lunes, 4 de septiembre de 2017

El año en el que Teodorico vivió peligrosamente (o, al menos, fuera de la Galia)


Teodorico


Hace muchos años, en un reino "bastante cercano", existía una princesa que era la niña de los ojos de su padre, el rey. Un rey temido tanto por los suyos como por sus vecinos, que se encontraba en guerra casi constante en todas sus fronteras. Así, tratando de buscar alianzas que pudieran resultar beneficiosas para su inestable reino, un buen día decidió entregar en matrimonio a su hija a un rey que vivía muy lejos (bastante, tampoco tanto. Vamos, que no guerreaban porque no se tenían lo suficientemente cerca). Un rey que, sin haber mediado conflicto hasta entonces entre ellos (novedad), protegería la frontera sur de su reino, a la vez que desposaba a su hija, engendrando con el tiempo algunos rubios muchachitos que, a la larga, ocuparían el trono, afianzando aún más las relaciones entre ambos reinos.

Parece que estamos en un cuento de princesas; y en todo cuento de princesas que se precie, hace falta un dragón. Años después, aparece el "dragón". El gobernante más poderoso de ese entonces (aunque venido a menos) toca en la puerta del padre de la joven para encargarle una delicada misión: embarcarse en una guerra en la que destruiría el reino de su yerno. Pero no estamos en un cuento de princesas, no, estamos en la Hispania en pleno siglo V. Tan solo faltaría que llegara "Teodoricus Shrek  (Rex)" y dijera: y voy yo, y me lo como.

Porque en esa situación, justamente, se encontró Teodorico segundo, rey visigodo de Tolosa en el año 456 d.C. Su yerno, el suevo Rechiario, tras años sometiendo a pillaje diversas zonas de Hispania confiado en que su boda con la hija del visigodo conseguiría que aquel lo protegiera frente a una lejana y debilitada Roma, había conseguido acabar con la paciencia de Avito, el entonces emperador. Este personaje, un galorromano cercano (política y geográficamente hablando) a los visigodos, acababa de ascender al trono de la ciudad eterna (o lo que quedaba de ella) y ya tenía suficientes problemas como para meterse en más "fregados"; que si una revuelta de senadores por aquí, que si el vándalo Genserico haciendo de las suyas en el mar, que si un nuevo pueblo germano irrumpiendo en sus tierras a través del resquebrajado limes; que si su homólogo oriental discutiendo su idoneidad para vestir la púrpura... Demasiados frentes abiertos como para tener que dividir sus escasas fuerzas y enviar un contingente a la lejana Hispania. Así, encargó a Teodorico que, como soberano de un pueblo federado (vamos a resumir diciendo que "aliado") del imperio, despachara a su yerno en nombre de Roma.

Aviso, por si alguien no se ha percatado: a estas alturas ya hemos abandonado cualquier simulacro de cuento de princesas y dragones. ¿Qué haría un mandamás del siglo V, con una ambición más que importante, en semejante situación? ¿Poner sobre aviso a su hija y yerno, arriesgándose a incurrir así en ira de Roma, negándose a acatar las ordenes de Avito y posicionándose con el pueblo adoptivo de su hija? No. Ya hemos dicho que la ambición dominaba cada uno de los pasos de Teodorico que, además, no era ningún tonto (ni sabía lo que era un cuento de hadas). Si quería ser fuerte, más que Roma, más que su yerno o que los francos o burgundios, tenía que ir expandiéndose y eliminando a cada contendiente de uno en uno. Aunque eso significara condenar a su hija en primer lugar, pues Avito, sin proponérselo, le había señalado a Teodorico el camino a seguir para convertirse en el más poderoso de los reyes de occidente. Así, el rey visigodo organizó un ejército de varios miles de hombres entre los suyos, a los que añadió contingentes francos y burgundios por orden expresa del emperador (así también se aseguraba de que sus posesiones en la Galia no quedaban expuestas ante las armas de sus vecinos, porque Teodorico era ambicioso pero, sobre todo, era listo). Así, seguido por un poderoso ejército se adentró en Hispania dispuesto a barrer a su yerno del mapa. Ni un aviso para que huyera y se estableciera en otro lugar para salvar así a su hija o, a su propio pariente político. Vamos, ni un intento de cara a la galería (¿Qué galería? ¡Estamos en el siglo V, joder!).

En los últimos capítulos de El Alano asistimos a cómo una formidable tropa de guerreros bien pertrechados, con la moral por las nubes y sedientos de botín penetran en Hispania sin oposición, pues los pasos que atravesaban los Pirineos desde la Galia seguían estando en manos de Roma (o deberíamos decir que por lo menos no en manos de Rechiario, pues hacía casi cincuenta años que habían sido desguarnecidos). Una vez en la diócesis, comienza una frenética campaña en la que el primer (y casi único) enfrentamiento bélico en campo abierto entre ambos contendientes tiene lugar en las orillas del río Urbicus (Órbigo). Allí, las tropas suevas (reforzadas por contingentes de hispanos afines y bagaudas, o esclavos fugados, si se prefiere), acostumbradas a campar a sus anchas en un territorio sin una oposición armada real, con una población atemorizada, chocan contra un verdadero ejército; probablemente el mejor de la época. Entre otras cosas, porque la actuación visigoda en la batalla de los Campos Catalaúnicos (cinco años antes) había resultado fundamental para que Roma (y sus aliados) se alzaran con una victoria en la que muy pocos creían vista la triunfal marcha de Atila y los suyos, hasta ese instante.

mapa de Europa en el siglo V
Así estaba el "patio" por ese entonces.

Tras ver cómo su ejército quedaba desarbolado ante el empuje de las armas de Teodorico, Rechiario, malherido en combate, debe huir del mismo y buscar refugio hacia el oeste, esperando hacerse fuerte en el interior de la Gallaecia en espera de que su adversario le diera un respiro. Pero, nuevamente, Teodorico sabía perfectamente qué quería. Así, consciente de que el invierno se acerca (nos encontramos en el mes de octubre) no pierde el tiempo. No envía una carta a su hija avisándole de que huya, no. Recorre las viejas calzadas de Roma y pone bajo asedio la que hasta entonces había sido la capital sueva: Braccara Augusta. Ésta termina cayendo en su poder, y tras ella, el propio Rechiario es capturado en lo que hoy conocemos como Oporto y, entonces, era poco menos que un pueblo pesquero con una fortaleza a la que las crónicas se refieren como castro: Portus Cale.

Desconocemos el destino de su hija (¿la habría matado Rechiario furioso por la traición de su padre? ¿o la habría puesto a salvo antes de dirigirse a la guerra?), pero no así el de su yerno. Rechiario fue ajusticiado en la misma Gallaecia, antes de que el ejército visigodo continuara su avance para tomar cuantas ciudades aún se encontraban bajo dominio suevo, además de otros enclaves que su rey entendía de interés para el desarrollo de la campaña. Porque Teodorico era ambicioso, y mucho, como ya hemos dicho y como poco tardarán Attax y los suyos en comprender.

 Así que, colorín colorado, este cuento no ha hecho más que comenzar.

Si quieres saber más sobre cómo continúa, en breve tendrás disponible en Amazon la segunda novela de la serie Las cenizas de Hispania.


Niebla y Acero - Las cenizas de Hispania 2

Porque tirando del refranero español, en ocasiones, la realidad supera a la ficción, y en otras tantas, nada es lo que parece.




4 comentarios:

  1. ¿Quién era apodado como el "dragón"? Sigue las instrucciones:

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    1. Te he pillado reina.
      Por cierto la entrada me parece super interesante

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    2. Hola, hola
      ¿Lo que he aprendido? Pues todo, porque no soy muy apasionada de la historia, pero quiero decir que esa forma de empezar con una historia aparentemente de princesas me ha enamorado. Me ha dejado con muchas ganas de más!!

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  2. Hola. Menuda trama. Me hace sufrir que un padre anteponga su ansia de poder antes que el amor a su hija. Me entró mucha curiosidad como sucederá todo. Menos mal que tengo en mi poder la novela. Ahora solo buscar su momento. Gracias por abrir mi apetito. Besos.

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