lunes, 13 de noviembre de 2017

Niebla, acero, y una muchacha mártir en la Hispania del siglo V

Niebla, acero, y una mártir niña en la Hispania del siglo V


El imperio romano, por mucho que este objetivo nunca entrara dentro sus aspiraciones, se convirtió en el mayor creador de mártires y santos que se recuerda. Hay muchos ejemplos a lo largo de los casi trescientos años en los que el culto cristiano, en ocasiones, resultó perseguido a lo ancho y largo del Mediterráneo (y más allá). Por supuesto, a esta situación de persecuciones cíclicas (según el emperador que dirigiera los destinos de Roma) no resultaron ajenas las diferentes provincias que constituían la diócesis hispana. Múltiples santos de los que conocemos actualmente, y que pueblan los santorales, se originaron en ese entonces, principalmente a lo largo de los siglos III y IV d. C., antes de que el también hispano Teodosio El Grande, el último emperador del imperio tal y como se había conocido hasta entonces, declarara el culto cristiano religión oficial del imperio.

Unos noventa años antes (año arriba, año abajo) de que aquello ocurriera, en Emerita Augusta se gestó la historia de la mártir niña Eulalia, que daría lugar a la advocación de Santa Eulalia. La muchacha en cuestión nació en la ciudad lusitana, capital de la diócesis, en los últimos años del siglo III. Allí, miembro de una familia acomodada, creció profesando la fe de sus padres: el cristianismo. Todo transcurría sin problemas en la vida de la pequeña hasta que el emperador de turno, Diocleciano, comenzó una campaña de detección de "peligrosos fanáticos religiosos": todos aquellos que se negaban a venerar su propia figura como emperador de la ciudad eterna. Por supuesto, los cristianos de la época se encontraban entre tan temidos alborotadores. El ejercicio de fe resultaba bastante sencillo: con la asistencia de testigos, el "acusado" debería quemar algo de incienso frente a la imagen del emperador, reconociendo su naturaleza divina. Quien lo hiciera, sería liberado sin más preguntas, pero quien se negara sufriría un escarmiento con el que amedrentar a sus correligionarios. 

Ese era el escenario en el que transcurrían los días de Emerita Augusta en los últimos meses del año 303 (aproximadamente). Los padres de la pequeña Eulalia, conscientes de que su hija era dada a mostrar su disconformidad con las actuaciones del emperador, decidieron apartarse de la ciudad mientras en ella se llevaran a cabo las investigaciones de los agentes de Diocleciano. Su idea era la de ponerla a salvo, pero no lo consiguieron. Eulalia, que en ese entonces no debía de superar los 13 años, escapó de la protección familiar y se presentó en los alrededores del palacio del gobernador dispuesta a tratar de convencerlo de lo injusto del proceder de los agentes imperiales: craso error, como no podía ser de otra manera. El gobernador, sorprendido, trató de hacerla recapacitar, sin éxito.


Incienso
Quemar un poco de incienso le habría ahorrado bastantes molestias...
Al parecer, la muchacha, al ser instada a hacer una ofrenda aromática al emperador, arrojó por el suelo el incienso y proclamó que únicamente ofrecería sacrificios al Dios verdadero. Por supuesto, semejante provocación no fue pasada por alto. El gobernador, temeroso de que otros siguieran su ejemplo, ordenó doblegar la voluntad de la muchacha por medio de la tortura. Los soldados no escatimaron en medios e imaginación, y a la pobre joven la golpearon con varillas de hierro, quemaron su piel y su carne con teas y aceite hirviendo, y cerraron sus heridas con sal. Ni con ese tormento Eulalia realizó la ofrenda. Por tal motivo, según la tradición, fue paseada desnuda por las calles; pero entonces, una densa niebla proveniente del río cercano inundó la ciudad, ocultando a la niña de la mirada de sus vecinos, y protegiéndola del escarnio al que sus captores pretendían exponerla. En el último instante fue conducida al foro y condenada a muerte, donde unos dicen que murió en la cruz, y otros en la hoguera. En el momento en el que expiraba, una paloma blanca levantó el vuelo junto a ella, a la vez que la tarde se volvía oscura y gris, y una densa nevada caía sobre las calles de la ciudad. El mismo manto blanco que cubrió el cuerpo de la joven hasta que un grupo de cristianos rescató su cuerpo y le dio sepultura, días después.

Era el 10 de diciembre del año 303 (año arriba o abajo, otra vez), y desde entonces las nieblas que en esas fechas ascienden hasta Mérida, provenientes del cercano Guadiana, reciben el nombre de nieblas de Santa Eulalia. La misma niebla que años después asustó a Hermegario, el suevo, que desoyendo las advertencias de la santa decidió saquear la ciudad, perdiendo la vida poco después en las aguas del Annas, mientra un grupo de guerreros vándalo lo perseguía. En el año 456 d.C., sería Teodorico el godo, vencedor de Rechiario, quien sería puesto a prueba por aquella niebla, y por el recuerdo de la santa

¿Qué crees que haría Teodorico en semejante situación? Un rey respaldado por el ejército más poderoso que había penetrado en Hispania en los últimos veinte años, ¿haría caso al mensaje que le trasladaban las nieblas que ascendían desde el Annas, recordándole que la mártir niña protegía a su ciudad, o sucumbiría a su deseo de riquezas y poder? ¿Y qué haría el siempre escéptico y pagano Attax? Lo que yo he imaginado que ocurriría, lo puedes leer en Niebla y Acero.

Por supuesto, puedes utilizar los comentarios para elucubrar. Y si has leído la novela y quieres comentar la escena, puedes avisar, si hiciera falta, con una *alerta de spoiler* visible y contarme tus impresiones.

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