lunes, 11 de septiembre de 2017

¿Qué Emerita Augusta encontrarían los alanos a su llegada?

Emerita Augusta en el siglo V


Emerita Agusta, la monumental capital de la diócesis hispana, no debía resultar tan monumental en pleno siglo V como lo había sido generaciones atrás.

Una de las explicaciones más socorridas para este hecho se basa en la crisis que azotó al imperio romano durante su último siglo de vida. Por mi parte, estoy totalmente de acuerdo con esta aseveración, aunque Emerita continuó destacando entre todas las ciudades hispanas como una de las más dinámicas, económica y socialmente hablando. La segunda hipótesis, también acertada, es la oleada de destrucción provocada por los diferentes pueblos bárbaros que recorrieron la península en esos días. También resulta razonable, y complementaria a la anterior. Pero hay una tercera variable que en muchos casos nos pasa desapercibida, y no tiene que ver con ninguna crisis económica o militar, ni mucho menos con la presencia de Attax (este alano pendenciero y jugador habría nacido en esta ciudad, al igual de los hijos de cualquier hispanorromano que conviviera con los alanos que se establecieron en la zona por unos pocos años) y los suyos, o el suevo Hermigario, que la atacó años después (y alguno más del que todavía no voy a hablar...). Aunque parezca mentira, probablemente el mayor culpable (aunque de forma indirecta) del cambio producido en la fisonomía de la ciudad, y la decadencia asociada, en esos últimos años del imperio, no fue otro que el último emperador hispano que se sentó en el trono de los césares.

Pero antes de hablar de Flavio Teodosio, el último gobernante del imperio antes de su división en oriente y occidente, vamos a fisgonear un poco en la historia de la ciudad que protagoniza hoy el post. Emerita Augusta fue erigida poco después del fin de las guerras cántabras, para acomodar allí a los veteranos de algunas de las legiones que habían combatido durante el conflicto. Miles de militares que, en ese momento, con el territorio controlado por Roma "pacificado", sin expectativas de nuevas conquistas más allá de las fronteras, y por primera vez en décadas sin el temor a una guerra civil (la famosa Pax Romana de Augusto), debían abandonar la vida castrense para empuñar el arado y convertirse en transmisores del modo de vida romano en las provincias.

Como sucedió en otros tantos lugares alrededor del Mediterráneo y las fronteras del imperio, en el levantamiento de esta colonia se siguió el mismo patrón constructivo que para otras tantas ciudades de retiro para veteranos. El diseño interior se basaba en la construcción de dos largas calles perpendiculares entre sí, formando una cruz, en cuyos extremos se abrirían sendas puertas en la estructura defensiva, y alrededor de las que se dispondrían el resto de edificaciones de la urbe a modo de manzanas. Estas dos calles se denominaban Cardo y Decumano máximo, y componían el trazado principal de cualquier ciudad que tuviera un origen romano. En el caso de Emerita Augusta, estas grandes arterias fueron construidas por los soldados de las legiones V y X, futuros ciudadanos del lugar, por orden del principal lugarteniente (y amigo) de Octavio Augusto, su fiel Marco Agripa.

Zona arqueológica de La Morería
Zona arqueológica de La Morería. Rincón en el que mejor se pueden apreciar edificios de los últimos siglos del imperio.  

Durante los siguientes cuatrocientos años, la ciudad conoció diferentes períodos de prosperidad que consiguieron convertirla en una de las principales urbes de una Hispania que, con el tiempo, vio cómo las provincias que la componían cambiaban de nombre y de límites geográficos. El momento en el que se creó la división administrativa de Lusitania, supuso para la antigua ciudad de Agripa un ascenso al selecto club de las principales ciudades hispanas como capital de la recién creada provincia. Su progresión no se frenó ahí: ya en el siglo IV, se convertiría en la capital de la diócesis hispana (entidad administrativa imperial que incluía a las provincias existentes en la península ibérica más Baleares, así como también la provincia Tingitana en el norte de África), dejando así atrás a sus habituales competidoras, como Tarraco, Corduba, Hispalis o Carthago Nova.

Tras este rápido (rapidísimo) paseo de casi cuatro siglos, retornamos al hilo inicial de este post: Flavio Teodosio (conocido como El Grande) y su indirecto papel en el cambio que sufrió la estructura de la ciudad emeritense desde finales del siglo IV.

Si bien hay bastante gente que sabe que Trajano y Adriano fueron hispanos que dirigieron los destinos de Roma (aunque en el caso del segundo hay quien duda de su origen), muy pocos saben que hubo un tercer emperador hispano. Se cree que Teodosio era originario de Cauca (Coca, en la provincia de Segovia), y su paso por el palacio imperial de Roma no fue tan placentero ni productivo como el de sus antecesores hispanos. La razón, en su caso, no tiene que deberse obligatoriamente a sus mayores o menores aptitudes para el gobierno (cualquiera sabe qué habría hecho el bueno de Trajano de encontrarse en su lugar), sino principalmente a que nuestro personaje ascendió al trono más de doscientos cincuenta años después de que Trajano ampliase las fronteras del imperio hasta su máxima extensión, y unos cuantos menos desde que su sucesor Adriano se entregara febrilmente a construir todo tipo de obras públicas a lo largo del imperio. Desde luego, el imperio que se encontró Teodosio distaba bastante de la bien engrasada maquinaria administrativa, social, comercial y bélica que utilizaran (y afinaran) Trajano y su sucesor; aún así, fue capaz de mantener unidas las débiles costuras de un imperio que se resquebrajaba hasta el mismo día de su muerte.

Teodosio, por encima de todo, será recordado en la historia por dos hitos fundamentales (ambos de capital importancia para comprender el  mundo tal y como lo conocemos hoy): el primero de ellos, dividir el imperio a su muerte en dos mitades (dando así opción al futuro nacimiento del imperio bizantino, o romano de oriente, según y cuándo se mire), consciente de la difícil tarea que constituía gobernar sobre una superficie tan extensa con unos recursos tan precarios; el segundo, por haber instaurado el cristianismo como la religión oficial del imperio.


Misorio de Teodosio el Grande
Misorio de Teodosio.

Bien, Teodosio dejó este mundo en el año 395 y, los alanos no llegaron hasta la ciudad en el año 409, aproximadamente (y sucesivos pueblos bárbaros en las décadas siguientes). A la llegada del pueblo de Attax, Emerita seguía siendo una ciudad extensa y poblada para los cánones de la época en Hispania. Sin embargo, sus antaño poderosas murallas nada pudieron hacer ante el empuje de los guerreros alanos, así como tampoco frente a los suevos años después. Una ciudad que, como ya hemos apuntado, lejos de la idea de decadencia que se puede tener de esta época, seguía conformando un enclave dinámico, pero castigado a causa su propia fama: pueblo bárbaro que ingresaba en Hispania, pueblo bárbaro que soñaba con apoderarse de ella. 

Pero, repito, no fueron Attax y los suyos los que destruyeron sus principales monumentos, como sí pudieron hacer los godos de Alarico durante el saqueo de Roma poco después. En ese entonces, cuando los alanos se asentaron en la ciudad, su disposición debía de resultar bastante similar a la que podría existir, por ejemplo, en época de Trajano (salvo por un detalle que mencionaremos más adelante). El puente sobre el Guadiana, o Annas como se conocía entonces, levantado aprovechando los islotes arenosos, continuaba otorgando a la ciudad un poder económico fundamental para su desarrollo, incluso en esta época. En el interior, el Cardo y el Decumano atravesaban la ciudad, favoreciendo el crecimiento de barrios y arrabales. Porque si en ese entonces existía una ciudad extramuros, más humilde (y campesina) que la que se situaba dentro de las murallas, también en su interior muchas calles se habrían estrechado como resultado de la construcción indiscriminada de casas, establos y talleres en las antiguas residencias y sus alrededores.


Puente romano de Mérida
Puente romano sobre el Guadiana.

Y aquí es donde entra en juego Teodosio. Al elevar el credo cristiano como religión oficial del imperio, el resto de religiones pasaron a ser prohibidas y, en muchos casos, perseguidas. De esta forma, sus fieles pasaron a vivir una situación similar a la que habían padecido los cristianos en el pasado. Muchos templos dedicados a deidades del altar latino (y de otros pueblos del Mediterráneo) resultaron abandonados, clausurados o reutilizados para otros menesteres; y sus ricos materiales (mármol, metales, maderas valiosas) fueron extraídos por los vecinos y utilizados para construir o rehabilitar sus viviendas, graneros, establos, cercas o lo que precisaran, así como para reparar las castigadas murallas y acueductos.

Además del deterioro de estos templos, dispersos en diferentes puntos de la ciudad, hay otros edificios que sufrirían especialmente las consecuencias del edicto de Teodosio: los que se concentraban en el extremo oriental de la urbe, donde generaciones de emeritenses habían disfrutado de un ocio "a la romana", animando a sus aurigas favoritos, aplaudiendo a rabiar a los fornidos gladiadores, y vibrando con otras diversiones menos confesables. Y fue su decadencia la que finalmente cambiaría de imagen que hasta entonces había tenido la Emerita romana.


Mosaico de auriga romano
Mosaico que se puede ver en el Museo Romano de Mérida, en el que se muestra a un famoso auriga local.

Tanto el teatro como el anfiteatro, verdaderas joyas de la ciudad (también en la actualidad), fueron clausurados, al considerarse los espectáculos que allí se ofrecían impíos y poco adecuados para la moral cristiana. El circo, que se encontraba al otro lado de las murallas, también dejó de ser visitado. Y así, más tarde, cuando alanos como Attax recorrieron aquellas calles cercanas al antiguo espacio lúdico de la ciudad, debieron asistir atónitos a cómo unas moles de piedra y mármol, poco antes imponentes y llenas de vida, se habían convertido en montañas de desperdicios y cascotes, en las que los vecinos lanzaban cuanto no necesitaban a modo de improvisado vertedero. Probablemente, descendientes de un pueblo nómada como eran, no supieran lo que eran esos edificios, ni lo que se representaba en los mismos. Visto así, quizás no los echarían de menos.

¿Y por qué hemos hablado hoy de cómo era Emerita Augusta en el siglo V? Pues porque Attax, el alano, deberá regresar a la ciudad que lo vio nacer en la segunda novela de "Las cenizas de Hispania". Una ciudad que le traerá recuerdos de un tiempo que creía olvidado. Un tiempo, el de su infancia, en el que había sido amado y protegido; un tiempo corto, lejano y ya irreal para alguien como él.

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