lunes, 7 de agosto de 2017

Hydacio, el cronista de una Hispania moribunda


Hydacio, el cronista de una Hispania moribunda


A riesgo de parecer pesado, sí, el siglo V d.C. supuso una época de inestabilidad para las distintas provincias que constituían Hispania, que no había tenido parangón desde que la férrea autoridad de Roma se hiciera con la totalidad del territorio, en el mismo instante en el que Octavio Augusto decidiera poner fin a la independencia de astures y cántabros.

Un momento de nuestra historia en el que no son precisamente de cronistas y sus correspondientes crónicas de lo que andamos sobrados. Vista la incertidumbre, no era un momento muy adecuado para tomar el cálamo o el estilo, en absoluto; quizás, podríamos decir que lo más inteligente era correr :).


libro antiguo
Kindle de la época...

Si algo sabemos sobre lo sucedido en aquel entonces, es gracias a una figura muy poco conocida en la actualidad, que se atrevió a recoger los hechos de su tiempo en una crónica. Un hombre que, pese a lo contemplativa que pueda resultar en principio la acción de recabar información sobre lo que acontecía a su alrededor, se convirtió en un verdadero "activista" de aquello en lo que creía firmemente: la idoneidad de mantener el legado de Roma en las tierras del imperio, así como su guía.

Esta idea lo impulsó a liderar una arriesgada embajada que lo llevaría desde su tierra natal, Gallaecia, hasta la Galia, para encontrarse con Flavio Aecio (conocido entonces como el "último romano"), Magister militum del imperio (máximo comandante militar del imperio, únicamente detrás del emperador en este aspecto), al que requirió, junto con otros representantes de su provincia, que se internara en Hispania y acabara con los bárbaros allí instalados, restituyendo el poder de Roma.

Aecio, vencedor de Atila, el huno, en los Campos Catalaúnicos, tuvo una vida complicada, siempre luchando (e intrigando) hasta el instante en el que fue asesinado por su emperador. Así que nunca sabremos si realmente pretendía atender al llamamiento de los hispanos, pero fue dejando la tarea para un mejor momento... y, dado que tenía una ingente cantidad de proyectos pendientes, el asunto se demoró por casi tres décadas, en las que el último héroe romano no pareció recordar quién había sido aquel hispano, ni qué se cocía más allá de los Pirineos.

Por contra, los que no olvidaron el papel del cronista en aquella embajada, y sus posteriores ataques verbales desde el púlpito, fueron los suevos, sus incómodos vecinos. Así que, finalmente, tras ser traicionado por varios de los suyos, fue prendido y encarcelado por sus enemigos. Finalmente, en el año 469 d.C., murió, apagándose la vela que había iluminado aquellos años por medio de su crónica.

Estamos hablando de Hydacio, obispo de la ciudad de Aquae Flavia (la actual Chaves, en el norte de Portugal). Nacido en el seno de una familia acomodada de la provincia de la Gallaecia, y entregado desde muy joven al oficio religioso, emprendió un larguísimo (y peligroso) viaje a Palestina, donde fue instruido por diferentes maestros en su fe, entre ellos, el que posteriormente sería conocido como San Jerónimo. Fue a su llegada nuevamente a su tierra, años después, cuando comenzó a trabajar en su Chronicon, iniciando su relato en los últimos años del siglo anterior, tomando información de diferentes historiadores de la época.


Mapa de Gallaecia
Provincia romana de Gallaecia

Unas crónicas que, como en toda labor de investigación histórica que pretenda tener éxito, resulta conveniente leer entre líneas antes de hacer juicios de valor, y entender, además de al cronista y a sus motivaciones, a la propia época. Sirva a modo de ejemplo de por qué esta matización, el siguiente párrafo, que recoge una de las notas de su Chronicon:

Desparramándose furiosos los Bárbaros por las Hispanias, y recrudeciéndose al igual el
azote de la peste, el tiránico exactor roba y el soldado saquea las riquezas y los
mantenimientos guardados en las ciudades; reina un hambre tan espantosa, que obligado por
ella, el género humano devora carne humana, y hasta las madres matan a sus hijos y cuecen
sus cuerpos, para alimentarse con ellos. Las fieras, aficionadas a los cadáveres de los
muertos por la espada, por el hambre y por la peste, destrozan hasta a los hombres más
fuertes, y cebándose en sus miembros, se encarnizan cada vez más para destrucción del
género humano. De esta suerte, exacerbadas en todo el orbe las cuatro plagas: el hierro, el
hambre, la peste y las fieras, cúmplense las predicciones que hizo el Señor por boca de sus
Profetas.

Visto así, Hydacio no estaba disfrutando precisamente de lo que veía a su regreso a su tierra (quizás, debería haber corrido).

Tenía sus razones: el imperio se desmoronaba, y con él las estructuras administrativas que hasta entonces lo habían sostenido; la fe cristiana, de la que él era máximo representante en la ciudad de Aquae Flaviae, se encontraba amenazada por el nacimiento de múltiples herejías (arranismo y priscilianismo, por nombrar las más conocidas), frente al soporte que había representado la autoridad imperial para aquella, desde que se decretara como religión oficial del imperio; y los pueblos bárbaros (suevos, vándalos y alanos, pero para él, sobre todo los primeros pues fueron quienes se establecieron en su tierra) campaban a sus anchas sembrando el terror y apoderándose de cuanto necesitaban en las tierras que habían pertenecido a Roma. Si a todo esto le añadimos inexplicables y repentinos oscurecimientos del cielo durante el día, noches sin luna, cometas que iluminaban el cielo, terremotos o la inesperada aparición de peces o terneros de extraña apariencia, hasta al más pintado le recorrería un escalofrío por la espalda. A Hydacio, únicamente parecía ocurrírsele una cosa, y era que el apocalipsis se encontraba cercano, muy cercano.


Misorium de Teodosio
Misorium de Teodosio, emperador hispano que declaró al cristianismo como religión oficial del imperio

Pero no, el apocalipsis no tuvo lugar, como tampoco sucedería en el año 1000, cuando semejante mensaje pareció calar nuevamente en la mente de muchos cristianos. Los bárbaros terminaron asentándose en el territorio, creando sus propias estructuras administrativas; luchando entre ellos, sí, como también contra los indígenas y contra las tropas que, cada vez en menor número, enviaba Roma, así como contra nuevos pueblos que aparecerían en escena en los años posteriores; pero a todos, sin distinción, lo que más les preocupaba era su propia supervivencia, por lo que -cómo cambian las cosas- un siglo después de la muerte de Hydacio, azote de los suevos, aquellos hispanorromanos que vivían en una Gallaecia entonces en paz, convertida en reino suevo y católico, temerían como hiciera Hydacio la llegada de lo desconocido, en este caso, del godo Leovigildo, arriano y, para ellos, un bárbaro. Pero esta, es otra historia.

¿Te atreves a descubrir qué sucedió en ese siglo V a través de los ojos de Attax, el alano?




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