lunes, 29 de enero de 2018

¿Qué novelas regalan los Reyes Magos a un escritor de novela histórica?


Una de las ventajas de cumplir años en junio es que siempre sabes que por esa fecha te regalarán un buen puñado de libros, y que, ya para Reyes, te caerán otros cuantos que completen un año cargado de buenas lecturas. Dos fechas equidistantes en las que mi biblioteca se agranda a cada año que pasa, agudizando mis problemas de espacio. Porque, aunque hace ya algunos años que me he acostumbrado a usar mi kindle, sigo prefiriendo las versiones en papel.

Y este año, como debo de haberme portado muy bien, y los Reyes, además de magos, son sabios, me han dejado una buena selección de libros que saben que tendrán éxito y que durarán poco tiempo en mi mesilla de noche (este punto ya no lo tengo tan claro), antes de ocupar su lugar de honor en mi abarrotada biblioteca.

Partiendo de la base de que casi todas ellas son novelas históricas de buenas dimensiones, voy a tener muy difícil llegar al mes de junio "con la tarea hecha". El ritmo al que leo últimamente, afición a la que cada vez tengo que quitarle más tiempo para poder seguir escribiendo a ratos, tampoco invita a ser optimista, pero hay que intentarlo :)

Pues vamos allá con ¿Qué novelas históricas regalan los Reyes Magos a un escritor de novela histórica?

1-. Los ya leídos:

- Guerreros de la tormenta, Bernard Cornwell. Edhasa 2017.

Guerreros de la tormenta

Apuesta segura y sinónimo de éxito para los Reyes. ¿Cómo no voy a disfrutar con mi autor favorito? Por supuesto, Bernard Cornwell nunca defrauda, aunque tenga que reconocer que la saga de "Sajones, vikingos y normandos" hace varias entregas que tiende a ser demasiado repetitiva. En otro autor eso, quizás, pudiera resultar un problema, pero en el caso de Cornwell, que recrea tan espectacularmente algunos pasajes, no me importa leerlo una y otra vez. Para mi cumpleaños ya tengo apuntada otra de este mismo autor, "Casaca Roja"...

2-. En proceso:

- El asesinato de Sócrates, Marcos Chicot. Planeta, 2017.

El asesinato de Sócrates

Los Reyes sabían que hacía tiempo que quería leerme esta novela finalista del Premio Planeta 2016, ambientada en una de mis épocas favoritas. Una época en la que, pese a que la conozca muy bien, o quizás precisamente por eso, me parece muy complicado "innovar novelando"; y ese es uno de los aspectos que pretendo comprobar. Superada la página 200, puedo confirmar que la apuesta está resultando satisfactoria.  

3-. En cola:

- La Luz de la Tierra, Daniel Wolf. Grijalbo 2017.

La luz de la tierra

Ya he comentado en otros post que este joven autor alemán me resultó todo un descubrimiento hace un par de años. Su novela, "La sal de la tierra" me sorprendió gratamente, así que los Reyes intuyeron que disfrutaría con las nuevas aventuras de Michel de Fleury en la figurada ciudad alemana de Varennes durante el siglo XIII.

- La legión perdida, Santiago Posteguillo. Planeta, 2016

La legión perdida

Al igual que en el caso anterior, después de haber leído (y disfrutado) los dos primeros volúmenes de "Los asesinos del emperador", de Santiago Posteguillo, era una apuesta segura decidirse por la novela que cierra la trilogía. Creo que ya he comentado en otras ocasiones que en un primer momento decidí no leer la trilogía sobre Escipión, por motivos sentimentales (posicionarse del lado cartaginés tiene estos inconvenientes), pero con la de Trajano, tengo que quitarme el sombrero. 

- El guerrero a la sombra del cerezo, David B. Gil. Ediciones Suma, 2017.

El guerrero a la sombra del cerezo


Una de las mejores novelas históricas del pasado año 2017 según el blog veinte minutos. Si alguien tan conocedor del tema como es el periodista, y también novelista, David Yagüe dice eso de un libro, es información suficiente como para decidirse a leerla, aunque reconozco no tener ni idea del Japón Medieval. Una apuesta que estoy seguro que hará buena la iniciativa de "sus majestades".

- El castillo, Luis Zueco. Ediciones B, 2015.

El castillo

Otro título al que hacía tiempo que tenía ganas de "hincarle el diente". Allí por donde he preguntado he obtenido muy buenas referencias de este joven autor aragonés. Un pasaje oscuro de nuestra historia, el medievo, en el que el majestuoso castillo de Loarre ocupa un papel protagonista. 

- Las Lanzas, Fernando Martínez Laínez. Ediciones B, 2017.

Las lanzas

Hacía tiempo que quería leer una novela sobre los Tercios españoles, más allá de la serie del capitán Alatriste (que leí hace ya bastantes años), y de este mismo autor ya tenía en mi biblioteca técnica"algún ensayo acerca de esta temible infantería que asolara los campos de batalla de Europa durante el siglo XVI y parte del XVII. Acertada apuesta por parte de Sus Majestades. Espero con ganas el momento en el que comenzar a leerla.

- La Perla Negra, Claudia Casanova. Ediciones B, 2017.

La perla negra

Otra novela bajo el sello de Ediciones B, que tan buenas obras lleva sacando en los últimos tiempos. De esta novela me llama la atención que el papel protagonista en la trama recaiga en una mujer: ¡ya era hora! También ambientada durante el medievo, en este caso en el conflicto entre la iglesia y los cátaros de Occitania. ¿Sabrán los Reyes que el pasado verano estuve por el Languedoc y no se me escapó castillo cátaro alguno?

- Cuando la luna brille, Elena Álvarez. Editorial Tandaya, 2017.

Cuando la luna brille


Y, por último, Cuando la Luna Brille. Esos vikingos nacidos de la imaginación de una extremeña, y que finalmente desembarcaron en una isla tan alejada como Tenerife. Ocuparé mi lugar junto al fuego para escuchar a la vieja Otkatla, y ya te contaré qué tal, Elena :)

¿Te ha gustado la selección? ¿Alguna sugerencia para el mes de junio?

lunes, 22 de enero de 2018

Barritus para tod@s: cómo narrar una buena batalla


"El enemigo se preparaba para el inevitable choque que vendría a continuación. Las primeras filas de bagaudas parecían desorganizadas, una multitud de individuos malcarados que profería insultos contra nuestros hombres mientras escupían en nuestra dirección. El olor acre que empezaba a extenderse en el frente revelaba que los menos audaces comenzaban a tener problemas para contener sus vejigas. Lo mismo ocurría en las últimas filas de nuestra formación. Una batalla no es solo sangre y miembros amputados, también son heces y sudor que lo inundan todo. Creo que esa es una de las razones por las que siempre he preferido luchar a caballo: te permite escapar de esa desagradable sensación de sucia decadencia, en la que el dolor y el miedo pueden con la dignidad de tantos, la nobleza se vuelve relativa y las vidas se escurren entre el limo maloliente en el que los fluidos se mezclan con el polvo".
Extracto de "EL Alano"

El inicio de la peli de Gladiator me encanta. Más allá de algunos errores que podemos encontrar si nos ponemos "históricamente quisquillosos", como el supuesto papel decisivo de los jinetes romanos en la batalla (además de desarrollarse aquella en el interior de un bosque), o el uso de estribos. La niebla espesa que como jirones atraviesa el bosque, la tensión en los rostros de los legionarios en formación, el tintinear de las armas y los arreos de los animales, y un enorme y rubicundo germano (¿cuado, marcomano?) exhalando el gutural barritus con el que animar a los suyos a la batalla y atemorizar a sus contrincantes por igual. Esa debía de ser la atmósfera de una batalla, asfixiante, en la que el hedor a hombres descompuestos por el miedo, sudorosos y, en muchos casos, borrachos, invadía el aire como antesala al choque de ambos ejércitos.


legionarios
Alistaos, veréis mundo.
Quien haya leído "El Alano", o "Niebla y Acero", intuirá que uno de los momentos en los que más disfruto escribiendo (aunque disfrutar, disfruto de todos y cada uno), es durante el desarrollo de una batalla. Bien, pero ¿qué es necesario para narrarla sin que parezca un conjunto de hechos de armas deslabazados narrados sin pasión? ¿Cómo trasmitir esa atmósfera a quien la lee, de manera que, sentado en un sillón o acostado en un sofá pueda sentir como si traslada a las llanuras de Cannas rodeado de decenas de miles de mercenarios al servicio de los hijos del Barca (Aníbal, Gisbert Haefs); a las tierras pantanosas de Azincourt, mientras los arqueros disponen sus flechas frente a ellos para detener la carga de un muro ambulante de metal y carne, como debía de ser la aparición de la caballería pesada de la época (Azincourt, Bernard Cornwell); o a los inmensos campos de Waterloo, aspirando el olor a pólvora que debía de invadir los instantes previos al choque entre las tropas de Napoleón y Wellington (Los Generales, Simon Scarrow)? Pues, desde mi punto de vista, aquí van algunos elementos clave:

Es necesario documentarse y conocer perfectamente el hecho histórico: el conflicto, su resultado, su desarrollo y sus consecuencias. Mucha gente puede saber que la batalla de Crecy supuso una derrota dolorosa y casi definitiva para las tropas francesas en la guerra de los cien años. Lógicamente, si vas a escribir sobre ella, como hace Bernard Cornwell en la trilogía del Grial, tendrás que poner en valor la actuación de los hombres que consiguieron que la flor y nata de la caballería francesa pereciera en aquella jornada. Todos los detalles sobre la misma, como la forma en la que los ballesteros recargaban sus virotes, o la cruel manera en la que los arqueros ingleses y galeses remataban a los caballeros caídos levantando las viseras de sus yelmos y acuchillando sus rostros, sirven para ambientar el hecho, así como para trasladar al lector su intensidad. Porque una batalla, desde luego, no debía de resultar agradable, y así debe trasmitirse, desde mi punto de vista, aunque nos ahorremos los momentos más "gore" de cara al lector. Al menos a mí, en mi faceta de lector, no me resulta agradable leer cómo se amputan miembros o se regodean en los vencidos de manera gratuita, fríamente, sin venir a cuento. Creo que todos tenemos nuestro corazoncito. Si lo vamos a narrar así, deberá tener sentido, de manera que quien lo lea entienda que semejante grado de violencia es coherente y necesario para lo que queremos transmitir.

A medida que escribo me doy cuenta de que este tema puede dar para un buen puñado de post, porque el desarrollo será diferente según el conflicto elegido para nuestra novela. Retomando el recuerdo de la peli de Gladiator, por ejemplo, en los ejércitos republicanos, y en los primeros siglos del imperio de Roma, no serían los caballeros pesados quienes resultaran cruciales en una victoria. Al contrario, su uso apenas estaba extendido dentro de sus fronteras. Serían los infantes, principalmente los príncipes y triarios (los mejores lanceros de la época, divididos en los hombres más diestros y en mejor edad para combatir, y los más veteranos, respectivamente), en un primer momento, y los legionarios ya en época imperial, los que conseguirían la mayoría de los éxitos de Roma. Habría que esperar hasta el siglo IV d.C. para que los emperadores y sus generales comprendieran que, sin el uso de una caballería pesada numerosa en sus conflictos, cosecharían una derrota tras otra, como comprobarían en sus carnes en la batalla de Adrianópolis frente a los godos, o en la de Carrae frente a los persas Sasánidas (aunque en este caso, desde la época de Craso, cuando el mismo cónsul resultó derrotado y muerto en ese mismo lugar por las tropas partas, tendrían que haberse dado cuenta... pero no lo hicieron).

Y como me ponga a hablar de romanos, pues no acabo. Prometo escribir un post exclusivo acerca de cómo ambientar una "batalla de romanos". Que se note que leer a Adrian Goldsworthy y a Yann Le Bohec me ha servido de algo :)

También es importante conocer bien la panoplia utilizada por cada uno de los contendientes, así como la forma en que la utilizaban (y no lo que nos traslada el cine muchas veces, como el caso de los estribos). Por supuesto, no será igual una batalla entre las legiones de Pompeyo y los guerreros del Ponto de Mitridates (por ejemplo), que las que tuvieron lugar entre las legiones y los pueblos bárbaros en la frontera del Rhin, quinientos años más tarde. El armamento era diferente, y la forma de utilizarlo también lo era, así como las tácticas utilizadas por sus respectivos comandantes. Si, en el primer caso, la mayoría de los guerreros de uno y otro bando podían portar una buena armadura, bien de placas, de escamas o de anillas (las menos), en el segundo, serían muy pocos los que podrían hacerlo (los pocos privilegiados con aquellas provistas de anillas de metal), tanto por uno, como por otro bando (salvo los catafractas y clibanarios, que podrían utilizar armaduras de escamas, pero que casi exclusivamente lucharon en la frontera oriental). Así, herir y quitar la vida a los enemigos resultaría mucho más sencillo en el segundo caso, como también podía suceder en otras épocas pretéritas, como en la edad del bronce en la antigua Grecia, en la que las armaduras, en el mejor de los casos, eran de lino reforzado. Este hecho también debe servirnos como referencia respecto a la gravedad de las heridas, y la probabilidad de sobrevivir de nuestros protagonistas y sus compañeros al conflicto, así como al número de bajas que podemos estimar, si no estamos recreando un hecho histórico contrastado, sino una escaramuza (o una batalla) ficticia o para la que no se disponga de datos fiables.

panoplia
¿Cuándo empieza la peli?
Volviendo a los arqueros ingleses de la guerra de los cien años, su importancia radicaba en lo lejos que podían lanzar sus flechas, pero también en la fuerza que su arco largo les imprimía, capaz de atravesar algunas armaduras. No siempre eran los caballeros los blancos que estos buscaban: principalmente trataban de acertar en los caballos, provocando que aquellos, ciegos por el dolor, desviaran su trayectoria o cayeran al suelo, arrastrando a otros de sus congéneres consigo y abortando la carga. Pero no siempre fue así: el impacto de una flecha no siempre resultaba fatal. Durante el siglo V d.C., por ejemplo, los arqueros con los que contaban los ejércitos en Europa no eran rivales para aquellos guerreros que se protegieran con una buena cota de malla, aunque ya hayamos avanzado que estos serían muy pocos. Los arcos de la época, salvo acaso los arcos hunos, no disparaban con gran potencia, y no podían atravesar una malla de anillas. En cambio, como la mayoría de los hombres luchaban sin mayor protección que sus escudos, incluso la flecha de un cazador podría herirlos superficialmente durante el desarrollo de una pelea, aunque generalmente no los matara en el acto, salvo que la pericia del lanzador (o la cercanía a su objetivo) hicieran posible que acertara en algún punto vital. En cambio, un arquero inglés del siglo XIV, con aquella potencia conferida por un arco mayor que ellos mismos, bien podía introducir su flecha profundamente en el interior de un cuerpo, haciendo que el herido muriera poco después.

El desarrollo de una batalla tiene que resultar realista. Los hombres no caían como las espigas de trigo durante una tormenta de granizo, aunque a veces utilicemos ese símil. Sí, muchas veces los guerreros podían caer tras una ráfaga de proyectiles, pero eran pocos los que no se levantaban después. Matar un guerrero en una batalla mientras las tropas se encontraban en formación resultaba complicado. Daba igual que fuera un cuadro de falange macedónica, que una legión en combate. Los hombres se entregaban a la lucha al amparo de sus compañeros, que les protegían los flancos y la espalda. Así, chocaban con sus adversarios tras resistir la lluvia de proyectiles y así podían permanecer durante horas, sin apenas avanzar unos pasos, sintiendo cómo tanto tus compañeros como tus enemigos trataban de hacerte avanzar o retroceder, respectivamente. En ese momento, mientras los hombres luchaban por su vida, las bajas sufridas en ambos bandos debían de ser pocas (si estamos hablando de ejércitos equilibrados en armamento y destreza, que es algo que también es conveniente reflejar). La movilidad era reducida, muchas veces las armas apenas podían utilizarse y, lo realmente importante era no caer y ser pisoteado por quienes aún luchaban. Resistir, sobrevivir hasta que algún golpe de efecto consiguiera romper la formación del adversario. Este, sin duda, podía estar representado por la aparición de la caballería pesada, que terminara por atacar por el flanco a las formaciones a pie. En ese momento se producía el mayor número de bajas en un batalla de la antigüedad. Roto el orden de las tropas, cada uno buscaba ponerse a salvo, por lo que nadie protegía tu espalda ni el brazo de tu espada, no. En ese momento los cuerpos iban cayendo sobre el campo de batalla para no volver a levantarse, mientras los guerreros victoriosos corrían como si en sus pies hubieran calzado las botas de Hermes y pudieran "volar" acuchillando a los fugitivos.

sajones y normandos
- Oye, Caedmon, ¿ese de ahí es Guillermo el normando?
Una elección importante, que condiciona tremendamente la narración de una batalla, es el tipo de narrador. Se puede contar una buena batalla cuando utilizamos la tercera persona, seguro, y he leído algunos ejemplos excepcionales; pero es difícil alcanzar "desde fuera" la intensidad de una narración hecha a través de los ojos de nuestro protagonista, en primera persona. De esta forma, me parece que adquieren un cariz especial: no es lo mismo narrar lo que sucede en diferentes partes de un campo de batalla, nombrado hechos de armas, bajas y retiradas, que recrearlo desde el mismo frente, en el meollo de la acción. Allí donde los hombres se animan, vociferan, escupen sangre y trozos de dientes, tiemblan de miedo, lloran e imploran piedad. Todo eso te permite empatizar con quienes luchan, con valor o con miedo, con asco o con impotencia. Cualquier detalle es importante, no únicamente quién resulta vencedor. 

¿Una desventaja de narrar una batalla en primera persona? Fundamentalmente, el alcance de la misma. Si hablamos de una batalla en la que los contendientes se cuentan por pocos centenares, quizás miles (la Grecia del bronce, el último siglo del imperio romano y la baja edad media europea), será más sencillo que nuestro protagonista y, por tanto, el lector, conozca de primera mano lo que sucede en el transcurso de la misma. En cambio, si utilizamos esta forma narrativa en un conflicto en el que los ejércitos implicados se encuentran conformados cada uno por miles o decenas de miles de hombres (Grecia Clásica, Roma Republicana y Alto imperial, Edad Moderna), las vivencias de un solo personaje no serán suficientes para trasladar al lector el desarrollo de una batalla de semejantes dimensiones. Conoceremos lo ocurre en un extremo de una formación kilométrica, en la que decenas, cientos de miles de hombres combaten mientras los estrategas (desde la colina) mueven a sus tropas en una especie de baile macabro. Perderemos así buena parte de capacidad de transmitir qué ocurre de forma global. Nuestro protagonista puede salir victorioso allí donde él luchaba, pero su ejército como conjunto ser derrotado de manera flagrante. 

PD. Pero en tercera persona también se puede disfrutar de la narración. Ahora mismo estoy en ello :) Espero que llegado el momento penséis lo mismo que yo.


lunes, 15 de enero de 2018

Hoy invitamos a... Rocío (El Lugar de Clío) para hablar sobre ficción histórica.

Después de una semanita de descanso regresamos para abrir las puertas de Letras con Historia a Rocío, la bloguera literaria que comparte sus letras, sus reseñas y sus impresiones sobre las iniciativas en las que participa en su rincón particular de la red: El Lugar de Clío.

El Lugar de Clío

Con su visita cerramos el bloque de colaboraciones de las merecedoras de las menciones de honor en la Gincana "El Alano", que organizamos junto con La Reina Lectora. Te invito a que pasees un poco por el blog para conocer un poco más al resto de nuestras visitantes: Brenda, que nos comentó su experiencia durante la gincana y la lectura de la novela; María (Vida de una lectora dispersa), a la que tuvimos ocasión de entrevistar; y Carla (Mi dulce estantería), con la que charlamos sobre autopublicación.

Y, sin más dilación, os dejo con Rocío para compartir con ella su opinión sobre la ficción histórica, este género que a tantos nos apasiona :)

Hoy tengo el placer de colarme en el blog de José, y darle las gracias por dejarme un pequeño hueco, para hablar sobre la literatura y la ficción histórica. Antes de nada quiero decir que esto es una reflexión propia sobre mi conocimiento sobre ello. Con esto dicho, empecemos.

Este género es, en mi opinión, uno de los más difíciles, ya que los autores intentan recrear hechos de un pasado posiblemente complicado de reconstruir. Para hacer esta recreación necesitan muchísima documentación, para poder mostrar los aspectos necesarios de la época a tratar. Un buena documentación sobre los sucesos que envuelven a la trama hace que los lectores muestren interés hacia lo ocurrido en el período en el que se basa el libro.

Una de las cosas que a mí me sucede cuando leo un libro que no es de época contemporánea, o simplemente desconozco sobre los hechos narrados, hace que investigue sobre lo que me está explicando el autor de ese libro. Desgraciadamente, en alguna ocasión me he encontrado con cosas que no tenían cabida dentro de ese libro o no deberían aparecer en ese contexto histórico. Y eso es a consecuencia de una desinformación por parte del escritor, ya que no es lo mismo hablar de Egipto y sus dioses poniéndome a Zeus dentro de ellos o el paisaje y vestimentas de la época. Esto hace que el que lo esta leyendo reciba una información errónea o una mala contextualización.

Ahora bien, en algunas ocasiones los lectores rehuyen de este tipo de libros a raíz de los fallos de documentación, y esto hace que novelas bien documentadas queden al margen por culpa de esos errores. Pero también tenemos el lado opuesto, que es la sobre-documentación, haciéndose en algunos momentos pedantes y excediéndose al proporcionar al lector una información que no necesita saber o no tiene nada que ver con lo que está contando en ese momento.

Sin ninguna duda, la ficción histórica hace que se abran puertas a redescubrir partes de nuestra historia que, tal vez, explicadas de una forma más formal, no lleguen del mismo modo, o sean de más difícil compresión que si los hechos están explicados de forma mucho más amena y sencilla.

A modo de conclusión, pienso que la ficción histórica es una gran forma de descubrir nuevos sucesos que tal vez no habríamos descubierto sin ese libro, como me han ocurrido en diversas ocasiones con algunos de este género. Pero también es un arma de doble filo, ya que si se narran cosas que no han sucedido o erróneas, con una mala contextualización de la época a narrar, hacen que el lector obtenga una falsa evocación del período. Al igual el excedente de información dentro del libro puede hacer que al lector no le vuelvan a interesar ese tipo de libros o el autor a consecuencia de esto.

Como sugerencia de libros sobre ficción histórica, os dejo unos cuantos títulos:

-El juez de Egipto de Christian Jacq
-El Alano (actualmente en lectura) de José Zoilo (Gracias, Rocío)
-El niño de pijama de rayas de Boyne John
-El Faraón Negro de Christian Jacq
-Matar a Leonardo Da Vinci de Christian Gálvez
-Operación Black Death (el título cambiará a Todos tus nombres)
-Persépolis (novela gráfica) de Marjane Satrapi
-Maus (novela gráfica) de Art Spiegelman (inspirada en la lucha contra los nazis) 

Muchas gracias a Rocío por visitarnos y dejar plasmada su experiencia con este género. No puedo estar más de acuerdo con ella en la importancia de una documentación exhaustiva, y la necesidad de que esta no se plasme de una manera que abrume al lector con datos innecesarios

lunes, 1 de enero de 2018

Regnum destructum et finitum est suevorum, o no

Regnum destructum et finitum est suevorum

No, Hydacio no iba muy encaminado cuando escribió estas palabras en su célebre (para unos pocos) Chronicon. Le podía su subjetividad. Subjetividad que terminaría pagando años más tarde, cuando los mismos suevos lo encarcelaron.

Corría el año 456 cuando el poder que los monarcas suevos habían establecido en Gallaecia unas décadas atrás parecía haberse diluido ante la súbita aparición del ejército comandado por Teodorico, el godo. Pero no, el reino suevo de Gallaecia sobrevivió a ese envite, y conseguiría pervivir otro centenar de años más en su reducto noroccidental de la península, hasta el instante en el que Leogivildo (también godo) terminó por anexionarse las posesiones suevas, en su "cruzada" personal por unificar las tierras "hispanas". Antes de ese momento, ya había conseguido hacerse con una zona situada en el interior del reino visigodo, denominada Orospeda en su momento. Esta era una región rústica, según los historiadores godos de la época, conformada por siete ciudades y el territorio rural que se extendía entre ellas y cuya ciudad más importante era Aurariola (la actual Orihuela). Una región que terminó sucumbiendo al empuje de las tropas godas, como también lo hicieron algunas de las posesiones bizantinas que, desde el año 552, habían proliferado en las costas sur y oeste de la península: desde Cádiz, hasta las cercanías de Valencia (aproximadamente). Herencia del sueño imperialista de Justiniano, muerto poco después de la anexión de ese territorio.

bizantinos contra búlgaros
Los bizantinos "intimando" con los búlgaros, un tiempo después.
Como podemos imaginar, Leovigildo pasó buena parte de su vida guerreando. Cántabros, astures, vascones y otros hispanos como aregenses y gentes de la Orospeda, pero también suevos y bizantinos, además de una constante relación de tensa vecindad con los reinos francos al norte. Pero, de todos ellos, probablemente fue su propio hijo quien más quebraderos de cabeza le propició al bueno de Leovigildo. Hermenegildo, como se llamaba el muchacho, comenzó una guerra civil contra su padre desde sus posesiones en la Baetica, al poco de tomar posesión de su cargo allí. Una guerra que tuvo un fuerte componente religioso, pues Hermenegildo se había convertido al catolicismo, renegando del arrianismo propio de los visigodos. Tan solo por esta inesperada situación, el reino suevo escapó en ese momento de su final, al menos por unos años. Para entonces, Leovigildo ya había comenzado a poner cerco a sus posiciones norteñas, llevando a sus guerreros hasta sus cercanías, tomando y ocupando las regiones conocidas como Sabaria y de los Aregenses (zonas próximas a Zamora y la comarca del Bierzo, como Orense, respectivamente). 

Ante la rebelión de su hijo, Leovigildo olvidó sus planes para Gallaecia y retornó a Toletum. A partir de entonces, comenzó el conflicto militar con Hermenegildo en el sur de Hispania. El príncipe pudo haber derrocado a su padre. Todos los pueblos sometidos o acosados por su progenitor pudieron haberse unido a su causa: astures, cántabros, vascones, el resto de hispanos católicos, bizantinos, francos y suevos. Pero semejante alianza nunca tuvo lugar, y Hermenegildo resultó derrotado y muerto poco tiempo después de ser capturado en la ciudad de Corduba. Entonces, una vez libre del inesperado acoso de su hijo, Leovigildo emprendió por fin la definitiva conquista de una Gallaecia ya sin posibles aliados en el territorio peninsular.

Codex Vigilanus
Algunos reyes visigodos, recogidos en el Codex Vigilanus
Con las comarcas aregenses y de Sabaria ya en sus manos, la campaña para la toma del reino suevo estaba más que dispuesta. Miro, rey suevo, sabiendo que era el siguiente en la lista de objetivos de Leovigildo una vez hubiera terminado por sofocar la revuelta de su hijo, había tratado de unirse a aquel para hacer un frente común ante al viejo gobernante. Derrotado en la Baetica, tuvo que retirarse con los suyos de nuevo a sus tierras, falleciendo poco después y dejando el poder a su hijo Eborico. Este no sería el último rey suevo de Gallaecia: resultó asesinado apenas un año después de su entronización por uno de sus nobles, de nombre Andeca, sobre el que sí recayó el honor de ser el último rey suevo de Gallaecia, tras ser derrotado y encerrado en un monasterio por Leovigildo. Entonces sí, se habían cumplido las palabras que escribiera Hydacio 130 años antes: Regnum destructum et finitum est suevorum.

Como colofón, quería contaros que comienzo el nuevo año con el borrador de mi próxima novela ya finalizado y dispuesto para las primeras fases de su corrección. Un nuevo proyecto que espero que vea la luz tras el tercer volumen de Las Cenizas de Hispania, que cerrará la historia de Attax con el final de las aventuras de este alano que tantas alegrías me ha proporcionado. Otro protagonista tomará después su relevo. Espero que, cuando llegue su momento, disfrutéis también con su compañía.