lunes, 22 de enero de 2018

Barritus para tod@s: cómo narrar una buena batalla


"El enemigo se preparaba para el inevitable choque que vendría a continuación. Las primeras filas de bagaudas parecían desorganizadas, una multitud de individuos malcarados que profería insultos contra nuestros hombres mientras escupían en nuestra dirección. El olor acre que empezaba a extenderse en el frente revelaba que los menos audaces comenzaban a tener problemas para contener sus vejigas. Lo mismo ocurría en las últimas filas de nuestra formación. Una batalla no es solo sangre y miembros amputados, también son heces y sudor que lo inundan todo. Creo que esa es una de las razones por las que siempre he preferido luchar a caballo: te permite escapar de esa desagradable sensación de sucia decadencia, en la que el dolor y el miedo pueden con la dignidad de tantos, la nobleza se vuelve relativa y las vidas se escurren entre el limo maloliente en el que los fluidos se mezclan con el polvo".
Extracto de "EL Alano"

El inicio de la peli de Gladiator me encanta. Más allá de algunos errores que podemos encontrar si nos ponemos "históricamente quisquillosos", como el supuesto papel decisivo de los jinetes romanos en la batalla (además de desarrollarse aquella en el interior de un bosque), o el uso de estribos. La niebla espesa que como jirones atraviesa el bosque, la tensión en los rostros de los legionarios en formación, el tintinear de las armas y los arreos de los animales, y un enorme y rubicundo germano (¿cuado, marcomano?) exhalando el gutural barritus con el que animar a los suyos a la batalla y atemorizar a sus contrincantes por igual. Esa debía de ser la atmósfera de una batalla, asfixiante, en la que el hedor a hombres descompuestos por el miedo, sudorosos y, en muchos casos, borrachos, invadía el aire como antesala al choque de ambos ejércitos.


legionarios
Alistaos, veréis mundo.
Quien haya leído "El Alano", o "Niebla y Acero", intuirá que uno de los momentos en los que más disfruto escribiendo (aunque disfrutar, disfruto de todos y cada uno), es durante el desarrollo de una batalla. Bien, pero ¿qué es necesario para narrarla sin que parezca un conjunto de hechos de armas deslabazados narrados sin pasión? ¿Cómo trasmitir esa atmósfera a quien la lee, de manera que, sentado en un sillón o acostado en un sofá pueda sentir como si traslada a las llanuras de Cannas rodeado de decenas de miles de mercenarios al servicio de los hijos del Barca (Aníbal, Gisbert Haefs); a las tierras pantanosas de Azincourt, mientras los arqueros disponen sus flechas frente a ellos para detener la carga de un muro ambulante de metal y carne, como debía de ser la aparición de la caballería pesada de la época (Azincourt, Bernard Cornwell); o a los inmensos campos de Waterloo, aspirando el olor a pólvora que debía de invadir los instantes previos al choque entre las tropas de Napoleón y Wellington (Los Generales, Simon Scarrow)? Pues, desde mi punto de vista, aquí van algunos elementos clave:

Es necesario documentarse y conocer perfectamente el hecho histórico: el conflicto, su resultado, su desarrollo y sus consecuencias. Mucha gente puede saber que la batalla de Crecy supuso una derrota dolorosa y casi definitiva para las tropas francesas en la guerra de los cien años. Lógicamente, si vas a escribir sobre ella, como hace Bernard Cornwell en la trilogía del Grial, tendrás que poner en valor la actuación de los hombres que consiguieron que la flor y nata de la caballería francesa pereciera en aquella jornada. Todos los detalles sobre la misma, como la forma en la que los ballesteros recargaban sus virotes, o la cruel manera en la que los arqueros ingleses y galeses remataban a los caballeros caídos levantando las viseras de sus yelmos y acuchillando sus rostros, sirven para ambientar el hecho, así como para trasladar al lector su intensidad. Porque una batalla, desde luego, no debía de resultar agradable, y así debe trasmitirse, desde mi punto de vista, aunque nos ahorremos los momentos más "gore" de cara al lector. Al menos a mí, en mi faceta de lector, no me resulta agradable leer cómo se amputan miembros o se regodean en los vencidos de manera gratuita, fríamente, sin venir a cuento. Creo que todos tenemos nuestro corazoncito. Si lo vamos a narrar así, deberá tener sentido, de manera que quien lo lea entienda que semejante grado de violencia es coherente y necesario para lo que queremos transmitir.

A medida que escribo me doy cuenta de que este tema puede dar para un buen puñado de post, porque el desarrollo será diferente según el conflicto elegido para nuestra novela. Retomando el recuerdo de la peli de Gladiator, por ejemplo, en los ejércitos republicanos, y en los primeros siglos del imperio de Roma, no serían los caballeros pesados quienes resultaran cruciales en una victoria. Al contrario, su uso apenas estaba extendido dentro de sus fronteras. Serían los infantes, principalmente los príncipes y triarios (los mejores lanceros de la época, divididos en los hombres más diestros y en mejor edad para combatir, y los más veteranos, respectivamente), en un primer momento, y los legionarios ya en época imperial, los que conseguirían la mayoría de los éxitos de Roma. Habría que esperar hasta el siglo IV d.C. para que los emperadores y sus generales comprendieran que, sin el uso de una caballería pesada numerosa en sus conflictos, cosecharían una derrota tras otra, como comprobarían en sus carnes en la batalla de Adrianópolis frente a los godos, o en la de Carrae frente a los persas Sasánidas (aunque en este caso, desde la época de Craso, cuando el mismo cónsul resultó derrotado y muerto en ese mismo lugar por las tropas partas, tendrían que haberse dado cuenta... pero no lo hicieron).

Y como me ponga a hablar de romanos, pues no acabo. Prometo escribir un post exclusivo acerca de cómo ambientar una "batalla de romanos". Que se note que leer a Adrian Goldsworthy y a Yann Le Bohec me ha servido de algo :)

También es importante conocer bien la panoplia utilizada por cada uno de los contendientes, así como la forma en que la utilizaban (y no lo que nos traslada el cine muchas veces, como el caso de los estribos). Por supuesto, no será igual una batalla entre las legiones de Pompeyo y los guerreros del Ponto de Mitridates (por ejemplo), que las que tuvieron lugar entre las legiones y los pueblos bárbaros en la frontera del Rhin, quinientos años más tarde. El armamento era diferente, y la forma de utilizarlo también lo era, así como las tácticas utilizadas por sus respectivos comandantes. Si, en el primer caso, la mayoría de los guerreros de uno y otro bando podían portar una buena armadura, bien de placas, de escamas o de anillas (las menos), en el segundo, serían muy pocos los que podrían hacerlo (los pocos privilegiados con aquellas provistas de anillas de metal), tanto por uno, como por otro bando (salvo los catafractas y clibanarios, que podrían utilizar armaduras de escamas, pero que casi exclusivamente lucharon en la frontera oriental). Así, herir y quitar la vida a los enemigos resultaría mucho más sencillo en el segundo caso, como también podía suceder en otras épocas pretéritas, como en la edad del bronce en la antigua Grecia, en la que las armaduras, en el mejor de los casos, eran de lino reforzado. Este hecho también debe servirnos como referencia respecto a la gravedad de las heridas, y la probabilidad de sobrevivir de nuestros protagonistas y sus compañeros al conflicto, así como al número de bajas que podemos estimar, si no estamos recreando un hecho histórico contrastado, sino una escaramuza (o una batalla) ficticia o para la que no se disponga de datos fiables.

panoplia
¿Cuándo empieza la peli?
Volviendo a los arqueros ingleses de la guerra de los cien años, su importancia radicaba en lo lejos que podían lanzar sus flechas, pero también en la fuerza que su arco largo les imprimía, capaz de atravesar algunas armaduras. No siempre eran los caballeros los blancos que estos buscaban: principalmente trataban de acertar en los caballos, provocando que aquellos, ciegos por el dolor, desviaran su trayectoria o cayeran al suelo, arrastrando a otros de sus congéneres consigo y abortando la carga. Pero no siempre fue así: el impacto de una flecha no siempre resultaba fatal. Durante el siglo V d.C., por ejemplo, los arqueros con los que contaban los ejércitos en Europa no eran rivales para aquellos guerreros que se protegieran con una buena cota de malla, aunque ya hayamos avanzado que estos serían muy pocos. Los arcos de la época, salvo acaso los arcos hunos, no disparaban con gran potencia, y no podían atravesar una malla de anillas. En cambio, como la mayoría de los hombres luchaban sin mayor protección que sus escudos, incluso la flecha de un cazador podría herirlos superficialmente durante el desarrollo de una pelea, aunque generalmente no los matara en el acto, salvo que la pericia del lanzador (o la cercanía a su objetivo) hicieran posible que acertara en algún punto vital. En cambio, un arquero inglés del siglo XIV, con aquella potencia conferida por un arco mayor que ellos mismos, bien podía introducir su flecha profundamente en el interior de un cuerpo, haciendo que el herido muriera poco después.

El desarrollo de una batalla tiene que resultar realista. Los hombres no caían como las espigas de trigo durante una tormenta de granizo, aunque a veces utilicemos ese símil. Sí, muchas veces los guerreros podían caer tras una ráfaga de proyectiles, pero eran pocos los que no se levantaban después. Matar un guerrero en una batalla mientras las tropas se encontraban en formación resultaba complicado. Daba igual que fuera un cuadro de falange macedónica, que una legión en combate. Los hombres se entregaban a la lucha al amparo de sus compañeros, que les protegían los flancos y la espalda. Así, chocaban con sus adversarios tras resistir la lluvia de proyectiles y así podían permanecer durante horas, sin apenas avanzar unos pasos, sintiendo cómo tanto tus compañeros como tus enemigos trataban de hacerte avanzar o retroceder, respectivamente. En ese momento, mientras los hombres luchaban por su vida, las bajas sufridas en ambos bandos debían de ser pocas (si estamos hablando de ejércitos equilibrados en armamento y destreza, que es algo que también es conveniente reflejar). La movilidad era reducida, muchas veces las armas apenas podían utilizarse y, lo realmente importante era no caer y ser pisoteado por quienes aún luchaban. Resistir, sobrevivir hasta que algún golpe de efecto consiguiera romper la formación del adversario. Este, sin duda, podía estar representado por la aparición de la caballería pesada, que terminara por atacar por el flanco a las formaciones a pie. En ese momento se producía el mayor número de bajas en un batalla de la antigüedad. Roto el orden de las tropas, cada uno buscaba ponerse a salvo, por lo que nadie protegía tu espalda ni el brazo de tu espada, no. En ese momento los cuerpos iban cayendo sobre el campo de batalla para no volver a levantarse, mientras los guerreros victoriosos corrían como si en sus pies hubieran calzado las botas de Hermes y pudieran "volar" acuchillando a los fugitivos.

sajones y normandos
- Oye, Caedmon, ¿ese de ahí es Guillermo el normando?
Una elección importante, que condiciona tremendamente la narración de una batalla, es el tipo de narrador. Se puede contar una buena batalla cuando utilizamos la tercera persona, seguro, y he leído algunos ejemplos excepcionales; pero es difícil alcanzar "desde fuera" la intensidad de una narración hecha a través de los ojos de nuestro protagonista, en primera persona. De esta forma, me parece que adquieren un cariz especial: no es lo mismo narrar lo que sucede en diferentes partes de un campo de batalla, nombrado hechos de armas, bajas y retiradas, que recrearlo desde el mismo frente, en el meollo de la acción. Allí donde los hombres se animan, vociferan, escupen sangre y trozos de dientes, tiemblan de miedo, lloran e imploran piedad. Todo eso te permite empatizar con quienes luchan, con valor o con miedo, con asco o con impotencia. Cualquier detalle es importante, no únicamente quién resulta vencedor. 

¿Una desventaja de narrar una batalla en primera persona? Fundamentalmente, el alcance de la misma. Si hablamos de una batalla en la que los contendientes se cuentan por pocos centenares, quizás miles (la Grecia del bronce, el último siglo del imperio romano y la baja edad media europea), será más sencillo que nuestro protagonista y, por tanto, el lector, conozca de primera mano lo que sucede en el transcurso de la misma. En cambio, si utilizamos esta forma narrativa en un conflicto en el que los ejércitos implicados se encuentran conformados cada uno por miles o decenas de miles de hombres (Grecia Clásica, Roma Republicana y Alto imperial, Edad Moderna), las vivencias de un solo personaje no serán suficientes para trasladar al lector el desarrollo de una batalla de semejantes dimensiones. Conoceremos lo ocurre en un extremo de una formación kilométrica, en la que decenas, cientos de miles de hombres combaten mientras los estrategas (desde la colina) mueven a sus tropas en una especie de baile macabro. Perderemos así buena parte de capacidad de transmitir qué ocurre de forma global. Nuestro protagonista puede salir victorioso allí donde él luchaba, pero su ejército como conjunto ser derrotado de manera flagrante. 

PD. Pero en tercera persona también se puede disfrutar de la narración. Ahora mismo estoy en ello :) Espero que llegado el momento penséis lo mismo que yo.


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