lunes, 1 de enero de 2018

Regnum destructum et finitum est suevorum, o no

Regnum destructum et finitum est suevorum

No, Hydacio no iba muy encaminado cuando escribió estas palabras en su célebre (para unos pocos) Chronicon. Le podía su subjetividad. Subjetividad que terminaría pagando años más tarde, cuando los mismos suevos lo encarcelaron.

Corría el año 456 cuando el poder que los monarcas suevos habían establecido en Gallaecia unas décadas atrás parecía haberse diluido ante la súbita aparición del ejército comandado por Teodorico, el godo. Pero no, el reino suevo de Gallaecia sobrevivió a ese envite, y conseguiría pervivir otro centenar de años más en su reducto noroccidental de la península, hasta el instante en el que Leogivildo (también godo) terminó por anexionarse las posesiones suevas, en su "cruzada" personal por unificar las tierras "hispanas". Antes de ese momento, ya había conseguido hacerse con una zona situada en el interior del reino visigodo, denominada Orospeda en su momento. Esta era una región rústica, según los historiadores godos de la época, conformada por siete ciudades y el territorio rural que se extendía entre ellas y cuya ciudad más importante era Aurariola (la actual Orihuela). Una región que terminó sucumbiendo al empuje de las tropas godas, como también lo hicieron algunas de las posesiones bizantinas que, desde el año 552, habían proliferado en las costas sur y oeste de la península: desde Cádiz, hasta las cercanías de Valencia (aproximadamente). Herencia del sueño imperialista de Justiniano, muerto poco después de la anexión de ese territorio.

bizantinos contra búlgaros
Los bizantinos "intimando" con los búlgaros, un tiempo después.
Como podemos imaginar, Leovigildo pasó buena parte de su vida guerreando. Cántabros, astures, vascones y otros hispanos como aregenses y gentes de la Orospeda, pero también suevos y bizantinos, además de una constante relación de tensa vecindad con los reinos francos al norte. Pero, de todos ellos, probablemente fue su propio hijo quien más quebraderos de cabeza le propició al bueno de Leovigildo. Hermenegildo, como se llamaba el muchacho, comenzó una guerra civil contra su padre desde sus posesiones en la Baetica, al poco de tomar posesión de su cargo allí. Una guerra que tuvo un fuerte componente religioso, pues Hermenegildo se había convertido al catolicismo, renegando del arrianismo propio de los visigodos. Tan solo por esta inesperada situación, el reino suevo escapó en ese momento de su final, al menos por unos años. Para entonces, Leovigildo ya había comenzado a poner cerco a sus posiciones norteñas, llevando a sus guerreros hasta sus cercanías, tomando y ocupando las regiones conocidas como Sabaria y de los Aregenses (zonas próximas a Zamora y la comarca del Bierzo, como Orense, respectivamente). 

Ante la rebelión de su hijo, Leovigildo olvidó sus planes para Gallaecia y retornó a Toletum. A partir de entonces, comenzó el conflicto militar con Hermenegildo en el sur de Hispania. El príncipe pudo haber derrocado a su padre. Todos los pueblos sometidos o acosados por su progenitor pudieron haberse unido a su causa: astures, cántabros, vascones, el resto de hispanos católicos, bizantinos, francos y suevos. Pero semejante alianza nunca tuvo lugar, y Hermenegildo resultó derrotado y muerto poco tiempo después de ser capturado en la ciudad de Corduba. Entonces, una vez libre del inesperado acoso de su hijo, Leovigildo emprendió por fin la definitiva conquista de una Gallaecia ya sin posibles aliados en el territorio peninsular.

Codex Vigilanus
Algunos reyes visigodos, recogidos en el Codex Vigilanus
Con las comarcas aregenses y de Sabaria ya en sus manos, la campaña para la toma del reino suevo estaba más que dispuesta. Miro, rey suevo, sabiendo que era el siguiente en la lista de objetivos de Leovigildo una vez hubiera terminado por sofocar la revuelta de su hijo, había tratado de unirse a aquel para hacer un frente común ante al viejo gobernante. Derrotado en la Baetica, tuvo que retirarse con los suyos de nuevo a sus tierras, falleciendo poco después y dejando el poder a su hijo Eborico. Este no sería el último rey suevo de Gallaecia: resultó asesinado apenas un año después de su entronización por uno de sus nobles, de nombre Andeca, sobre el que sí recayó el honor de ser el último rey suevo de Gallaecia, tras ser derrotado y encerrado en un monasterio por Leovigildo. Entonces sí, se habían cumplido las palabras que escribiera Hydacio 130 años antes: Regnum destructum et finitum est suevorum.

Como colofón, quería contaros que comienzo el nuevo año con el borrador de mi próxima novela ya finalizado y dispuesto para las primeras fases de su corrección. Un nuevo proyecto que espero que vea la luz tras el tercer volumen de Las Cenizas de Hispania, que cerrará la historia de Attax con el final de las aventuras de este alano que tantas alegrías me ha proporcionado. Otro protagonista tomará después su relevo. Espero que, cuando llegue su momento, disfrutéis también con su compañía.

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