lunes, 25 de diciembre de 2017

Sucedió un 25 de diciembre...

Mitreo del muro de Adriano


¡Vaya! Ya estamos en Navidad; el año pasó casi sin que nos diéramos cuenta. Un año que espero que haya estado plagado de buenas lecturas y aún mejores acciones con las que presentarnos ante Papá Noel o los Reyes Magos (ahí cada cuál) con la esperanza de llevarnos unos merecidos regalos. Pero no, no es mi intención hablar ni del señor del traje "rojo y blanco", o verde, ni de sus tres majestades llegados desde oriente a contemplar al niño Jesús. No, aquí va mi apunte histórico de hoy:

Desde hace ya muchos siglos, los cristianos (de todas las confesiones) celebramos en esta fecha el nacimiento de Jesucristo en un humilde pesebre en la pobre región de Galilea. Alejado de los fastos que debían corresponder al Rey de los judíos, como esperaban que lo hiciera sus contemporáneos compatriotas. Una onomástica discutida y discutible, pero que se ha asociado básicamente con el solsticio de invierno, fecha señalada en otros credos, como ocurría, por ejemplo, con las fiestas saturnales que se celebraban tradicionalmente en Roma.

Pero tampoco vamos a hablar de las saturnales. Nos centraremos, en cambio, en una deidad bastante más misteriosa: Mitra, el dios de los soldados, cuyo nacimiento también habría tenido lugar, precisamente, el 25 de diciembre. Aquel que, en la ficción que imaginé, glorificaban en secreto hombres como el abuelo de Issa en Britannia, o el armoricano Arcadio en la propia Hispania; ambos viejos soldados de las antiguas legiones. Un culto que, pese a todo su significado para las tropas del imperio, tuvo su origen en las tierras del acérrimo enemigo de Roma desde el siglo II: el imperio persa. Aquí podemos encontrar su nacimiento; sin embargo, parece ser que el credo evolucionó de formas diferentes a un lado y otro de la frontera que separaba a ambos estados. El culto a Mitra en Roma, por tanto, parece independiente del que podría desarrollarse en Ctesifonte y otros lugares.

Sol Invictus
Sol Invictus.
Fuente: Marie-Lan Nguyen, Wikimedia Commons
La introducción del culto a Mitra en el interior de las fronteras de Roma también resulta muy cercana al momento en el que debió de transcurrir la vida de Jesús y sus discípulos. A lo largo del siglo primero de nuestra era aparecen los primeros devotos de este dios solar, que personificaba el nacimiento del Sol Invicto. Un dios, en buena parte, opuesto a la imagen que representaba Jesucristo en aquellos primeros años del cristianismo. Mitra era el dios de la luz, una deidad del bien según el mito persa, pero también era el dios de los guerreros, de los hombres que portaban espadas y sembraban muerte y dolor allí por donde pasaban; un dios que despreciaba a las mujeres y a los débiles, al contrario de lo que ocurría con Jesús, que incluía a todos en su mensaje. Para lograr el favor de Mitra, sus acólitos debían superar diferentes ritos secretos mediante los que ascendían en la jerarquía de creyentes que se instauró en su vertiente romana. Como ya nos podemos imaginar, las palabras de Jesús medraron entre los pobres y las mujeres, mientras que las de los adoradores de Mitra lo hacían entre los guerreros, es decir, entre los hombres de las legiones de Roma.

De esta manera, los vestigios que han llegado hasta nosotros hoy en día de Mitra y de los escasos templos en los que se oficiaban sus ritos (cuevas, como eran llamadas su honor, pues en una de estas, según recoge su misterio, el dios sometió y sacrificó al toro primigenio), debemos buscarlos en aquellos lugares en los que se encontraban acantonadas las legiones: en los limes fortificados existentes alrededor del imperio. ¿Qué sentido tenía que una religión como esta triunfara en una sociedad como la romana? ¿Por qué debería superar a Marte, el tradicional dios de la guerra en Roma, u a otras deidades extranjeras adoptadas por los ciudadanos del imperio? Pues, en principio, porque aquellos hombres eran especialmente supersticiosos, y además necesitaban estrechar lazos entre ellos para defenderse en un territorio hostil. Las fronteras de Roma (siempre, no solo en los últimos años del imperio) resultaban territorios en los que imperaba la inestabilidad, en los que los legionarios y auxiliares se jugaban la vida mientras el emperador y las élites gobernantes se encontraban tranquilamente acomodados en sus residencias italianas o en otras provincias bien alejadas de los limes. En ese escenario, el culto a Mitra ofrecía a los hombres el establecimiento de una férrea autoridad jerárquica que resolvía cualquier conflicto interno, o externo. Una especie de orden en la que los acólitos se distribuían según su grado de comunión con el culto. Con responsabilidades y roles muy definidos, en el que la sumisión era la base, como resulta evidente desde el primer momento, pues el iniciado accedía a las pruebas de aceptación con los ojos vendados, confiando ciegamente en quienes se encontraran a su alrededor, aunque no los conociera. Toda esta ceremonia, este rito, esta sumisión incondicional, resultaba particularmente útil para estrechar lazos entre los guerreros que se encontraban en lugares muy distantes de sus hogares, y más aún a partir del siglo III d.C., cuando las antaño inexpugnables fronteras de Roma comenzaban a tambalearse (no sé por qué me vino a la cabeza la "guardia de la noche").

¿En qué consistía el culto a Mitra?

Pues, como ya hemos comentado, esta deidad persa personificaba la victoria del sol invicto y, por tanto, su nacimiento se relacionaba con el solsticio de invierno, fecha en la que que Mitra resultaba vencedor y, por tanto, el sol nacía de nuevo para los hombres. Para que esto ocurriera, Mitra, tras luchar y cargar con un enorme toro sobre sus espaldas, lo ofrecía en sacrificio en el interior de una cueva, haciendo que de la sangre del animal sacrificado brotaran espigas de trigo, propiciando el despertar de la vida.

Mitra sacrificando un toro
Mitra sacrificando un toro.
Fuente: Ángel M. Felicísimo. Flickr.

Del episodio místico anterior derivaban buena parte de los ritos o misterios que realizaban sus adeptos, principalmente en los primeros siglos. Mediante estos, un total de siete, el aspirante iba ascendiendo en aquella férrea jerarquía, desde el grado menor, conocido como "cuervo", hasta "pater", máxima autoridad dentro de la religión. Unos ritos en los que el iniciado solía comparecer desnudo y con los ojos vendados, y debía permanecer impertérrito sucediera lo que sucediera. En gran parte de ellos, el toro, como animal totémico de Mitra, poseía una importante significado y un papel protagonista en el misterio. ¿El iniciado debía sacrificar a un toro, como había hecho el dios, se bebía su sangre y comía su carne cruda, o acaso era un infante lo que asesinaba? Se admiten apuestas, porque se trataba de un rito secreto del que ninguna certeza ha trascendido, y mucho menos a partir de los últimos seguidores de Mitra, cuando su culto fue prohibido y, por tanto, sus seguidores perseguidos.

Aparte de la relativa a la fecha, otra similitud que algunos autores han querido ver entre el credo mitraico y el cristiano ha sido el banquete que compartían sus adeptos durante sus celebraciones. En este caso, una vez superado el rito iniciático, el nuevo integrante de la comunidad y sus nuevos compañeros participaban en el mismo lugar de un banquete en el que comían, bebían y compartían sus impresiones. Me pregunto qué pasaría con los que no lograban superar las pruebas...

Mitra en Hispania

Las legiones de Britannia, y aquellas establecidas en las fronteras del Rhin y el Danubio, fueron las que acogieron a un mayor número de seguidores en el misterio mitraico, pero también en las provincias hispanas se han encontrado evidencias de esta corriente religiosa. Lógicamente, por la escasa trascendencia hispana en las guerras del imperio desde el siglo I hasta el IV, su importancia es menor. Aun así, pueden encontrarse algunos monumentos en Emerita Augusta (ciudad fundada por antiguos legionarios licenciados, como ya vimos en este post), Lucus Augusti  (también fundada en época de Augusto como base para sus guerras contra astures y cántabros) o Corduba.

El fin del mitraísmo.

Ya hemos visto que este rito, pese a ser importante entre los hombres de armas, nunca despertó demasiado interés entre el resto de ciudadanos del imperio, más allá de algunos senadores con historial militar. A partir del siglo IV, primero con la conversión de Constantino al cristianismo y su posterior oficialización promovida por Teodosio, el rito mitraico se convirtió en un culto aún más minoritario, secreto y destinado a desaparecer. Tan solo algunos legionarios, en pequeños reductos militares muy alejados del centro de poder imperial, mantenían el vínculo con su dios. Un dios que, junto con sus compañeros de armas, parecía ser el único apoyo con el que podían contar en aquellos tiempos aciagos en los que hordas de bárbaros arrasaban una y otra vez las fronteras, mientras los emperadores se asesinaban unos a otros por las migajas de un imperio en descomposición.

¿Te ha parecido interesante esta curiosa "coincidencia" por la cual confluyen festividades de cultos tan distintos en un mismo día? ¿Has imaginado por un momento cómo resultaría participar en tan misteriosos ritos?

No hay comentarios:

Publicar un comentario