miércoles, 16 de mayo de 2018

¿Cuándo está preparado un novelista para lanzarse a escribir un relato histórico?



Esto de escribir novela histórica tiene un riesgo añadido (o un valor, según se mire), y es ser fiel, en lo posible, a lo sucedido en épocas pasadas, así como a los comportamientos y relaciones de quienes vivían en ese entonces.

En este punto, hago un inciso para plantear un tema que lleva rondándome por la cabeza en las últimas semanas. Generalmente damos (me incluyo) poca importancia a las muertes por causas naturales que debieran sucederse en nuestras novelas (históricas). Estamos hablando de hombres y mujeres que vivieron hace cientos, miles de años, cuando la esperanza de vida del ser humano era muchísimo menor. No era extraño que una simple gripe acabara con la vida de muchos de ellos, y qué decir de la aparición de tumores, sin necesidad de referirnos a los dramáticos períodos en los que la peste (negra, u otras) asolaban poblaciones completas. Pues sí, una simple infección de muelas podría provocar la muerte de un tipo de más de cien kilos, que hubiera matado a incontables enemigos. Es algo que a veces olvidamos. Pero claro, es mucho mejor que el personaje muera en el desarrollo de una batalla (yo mismo soy culpable, lo reconozco), además, de que con una época tan violenta y pródiga en combates, no está la cosa como para ir liquidando personajes por causas naturales... Definitivamente no, pero no es cuestión de perder este hecho de vista. ¿Conoces novelas en las que las muertes por causas naturales cambien el hilo de la historia? ¿Qué te parecen estos giros desde el punto de vista de lector?

De modo más general, hoy quiero lanzar una pregunta, a la que yo, por mi parte, voy a tratar de responder según mi propia experiencia ¿Cuándo está preparado un novelista para lanzarse a escribir un relato histórico? 

Pues dependerá de varios factores, lógicamente. En primer lugar, del conocimiento previo que se tenga de la época/sociedad objetivo. Muchos nos somos historiadores ni tenemos formación académica al respecto (pero de problemas medioambientales, ecología de las especies y otros aspectos agronómicos te puedo hablar un buen rato sin siquiera proponérmelo), por lo que tendremos que hacer un esfuerzo aún mayor en este primer momento. Además, esta fase de documentación también dependerá del nivel de concreción al que queramos llegar, el que queramos transmitir al lector, del que depende, desde mi punto de vista, la credibilidad de la novela. No podemos quedarnos con un simple barniz de cómo era la sociedad, en qué consistían y cómo resolvían sus conflictos, de las creencias que atesoraban, etc., si queremos que sea el lector el que crea sumergirse en la misma. 

Hablaré de uno de los casos en los que me he embarcado: Las Cenizas de Hispania. Partiendo de que es una época que siempre me ha fascinado, y de la que había leído múltiples ensayos a lo largo de mi vida (es lo que tiene tener hobbies tan raros como la historia), me llevó un año entero sentirme preparado para comenzar. Durante el mismo, no solo me desplacé a algunos de los escenarios en los que discurren las novelas, sino que también terminé comprando (y leyendo, claro :)) cuantos ensayos al respecto se habían publicado en los últimos años. Vale, ya había leído mucho, me gustaba, pero el conocimiento de la historia cambia a medida que los profesionales encuentran nuevos hallazgos que son capaces de refutar teorías previas. No es lo mismo quedarte con las fuentes clásicas (si las hubiera), en las afirmaciones de Edward Gibbon, en el siglo XVIII (excepcionales para su época y los avances técnicos existentes), o en los últimos trabajos de los profesionales más prestigiosos, como en el caso de la Hispania Tardoantigua, puede ser Javier Arce. Es necesario actualizarse, contrastar fuentes (y conocimientos previos con los recién adquiridos) para, por último, con todas ellas, elegir una senda por la que avanzar, aunque dentro de unos años esta pueda resultar equivocada. ¿Por qué digo esto? Pues porque en los últimos años hemos asistido a múltiples (e interesantes) descubrimientos que han venido a suponer verdaderos vuelcos en la interpretación de la historia de nuestro entorno. ¿Quién iba a pensar que en la Región de Murcia, por ejemplo, iba a aparecer un complejo urbanístico como la Bastida, muy superior en tamaño, y con una técnica constructiva infinitamente más compleja que la de las ciudades griegas de la época? Siempre hemos partido de la base de que las primeras ciudades, como tales, de Europa, habían sido las griegas. Por poner un ejemplo, todo el mundo pensaría que Troya (o Micenas), por ejemplo, era la mayor y más majestuosa ciudad en el momento en el que transcurre la Iliada, a finales del segundo milenio antes de Cristo, pero resulta que mil años atrás, una serie de muros ciclópeos ya protegían La Bastida. ¿De qué, o de quién? Pues eso, todavía, está por ver.

En definitiva: según mi punto de vista, la documentación debe ser profunda, y abarcar tanto las fuentes clásicas como referentes más modernos, así como tener en cuenta los hallazgos arqueológicos. Resulta complicado encontrar un punto de equilibrio que no prolongue el proceso hasta el infinito (como  en ocasiones llegamos a pensar), así que también deberemos asumir que no podemos aspirar a la perfección, así como que el próximo descubrimiento asombroso puede desbaratar hasta las teorías en apariencia más firmes. Y, encima de todo este entramado, hilar una buena historia. ¿Te atreves a intentarlo? ¿Cuánto tiempo estimarías necesario para afrontar un proyecto así?

lunes, 23 de abril de 2018

Costumbres "bárbaras" que "amenizan" una novela

Las civilizaciones antiguas dan mucho juego a la hora de enhebrar una historia. No pocas novelas de fantasía han recurrido a hechos reales para ambientar sus propios escenarios, o para introducir algunos aspectos o costumbres. Pero hoy no quiero hablar del Muro de Adriano de Jon Snow, o de otros tantos ejemplos existentes en la literatura actual, sino de algunos pequeños detalles históricos que suelen darle "vidilla" a una novela, consiguiendo hacer partícipe al lector de alguna costumbre pasada que, desde nuestra perspectiva, nos resulte curiosa, interesante o nos produzca repulsa, logrando sorprendernos e implicarnos más en la lectura. Tampoco voy a hablar de cómo se levantaban las catedrales góticas ("Los pilares de la tierra", de Ken Follet), o de cómo los romanos construían puentes ("Los asesinos del emperador", de Santiago Posteguillo), ni de cómo era el proceso mediante el que se obtenía la púrpura ("La búsqueda de la púrpura", de Frank Slaughter), o de cómo se fabricaba una buena cerámica ática ("El asesinato de Sócrates", Marcos Chicot), por ejemplo; no, hoy quiero hablar de aquellos pequeños episodios que, sin resultar definitivos en la historia, sí que son capaces de hacer que el lector los recuerde con el paso del tiempo. Lo que podríamos llamar auténticas "barbaridades" a prueba de la mentalidad del siglo XXI.

Todo esto se me ocurrió al terminar una novela que acabo de comprar, y a la que acabo de adelantar en mi cola de lecturas pendientes. No suelo hacerlo, pero en este caso se trataba de una serie, y justo me faltaba este volumen. Se trata de "Los Demonios del Mar", de José Javier Esparza y, con semejante nombre, trata de vikingos. Vikingos que realizan incursiones en la península ibérica en el siglo IX, aunque ellos en sí no sean los protagonistas. Lo que me llamó la atención, para quien lo lea, es que al principio de la novela, uno de los personajes hispanos asiste asqueado y horrorizado al castigo que el jarl vikingo de turno reserva a uno de sus enemigos: el águila de sangre. Un verdadero horror, ciertamente, del que ya había tenido una meticulosa descripción (creo que aún más impactante y desagradable) en la novela "Mar de lobos", de Robert Low. Para el que  no lo sepa, se lo cuento muy por encima (y sin mucho detalle truculento) a continuación:

- El águila de sangre era un método de ejecución mencionado en algunas sagas nórdicas, aunque los historiadores no terminan de ponerse de acuerdo sobre su veracidad. Podríamos decir que además de acabar con la vida de la pobre víctima, de paso, la sometían a una tortura salvaje. En este caso, se realizaban varias incisiones en la espalda del condenado (vivo), desde las que partían y sacaban sus costillas al exterior, para a continuación hacer lo mismo con los pulmones, dejándolos allí, colgando a la espalda del desventurado.

Ni que decir tiene que semejante castigo inhumano conseguía justamente lo que los vikingos que lo quienes lo aplicaban, deseaban: asustar a sus enemigos y sembrar el pánico entre aquellos que tuvieran la desgracia de toparse en su camino. Que cuando los extranjeros vieran la proa de aquellos barcos ya supieran lo que se les venía encima y que, si alguno era tan osado como para hacerles frente, lo hiciera ya con el miedo fuertemente asido a sus entrañas.

Impedimenta vikinga
Pero no solo los vikingos utilizaron este tipo de treta a lo largo de la historia, tan impactante si la encuentras novelada; otros pueblos de la antigüedad ya lo hacían, y su aparición en la ficción también suele quedar impregnada en la retina de quien las lee. Aunque existen muchos, ahora mismo se me ocurren unos pocos ejemplos.

- Celtas: siempre se ha escuchado que los celtas eran aficionados, entre otras cosas, a cortar las cabezas de sus enemigos. Y sí, lo harían, pero ni tan siquiera resultaba una costumbre muy original; algunos pueblos íberos también parecían hacerlo, amén de otras muchas civilizaciones. Pero vamos a detenernos un poco con estos dos casos. En el primero, numerosos autores clásicos citan a esta costumbre como parte de un ritual bélico ejecutado por los guerreros celtas. Su motivación era que creían que en la cabeza residía el espíritu del caído, y, de esa manera, se apropiaban de su espíritu incluso en la muerte, impidiendo que aquel cruzara hacia el más allá (los celtas tenían que estar "de cuerpo completo" o, al menos, como en el momento de la muerte, para pasar a su "otra vida"), obligándolo así a servir a su vencedor para la eternidad.

También, en el caso de algunos pueblos íberos, como se ha podido constatar en el poblado fortificado de Ullastret, los guerreros de este antiguo pueblo asentado en la vertiente mediterránea española antes de la llegada de Roma, cortaban las cabezas de sus enemigos y se las llevaban con ellos a sus hogares. En este caso, las exhibían empaladas en picas en diferentes lugares, desde los que intimidar a sus posibles enemigos y glorificar así a sus guerreros.

Yacimiento arqueológico de Ullastret
Y ahora que lo pienso, tengo un recuerdo de "cabezas expuestas en los rostra" que me marcó cuando leí los primeros volúmenes de la serie "El primer hombre de Roma", de Colleen McCullough. No solo pueblos ajenos a Roma hacían barbaridades, no. Durante la guerra civil entre los partidarios de Cayo Mario y los de Lucio Cornelio Sila, no se andaban con chiquitas.

- Longobardos: aquí viene algo no solo aterrador, sino también "práctico". Este pueblo, denominado longobardo, o lombardo (sí, asentados posteriormente en Lombardía, a la que darían nombre), apareció en la cuenca del Mediterráneo en el siglo VI d.C. Por supuesto, su aparición en la historia coincide con el momento en el que los cronistas bizantinos dejan constancia de ellos, para su horror. Sí, los longobardos asolaron durante años la frontera noroccidental del imperio de Bizancio durante años, hasta que finalmente consiguieron su propósito de instalarse en su interior. El norte de los Balcanes conoció la fiereza de este pueblo, y el miedo a su llegada hizo que muchos hombres y mujeres temblaran al escuchar su nombre. Entre otras lindezas, resulta que los longobardos no solo cortaban las cabezas de sus enemigos y se las llevaban a casa; no, eso estaba muy visto (¡hacía más de mil años que celtas e íberos ya lo hacían!). Una vez con la cabeza cercenada en su poder, procedían a desprender la carne del hueso, para quedarse finalmente con el cráneo. Un cráneo que no pasaba a decorar ninguna estantería ni aparecía ensartado en palo alguno. No, se le aserraba la "tapa de los sesos" y se convertía en una macabra taza en la que los jefes brindaban por una nueva victoria.

- Celtas (britanos): vamos nuevamente con los celtas "sostenibles", aquellos antepasados que cuidaban de robles y vivían en comunidad con su entorno, pero que tenían ciertos problemas en su relación con sus semejantes. Los celtas de Britannia, en el momento de la llegada de los romanos, tenían otra costumbre macabra que, lógicamente, produjo la repulsa Julio César, y del resto de legados que terminaron consiguiendo la conquista de la isla generaciones después. Esta consistía en sacrificar hombres y mujeres vivos, pero no de cualquier manera. No, metían sus enemigos en el interior de unos enormes muñecos, cuya estructura previamente habían elaborado a base de mimbre, y a los que posteriormente prendían fuego. Por supuesto, era un druida quien debía oficiar tal sacrificio. Así, los romanos tuvieron cierta fijación en esos sacerdotes durante la conquista, persiguiéndolos hasta acabar con todos ellos (o eso creían). Si quieres leer la descripción de uno de estos "hombres de mimbre", te recomiendo los cuatro primeros libros de la serie de Cato y Marco, de Simon Scarrow.

Recreación posterior de un "hombre de mimbre"
- Y como bonus extra, sirvan los romanos, que siempre iban un paso por delante. ¿Que es aún mejor que atemorizar a tus enemigos? Pues que sean tus propios hombres los que no se planteen la posibilidad de no obedecer. Hablamos de la decimatio, o diezmar a las unidades. En este autocastigo, utilizado en muy pocas ocasiones a lo largo de la historia, la legión designada por su cobardía o mal desempeño en la batalla, era dividida en grupos de diez hombres (sus propias unidades, hombres que convivían a diario) y, entre ellos, se realizaba un macabro sorteo. Quien resultaba "agraciado" debía ser golpeado con palos por sus compañeros hasta morir. Al igual que en el caso de las "cabezas en los rostra", puedes leer algo al respecto en la serie de "El primer hombre de Roma".

Menuda saga más espectacular. Con esta, empezó todo ;)
Pues con el cuerpo encogido tras tanto castigo inhumano, ya no se me ocurren otros que puedan entrar en este top de "barbaridades" desagradables con las que amedrentar a tus enemigos, y amenizar una novela, pero seguro que hay muchas más. Lo que no sé, es si prefiero no conocerlas.

PD. Feliz día del libro, ¿qué vas a leer?

lunes, 9 de abril de 2018

Inspiración vikinga: una exposición y muchas novelas




Este pasado fin de semana visité una exposición itinerante denominada: "Vikingos. Guerreros del norte. Gigantes del mar". Una muestra que, gracias a la intervención de la Fundación CajaCanarias, llegó nada más y nada menos que a Santa Cruz de Tenerife, un lugar tan distante al que ni tan siquiera los vikingos de aquella época lograron acceder.

Como no podía ser de otra manera, disfruté de lo lindo, así como también lo hicieron todos los chavales a los que escuchaba durante el recorrido hablando entusiasmados sobre cuanto veían. Que si aquellos individuos debían de ser enormes, los más fuertes, los más salvajes... Espadas, hachas, cotas de malla. Sin embargo, nada parecían decirles las pequeñas figurillas votivas, los peines de hueso, las herramientas de hierro, fíbulas y torques de plata. No, los vikingos tienen que ser fuertes, salvajes y, todo el mundo sabe que... ¿tienen cuernos? No pude evitarlo, no, por supuesto que no tenían cuernos en sus cascos, vaya asunto más estúpido e incómodo hubiera sido. Y eran guerreros, pero también eran agricultores, herreros, comerciantes; hombres y mujeres atados a una tierra pobre en recursos, pero que no se resignaban a su suerte. Pero no era mi intención hablar de cuernos, como tampoco de si eran hombres y mujeres enormes como muchas veces se ha dicho, o más bien eran bajitos, pues en aquel entonces, en aquellas latitudes, la agricultura no podía compararse en productividad y variedad a la de otros lugares más al sur. No, definitivamente hoy no quiero abrir un debate acerca de este pueblo tan sugerente, pero sí me apetece compartir un recorrido novelístico sobre sus hazañas, en base a aquellas novelas que he leído, y que han acudido a mi memoria estos días.

Equipaje ideal para irse a hacer el vikingo una temporada
Creo que se me ha ocurrido una buena idea para dividir las novelas, no en períodos, sino aprovechando la idiosincrasia propia de esta cultura, según el destino de sus viajes. Como anunciaba la exposición (asunto que hacía las delicias de los niños, al imaginar a aquellos dragones aterrorizando a quien encontraban a su paso), lo que hoy conocemos como pueblos vikingos eran grandes navegantes, que, llegado el momento, comenzaron a explorar más allá de sus tierras en busca de tierras, alimentos, ganado, comida y riquezas. Nada que no hubieran inventado antes, por ejemplo, anglos y sajones, pero también vándalos o suevos. Pero en el caso que hoy nos ocupa, los vikingos se amparaban en su gran espíritu navegante y explorador, aspecto que ninguno de los otros pueblos poseía en su momento. Estos guerreros vikingos, a bordo de sus naves de guerra, ideales para remontar los ríos, dejándose guiar por la posición de las estrellas, por la dirección de los vientos y el vuelo de las aves, se lanzaron al descubrimiento del mundo que les rodeaba a partir del siglo VIII d.C. Y a partir de ese momento, podemos aventurar que cuatro fueron las grandes direcciones que tomaron, y aquí, van algunas recomendaciones novelísticas al respecto. Comencemos:

1-. Hacia el "oeste cercano": islas británicas y norte de Francia.

Por supuesto, que gran parte de los novelistas que lea sean angloparlantes, conlleva que haya leído más libros acerca de este primer destino que del resto. 

A partir de finales del siglo VIII (y algunos lo recordarán por la serie de la BBC, Vikingos), los pueblos daneses comienzan a llegar a las islas británicas. En concreto, el primer lugar que pisan (saquean e incendian, como no podía ser de otra manera) es el monasterio de Lindisfarne, en la costa de Northumbria. Tras este primer episodio, y durante otros dos siglos, no dejarán de llegar a las costas británicas embarcaciones cargadas de guerreros, pero también de familias danesas, principalmente, como también frisonas e incluso noruegas, que terminarán conformando sus propios reinos en tierra inglesa. Si quieres leer una buena novela sobre este hecho, lo tuyo es la serie de "Sajones, vikingos y normandos", del gran Bernard Cornwell.

Pero también al otro lado del canal de la Mancha se dejó sentir la presencia de estos personajes del norte. Normandía pasará entonces a convertirse en una nueva Dinamarca, y ya a mediados del siglo XI, será el Duque Guillermo quien finalmente conquiste las tierras que pertenecieran a los descendientes de Eduardo de Wessex. Si estás interesado en este período, entonces debes leer la serie de Rebecca Gabblé con los títulos "El último reino" y "El traductor del rey", o la novela "El último rey inglés", de Julian Rathbone.

Un detalle del "Tapiz de Bayeaux", en el que se cuenta la conquista normanda de Inglaterra.
Pero no solo de la conquista danesa de Britannia tenemos que hablar si nos referimos a la influencia vikinga en las islas británicas. Irlanda, la Hibernia romana, también sufrió el acoso de los dragones llegados del mar. Sin ir más lejos, su capital, Dublín, debe su fundación a un enclave vikingo (en este caso probablemente noruego) llamado en su momento Dyfflin. La saga "Vikingos", de James L. Nelson, puede ser una buena opción si quieres adentrarte en la Irlanda vikinga, así como "Príncipes de Irlanda", de Edward Rutherfurd.

2-. Hacia el noroeste, y más allá: el frío, lejano e inacabable noroeste.

Sí, a partir de esa época comienzan a asentarse colonias vikingas más allá de las islas británicas; las que hasta entonces parecían haber marcado el límite de la tierra conocida en la edad antigua. Las islas Orcadas, Feroe, Shetlands y un numeroso grupo de islitas situadas al norte y oeste de Escocia fueron colonizadas por estos hombres y mujeres en su largo peregrinar. Pero incluso fueron más allá. Se asentaron en Islandia en el siglo IX, pero también en Groenlandia un siglo más tarde e, incluso, parecen haber llegado hasta el continente americano, hasta la isla de Terranova.

Algunas novelas interesantes ambientadas "en parte" en estos, son: "Assur", de Francisco Narla o "Erik el Rojo", de Manuel Velasco.

3-. Al sur, y más allá: la península ibérica y el Mediterráneo.

Pues en el siglo IX llegan por primera vez las embarcaciones vikingas hasta la península ibérica. Como surgidas de las peores pesadillas de nuestros antepasados, las tripulaciones de daneses aparecen en el horizonte para pasar a sangre y fuego cuanto pueden, hasta que son rechazadas por los ejércitos asturianos, navarros y andalusíes (aquí no se salvó nadie...). Santiago de Compostela, Lisboa, Pamplona o Sevilla, esta última de forma brutal e inesperada, fueron algunas de la ciudades que conocieron la fama de salvajes que poseían estos guerreros. Pero lejos de darse por satisfechos, los navegantes vikingos no se detuvieron en la península, sino que se aventuraron en el Mediterráneo. Así, mercenarios normandos llegaron a tomar posesión de la isla de Sicilia, creando su reino propio que se mantendría durante un siglo.

Novelas que no te puedes perder: "Los demonios del mar", de José Javier Esparza, o, "Al-Gazal, el viajero de los dos orientes", de José Luis Maeso de la Torre.

4-. Al sureste y más allá, aunque no haya mar que atravesar: Kiev y Bizancio.

Los llamados vikingos orientales, principalmente de origen sueco t establecidos en la actual Suecia, pero también en Finlandia, Livonia y otras regiones bálticas, al contrario que sus "parientes" daneses y noruegos, cuyas costas abrían al mar del norte, decidieron llevar a cabo su propia exploración en sentido contrario. Se trata de una epopeya vikinga quizás menos menos conocida, pero igual de interesante, quizás incluso más por lo exótica que resulta su presencia en un mundo tan lejano y diferente a su cultura como el imperio bizantino y el mundo árabe. Los guerreros vikingos, bien pertrechados para el combate, fieros y ávidos de riqueza, se hicieron un nombre entre los nobles rusos de Novgorod, en su capital de Kiev, a la que acudían en calidad de mercenarios (cuando no directamente como enemigos) de los dirigentes locales para luchar en su nombre. Tal fue su renombre y su audacia, que continuaron su camino hacia el sur, hasta llegar a la propia Constantinopla. Allí, desde finales del siglo X y hasta la caída de la ciudad a manos de los turcos, constituyeron una de las tropas de élite más reconocidas a lo largo de la historia militar: la guardia varega. Guardia personal del Basileus, escogida entre los escandinavos llegados hasta el imperio bizantino que además de salvaguardar la vida del dirigente, servían como infantería pesada en las batallas que asolaban Asia Menor y los Balcanes. Eran hombres temibles, de aspecto exótico para los orientales, que hicieron cuanto quisieron en la corte imperial, disfrutando de una vida soñada para alguien como ellos: bebían sin medida, provocaban altercados, recibían una paga extraordinaria, y luchaban sin mesura. Tal fue su privilegiado estatus, que incluso nobles de diferentes partes de Escandinavia emprendían el largo camino hasta Constantinopla para alistarse en esta tropa unos cuantos años, antes de regresar a su hogar habiendo amasado una gran fortuna.

Y con todos ustedes, la Guardia Varega.
Si este es tu viaje vikingo, no dejes de leer la serie escrita por Robert Low, que comienza con su novela "El camino de las ballenas".

¿Y tú, conoces alguna otra novela "vikinga" interesante?

No olvides tu martillo de Thor antes de escoger la ruta preferida, y que tengas felices lecturas.



lunes, 19 de marzo de 2018

Saliendo de mi zona de confort



Ya he comentado en post anteriores mis gustos acerca de aquellos períodos históricos que más me fascinan. La historia del Mediterráneo Antiguo en general, la Grecia Clásica y Helenística, Roma y, por supuesto, los últimos años del imperio y los inicios del medievo. Podría decir que ese amplio período de tiempo conforma mi "zona de confort" a la hora de plantearme escribir una novela; incluso de leerla, porque mis incursiones en otros períodos (y qué decir de otros géneros) suelen provocarme cierta duda inicial.

Desde luego, ya salí de mi zona de confort cuando me atreví a escribir mi primera novela hace ya unos cuantos años. Más que nada, por lo inesperado, pues nunca me lo había planteado seriamente. Pero desde ese entonces, sabía que me faltaba por dar "una vuelta de tuerca más" a mi aventura novelística, una vez me había atrevido a comenzarla. Un paso adelante para el que aún no me había llegado el momento. No tenía la desenvoltura, pensaba y, desde luego, no tenía la historia que quería contar. Una historia sobre el lugar en el que nací, en el que vivo y del que disfruto a diario, de la "muy noble y leal ciudad de San Cristóbal de La Laguna". Para quien no lo sepa, ciudad distinguida como Patrimonio de la Humanidad por parte de la UNESCO; conjuntamente con la portuguesa Angra do Heroismo, las únicas ciudades macaronésicas distinguidas con tal galardón. Y a la que también he tenido la suerte de viajar y, por tanto, de tomar notas.

Plano de San Cristóbal de La Laguna en el siglo XVI, elaborado por el ingeniero Leonardo Torriani.

Hoy, tras haber terminado cinco novelas más (y tras otros cuantos años) y haber empleado unos buenos meses en documentarme sobre mi propia ciudad, he concluido el primer manuscrito sobre una novela en la que La Laguna, y Tenerife, sus costumbres y gentes son casi tan protagonistas como el mismo personaje principal de la trama. Un manuscrito cuyo desarrollo me ha permitido conocer detalles que ignoraba acerca de mi propio entorno, rincones por los que paseo habitualmente y personalidades que, aunque había escuchado, desconocía su aportación a la historia de mi isla. Una historia que se remonta al siglo XVII, en el que el tráfico marítimo entre el Nuevo y el Viejo Mundo no era ajeno a la privilegiada posición de las islas Canarias. Un archipiélago y una historia en la que pueden encontrarse piratas, mercaderes y campesinos llegados a las islas desde todas partes de Europa, un continente en el que el otrora poderío español lleva años descomponiéndose y que, desde Tenerife, parece tan lejano como banal.

Antes de comenzar, en la biblioteca municipal, mientras leía diferentes documentos antiguos relacionados con la época pensaba que, por desgracia para mi pluma, ninguna gran batalla tuvo lugar en nuestro suelo en ese entonces (aunque advierto que lo de "nuestro suelo" tiene truco). Lo que no sabía en ese momento era que, pese a no poder narrar grandes combates, sí que era capaz de engarzarse una interesante historia. Ya sabéis que mis personajes suelen tener imán para meterse en líos... 

Falta camino por recorrer; tengo mucho material en el tintero y no he decidido aún cuál de las historias será la próxima en ver la luz, más allá de la tercera y última de la serie Las Cenizas de Hispania, que preveo lanzar después del verano. Pero este manuscrito, por sus características, tiene un significado especial y me apetecía hablaros sobre él. Contadme, ¿he logrado despertar vuestra curiosidad? ¿Os apetece conocer a Martín Díaz de Montánchez? Os mantendré informados.

PD. Será la primera vez que escriba sobre mi isla, pero quizás no sea la última. Hace poco tiempo que he podido descubrir la interesante hipótesis que  aporta José Juan Jiménez, conservador del Museo Arqueológico de Tenerife, en el libro «La tribu de los Canarii. Arqueología, Antigüedad y Renacimiento». En ella se aborda el poblamiento de las islas, y su relación con la expedición africana del Cónsul Suetonio Paulino en el siglo I de nuestra era. Romanos y mi tierra, ¿qué más se puede pedir? Gracias por el apunte, José Luis.


lunes, 12 de marzo de 2018

Otro día en el que "David" venció a "Goliath". Esta vez, en la Hispania tardorromana

Corría el año 451 cuando Atila, el huno, situó al borde de la desaparición al imperio romano, al menos, al que aún se mantenía (como buenamente podía) en las provincias occidentales.

Tan solo un hombre, probablemente, fue capaz de frenar su avance, y no solo por su actuación en el campo de batalla, pues era el Magister militum del imperio, el máximo cargo militar existente en el momento. Flavio Aecio, conocido por muchos en ese entonces como "el último de los romanos", llevó a cabo un complicado y productivo trabajo diplomático para sumar a su causa (y a su ejército) a un buen puñado de pueblos germánicos que en ese entonces, o ya se encontraban dentro de las provincias del imperio, o trataban de estarlo. Gracias a él, en el verano de ese año se desarrolló la mayor batalla que se recuerde en ese siglo, al menos, y probablemente en los dos anteriores y otros tantos posteriores, en Europa. Una batalla en la que los hunos y sus aliados (sármatas, ostrogodos, hérulos, gépidas y otros tantos), se enfrentaron a romanos, pero también visigodos, francos o alanos midieron sus armas con desigual resultado. Las crónicas de la época recogen al menos dos hechos contrastados en el desarrollo de la misma: por un lado, los alanos que luchaban del lado romano se batieron en retirada durante la batalla, estando a punto de provocar el descalabro total del bando imperial; por otro, fueron los visigodos quienes decidieron la batalla hacia el lado de Flavio Aecio y los suyos, con un contraataque feroz tras la muerte de su rey, que hizo replegarse al ejército enemigo.

El "Azote de Dios" 
Esos mismos visigodos, pocos años después, ingresan en Hispania para, cumpliendo las órdenes del emperador de entonces (tanto Aecio como el emperador que reinaba durante la gran batalla, se encontraban ya bajo tierra; el primero a manos de esbirros del segundo, y el segundo a manos de amigos del primero), con la misión de poner fin al reino suevo que se había instalado en la provincia de Gallaecia.

Estos veteranos de guerra, curtidos en la mayor batalla de la tardoantigüedad, vencieron con relativa facilidad a cuantos adversarios encontraron en el año que pasaron en suelo hispano. Los suevos de Rechiario nunca estuvieron cerca de la victoria, ni tan siquiera de entorpecer el avance del rey Teodorico y los suyos. Tampoco fueron rivales aquellos pocos hispanos que se atrevieron a oponerse a los recién llegados. Pero en este paseo triunfal de los hombres de Teodorico, hubo un lunar, ¿lo conocías? ¿sabías que hubo un lugar en Hispania que no solo se enfrentó a ellos, los mejores guerreros de la época, sino que además sus habitantes fueron capaces de derrotarlos y ponerlos en fuga, sembrando de cadáveres el terreno? Vaya... ya hemos adelantado en otros post que no parecía existir ejército romano alguno dentro de la diócesis administrativa. Vista esa circunstancia, lo más lógico hubiera sido apostar por algún caudillo local que comandara un gran ejército, probablemente establecido en algún lugar densamente poblado, rico y próspero, como pudo haber sido el Dux Bellorum Andevotus en los alrededores de Corduba casi veinte años antes. Pero no, fueron los habitantes de un pequeño lugar de la meseta castellana quienes derrotaron a aquellos mismos hombres que pocos años antes habían puesto en fuga al mismo "Azote de Dios". Sucedió en el Castro Coviacense, o Coviacum, como recoge el obispo Hydacio en sus crónicas, la actual Valencia de Don Juan.

¿A que resulta la mar de interesante, a la vez que desconocido? Este hecho se reduce a una línea en la crónica de Hydacio pero, ¿y si te atreves a imaginarlo en forma de novela? ¿Dejarías que fuera Attax, el alano, quien te lo mostrara a través de sus ojos? Si tu respuesta es sí, no dejes de leer "niebla y acero".

lunes, 5 de marzo de 2018

Primeras impresiones acerca de las novelas que me regalaron "Sus Majestades"


Voy a buen ritmo; quedan poco más de tres meses para mi cumpleaños, y creo que voy por buen camino de cara a llegar a esa fecha habiendo menguado considerablemente la pila de novelas por leer. Han pasado casi dos meses desde que la llegada de los reyes magos de oriente añadiera un buen número de títulos a la misma, la tercera parte del tiempo que me había marcado, y creo que es el momento de hacer un pequeño balance de la situación:

novelas históricas
"El botín ya leído".
Ya leídas:
  • Guerreros de la Tormenta - Bernard Cornwell (512 páginas).
Una buena novela. No espectacular, como otras a las que nos tiene acostumbrados el maestro por excelencia de la novela histórica anglosajona actual. Una nueva entrega de la serie "Sajones, vikingos y normandos", a la que parece que ya no le quedan muchas más entregas para poner el punto y final. Por un lado, esta circunstancia me apena (aunque creo que ya es hora de que el protagonista tome posesión de su añorado Bebamburg - Bamburgh Castle); creo que Uthred de Bebbaunburg es uno de los mejores personajes creados por la genial pluma del autor, pero lamentablemente cada una de las entregas ha ido decayendo en interés con respecto a la anterior, aunque el talento narrativo de Bernard Cornwell es suficiente para que cada una de ellas resulte interesante y entretenida.
  • El asesinato de Sócrates - Marcos Chicot (768 páginas).
Una grata sorpresa. Ya me habían advertido de que esta novela era un ejemplo de cómo dar una "vuelta de tuerca" a una historia muy manida y con escaso margen para la libre interpretación. Una de mis épocas favoritas cuando era niño, como era la guerra del Peloponeso. Ni la densa prosa de Tucidídes fue capaz de echarme atrás en ese entonces frente a mi ansia por conocer cada uno de los hechos bélicos que se sucedieron entre los años 431 y 404 a.C en Grecia, en la que el "imperio" de Atenas y sus aliados de la Liga de Delos lucharon casi ininterrumpidamente contra Esparta, la Liga del Peloponeso y otros estados aliados de aquella como Tebas, en diferentes escenarios, llevando incluso la guerra hasta Tracia, Asia Menor, pero también hasta Sicilia, en la que se libró uno de los más sanguinarios episodios de este conflicto, como fue el desenlace de la expedición ateniense comandada por Alcibíades contra la ciudad de Siracusa. Si estás interesado en este episodio en concreto, también te recomiendo la novela de Steven Pressfield "Vientos de guerra". Pero a lo que iba: me ha gustado, y mucho. Una buena novela en la que los hechos históricos contrastados y recogidos en múltiples crónicas de la época se van engarzando alrededor de la vida de unos personajes ficticios "pero casi reales", que se ven atrapados en un período convulso y plagado de atractivo. 
  • Las Lanzas - Fernando Martínez Laínez (604 páginas).
Fernando Martínez Laínez ha escrito ya varios ensayos acerca de los temibles tercios españoles de la edad moderna. Uno de ellos, "Los tercios: la infantería legendaria", ocupa un lugar de privilegio en mi biblioteca técnica. Esta novela, sin resultar especialmente cautivadora, es más que correcta. Lamentablemente, los personajes principales, Alonso Montenegro y Ambrosio Spínola, no terminan de llegar al lector (al menos a mí), pero probablemente se deba a la forma de narrar la historia, más cercana a un diario de guerra. Aún así, se trata de una novela imprescindible para ahondar en un período histórico tan crucial como la guerra en Flandes, que desgastó (y arruinó) a la monarquía española del siglo XVII.

En fin, estoy más que satisfecho con estas tres lecturas (sin duda sus majestades acertaron en sus elecciones), pero aún me quedan unas buenas cuantas. Recapitulemos:

Pendientes (con tres meses por delante para leerlas):
  1. El guerrero a la sombra del cerezo - David B. Gil (736 páginas).
  2. La luz de la tierra - Daniel Wolf (750 páginas).
  3. La perla negra - Claudia Casanova (366 páginas).
  4. Cuando la luna brille - Elena Álvarez (144 páginas).
  5. El castillo - Luis Zueco (688 páginas).
  6. Las legión perdida - Santiago Posteguillo (1.070 páginas). 
Visto así... no, no voy nada bien. Me quedan por leer más de 3.700 páginas, así que no creo que lo consiga, y menos si continúo escribiendo y trabajando a la vez. Está visto que mejor me pongo un objetivo más realista ¿haber leído todas estas novelas para las próximas navidades? Pues sí, creo que así está bastante mejor, añadiendo también un puñado de novedades que vayan cayendo a medida que avanza el año, como "El herrero de Galilea" de Nicholas Guild, que incluso con semejante cola de lectura compré hace un mes. 

Eso sí, teniendo en cuenta que mis objetivos para este año en mi faceta de escritor incluyen la revisión definitiva y publicación de la tercera y última novela de la serie "Las cenizas de Hispania", que tengo entre manos el borrador de un nuevo proyecto, otro en proceso de corrección, y aún otro más que avanza a buen ritmo de escritura, me queda un arduo trabajo por delante...

lunes, 26 de febrero de 2018

Documentación e interpretación de las fuentes: el ejemplo de la Notitia Dignitatum en la Hispania del siglo V d.C.

Notitia Dignitatum

Resulta que en el siglo IV, a alguien muy ordenado (o muy desocupado) se le ocurrió que la administración imperial romana debería conocer todas las tropas que se encontraban desperdigadas en sus provincias. Un trabajo digno de las labores de Hércules y que, con el tiempo, terminó por convertirse más es una especie de propaganda, en vez de reflejar la realidad existente en cada lugar. Aun así, se trata de un documento excepcional, básico para estudiar la situación militar (ideal) del imperio en los siglos IV y V d.C. Para el que esté interesado particularmente en el tema, le aconsejo que eche un vistazo al siguiente artículo elaborados por los chic@s de Despertaferro. 

Notitia Dignitatum
Un detalle de la "Notitia Dignitatum", en la que se muestran algunos estandartes de las unidades.

En esta Notitia Dignitatum también aparecen representadas las tropas presentes en Hispania. Comandantes, nombres de las unidades y hasta efectivos (todo ello de forma teórica, por otra parte, pues casi nunca una unidad de combate se encontraba completa; bajas en conflicto, deserciones y escasez de dinero para acometer los pagos eran problemas habituales y recurrentes). En ese entonces, las tropas imperiales se dividían básicamente en dos tipos: limitanei, que permanecían acantonadas en las diferentes fronteras (las típicas legiones del Rin y el Danubio, por ejemplo), y las tropas comitatenses, que se encontraban en el interior de las provincias y que, dada la escasez de conflictos en lugares tan alejados de los limes, sus integrantes se convertían en una especie de soldados-granjeros, o reservistas, listos para combatir en cuanto se presentara la oportunidad (o al menos esa era la teoría, pues no era poco habitual que en ese entonces muchos hombres llegaran a amputarse el pulgar para evitar así ser llamados a filas). En Hispania, tan alejada en ese entonces de las fronteras del imperio, la mayoría de las unidades existentes se correspondían al segundo tipo. Además, existirían algunas unidades especiales en los pasos que atravesaban los Pirineos, formadas por habitantes de la zona que actuarían a modo de "agentes de frontera"

Notitia dignitatum
Otra "colorida estampa" de la Notitia Dignitatum

Pues bien, salvo en el caso los últimos, del resto de unidades que deberían haber defendido la diócesis en el siglo V, no hubo noticias cuando se presentaron "los verdaderos problemas" en el lugar. ¿Cuál pudo ser el motivo? ¿Existían aquellos hombres en realidad? Ahondando en la bibliografía existente (Orosio, Hydacio, pero también Javier Arce y su inestimable "Bárbaros y Romanos en Hispania", podemos aventurar algunas hipótesis al respecto... Hagamos un pequeño balance de la situación del momento porque, como decía el gran Manolo García en una de sus canciones ¿Dónde estabas entonces, cuando tanto te necesité?:
  • Manejar el arado es aburrido, vale, pero manejar el gladius o la spatha sin expectativas de paga y botín da más pereza aún. Estas tropas, acantonadas en diferentes lugares, como en la ciudad de Legio (León), Lucus Augusti o Iulobriga (estas dos localizaciones podría ser que compartieran la Cohors Lucensis, que primeramente pudo ubicarse en la ciudad gallega para posteriormente emigrar a Cantabria en el último siglo imperial) terminarían por hacer de su principal actividad, el cuidado de la tierra, su ocupación definitiva, olvidando su compromiso de defender la provincia en la que se encontraban, más allá de sus propias tierras.
  • Las guerras civiles que tuvieron lugar en esas fechas por la lucha del imperio de occidente, también se presentaron en las provincias hispanas. Un general britano, Constantino, disputó el trono al emperador legítimo, Honorio y, tras hacerse con gran parte de la Galia, dirigió sus ojos hacia Hispania, a la que envió a su hijo y a uno de sus mejores generales, el bretón Gerontius. Cuando estos, junto con sus tropas principalmente galas y britanas, además de diferentes contingentes provenientes de pueblos" bárbaros" se acercaron a Hispania, se toparon con los "rústicos" que defendían los pasos de los Pirineos (estos, al menos, parecían existir). Superado este escollo, pues aquellas tropas montaraces no estaban preparadas para resistir frente a un ejército de tal tamaño y preparación, Gerontius se adentró en Hispania, dejando acantonadas en aquellos pasos de montaña algunas unidades de "bárbaros", ocupando el lugar de los "rústicos". Una Hispania que, no olvidemos, era la cuna del emperador legítimo, o al menos, del padre de aquel, Teodosio el Grande. Pues bien, ninguna unidad regular enarbolando coloridas enseñas desafió a los recién llegados. Tan solo en los alrededores de Emerita Augusta se levantó un ejército para hacerles frente. ¿Conformado, pensaréis, por unidades de limitanei o comitatenses y sus respectivos comandantes de cargo rimbonbante? No, un ejército levantado por los parientes de Honorio, compuesto por sus siervos y esclavos (varios miles, eso sí) que, pese a todo, plantó cara a las experimentadas tropas enviadas por Constantino. 
  • En el momento en el que los parientes de Honorio (Dídimo y Verininano) resultaron derrotados, Hispania y las provincias que la componían pasaron a estar bajo el mando nominal del britano Constantino, que se había autoproclamado emperador. Constantino, más pendiente de defenderse de Honorio y tratar de socavar la autoridad de aquel en Italia, dejó a Gerontius al mando de las provincias recién anexionadas, mientras su hijo Constante regresaba a la Galia. ¿Alguien más protestó? ¿Alguien se alzó en armas? No, y no.
  • La guerra civil no terminó ahí, sino que se complicó aún más. Gerontius terminó por traicionar a su señor y declarar a las provincias hispanas libres de su yugo, utilizando para ello a un hispano de la Tarraconense, de nombre Máximo, al que nombró César. Nuevamente, nadie se alzó contra aquel.
  • Llegado el momento, Gerontius desafió el poder de su antiguo benefactor, e invadió la Galia, llegando a derrotar al hijo de Constantino, dándole muerte. Con él, llegado el caso, podrían haber partido de la península las últimas tropas hispanas, si hubieran existido. Nunca regresarían, si así hubiera sido; pues Gerontius sufrió la deserción masiva de los suyos en cuanto las tropas de Honorio alcanzaron la Galia dispuestas a acabar con sendos usurpadores.
  • Después de aquello, podríamos terminar planteando el desenlace de la situación como el comienzo de un chiste: se juntan un alano, un suevo y un vándalo y dice el primero: mira, que hay un tipo muy simpático en Hispania que dice que vayamos, que necesita soldados y que nos dará tierras y botín. El tipo, era Máximo, el usurpador hispano ¿y qué hacen entonces todos estos "pueblos bárbaros"? pues abandonar Aquitania, donde llevaban años viviendo, para dirigirse a los Pirineos. Allí, se encuentran con las "tropas bárbaras" estacionadas por Gerontius poco tiempo atrás... que no sólo dejaron pasar a estos pueblos en movimiento, sino que se unieron a ellos y penetraron en las provincias asolando cuanto encontraban a su paso, desoyendo al inocente Máximo. Para los hispanos de aquel entonces, si aquello era un chiste, desde luego no le encontrarían la gracia.
Sin duda, una época convulsa a la que, novelísticamente hablando, se le puede sacar mucho partido.
¿Has leído alguna buena novela sobre este tema? ¿Dónde crees tú que estarían las tropas recogidas en el mayor inventario militar de la antigüedad cuando se las necesitaba?

lunes, 12 de febrero de 2018

¿Y si en carnaval te disfrazas de alano? Ahí van unas cuantas recomendaciones


Attax, el alano


Aunque vine al mundo en tierras hispanas, y por aquel entonces había pasado ya más de veinte largos años de mi vida en la provincia, me sentía profundamente orgulloso de mis raíces alanas. De todas formas, mi aspecto físico se encargaba de dejar claro mi origen desde el primer vistazo. Entre las gentes de Hispalis y alrededores, descendientes de generaciones de dominio romano en la península, donde predominaban los hombres y mujeres de tamaño medio e incluso pequeño, tez más morena y ojos castaños, mi elevada estatura –superior a los seis pies– se hacía notar. Además, mis ojos son de color azul claro, y nunca he querido recortar mis largos y algo desgreñados cabellos rubios.
Extracto de "El Alano"

Esta es la descripción que hace Attax de sí mismo cuando contaba con veintiséis años, al inicio de la novela "El Alano". Una descripción que no se debe al azar, ni a ninguna idea preconcebida que yo mismo tuviera cuando en mi cabeza comenzó a rondar la idea de escribir la novela. No: se debe a la consulta de las fuentes clásicas acerca del aspecto que solían presentar los hombres de este pueblo en la antigüedad. Como ya comentamos en post anteriores, esta descripción física propia de los alanos la debemos principalmente al historiador y militar romano Amiano Marcelino, que en sus anotaciones (siglo IV d.C) los caracterizaba como unos "bárbaros ideales": pueblo belicoso cuya principal distracción resultaba precisamente la guerra, nómada y ganadero, ajeno a la agricultura, cuyos hombres presentaban una gran talla y resultaban bien parecidos; con el cabello normalmente rubio y ojos fieros. Vaya, pues vistos así sí que resultaban ideales. Por supuesto, semejante descripción superaba a cualquier Attax que me hubiera podido imaginar con anterioridad. Pero no, primero hay que documentarse, siempre :). Una explicación con respecto al último apunte de Amiano sobre esos ojos de aspecto fiero: como ya hemos hablado en otros post, es conveniente recordar que este pueblo tenía un origen iranio. Sin ir más lejos, similar al que podían tener los hunos, sármatas o escitas, por lo que podrían presentar los ojos ligeramente rasgados, lo que resultaría una inquietante novedad para sus vecinos romanos.

Pues hoy estoy de enhorabuena, porque la ilustradora Gemma Martínez nos ha preparado una magnífica ilustración en la que aparece mi querido Attax (la que encabeza este post); tan alucinante  que me ha dejado con la boca abierta. Antes de que yo mismo me decida a hablar sobre algunos aspectos que podemos observar en ella, vamos primero que nada a conocer las impresiones de su creadora (¡y muchas gracias, Gemma!):

Ilustrar un personaje de ficción histórica ha sido una experiencia de lo más positiva. Para empezar, normalmente no me enfrento al reto de dibujar cuerpos masculinos (y mucho menos en poses épicas como la del protagonista de El Alano) y eso ha significado a la vez un reto y un aprendizaje. 

En cuanto a la creación de personajes de obras autopublicadas e independientes, siempre me llena más hacer esta clase de dibujos que los tradicionales FanArts de obras conocidas. Las pequeñas joyas que se esconden en nuestra literatura y que, en ocasiones, no gozan de la publicidad suficiente merecen ser más reconocidas y creo que, en ocasiones, mis ilustraciones ayudan a aportarles algo más de visibilidad.

Espero seguir trabajando con Esther y José en un futuro. Mis compañeras de A Librería siguen su trabajo de cerca y espero empezar a seguirlo yo también ahora que lo he descubierto.

Para finalizar, diré que agradezco mucho la oportunidad y la confianza que Esther y José me han brindado en este vasto mar. ¡No llevo ni un año por aquí y para mí esto es muy importante!

Pues una vez vistas las impresiones de Gemma, vamos con las mías, a modo de apuntes sobre lo que podemos ver en la ilustración. Ya sabes, si quieres un disfraz de alano creíble para este carnaval, deberías tener en cuenta los siguientes consejos:

El cabello. Efectivamente, rubio. Además, en algún detalle se puede observar cómo se ha trenzado unos pequeños mechones. Este hecho se debe a que los guerreros alanos solían trenzar sus largos cabellos para entrar en combate. El motivo, además de conseguir que la melena no les molestara durante la lucha, radicaba en que aquella minuciosa y mecánica maniobra conseguía mantenerlos concentrados el tiempo previo al combate, evitando así que el desánimo o el temor los atenazara. Vaya, estaban calentado, como harían los jugadores de baloncesto antes de comenzar un partido con una ronda de tiros, abstrayéndose de los gritos del público y de la tensión previa al choque.

- El rostro. Un rostro barbado, como correspondía a los pueblos ajenos al imperio. En ese entonces los guerreros tanto alanos, como suevos, vándalos o visigodos lucían enormes y cuidadas barbas (a modo de hipsters tardorromanos, pero en algunos casos en lugar de con laca y colonia, los más salvajes podían añadir a sus barbas pequeños adornos como huesecillos u otras lindezas...)

La indumentaria:

- Cota de malla de anillas. Sí, vale, en este momento podríamos decir que Attax es todo un potentado, pues dispone de una protección realmente costosa para la época. Durante el siglo V, ni tan siquiera muchos de los guerreros de Roma disponían de una armadura como esa. Hacía años que la crisis económica y militar del imperio había provocado no solo que el número de efectivos hubiera disminuido, sino que también había variado su disposición, su armamento e incluso su forma de luchar. En ese entonces tan solo los mejores guerreros (o los más pudientes) lucirían una cota como aquella, pero también podrían encontrarse algunas otras de escamas de metal cosidas sobre un coselete de cuero, aunque estas en menor medida. Con respecto a la que luce Attax en la ilustración, se trata de una protección sencilla compuesta por infinidad de aros de metal entrelazados entre sí, como si se tratara de la malla de un pescador. Una protección que era capaz de detener el impacto de flechas (en ese entonces únicamente los proyectiles lanzados por arcos hunos, sármatas o alanos supondrían un peligro real para quien la poseyera) y minimizar los golpes propinados por la espada, pero que poco podía hacer frente al impacto de una lanza a poca distancia. Una armadura que cada cierto tiempo debía ser restaurada, pues en cada escaramuza solían perderse decenas, o cientos de anillas tras cada golpe recibido. Por ese motivo, en muchas ocasiones este tipo de armaduras lucirían ciertamente coloridas e irregulares, pues en el mejor de los casos (en el que el propietario dispusiera de fondos suficientes como para encargar su arreglo), las nuevas anillas que vendrían a ocupar los huecos serían de diferente tamaño y color a las originales.

- Pantalones y camisola.

Sí, en esa época, y más tratándose de un pueblo acostumbrado a luchar a caballo, ningún alano llevaría un corto faldellín como podríamos imaginar que utilizaban los romanos en la época de la república, o como los hemos visto en películas como "Espartaco". No, los alanos usarían pantalones fabricados en base al uso de pieles de animales, tanto domésticos como salvajes, porque además de reputados ganaderos, resultaban fieros cazadores.

Para cubrir el torso usarían una camisa de tela basta, elaborada probablemente a base de lana u otro tejido natural, que los abrigara desde el cuello hasta por debajo de la cintura, sobre la que se asentaría la cota de mallas, permitiendo que esta última provocara los menos roces posibles sobre el cuerpo, y facilitando así el movimiento de quien la portara.

- La espada.

En esa época las protecciones de las espadas de los guerreros no resultaban excesivamente trabajadas, como se puede observar en la imagen. Eran herramientas para matar, no delicados trofeos que enseñar a los invitados. En este caso, la espada más utilizada en la época era la conocida como "spatha"; una espada larga utilizada por los jinetes de las legiones desde siglos atrás, que había ido evolucionando a medida que se sucedían los decenios. Tendría aproximadamente un metro de longitud, con una empuñadura en forma de cruz pero de asas muy cortas. Hay que entender el uso de esta espada desde un punto de vista: la mayor parte de las tropas de a caballo en los ejércitos imperiales eran mercenarios provenientes del otro lado de sus fronteras, generalmente pueblos germánicos, muchos de los cuales utilizarían sus propias armas e indumentarias. Así, en el siglo V, tanto las tropas que defendían el Rin de la entrada de los bárbaros, como los propios bárbaros, usarían espadas de similar factura.

- La postura: la espada en la tierra. Los alanos resultaban un pueblo de inclinaciones religiosas simples. Hasta nuestros días no ha llegado el nombre de sus divinidades en ese entonces; tan solo sabemos que adoraban a un dios de la guerra dedicándole como ofrenda una oración sobre su espada firmemente clavada en la tierra. En algunos casos, también podían verter sangre obtenida previamente de un sacrificio ritual (con animales) sobre el metal que horadaba la superficie. Sí, suena un poco a la Leyenda del Rey Arturo y la espada clavada en la roca. Lo que me recuerda que algún día tengo que dedicarle un post al respecto porque, si Arturo (o el personaje real que inspiró la leyenda) existió, no solo habría tenido contacto con unos pocos mercenarios sármatas en Britannia (como se muestra en la película del año 2004, Arturo). Atendiendo al propio mito, Arturo (Ambrosius, Owain, o como se llamara) habría luchado durante sus años de juventud (mucho antes de ser "rey" o simplemente "Dux Bellorum") al otro lado del mar, en la Armórica (Bretaña francesa). Región en la que si tienes la suerte de visitar, descubrirás cuán importante es el misterio artúrico allí, con el bosque de Broceliande y otros muchos rincones de espectacular belleza. Justamente en la misma región en la que, pocos años antes de esta "incursón artúrica", se habían asentado unas cuantas decenas miles de alanos, tribus enteras, como pueblo federado del imperio.

¿Qué os parece la ilustración? ¿Podríais imaginar así a Attax?

P.D. Es muy probable que os estéis preguntando cómo contactar con Gemma Martínez. La encontraréis en Twitter e Instagram, y también podéis echar un vistazo a su trabajo aquí. Al igual que sucedió con Yeivit, creador de las portadas de El Alano y Niebla y Acero, la experiencia de trabajar con ella ha sido muy positiva, y recomendaría a ambos sin dudarlo.

lunes, 29 de enero de 2018

¿Qué novelas regalan los Reyes Magos a un escritor de novela histórica?


Una de las ventajas de cumplir años en junio es que siempre sabes que por esa fecha te regalarán un buen puñado de libros, y que, ya para Reyes, te caerán otros cuantos que completen un año cargado de buenas lecturas. Dos fechas equidistantes en las que mi biblioteca se agranda a cada año que pasa, agudizando mis problemas de espacio. Porque, aunque hace ya algunos años que me he acostumbrado a usar mi kindle, sigo prefiriendo las versiones en papel.

Y este año, como debo de haberme portado muy bien, y los Reyes, además de magos, son sabios, me han dejado una buena selección de libros que saben que tendrán éxito y que durarán poco tiempo en mi mesilla de noche (este punto ya no lo tengo tan claro), antes de ocupar su lugar de honor en mi abarrotada biblioteca.

Partiendo de la base de que casi todas ellas son novelas históricas de buenas dimensiones, voy a tener muy difícil llegar al mes de junio "con la tarea hecha". El ritmo al que leo últimamente, afición a la que cada vez tengo que quitarle más tiempo para poder seguir escribiendo a ratos, tampoco invita a ser optimista, pero hay que intentarlo :)

Pues vamos allá con ¿Qué novelas históricas regalan los Reyes Magos a un escritor de novela histórica?

1-. Los ya leídos:

- Guerreros de la tormenta, Bernard Cornwell. Edhasa 2017.

Guerreros de la tormenta

Apuesta segura y sinónimo de éxito para los Reyes. ¿Cómo no voy a disfrutar con mi autor favorito? Por supuesto, Bernard Cornwell nunca defrauda, aunque tenga que reconocer que la saga de "Sajones, vikingos y normandos" hace varias entregas que tiende a ser demasiado repetitiva. En otro autor eso, quizás, pudiera resultar un problema, pero en el caso de Cornwell, que recrea tan espectacularmente algunos pasajes, no me importa leerlo una y otra vez. Para mi cumpleaños ya tengo apuntada otra de este mismo autor, "Casaca Roja"...

2-. En proceso:

- El asesinato de Sócrates, Marcos Chicot. Planeta, 2017.

El asesinato de Sócrates

Los Reyes sabían que hacía tiempo que quería leerme esta novela finalista del Premio Planeta 2016, ambientada en una de mis épocas favoritas. Una época en la que, pese a que la conozca muy bien, o quizás precisamente por eso, me parece muy complicado "innovar novelando"; y ese es uno de los aspectos que pretendo comprobar. Superada la página 200, puedo confirmar que la apuesta está resultando satisfactoria.  

3-. En cola:

- La Luz de la Tierra, Daniel Wolf. Grijalbo 2017.

La luz de la tierra

Ya he comentado en otros post que este joven autor alemán me resultó todo un descubrimiento hace un par de años. Su novela, "La sal de la tierra" me sorprendió gratamente, así que los Reyes intuyeron que disfrutaría con las nuevas aventuras de Michel de Fleury en la figurada ciudad alemana de Varennes durante el siglo XIII.

- La legión perdida, Santiago Posteguillo. Planeta, 2016

La legión perdida

Al igual que en el caso anterior, después de haber leído (y disfrutado) los dos primeros volúmenes de "Los asesinos del emperador", de Santiago Posteguillo, era una apuesta segura decidirse por la novela que cierra la trilogía. Creo que ya he comentado en otras ocasiones que en un primer momento decidí no leer la trilogía sobre Escipión, por motivos sentimentales (posicionarse del lado cartaginés tiene estos inconvenientes), pero con la de Trajano, tengo que quitarme el sombrero. 

- El guerrero a la sombra del cerezo, David B. Gil. Ediciones Suma, 2017.

El guerrero a la sombra del cerezo


Una de las mejores novelas históricas del pasado año 2017 según el blog veinte minutos. Si alguien tan conocedor del tema como es el periodista, y también novelista, David Yagüe dice eso de un libro, es información suficiente como para decidirse a leerla, aunque reconozco no tener ni idea del Japón Medieval. Una apuesta que estoy seguro que hará buena la iniciativa de "sus majestades".

- El castillo, Luis Zueco. Ediciones B, 2015.

El castillo

Otro título al que hacía tiempo que tenía ganas de "hincarle el diente". Allí por donde he preguntado he obtenido muy buenas referencias de este joven autor aragonés. Un pasaje oscuro de nuestra historia, el medievo, en el que el majestuoso castillo de Loarre ocupa un papel protagonista. 

- Las Lanzas, Fernando Martínez Laínez. Ediciones B, 2017.

Las lanzas

Hacía tiempo que quería leer una novela sobre los Tercios españoles, más allá de la serie del capitán Alatriste (que leí hace ya bastantes años), y de este mismo autor ya tenía en mi biblioteca técnica"algún ensayo acerca de esta temible infantería que asolara los campos de batalla de Europa durante el siglo XVI y parte del XVII. Acertada apuesta por parte de Sus Majestades. Espero con ganas el momento en el que comenzar a leerla.

- La Perla Negra, Claudia Casanova. Ediciones B, 2017.

La perla negra

Otra novela bajo el sello de Ediciones B, que tan buenas obras lleva sacando en los últimos tiempos. De esta novela me llama la atención que el papel protagonista en la trama recaiga en una mujer: ¡ya era hora! También ambientada durante el medievo, en este caso en el conflicto entre la iglesia y los cátaros de Occitania. ¿Sabrán los Reyes que el pasado verano estuve por el Languedoc y no se me escapó castillo cátaro alguno?

- Cuando la luna brille, Elena Álvarez. Editorial Tandaya, 2017.

Cuando la luna brille


Y, por último, Cuando la Luna Brille. Esos vikingos nacidos de la imaginación de una extremeña, y que finalmente desembarcaron en una isla tan alejada como Tenerife. Ocuparé mi lugar junto al fuego para escuchar a la vieja Otkatla, y ya te contaré qué tal, Elena :)

¿Te ha gustado la selección? ¿Alguna sugerencia para el mes de junio?

lunes, 22 de enero de 2018

Barritus para tod@s: cómo narrar una buena batalla


"El enemigo se preparaba para el inevitable choque que vendría a continuación. Las primeras filas de bagaudas parecían desorganizadas, una multitud de individuos malcarados que profería insultos contra nuestros hombres mientras escupían en nuestra dirección. El olor acre que empezaba a extenderse en el frente revelaba que los menos audaces comenzaban a tener problemas para contener sus vejigas. Lo mismo ocurría en las últimas filas de nuestra formación. Una batalla no es solo sangre y miembros amputados, también son heces y sudor que lo inundan todo. Creo que esa es una de las razones por las que siempre he preferido luchar a caballo: te permite escapar de esa desagradable sensación de sucia decadencia, en la que el dolor y el miedo pueden con la dignidad de tantos, la nobleza se vuelve relativa y las vidas se escurren entre el limo maloliente en el que los fluidos se mezclan con el polvo".
Extracto de "EL Alano"

El inicio de la peli de Gladiator me encanta. Más allá de algunos errores que podemos encontrar si nos ponemos "históricamente quisquillosos", como el supuesto papel decisivo de los jinetes romanos en la batalla (además de desarrollarse aquella en el interior de un bosque), o el uso de estribos. La niebla espesa que como jirones atraviesa el bosque, la tensión en los rostros de los legionarios en formación, el tintinear de las armas y los arreos de los animales, y un enorme y rubicundo germano (¿cuado, marcomano?) exhalando el gutural barritus con el que animar a los suyos a la batalla y atemorizar a sus contrincantes por igual. Esa debía de ser la atmósfera de una batalla, asfixiante, en la que el hedor a hombres descompuestos por el miedo, sudorosos y, en muchos casos, borrachos, invadía el aire como antesala al choque de ambos ejércitos.


legionarios
Alistaos, veréis mundo.
Quien haya leído "El Alano", o "Niebla y Acero", intuirá que uno de los momentos en los que más disfruto escribiendo (aunque disfrutar, disfruto de todos y cada uno), es durante el desarrollo de una batalla. Bien, pero ¿qué es necesario para narrarla sin que parezca un conjunto de hechos de armas deslabazados narrados sin pasión? ¿Cómo trasmitir esa atmósfera a quien la lee, de manera que, sentado en un sillón o acostado en un sofá pueda sentir como si traslada a las llanuras de Cannas rodeado de decenas de miles de mercenarios al servicio de los hijos del Barca (Aníbal, Gisbert Haefs); a las tierras pantanosas de Azincourt, mientras los arqueros disponen sus flechas frente a ellos para detener la carga de un muro ambulante de metal y carne, como debía de ser la aparición de la caballería pesada de la época (Azincourt, Bernard Cornwell); o a los inmensos campos de Waterloo, aspirando el olor a pólvora que debía de invadir los instantes previos al choque entre las tropas de Napoleón y Wellington (Los Generales, Simon Scarrow)? Pues, desde mi punto de vista, aquí van algunos elementos clave:

Es necesario documentarse y conocer perfectamente el hecho histórico: el conflicto, su resultado, su desarrollo y sus consecuencias. Mucha gente puede saber que la batalla de Crecy supuso una derrota dolorosa y casi definitiva para las tropas francesas en la guerra de los cien años. Lógicamente, si vas a escribir sobre ella, como hace Bernard Cornwell en la trilogía del Grial, tendrás que poner en valor la actuación de los hombres que consiguieron que la flor y nata de la caballería francesa pereciera en aquella jornada. Todos los detalles sobre la misma, como la forma en la que los ballesteros recargaban sus virotes, o la cruel manera en la que los arqueros ingleses y galeses remataban a los caballeros caídos levantando las viseras de sus yelmos y acuchillando sus rostros, sirven para ambientar el hecho, así como para trasladar al lector su intensidad. Porque una batalla, desde luego, no debía de resultar agradable, y así debe trasmitirse, desde mi punto de vista, aunque nos ahorremos los momentos más "gore" de cara al lector. Al menos a mí, en mi faceta de lector, no me resulta agradable leer cómo se amputan miembros o se regodean en los vencidos de manera gratuita, fríamente, sin venir a cuento. Creo que todos tenemos nuestro corazoncito. Si lo vamos a narrar así, deberá tener sentido, de manera que quien lo lea entienda que semejante grado de violencia es coherente y necesario para lo que queremos transmitir.

A medida que escribo me doy cuenta de que este tema puede dar para un buen puñado de post, porque el desarrollo será diferente según el conflicto elegido para nuestra novela. Retomando el recuerdo de la peli de Gladiator, por ejemplo, en los ejércitos republicanos, y en los primeros siglos del imperio de Roma, no serían los caballeros pesados quienes resultaran cruciales en una victoria. Al contrario, su uso apenas estaba extendido dentro de sus fronteras. Serían los infantes, principalmente los príncipes y triarios (los mejores lanceros de la época, divididos en los hombres más diestros y en mejor edad para combatir, y los más veteranos, respectivamente), en un primer momento, y los legionarios ya en época imperial, los que conseguirían la mayoría de los éxitos de Roma. Habría que esperar hasta el siglo IV d.C. para que los emperadores y sus generales comprendieran que, sin el uso de una caballería pesada numerosa en sus conflictos, cosecharían una derrota tras otra, como comprobarían en sus carnes en la batalla de Adrianópolis frente a los godos, o en la de Carrae frente a los persas Sasánidas (aunque en este caso, desde la época de Craso, cuando el mismo cónsul resultó derrotado y muerto en ese mismo lugar por las tropas partas, tendrían que haberse dado cuenta... pero no lo hicieron).

Y como me ponga a hablar de romanos, pues no acabo. Prometo escribir un post exclusivo acerca de cómo ambientar una "batalla de romanos". Que se note que leer a Adrian Goldsworthy y a Yann Le Bohec me ha servido de algo :)

También es importante conocer bien la panoplia utilizada por cada uno de los contendientes, así como la forma en que la utilizaban (y no lo que nos traslada el cine muchas veces, como el caso de los estribos). Por supuesto, no será igual una batalla entre las legiones de Pompeyo y los guerreros del Ponto de Mitridates (por ejemplo), que las que tuvieron lugar entre las legiones y los pueblos bárbaros en la frontera del Rhin, quinientos años más tarde. El armamento era diferente, y la forma de utilizarlo también lo era, así como las tácticas utilizadas por sus respectivos comandantes. Si, en el primer caso, la mayoría de los guerreros de uno y otro bando podían portar una buena armadura, bien de placas, de escamas o de anillas (las menos), en el segundo, serían muy pocos los que podrían hacerlo (los pocos privilegiados con aquellas provistas de anillas de metal), tanto por uno, como por otro bando (salvo los catafractas y clibanarios, que podrían utilizar armaduras de escamas, pero que casi exclusivamente lucharon en la frontera oriental). Así, herir y quitar la vida a los enemigos resultaría mucho más sencillo en el segundo caso, como también podía suceder en otras épocas pretéritas, como en la edad del bronce en la antigua Grecia, en la que las armaduras, en el mejor de los casos, eran de lino reforzado. Este hecho también debe servirnos como referencia respecto a la gravedad de las heridas, y la probabilidad de sobrevivir de nuestros protagonistas y sus compañeros al conflicto, así como al número de bajas que podemos estimar, si no estamos recreando un hecho histórico contrastado, sino una escaramuza (o una batalla) ficticia o para la que no se disponga de datos fiables.

panoplia
¿Cuándo empieza la peli?
Volviendo a los arqueros ingleses de la guerra de los cien años, su importancia radicaba en lo lejos que podían lanzar sus flechas, pero también en la fuerza que su arco largo les imprimía, capaz de atravesar algunas armaduras. No siempre eran los caballeros los blancos que estos buscaban: principalmente trataban de acertar en los caballos, provocando que aquellos, ciegos por el dolor, desviaran su trayectoria o cayeran al suelo, arrastrando a otros de sus congéneres consigo y abortando la carga. Pero no siempre fue así: el impacto de una flecha no siempre resultaba fatal. Durante el siglo V d.C., por ejemplo, los arqueros con los que contaban los ejércitos en Europa no eran rivales para aquellos guerreros que se protegieran con una buena cota de malla, aunque ya hayamos avanzado que estos serían muy pocos. Los arcos de la época, salvo acaso los arcos hunos, no disparaban con gran potencia, y no podían atravesar una malla de anillas. En cambio, como la mayoría de los hombres luchaban sin mayor protección que sus escudos, incluso la flecha de un cazador podría herirlos superficialmente durante el desarrollo de una pelea, aunque generalmente no los matara en el acto, salvo que la pericia del lanzador (o la cercanía a su objetivo) hicieran posible que acertara en algún punto vital. En cambio, un arquero inglés del siglo XIV, con aquella potencia conferida por un arco mayor que ellos mismos, bien podía introducir su flecha profundamente en el interior de un cuerpo, haciendo que el herido muriera poco después.

El desarrollo de una batalla tiene que resultar realista. Los hombres no caían como las espigas de trigo durante una tormenta de granizo, aunque a veces utilicemos ese símil. Sí, muchas veces los guerreros podían caer tras una ráfaga de proyectiles, pero eran pocos los que no se levantaban después. Matar un guerrero en una batalla mientras las tropas se encontraban en formación resultaba complicado. Daba igual que fuera un cuadro de falange macedónica, que una legión en combate. Los hombres se entregaban a la lucha al amparo de sus compañeros, que les protegían los flancos y la espalda. Así, chocaban con sus adversarios tras resistir la lluvia de proyectiles y así podían permanecer durante horas, sin apenas avanzar unos pasos, sintiendo cómo tanto tus compañeros como tus enemigos trataban de hacerte avanzar o retroceder, respectivamente. En ese momento, mientras los hombres luchaban por su vida, las bajas sufridas en ambos bandos debían de ser pocas (si estamos hablando de ejércitos equilibrados en armamento y destreza, que es algo que también es conveniente reflejar). La movilidad era reducida, muchas veces las armas apenas podían utilizarse y, lo realmente importante era no caer y ser pisoteado por quienes aún luchaban. Resistir, sobrevivir hasta que algún golpe de efecto consiguiera romper la formación del adversario. Este, sin duda, podía estar representado por la aparición de la caballería pesada, que terminara por atacar por el flanco a las formaciones a pie. En ese momento se producía el mayor número de bajas en un batalla de la antigüedad. Roto el orden de las tropas, cada uno buscaba ponerse a salvo, por lo que nadie protegía tu espalda ni el brazo de tu espada, no. En ese momento los cuerpos iban cayendo sobre el campo de batalla para no volver a levantarse, mientras los guerreros victoriosos corrían como si en sus pies hubieran calzado las botas de Hermes y pudieran "volar" acuchillando a los fugitivos.

sajones y normandos
- Oye, Caedmon, ¿ese de ahí es Guillermo el normando?
Una elección importante, que condiciona tremendamente la narración de una batalla, es el tipo de narrador. Se puede contar una buena batalla cuando utilizamos la tercera persona, seguro, y he leído algunos ejemplos excepcionales; pero es difícil alcanzar "desde fuera" la intensidad de una narración hecha a través de los ojos de nuestro protagonista, en primera persona. De esta forma, me parece que adquieren un cariz especial: no es lo mismo narrar lo que sucede en diferentes partes de un campo de batalla, nombrado hechos de armas, bajas y retiradas, que recrearlo desde el mismo frente, en el meollo de la acción. Allí donde los hombres se animan, vociferan, escupen sangre y trozos de dientes, tiemblan de miedo, lloran e imploran piedad. Todo eso te permite empatizar con quienes luchan, con valor o con miedo, con asco o con impotencia. Cualquier detalle es importante, no únicamente quién resulta vencedor. 

¿Una desventaja de narrar una batalla en primera persona? Fundamentalmente, el alcance de la misma. Si hablamos de una batalla en la que los contendientes se cuentan por pocos centenares, quizás miles (la Grecia del bronce, el último siglo del imperio romano y la baja edad media europea), será más sencillo que nuestro protagonista y, por tanto, el lector, conozca de primera mano lo que sucede en el transcurso de la misma. En cambio, si utilizamos esta forma narrativa en un conflicto en el que los ejércitos implicados se encuentran conformados cada uno por miles o decenas de miles de hombres (Grecia Clásica, Roma Republicana y Alto imperial, Edad Moderna), las vivencias de un solo personaje no serán suficientes para trasladar al lector el desarrollo de una batalla de semejantes dimensiones. Conoceremos lo ocurre en un extremo de una formación kilométrica, en la que decenas, cientos de miles de hombres combaten mientras los estrategas (desde la colina) mueven a sus tropas en una especie de baile macabro. Perderemos así buena parte de capacidad de transmitir qué ocurre de forma global. Nuestro protagonista puede salir victorioso allí donde él luchaba, pero su ejército como conjunto ser derrotado de manera flagrante. 

PD. Pero en tercera persona también se puede disfrutar de la narración. Ahora mismo estoy en ello :) Espero que llegado el momento penséis lo mismo que yo.