobre todo los primeros pues fueron quienes se establecieron en su tierra) campaban a sus anchas sembrando el terror y apoderándose de cuanto necesitaban en las tierras que habían pertenecido a Roma. Si a todo esto le añadimos inexplicables y repentinos oscurecimientos del cielo durante el día, noches sin luna, cometas que iluminaban el cielo, terremotos o la inesperada aparición de peces o terneros de extraña apariencia, hasta al más pintado le recorrería un escalofrío por la espalda. A Hydacio, únicamente parecía ocurrírsele una cosa, y era que el apocalipsis se encontraba cercano, muy cercano.


Misorium de Teodosio
Misorium de Teodosio, emperador hispano que declaró al cristianismo como religión oficial del imperio

Pero no, el apocalipsis no tuvo lugar, como tampoco sucedería en el año 1000, cuando semejante mensaje pareció calar nuevamente en la mente de muchos cristianos. Los bárbaros terminaron asentándose en el territorio, creando sus propias estructuras administrativas; luchando entre ellos, sí, como también contra los indígenas y contra las tropas que, cada vez en menor número, enviaba Roma, así como contra nuevos pueblos que aparecerían en escena en los años posteriores; pero a todos, sin distinción, lo que más les preocupaba era su propia supervivencia, por lo que -cómo cambian las cosas- un siglo después de la muerte de Hydacio, azote de los suevos, aquellos hispanorromanos que vivían en una Gallaecia entonces en paz, convertida en reino suevo y católico, temerían como hiciera Hydacio la llegada de lo desconocido, en este caso, del godo Leovigildo, arriano y, para ellos, un bárbaro. Pero esta, es otra historia.

¿Te atreves a descubrir qué sucedió en ese siglo V a través de los ojos de Attax, el alano?