lunes, 28 de agosto de 2017

La practicidad romana y los caballos asturcones


Durante las clases de historia, tanto en el colegio como en el instituto, escuché muchas veces que los romanos habían sido uno de los pueblos más prácticos que han existido. Siempre me lo explicaban en base a que se trataba de una civilización que no buscaba la belleza en sus edificaciones, sino la funcionalidad de las mismas. Unos años más crecido, aparte de este discurso, puedo añadir otro: Roma siempre supo quedarse con lo mejor de cada pueblo al que subyugó durante su expansión por la cuenca mediterránea, y no solo en el ámbito constructivo.

Por ejemplo, durante su conflicto contra los cartagineses, la entonces república romana entendió que sin plantear batalla en el mar su victoria final resultaría imposible. Así, las primeras páginas de lo que sería la armada romana de guerra (en este caso con sus propias innovaciones, como el Corvus) comenzarían a escribirse en el siglo III a.C., con las primeras flotas construidas en el sur de Italia. Un poco más tarde, también repararon en que los cascos que utilizaban los guerreros celtas en batalla protegían mejor el cuello y la nuca que los suyos propios. Como no podía ser de otra manera, los cascos de los legionarios comenzaron a fabricarse a partir de entonces según este estilo celta.

casco romano tipo galo
Casco romano de estilo galo (y no es un "trabalenguas")

También el gladius, la temible espada corta de las legiones, sufrió evoluciones a lo largo de los más de cuatrocientos años de imperio (y otros tantos de república): una de ellas se basó en la apariencia de la antigua falcata íbera (o celtíbera, también), cuyo diseño fue adaptado por los legionarios para su sangriento cometido una vez sus pies pisaron la antigua Iberia.


Gladius romano
El Kalashnikov romano
También, aunque quizás esto resulte menos conocido, fueron capaces de utilizar la agrodiversidad existente en los diferentes territorios que conquistaban en su propio beneficio, transportándola allí donde se encontraban, De esta manera, extendieron el cultivo del castaño hasta muchos lugares (¿a alguien les suena el paisaje de Las Médulas, en el Bierzo?, así como el de la vid o el aceite, y otros tantos. Pero hay un episodio que me llamó especialmente la atención en cuanto me encontraba recabando información para escribir "El Alano".

Llegado el momento, necesitaba para Attax un "empleo digno" según el criterio de un bárbaro enorme, rubio y vocinglero que adoraba los caballos, la guerra y las mujeres. Un tipo que provenía de una cultura que despreciaba trabajar la tierra o escribir. Un tipo que pensaba que cualquier desafío que le lanzara el destino tenía una única solución: las armas. Y ahí acudió en mi auxilio la afamada practicidad romana.

Hispania fue siempre reconocida por Roma como una provincia rica en metales (especialmente en plata), aceite, vino y prósperas fábricas de salazón (aunque en pleno siglo V d.C. no estaba la cosa como para invertir demasiado en algo que, de un plumazo, te podía ser arrebatado por las armas). Pero también aportó al imperio un elemento desconocido para muchos: el caballo asturcón. Se trata de una raza equina propia de la cordillera cantábrica, donde retozaban desde mucho antes de la intromisión de Roma en los asuntos de la vieja Iberia, pero que pasaría a ser conocida en la historia mundial en cuanto Octavio Augusto, durante la campaña que llevó a cabo en Hispania para "celebrar su principado en solitario", pudo comprender las ventajas que ofrecían estos pequeños caballos (casi del tamaño de ponis) para sus enemigos. 

Caballo asturcón
Y con ustedes... ¡el asturcón!

Estamos hablando de una raza autóctona de las montañas astures y cántabras. Aún hoy en día, pueden encontrarse pastando algunas pequeñas manadas en los más recónditos valles asturianos. Estos asturcones, presentes en el territorio desde hace más de 2.500 años, son caballos de pequeña alzada, menor del metro cincuenta; y desde tiempos inmemoriales ya eran utilizados por astures y cántabros tanto para hacer la guerra, como a modo de animales de tiro. Se trata de caballos resistentes, recios, que sobreviven al invierno sin apenas cuidados y resultan frugales en cuanto a su alimentación, lo que los convierte en monturas idóneas para desplazarse por caminos de montaña, así como para recorrer largas distancias.

 Los caballos que eran su pasión también eran originarios de las montañas del norte; según el capataz, eran conocidos a lo ancho y largo del imperio como asturcones. Pese a ser consciente de las grandes ventajas de esta raza para desplazarse en las zonas montañosas del norte de Hispania, y haber llegado a admirar su seguridad, firmeza y resistencia, yo seguía prefiriendo aquellos grandes sementales de largas y musculosas patas capaces de cargar sobre sus lomos una pesada armadura y un caballero perfectamente equipado para la batalla. Este fue motivo de acaloradas discusiones con el astur durante mucho tiempo, acompañadas de bravatas, y a veces incluso regadas con buen vino y acompañadas de alguna de las delicias que el capataz guardaba para las ocasiones especiales.

Extraído de: El Alano.

Además, se trata de una raza cuyos ejemplares poseen un vigor inusitado para lo pequeño de su tamaño. Así, en ocasiones, los guerreros astures se desplazaban en parejas sobre ellos, de manera que al llegar al campo de batalla, uno de los guerreros echaba pie a tierra y luchaba como un infante, mientras su compañero lo hacía a lomos de su montura.

Todas estas ventajas fueron rápidamente percibidas por la maquinaria bélica romana. Desde entonces, no sólo se alistaron grupos de jinetes astures y cántabros (con su propia impedimenta y monturas) en las cohortes auxiliares de caballería de Roma, sino que también se extendió el uso de estos animales entre las legiones, llegando de esta manera a registrarse su presencia en lugares muy recónditos del imperio.

Pero, con el tiempo, se extendió el uso de este animal no solo a nivel militar. También entre los ciudadanos (y emperadores, como el propio Nerón) comenzó a valorarse esta raza de pequeño porte, dócil, veloz, resistente y, lo más apreciado para ellos, con un trote extremadamente cómodo para el jinete.

No era raro verlo revolcándose con los peludos perros de la villa bajo la atenta y preocupada mirada de alguno de los esclavos, o bien intentando subirse al vallado donde teníamos a los caballos para acariciarlos. Pese a que al bueno de Medulio parecía que se le iba a cortar la respiración cada vez que lo veía, yo lo aupaba y permitía que pudiera admirar a los caballos con sus grandes ojos muy abiertos por el asombro. Entonces, esa noche, Aspasia me reprendía en nuestro rincón del barracón:

–Bárbaro bruto, cómo un día le pase algo al niño todos lo lamentaremos. 

Extraído de: El Alano.

De esta forma, el historiador/militar romano Plinio el Viejo (El viejo Plinio, al que tanto debemos por su "Historia natural" y cuya onomástica de su muerte tuvo lugar hace tan solo dos días), llegó a decir de ellos: "son de talla menor; no tienen una marcha como la normal; su paso es cómodo; se debe al movimiento simultáneo de los remos de un mismo lado". Lo que traducido al nivel popular de ese entonces, se le llegó a denominar como "caballo trotador", por su cómoda monta para el jinete, lo que hizo de su cría y venta un negocio lucrativo, no solo a nivel militar, sino también civil en determinadas zonas de la Hispania romana.

Mi vida seguía girando en torno a los bravos asturcones. Junto con Medulio y el amo Quinto, nos acercábamos cada seis meses al mercado de la ciudad, donde poníamos a la venta alguno de los sementales que criábamos.

Extraído de: El Alano.


Y así fue como Plinio me ofreció  una "salida laboral digna" para un bárbaro con alergia a cualquier otro trabajo que no incluyera reventar cabezas y despachar a sus enemigos. Un bárbaro amante de los caballos que, en un primer momento, no entendía el motivo por el que los romanos tenían tan buen concepto de esos pequeños animales, cuando su pueblo y sus primos sármatas criaban ejemplares de alta cruz, estilizados, de pecho ancho y capaces de soportar su propia armadura y la del jinete. Pero Attax desconocía que animales como aquellos ponis asturianos, cántabros y gallegos habían llegado incluso a conquistar el corazón de un emperador como Nerón, que poseía varios ejemplares en su palacio de Roma. Un ferrari en Roma, aunque escondido bajo la carrocería de un seat 127.

¿Conocías esta raza y las anécdotas que recopila este post? ¿Imaginas al mismísimo emperador a lomos de uno de estos recios ejemplares?

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