lunes, 25 de septiembre de 2017

Pronto... Niebla y Acero





Hoy os traigo una entrada pequeña, pero especial para mí.

Si eres visitante habitual de este territorio, quizás sepas que ando metido de lleno en los últimos retoques necesarios para publicar, por fin, la segunda parte de las aventuras de Attax: "Niebla y Acero". Y este lunes quería compartir contigo algunas novedades al respecto.

En primer lugar: estamos trabajando para encontrar una nueva imagen para la serie "Las Cenizas de Hispania". Ya sabes que la primera impresión es fundamental, y la portada es lo primero que entra por los ojos. Así que -aunque siempre guardaré un cariño especial a esa fotografía de la muralla de Conímbriga que mi gran amigo Santiago Cabrera convirtió en carta de presentación de mi primera novela- espero poder mostrar dentro de poco el nuevo aspecto de "El Alano", y la cubierta definitiva de "Niebla y Acero".

Además, estamos preparando algunas cosas muy chulas para acompañar el lanzamiento. Búscame en las redes (de momento, Twitter y Facebook) para estar al tanto de todo. Aún no puedo concretar más, pero habrá algún que otro sorteo y promociones interesantes.

De momento, te traigo la sinopsis. Espero que os sirva para empezar a vislumbrar lo que os espera entre las páginas de la novela.

"Hispania, año 456 d.C. Tras varias décadas abandonada a su suerte frente al acoso de los pueblos bárbaros, el nuevo emperador de Roma ha vuelto a dirigir sus ojos hacia la distante Diocesis hispaniarum. Será Teodorico, rey de los visigodos, federados del imperio, el encargado de atravesar los Pirineos con un magnífico ejército, con la misión de poner fin a las correrías suevas en territorio peninsular e instaurar de nuevo la paz de Roma entre sus fronteras.

La batalla del Urbicus, donde las tropas visigodas fuerzan la retirada del derrotado ejército suevo hacia el interior de la Gallaecia, es solo el primer paso de la ambiciosa estrategia del soberano godo para acometer su aventura hispana. Attax, el veterano guerrero alano; Marco, su protegido, y su variopinto grupo, proseguirán su camino junto a las tropas de Teodorico, seguros de que su poderío militar les permitirá saciar sus aún no satisfechas ansias de venganza.

Pero en una época en la que la única ley válida es la que se escribe con la sangre de los derrotados, y un puñado de tierra en el que asentarse vale más que cualquier palabra, nada es lo que parece, y la amenaza de una traición puede esconderse detrás de cada sonrisa. Y, en ocasiones, el precio a pagar por culminar una venganza puede ser tan amargo que marque tu vida para siempre.

Atraviesa las nieblas del Annas y sumérgete nuevamente en una Hispania al borde del caos, oscura y fronteriza, vista por los ojos de Attax, mientras con su diestra, cada vez más cansada, sujeta su spatha. Déjate llevar por el rítmico retumbar de los tambores, por el estruendo del entrechocar de los aceros, y siente cómo la vida pugna por aflorar entre las cenizas de una tierra devastada por la guerra."

¿Qué te ha parecido? ¿Te apetece leerla? Me encantará que me dejes tu opinión en los comentarios. Por hoy me despido: ¡toca seguir trabajando para poder presentar pronto todas las novedades!


lunes, 18 de septiembre de 2017

El narrador, ¿en primera o tercera persona?

Narrador en primera o tercera persona


Supongo que cada uno, a la hora de leer (o escribir) una novela, tiene sus manías y preferencias. Por un lado está claro que la temática es uno de los grandes condicionantes cuando entramos en una librería, o en una web de compra on line (o nos sentamos frente al ordenador con la idea de comenzar una nueva novela). Hay quien, como yo, lo que busca es una novela histórica cuya sinopsis resulte atractiva (y que tenga más de trescientas páginas; de forma totalmente subjetiva, he decidido asumir que esta es la extensión mínima necesaria para que una historia se pueda desarrollar como a mí me gusta). Mientras, otros lectores se decantarán por sus géneros favoritos y se dejarán guiar por las sensaciones que les transmitan la portada y la sinopsis, o bien por los consejos de amigos o blogueros de referencia.

Tras este primer filtro, en el caso de la novela histórica, influyen otros factores, como el período y la localización en los que se desarrolla la acción. Ya he confesado en otras ocasiones que hay épocas que no me atraen, mientras que hay otras que me resultan tan fascinantes que puedo incluso hacer la vista gorda ante una sinopsis poco atractiva esperando verme sorprendido por el contenido del interior. Bueno, esto no siempre ocurre, tengo que reconocerlo. 

Pero hoy quiero hablar de otro aspecto que también me parece determinante a la hora de definir el resultado final, y las expectativas que me genera un texto: la forma en la que el autor decide enfocar la perspectiva de la acción, usando bien la primera, bien la tercera persona. Aunque este no sea un factor para desestimar la lectura de una novela, sí que no puedo evitar tener mis propias preferencias, que traslado a la hora de escribir. Entre mis libros favoritos, la mayoría están narrados desde el punto de vista del protagonista. Así, sin darle muchas vueltas, se me ocurren un buen puñado: Crónicas del Señor de la Guerra, de Bernard Cornwell; Aníbal, de Gisbert Haefs; El Asirio, de Nicholas Guild o El Druida, de Morgan Llywelyn. Aunque, una vez convencido por el desempeño de un escritor, lógicamente trataré de hacerme también con el resto de sus obras que se me pongan a tiro, independientemente de que estén narradas en primera o en tercera persona.

Novelas de Bernard Cornwell
Bernard Cornwell combina primera persona (Crónicas del Señor de la guerra y Sajones, vikingos y normandos), con tercera persona (El arquero del Grial) 

En fin, voy al grano. Desde mi experiencia como lector y como escritor, ¿qué ventajas e inconvenientes le encuentro a la narración en primera persona?

En primer lugar: el esquema de la historia resulta más sencillo de elaborar, pues todo debe ceñirse a una lógica temporal íntimamente relacionada con la vida del protagonista. Podemos realizar saltos temporales, traer a colación recuerdos del pasado, darle acceso a información sobre hechos acaecidos mucho tiempo atrás, pero el trazado general se ceñirá a los años que consideremos oportunos dentro de la vida de una persona. A la hora de escribir, me resulta, quizás, más abarcable.

Por otra parte, creo que la principal riqueza que aporta la perspectiva del protagonista es que permite al lector ver a través de sus ojos, sentir lo que está sintiendo, comprender mejor sus actuaciones, sus motivos, su forma de vida. Su propia experiencia, intereses y forma de ser actuarán como un filtro a través del cual nos llega la información sobre su día a día y los acontecimientos en los que se vea envuelto. Esto, bien manejado, puede resultar muy enriquecedor, aunque también tiene sus desventajas. Lo mejor para mí es que te hace abandonar por un momento el cómodo sillón en el que estás leyendo (esa maravillosa colina desde la que los generales observan las batallas, como diría Woody Allen en la Última noche de Boris Grushenko, mientras desde la loma veía cómo un rebaño de ovejas corría sin sentido en la llanura) para trasladarte a la acción, mancharte de barro, apabullarte con el fragor de los gritos y el entrechocar de los metales, y ponerte en la piel de gentes que, de existir, lo hicieron hace cientos o miles de años, rodeados de una realidad bien distinta.

Una novela cuya acción se narra en primera persona nos ofrece una oportunidad inmejorable para zambullirte de lleno en la acción. En nuestra imaginación podremos recrear las sensaciones, la tensión, el miedo, la incertidumbre o la alegría. Si el autor es capaz de crear un personaje con el que empaticemos profundamente, viviremos sus vicisitudes con pasión, y si se ve envuelto en un conflicto bélico este ejercicio puede resultar particularmente intenso. Ruido, imprecaciones, sangre, tensión; todo ello nos envuelve mientras pasamos una página tras otra, la luna recorre el firmamento y la hora a la que tenemos programado nuestro despertador se acerca implacablemente.

Desarrollar la narración de una buena batalla es un ejercicio complicado. El hacerlo en primera persona nos obliga además a sumergirnos en el caos, renunciando a extendernos en otros factores que también pueden ser interesantes a la hora de comprender lo que está sucediendo: nos concentramos en los detalles y las sensaciones pero no tendremos una visión global o la capacidad para asomarnos a las sutilezas tácticas. Pienso que esta forma de narrar encaja mejor con conflictos en los que el número de combatientes no sea excesivo, como por ejemplo la alta edad media europea, o la época tardorromana, en las que los encontronazos se resolvían con la participación de unos cientos o pocos miles de guerreros. Por el contrario, en batallas de proporciones gigantescas, como pueden ser las de la época republicana de Roma contra Aníbal, las guerras de Alejandro en Asia, las guerras Dacias de Trajano (se ve que me estoy leyendo a Santiago Posteguillo en este momento, y me tiene enganchado) o las guerras Napoleónicas, por variar, se prestan mejor a ser narradas en tercera persona, para no perder así detalle de estos conflictos en los que podían superarse los 100.000 hombres sumando los efectivos de los bandos combatientes.

cascos y cotsa de malla
Los vikingos resultan ideales para narrar una batalla en primera persona, o eso creo yo. 

Por supuesto, todo esto no son más que generalidades, pues las posibilidades para transmitir lo que deseamos son incontables. Por ejemplo, podemos vivir el momento en primera persona y completar el dibujo general posteriormente, cuando vayan llegando nuevos informadores. O plantear una escena a la lumbre del vivaque de un campamento de campaña, la mesa de una taberna bien provista de ánforas de vino barato o el hogar de alguno de los implicados en la trama, en la que alguno de los participantes en la acción desgrane su historia acompañado del crepitar del fuego.

Sin embargo, debo reconocer que escoger una narración en primera persona, ciñéndonos a la perspectiva del protagonista principal, resulta una apuesta arriesgada. La posibilidad de cambiar de puntos de vista, de trasladar la acción de escenario, etc. pueden aportar mucho dinamismo a una narración, y esta alternancia bien utilizada puede facilitar el objetivo de que el lector devore los capítulos uno tras otro, saltando de hilo en hilo, de trama en trama. Por otra parte, la presencia de un narrador omnisciente que nos permita explicar las acciones, sentimientos y perspectivas de varios personajes, así como describir el escenario de manera más completa, resulta un recurso tentador.

En primera persona te zambulles de lleno en el personaje, juzgas con su moral, te fijas en lo que a él (o ella) le llama la atención, y no te centras en detalles que a nosotros nos resultarían curiosos, quizás exóticos, pero que forman parte de la cotidianeidad para el narrador. No sé si esto último puede ser considerado una ventaja o un inconveniente, pues te obliga a mostrar más que contar, y puede contribuir a alejarnos de los peligros del infodumping (y los escritores de novela histórica, habitualmente obsesionados apasionados de la documentación, tenemos que cuidarnos mucho de caer en este error). Tratar de identificarte con una persona tan alejada de nuestra perspectiva habitual es un ejercicio complejo y apasionante. Su idiosincrasia, sus circunstancias, sus valores, serán radicalmente diferentes a los nuestros. Sin embargo, descubriremos que sus sentimientos y sus motivaciones pueden tener una raíz común que conecta con nuestra propia realidad, y nos permiten comprender, empatizar, implicarnos, jugar a predecir cómo reaccionaría en cada momento.

Como quizás ya sepas, mi trilogía "Las Cenizas de Hispania" está narrada en primera persona por Attax, su protagonista. Pero, en mi caso, he tenido que tener en cuenta otro factor que añade una nueva vuelta de tuerca: Attax no sabe leer ni escribir. Así que es otro de los implicados en la historia el encargado de transmitirnos las impresiones y vicisitudes de este alano, recopilando sus palabras y tratando de ponerse en su piel. Y esta segunda voz, este narrador en las sombras, aporta a su vez, aun sin desearlo, algo de su propia cosecha, de su propia perspectiva. Su estrato social, su nivel cultural, su implicación emocional, la edad a la que vivió cada acontecimiento son diferentes a las de Attax. De esta manera, por mucho que trate de permanecer al margen como mero transcriptor, dibujará algunas imágenes, refleja algunos sentimientos que quizás el alano nunca admitiría. ¿Qué te parece esta idea? Rizar, el rizo, ¿verdad? ¿Has leído la novela? ¿Has detectado las posibles aportaciones de este segundo protagonista? Como escritor o como lector, ¿qué voz prefieres utilizar? Espero que me lo cuentes.

lunes, 11 de septiembre de 2017

¿Qué Emerita Augusta encontrarían los alanos a su llegada?

Emerita Augusta en el siglo V


Emerita Agusta, la monumental capital de la diócesis hispana, no debía resultar tan monumental en pleno siglo V como lo había sido generaciones atrás.

Una de las explicaciones más socorridas para este hecho se basa en la crisis que azotó al imperio romano durante su último siglo de vida. Por mi parte, estoy totalmente de acuerdo con esta aseveración, aunque Emerita continuó destacando entre todas las ciudades hispanas como una de las más dinámicas, económica y socialmente hablando. La segunda hipótesis, también acertada, es la oleada de destrucción provocada por los diferentes pueblos bárbaros que recorrieron la península en esos días. También resulta razonable, y complementaria a la anterior. Pero hay una tercera variable que en muchos casos nos pasa desapercibida, y no tiene que ver con ninguna crisis económica o militar, ni mucho menos con la presencia de Attax (este alano pendenciero y jugador habría nacido en esta ciudad, al igual de los hijos de cualquier hispanorromano que conviviera con los alanos que se establecieron en la zona por unos pocos años) y los suyos, o el suevo Hermigario, que la atacó años después (y alguno más del que todavía no voy a hablar...). Aunque parezca mentira, probablemente el mayor culpable (aunque de forma indirecta) del cambio producido en la fisonomía de la ciudad, y la decadencia asociada, en esos últimos años del imperio, no fue otro que el último emperador hispano que se sentó en el trono de los césares.

Pero antes de hablar de Flavio Teodosio, el último gobernante del imperio antes de su división en oriente y occidente, vamos a fisgonear un poco en la historia de la ciudad que protagoniza hoy el post. Emerita Augusta fue erigida poco después del fin de las guerras cántabras, para acomodar allí a los veteranos de algunas de las legiones que habían combatido durante el conflicto. Miles de militares que, en ese momento, con el territorio controlado por Roma "pacificado", sin expectativas de nuevas conquistas más allá de las fronteras, y por primera vez en décadas sin el temor a una guerra civil (la famosa Pax Romana de Augusto), debían abandonar la vida castrense para empuñar el arado y convertirse en transmisores del modo de vida romano en las provincias.

Como sucedió en otros tantos lugares alrededor del Mediterráneo y las fronteras del imperio, en el levantamiento de esta colonia se siguió el mismo patrón constructivo que para otras tantas ciudades de retiro para veteranos. El diseño interior se basaba en la construcción de dos largas calles perpendiculares entre sí, formando una cruz, en cuyos extremos se abrirían sendas puertas en la estructura defensiva, y alrededor de las que se dispondrían el resto de edificaciones de la urbe a modo de manzanas. Estas dos calles se denominaban Cardo y Decumano máximo, y componían el trazado principal de cualquier ciudad que tuviera un origen romano. En el caso de Emerita Augusta, estas grandes arterias fueron construidas por los soldados de las legiones V y X, futuros ciudadanos del lugar, por orden del principal lugarteniente (y amigo) de Octavio Augusto, su fiel Marco Agripa.

Zona arqueológica de La Morería
Zona arqueológica de La Morería. Rincón en el que mejor se pueden apreciar edificios de los últimos siglos del imperio.  

Durante los siguientes cuatrocientos años, la ciudad conoció diferentes períodos de prosperidad que consiguieron convertirla en una de las principales urbes de una Hispania que, con el tiempo, vio cómo las provincias que la componían cambiaban de nombre y de límites geográficos. El momento en el que se creó la división administrativa de Lusitania, supuso para la antigua ciudad de Agripa un ascenso al selecto club de las principales ciudades hispanas como capital de la recién creada provincia. Su progresión no se frenó ahí: ya en el siglo IV, se convertiría en la capital de la diócesis hispana (entidad administrativa imperial que incluía a las provincias existentes en la península ibérica más Baleares, así como también la provincia Tingitana en el norte de África), dejando así atrás a sus habituales competidoras, como Tarraco, Corduba, Hispalis o Carthago Nova.

Tras este rápido (rapidísimo) paseo de casi cuatro siglos, retornamos al hilo inicial de este post: Flavio Teodosio (conocido como El Grande) y su indirecto papel en el cambio que sufrió la estructura de la ciudad emeritense desde finales del siglo IV.

Si bien hay bastante gente que sabe que Trajano y Adriano fueron hispanos que dirigieron los destinos de Roma (aunque en el caso del segundo hay quien duda de su origen), muy pocos saben que hubo un tercer emperador hispano. Se cree que Teodosio era originario de Cauca (Coca, en la provincia de Segovia), y su paso por el palacio imperial de Roma no fue tan placentero ni productivo como el de sus antecesores hispanos. La razón, en su caso, no tiene que deberse obligatoriamente a sus mayores o menores aptitudes para el gobierno (cualquiera sabe qué habría hecho el bueno de Trajano de encontrarse en su lugar), sino principalmente a que nuestro personaje ascendió al trono más de doscientos cincuenta años después de que Trajano ampliase las fronteras del imperio hasta su máxima extensión, y unos cuantos menos desde que su sucesor Adriano se entregara febrilmente a construir todo tipo de obras públicas a lo largo del imperio. Desde luego, el imperio que se encontró Teodosio distaba bastante de la bien engrasada maquinaria administrativa, social, comercial y bélica que utilizaran (y afinaran) Trajano y su sucesor; aún así, fue capaz de mantener unidas las débiles costuras de un imperio que se resquebrajaba hasta el mismo día de su muerte.

Teodosio, por encima de todo, será recordado en la historia por dos hitos fundamentales (ambos de capital importancia para comprender el  mundo tal y como lo conocemos hoy): el primero de ellos, dividir el imperio a su muerte en dos mitades (dando así opción al futuro nacimiento del imperio bizantino, o romano de oriente, según y cuándo se mire), consciente de la difícil tarea que constituía gobernar sobre una superficie tan extensa con unos recursos tan precarios; el segundo, por haber instaurado el cristianismo como la religión oficial del imperio.


Misorio de Teodosio el Grande
Misorio de Teodosio.

Bien, Teodosio dejó este mundo en el año 395 y, los alanos no llegaron hasta la ciudad en el año 409, aproximadamente (y sucesivos pueblos bárbaros en las décadas siguientes). A la llegada del pueblo de Attax, Emerita seguía siendo una ciudad extensa y poblada para los cánones de la época en Hispania. Sin embargo, sus antaño poderosas murallas nada pudieron hacer ante el empuje de los guerreros alanos, así como tampoco frente a los suevos años después. Una ciudad que, como ya hemos apuntado, lejos de la idea de decadencia que se puede tener de esta época, seguía conformando un enclave dinámico, pero castigado a causa su propia fama: pueblo bárbaro que ingresaba en Hispania, pueblo bárbaro que soñaba con apoderarse de ella. 

Pero, repito, no fueron Attax y los suyos los que destruyeron sus principales monumentos, como sí pudieron hacer los godos de Alarico durante el saqueo de Roma poco después. En ese entonces, cuando los alanos se asentaron en la ciudad, su disposición debía de resultar bastante similar a la que podría existir, por ejemplo, en época de Trajano (salvo por un detalle que mencionaremos más adelante). El puente sobre el Guadiana, o Annas como se conocía entonces, levantado aprovechando los islotes arenosos, continuaba otorgando a la ciudad un poder económico fundamental para su desarrollo, incluso en esta época. En el interior, el Cardo y el Decumano atravesaban la ciudad, favoreciendo el crecimiento de barrios y arrabales. Porque si en ese entonces existía una ciudad extramuros, más humilde (y campesina) que la que se situaba dentro de las murallas, también en su interior muchas calles se habrían estrechado como resultado de la construcción indiscriminada de casas, establos y talleres en las antiguas residencias y sus alrededores.


Puente romano de Mérida
Puente romano sobre el Guadiana.

Y aquí es donde entra en juego Teodosio. Al elevar el credo cristiano como religión oficial del imperio, el resto de religiones pasaron a ser prohibidas y, en muchos casos, perseguidas. De esta forma, sus fieles pasaron a vivir una situación similar a la que habían padecido los cristianos en el pasado. Muchos templos dedicados a deidades del altar latino (y de otros pueblos del Mediterráneo) resultaron abandonados, clausurados o reutilizados para otros menesteres; y sus ricos materiales (mármol, metales, maderas valiosas) fueron extraídos por los vecinos y utilizados para construir o rehabilitar sus viviendas, graneros, establos, cercas o lo que precisaran, así como para reparar las castigadas murallas y acueductos.

Además del deterioro de estos templos, dispersos en diferentes puntos de la ciudad, hay otros edificios que sufrirían especialmente las consecuencias del edicto de Teodosio: los que se concentraban en el extremo oriental de la urbe, donde generaciones de emeritenses habían disfrutado de un ocio "a la romana", animando a sus aurigas favoritos, aplaudiendo a rabiar a los fornidos gladiadores, y vibrando con otras diversiones menos confesables. Y fue su decadencia la que finalmente cambiaría de imagen que hasta entonces había tenido la Emerita romana.


Mosaico de auriga romano
Mosaico que se puede ver en el Museo Romano de Mérida, en el que se muestra a un famoso auriga local.

Tanto el teatro como el anfiteatro, verdaderas joyas de la ciudad (también en la actualidad), fueron clausurados, al considerarse los espectáculos que allí se ofrecían impíos y poco adecuados para la moral cristiana. El circo, que se encontraba al otro lado de las murallas, también dejó de ser visitado. Y así, más tarde, cuando alanos como Attax recorrieron aquellas calles cercanas al antiguo espacio lúdico de la ciudad, debieron asistir atónitos a cómo unas moles de piedra y mármol, poco antes imponentes y llenas de vida, se habían convertido en montañas de desperdicios y cascotes, en las que los vecinos lanzaban cuanto no necesitaban a modo de improvisado vertedero. Probablemente, descendientes de un pueblo nómada como eran, no supieran lo que eran esos edificios, ni lo que se representaba en los mismos. Visto así, quizás no los echarían de menos.

¿Y por qué hemos hablado hoy de cómo era Emerita Augusta en el siglo V? Pues porque Attax, el alano, deberá regresar a la ciudad que lo vio nacer en la segunda novela de "Las cenizas de Hispania". Una ciudad que le traerá recuerdos de un tiempo que creía olvidado. Un tiempo, el de su infancia, en el que había sido amado y protegido; un tiempo corto, lejano y ya irreal para alguien como él.

lunes, 4 de septiembre de 2017

El año en el que Teodorico vivió peligrosamente (o, al menos, fuera de la Galia)


Teodorico


Hace muchos años, en un reino "bastante cercano", existía una princesa que era la niña de los ojos de su padre, el rey. Un rey temido tanto por los suyos como por sus vecinos, que se encontraba en guerra casi constante en todas sus fronteras. Así, tratando de buscar alianzas que pudieran resultar beneficiosas para su inestable reino, un buen día decidió entregar en matrimonio a su hija a un rey que vivía muy lejos (bastante, tampoco tanto. Vamos, que no guerreaban porque no se tenían lo suficientemente cerca). Un rey que, sin haber mediado conflicto hasta entonces entre ellos (novedad), protegería la frontera sur de su reino, a la vez que desposaba a su hija, engendrando con el tiempo algunos rubios muchachitos que, a la larga, ocuparían el trono, afianzando aún más las relaciones entre ambos reinos.

Parece que estamos en un cuento de princesas; y en todo cuento de princesas que se precie, hace falta un dragón. Años después, aparece el "dragón". El gobernante más poderoso de ese entonces (aunque venido a menos) toca en la puerta del padre de la joven para encargarle una delicada misión: embarcarse en una guerra en la que destruiría el reino de su yerno. Pero no estamos en un cuento de princesas, no, estamos en la Hispania en pleno siglo V. Tan solo faltaría que llegara "Teodoricus Shrek  (Rex)" y dijera: y voy yo, y me lo como.

Porque en esa situación, justamente, se encontró Teodorico segundo, rey visigodo de Tolosa en el año 456 d.C. Su yerno, el suevo Rechiario, tras años sometiendo a pillaje diversas zonas de Hispania confiado en que su boda con la hija del visigodo conseguiría que aquel lo protegiera frente a una lejana y debilitada Roma, había conseguido acabar con la paciencia de Avito, el entonces emperador. Este personaje, un galorromano cercano (política y geográficamente hablando) a los visigodos, acababa de ascender al trono de la ciudad eterna (o lo que quedaba de ella) y ya tenía suficientes problemas como para meterse en más "fregados"; que si una revuelta de senadores por aquí, que si el vándalo Genserico haciendo de las suyas en el mar, que si un nuevo pueblo germano irrumpiendo en sus tierras a través del resquebrajado limes; que si su homólogo oriental discutiendo su idoneidad para vestir la púrpura... Demasiados frentes abiertos como para tener que dividir sus escasas fuerzas y enviar un contingente a la lejana Hispania. Así, encargó a Teodorico que, como soberano de un pueblo federado (vamos a resumir diciendo que "aliado") del imperio, despachara a su yerno en nombre de Roma.

Aviso, por si alguien no se ha percatado: a estas alturas ya hemos abandonado cualquier simulacro de cuento de princesas y dragones. ¿Qué haría un mandamás del siglo V, con una ambición más que importante, en semejante situación? ¿Poner sobre aviso a su hija y yerno, arriesgándose a incurrir así en ira de Roma, negándose a acatar las ordenes de Avito y posicionándose con el pueblo adoptivo de su hija? No. Ya hemos dicho que la ambición dominaba cada uno de los pasos de Teodorico que, además, no era ningún tonto (ni sabía lo que era un cuento de hadas). Si quería ser fuerte, más que Roma, más que su yerno o que los francos o burgundios, tenía que ir expandiéndose y eliminando a cada contendiente de uno en uno. Aunque eso significara condenar a su hija en primer lugar, pues Avito, sin proponérselo, le había señalado a Teodorico el camino a seguir para convertirse en el más poderoso de los reyes de occidente. Así, el rey visigodo organizó un ejército de varios miles de hombres entre los suyos, a los que añadió contingentes francos y burgundios por orden expresa del emperador (así también se aseguraba de que sus posesiones en la Galia no quedaban expuestas ante las armas de sus vecinos, porque Teodorico era ambicioso pero, sobre todo, era listo). Así, seguido por un poderoso ejército se adentró en Hispania dispuesto a barrer a su yerno del mapa. Ni un aviso para que huyera y se estableciera en otro lugar para salvar así a su hija o, a su propio pariente político. Vamos, ni un intento de cara a la galería (¿Qué galería? ¡Estamos en el siglo V, joder!).

En los últimos capítulos de El Alano asistimos a cómo una formidable tropa de guerreros bien pertrechados, con la moral por las nubes y sedientos de botín penetran en Hispania sin oposición, pues los pasos que atravesaban los Pirineos desde la Galia seguían estando en manos de Roma (o deberíamos decir que por lo menos no en manos de Rechiario, pues hacía casi cincuenta años que habían sido desguarnecidos). Una vez en la diócesis, comienza una frenética campaña en la que el primer (y casi único) enfrentamiento bélico en campo abierto entre ambos contendientes tiene lugar en las orillas del río Urbicus (Órbigo). Allí, las tropas suevas (reforzadas por contingentes de hispanos afines y bagaudas, o esclavos fugados, si se prefiere), acostumbradas a campar a sus anchas en un territorio sin una oposición armada real, con una población atemorizada, chocan contra un verdadero ejército; probablemente el mejor de la época. Entre otras cosas, porque la actuación visigoda en la batalla de los Campos Catalaúnicos (cinco años antes) había resultado fundamental para que Roma (y sus aliados) se alzaran con una victoria en la que muy pocos creían vista la triunfal marcha de Atila y los suyos, hasta ese instante.

mapa de Europa en el siglo V
Así estaba el "patio" por ese entonces.

Tras ver cómo su ejército quedaba desarbolado ante el empuje de las armas de Teodorico, Rechiario, malherido en combate, debe huir del mismo y buscar refugio hacia el oeste, esperando hacerse fuerte en el interior de la Gallaecia en espera de que su adversario le diera un respiro. Pero, nuevamente, Teodorico sabía perfectamente qué quería. Así, consciente de que el invierno se acerca (nos encontramos en el mes de octubre) no pierde el tiempo. No envía una carta a su hija avisándole de que huya, no. Recorre las viejas calzadas de Roma y pone bajo asedio la que hasta entonces había sido la capital sueva: Braccara Augusta. Ésta termina cayendo en su poder, y tras ella, el propio Rechiario es capturado en lo que hoy conocemos como Oporto y, entonces, era poco menos que un pueblo pesquero con una fortaleza a la que las crónicas se refieren como castro: Portus Cale.

Desconocemos el destino de su hija (¿la habría matado Rechiario furioso por la traición de su padre? ¿o la habría puesto a salvo antes de dirigirse a la guerra?), pero no así el de su yerno. Rechiario fue ajusticiado en la misma Gallaecia, antes de que el ejército visigodo continuara su avance para tomar cuantas ciudades aún se encontraban bajo dominio suevo, además de otros enclaves que su rey entendía de interés para el desarrollo de la campaña. Porque Teodorico era ambicioso, y mucho, como ya hemos dicho y como poco tardarán Attax y los suyos en comprender.

 Así que, colorín colorado, este cuento no ha hecho más que comenzar.

Si quieres saber más sobre cómo continúa, en breve tendrás disponible en Amazon la segunda novela de la serie Las cenizas de Hispania.


Niebla y Acero - Las cenizas de Hispania 2

Porque tirando del refranero español, en ocasiones, la realidad supera a la ficción, y en otras tantas, nada es lo que parece.