lunes, 18 de septiembre de 2017

El narrador, ¿en primera o tercera persona?

Narrador en primera o tercera persona


Supongo que cada uno, a la hora de leer (o escribir) una novela, tiene sus manías y preferencias. Por un lado está claro que la temática es uno de los grandes condicionantes cuando entramos en una librería, o en una web de compra on line (o nos sentamos frente al ordenador con la idea de comenzar una nueva novela). Hay quien, como yo, lo que busca es una novela histórica cuya sinopsis resulte atractiva (y que tenga más de trescientas páginas; de forma totalmente subjetiva, he decidido asumir que esta es la extensión mínima necesaria para que una historia se pueda desarrollar como a mí me gusta). Mientras, otros lectores se decantarán por sus géneros favoritos y se dejarán guiar por las sensaciones que les transmitan la portada y la sinopsis, o bien por los consejos de amigos o blogueros de referencia.

Tras este primer filtro, en el caso de la novela histórica, influyen otros factores, como el período y la localización en los que se desarrolla la acción. Ya he confesado en otras ocasiones que hay épocas que no me atraen, mientras que hay otras que me resultan tan fascinantes que puedo incluso hacer la vista gorda ante una sinopsis poco atractiva esperando verme sorprendido por el contenido del interior. Bueno, esto no siempre ocurre, tengo que reconocerlo. 

Pero hoy quiero hablar de otro aspecto que también me parece determinante a la hora de definir el resultado final, y las expectativas que me genera un texto: la forma en la que el autor decide enfocar la perspectiva de la acción, usando bien la primera, bien la tercera persona. Aunque este no sea un factor para desestimar la lectura de una novela, sí que no puedo evitar tener mis propias preferencias, que traslado a la hora de escribir. Entre mis libros favoritos, la mayoría están narrados desde el punto de vista del protagonista. Así, sin darle muchas vueltas, se me ocurren un buen puñado: Crónicas del Señor de la Guerra, de Bernard Cornwell; Aníbal, de Gisbert Haefs; El Asirio, de Nicholas Guild o El Druida, de Morgan Llywelyn. Aunque, una vez convencido por el desempeño de un escritor, lógicamente trataré de hacerme también con el resto de sus obras que se me pongan a tiro, independientemente de que estén narradas en primera o en tercera persona.

Novelas de Bernard Cornwell
Bernard Cornwell combina primera persona (Crónicas del Señor de la guerra y Sajones, vikingos y normandos), con tercera persona (El arquero del Grial) 

En fin, voy al grano. Desde mi experiencia como lector y como escritor, ¿qué ventajas e inconvenientes le encuentro a la narración en primera persona?

En primer lugar: el esquema de la historia resulta más sencillo de elaborar, pues todo debe ceñirse a una lógica temporal íntimamente relacionada con la vida del protagonista. Podemos realizar saltos temporales, traer a colación recuerdos del pasado, darle acceso a información sobre hechos acaecidos mucho tiempo atrás, pero el trazado general se ceñirá a los años que consideremos oportunos dentro de la vida de una persona. A la hora de escribir, me resulta, quizás, más abarcable.

Por otra parte, creo que la principal riqueza que aporta la perspectiva del protagonista es que permite al lector ver a través de sus ojos, sentir lo que está sintiendo, comprender mejor sus actuaciones, sus motivos, su forma de vida. Su propia experiencia, intereses y forma de ser actuarán como un filtro a través del cual nos llega la información sobre su día a día y los acontecimientos en los que se vea envuelto. Esto, bien manejado, puede resultar muy enriquecedor, aunque también tiene sus desventajas. Lo mejor para mí es que te hace abandonar por un momento el cómodo sillón en el que estás leyendo (esa maravillosa colina desde la que los generales observan las batallas, como diría Woody Allen en la Última noche de Boris Grushenko, mientras desde la loma veía cómo un rebaño de ovejas corría sin sentido en la llanura) para trasladarte a la acción, mancharte de barro, apabullarte con el fragor de los gritos y el entrechocar de los metales, y ponerte en la piel de gentes que, de existir, lo hicieron hace cientos o miles de años, rodeados de una realidad bien distinta.

Una novela cuya acción se narra en primera persona nos ofrece una oportunidad inmejorable para zambullirte de lleno en la acción. En nuestra imaginación podremos recrear las sensaciones, la tensión, el miedo, la incertidumbre o la alegría. Si el autor es capaz de crear un personaje con el que empaticemos profundamente, viviremos sus vicisitudes con pasión, y si se ve envuelto en un conflicto bélico este ejercicio puede resultar particularmente intenso. Ruido, imprecaciones, sangre, tensión; todo ello nos envuelve mientras pasamos una página tras otra, la luna recorre el firmamento y la hora a la que tenemos programado nuestro despertador se acerca implacablemente.

Desarrollar la narración de una buena batalla es un ejercicio complicado. El hacerlo en primera persona nos obliga además a sumergirnos en el caos, renunciando a extendernos en otros factores que también pueden ser interesantes a la hora de comprender lo que está sucediendo: nos concentramos en los detalles y las sensaciones pero no tendremos una visión global o la capacidad para asomarnos a las sutilezas tácticas. Pienso que esta forma de narrar encaja mejor con conflictos en los que el número de combatientes no sea excesivo, como por ejemplo la alta edad media europea, o la época tardorromana, en las que los encontronazos se resolvían con la participación de unos cientos o pocos miles de guerreros. Por el contrario, en batallas de proporciones gigantescas, como pueden ser las de la época republicana de Roma contra Aníbal, las guerras de Alejandro en Asia, las guerras Dacias de Trajano (se ve que me estoy leyendo a Santiago Posteguillo en este momento, y me tiene enganchado) o las guerras Napoleónicas, por variar, se prestan mejor a ser narradas en tercera persona, para no perder así detalle de estos conflictos en los que podían superarse los 100.000 hombres sumando los efectivos de los bandos combatientes.

cascos y cotsa de malla
Los vikingos resultan ideales para narrar una batalla en primera persona, o eso creo yo. 

Por supuesto, todo esto no son más que generalidades, pues las posibilidades para transmitir lo que deseamos son incontables. Por ejemplo, podemos vivir el momento en primera persona y completar el dibujo general posteriormente, cuando vayan llegando nuevos informadores. O plantear una escena a la lumbre del vivaque de un campamento de campaña, la mesa de una taberna bien provista de ánforas de vino barato o el hogar de alguno de los implicados en la trama, en la que alguno de los participantes en la acción desgrane su historia acompañado del crepitar del fuego.

Sin embargo, debo reconocer que escoger una narración en primera persona, ciñéndonos a la perspectiva del protagonista principal, resulta una apuesta arriesgada. La posibilidad de cambiar de puntos de vista, de trasladar la acción de escenario, etc. pueden aportar mucho dinamismo a una narración, y esta alternancia bien utilizada puede facilitar el objetivo de que el lector devore los capítulos uno tras otro, saltando de hilo en hilo, de trama en trama. Por otra parte, la presencia de un narrador omnisciente que nos permita explicar las acciones, sentimientos y perspectivas de varios personajes, así como describir el escenario de manera más completa, resulta un recurso tentador.

En primera persona te zambulles de lleno en el personaje, juzgas con su moral, te fijas en lo que a él (o ella) le llama la atención, y no te centras en detalles que a nosotros nos resultarían curiosos, quizás exóticos, pero que forman parte de la cotidianeidad para el narrador. No sé si esto último puede ser considerado una ventaja o un inconveniente, pues te obliga a mostrar más que contar, y puede contribuir a alejarnos de los peligros del infodumping (y los escritores de novela histórica, habitualmente obsesionados apasionados de la documentación, tenemos que cuidarnos mucho de caer en este error). Tratar de identificarte con una persona tan alejada de nuestra perspectiva habitual es un ejercicio complejo y apasionante. Su idiosincrasia, sus circunstancias, sus valores, serán radicalmente diferentes a los nuestros. Sin embargo, descubriremos que sus sentimientos y sus motivaciones pueden tener una raíz común que conecta con nuestra propia realidad, y nos permiten comprender, empatizar, implicarnos, jugar a predecir cómo reaccionaría en cada momento.

Como quizás ya sepas, mi trilogía "Las Cenizas de Hispania" está narrada en primera persona por Attax, su protagonista. Pero, en mi caso, he tenido que tener en cuenta otro factor que añade una nueva vuelta de tuerca: Attax no sabe leer ni escribir. Así que es otro de los implicados en la historia el encargado de transmitirnos las impresiones y vicisitudes de este alano, recopilando sus palabras y tratando de ponerse en su piel. Y esta segunda voz, este narrador en las sombras, aporta a su vez, aun sin desearlo, algo de su propia cosecha, de su propia perspectiva. Su estrato social, su nivel cultural, su implicación emocional, la edad a la que vivió cada acontecimiento son diferentes a las de Attax. De esta manera, por mucho que trate de permanecer al margen como mero transcriptor, dibujará algunas imágenes, refleja algunos sentimientos que quizás el alano nunca admitiría. ¿Qué te parece esta idea? Rizar, el rizo, ¿verdad? ¿Has leído la novela? ¿Has detectado las posibles aportaciones de este segundo protagonista? Como escritor o como lector, ¿qué voz prefieres utilizar? Espero que me lo cuentes.

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