lunes, 14 de agosto de 2017

Castelnaud la Chapelle y Beynac et Cazenac





Viviendo durante todo el año en una maravillosa isla como es Tenerife, lo menos que me apetece en vacaciones es irme a una playa a pasar horas al sol y bañarme en las cristalinas aguas del mar. Lo puedo hacer casi cada día, así que cuando llega el verano siempre trato de darme una escapada en la que, huyendo de piscinas y costas, principalmente, visito comarcas rurales llenas de encanto, una rica gastronomía y, como no podía ser de otra manera, un extenso patrimonio histórico y arquitectónico en el que investigar (y tomar notas, porque nunca se sabe...).

Este año tocó la Dordoña-Perigord, en en suroeste de Francia, una región preciosa como pocas. Valles verdes, colinas coronadas por pequeñas ciudades amuralladas o castillos, extensos cultivos de girasoles y limpios ríos en los que bañarte: disfruté, imposible negarlo.

Pero vamos a lo que vamos.

Esta región, en la antigüedad (siglo V d.C.), fue parte del reino visigodo de Tolosa; pero esta vez no van por ahí los tiros. En esta entrada, nos remontaremos al siglo XIV de nuestra era, hasta una guerra que asoló Francia durante casi un centenar de inviernos (con algunas treguas durante este período, porque ese ritmo no había cuerpo que lo aguantara :)). Una guerra que, con toda la lógica, se conoce como la guerra de los cien años

Sus batallas más famosas y determinantes, como Crécy o Azincourt, se dirimieron en el norte del país, en las regiones de Bretaña y Normandía; pero, ¿acaso la guerra de los cien años también tuvo un escenario tan al sur? Pues sí. El ducado de Aquitania, como se conocía entonces a la región, había sido heredado por la corona inglesa tras la muerte de la gran Eleonor de Aquitania (duquesa de Aquitania y condesa de Gascuña por nacimiento, y reina consorte de ambos estados en guerra; una mujer formidable, inteligente y práctica, digna del reconocimiento como una de las personalidades más influyentes de su época), por lo que también se convirtió en un animado campo de batalla. Un campo de batalla en el que la fortificación de enclaves resultaba crucial para ambos contendientes para mantener sus posiciones. La guerra no se ganaba en el sur, parecía, pues los mayores esfuerzos bélicos tenían lugar en el norte de Francia (más cercano para los ingleses); pero quien perdiera comba en esta región se encontraría acorralado entre una marea de enemigos.

Muy cercanos a la preciosa ciudad medieval de Sarlat la Caneda (preciosa es quedarse corto), separados por el curso del río Dordogne y apenas a diez kilómetros de distancia, aún se alzan en sendas elevaciones dos grandes colosos de aquella época: los castillos de Castelnaud la Chapelle y Beynac et Cazenac.

Fortaleza (restaurada) de Castelnaud la Chapelle

Durante las décadas en las que la guerra asoló aquellas frondosas riveras, los defensores de ambas fortificaciones se lanzaron a la batalla entre sí en múltiples ocasiones. Si en un primer momento, el conocido actualmente como Castelnaud (castillo nuevo, aunque se tratara de una fortificación realizada sobre el viejo castillo cátaro del siglo XII), fue fortificado por los ingleses y sus aliados aquitanos para enfrentarse a sus vecinos de Beynac, durante el transcurso de la guerra fue tomado por sus enemigos en varias ocasiones, hasta que, ya cerca del final del conflicto, en el año 1442, fue tomado definitivamente por los franceses tras someterlo a un feroz asedio.

Maqueta del castillo de Castelnaud la Chapelle, con el aspecto que tendría en el año 1442

Ahora mismo, el castillo de Castelnaud la Chapelle, bien restaurado y accesible, alberga en su interior un interesante museo de la guerra, en el que la mayoría de las piezas responden a esta época.

Durante la visita tendremos ocasión de ver máquinas de asedio (y defensa), como balistas o lanzapiedras (trabuquetes), así como armas de fuego también de asedio, como bombardas o culebrines (la guerra de los cien años supuso, probablemente, la primera ocasión en que las armas de fuego se utilizaron en batalla en occidente, con desigual resultado). Podremos observar también armas de fuego portátiles (más modernas, de gran peso y muy incómodas de utilizar) como arcabuces, mosquetes e incluso un curioso ribault (primitivos predecesores de las metralletas actuales); pero, si algo llama la atención, es la extensa colección de ballestas que alberga el museo. Ballestas que en un primer momento serían empuñadas por mercenarios genoveses, muy utilizados por los franceses en este conflicto. Se pueden apreciar las múltiples variaciones de este arma a lo largo de su evolución, desde las más primitivas y complicadas, hasta más modernas y sencillas, en las que diferentes mecanismos hacían más fácil la maniobra de recarga al tirador, talón de Aquiles de aquellos hombres. 

Vaya "bicho raro": un ribault

Los ballesteros eran una tropa ofensivamente muy interesante, debido a la potencia y capacidad de penetración de los virotes que lanzaban, pero contaban con un importante hándicap: mientras recargaban la pieza entre disparo y disparo, maniobra que requería cierto tiempo además de fuerza, quedaban a merced de los proyectiles enviados desde el campo inglés. Así, en determinado momento de la guerra, tuvieron que recurrir a la colaboración de otro soldado que los protegiera con un pavés, o escudo de gran tamaño, mientras añadía un nuevo dardo a su ballesta. 

Unas "cuantas ballestas"

En la misma estancia en las que se encuentran no menos de una treintena de estas armas, sin vitrinas, y probablemente sin que la mitad de la gente que pasa por allí repare en su existencia, hay un pequeño recodo en el que, al asomarte, encontrarás una representación de la tropa que durante más de medio siglo supuso una verdadera pesadilla para los ballesteros pero, sobre todo, para los caballeros franceses: el arquero inglés y su temido arco largo o longbow, como era conocido entonces. En el mismo tiempo que un ballestero genovés empleaba en efectuar una sola recarga, un arquero inglés podía lanzar hasta diez de sus flechas. Un arma que, aunque primitiva (nada sofisticada, como las ballestas), reportó a las tropas inglesas las mayores victorias que consiguieron durante el conflicto, haciendo inútil el enorme despliegue de hombres y tecnología militar que acometieron los diferentes reyes franceses durante gran parte de la contienda.

El arco largo inglés (o galés, pues también era empuñado por muchos galeses que servían en las tropas inglesas) sembró de cadáveres franceses media Francia, convirtiéndose en un arma mortífera y, a quienes la portaban, en verdaderos demonios a ojos de los hombres de armas franceses.

Pero ¿sabías que el temor al arco inglés no se limitó únicamente a las tierras francesas? Eduardo de Woodstock, conocido como el príncipe negro, heredero del trono inglés y vencedor en batallas tan cruciales como la de Crécy, trajo hasta España grandes compañías de arqueros. y, nuevamente, sus flechas fueron las protagonistas en una contienda que desangró Castilla durante el siglo XIV, y en las que también tropas francesas al mando de sus más importantes comandantes, como Bertrand du Guesclin, participaron para oponer sus ballestas a los arcos. Está claro que ni en las treguas eran capaces de estarse quietos en casa :)

Una región, sin duda, muy recomendable. Cuéntame, ¿conocías estos castillos franceses? ¿Los has añadido a tu lista de lugares por visitar?

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