lunes, 19 de marzo de 2018

Saliendo de mi zona de confort



Ya he comentado en post anteriores mis gustos acerca de aquellos períodos históricos que más me fascinan. La historia del Mediterráneo Antiguo en general, la Grecia Clásica y Helenística, Roma y, por supuesto, los últimos años del imperio y los inicios del medievo. Podría decir que ese amplio período de tiempo conforma mi "zona de confort" a la hora de plantearme escribir una novela; incluso de leerla, porque mis incursiones en otros períodos (y qué decir de otros géneros) suelen provocarme cierta duda inicial.

Desde luego, ya salí de mi zona de confort cuando me atreví a escribir mi primera novela hace ya unos cuantos años. Más que nada, por lo inesperado, pues nunca me lo había planteado seriamente. Pero desde ese entonces, sabía que me faltaba por dar "una vuelta de tuerca más" a mi aventura novelística, una vez me había atrevido a comenzarla. Un paso adelante para el que aún no me había llegado el momento. No tenía la desenvoltura, pensaba y, desde luego, no tenía la historia que quería contar. Una historia sobre el lugar en el que nací, en el que vivo y del que disfruto a diario, de la "muy noble y leal ciudad de San Cristóbal de La Laguna". Para quien no lo sepa, ciudad distinguida como Patrimonio de la Humanidad por parte de la UNESCO; conjuntamente con la portuguesa Angra do Heroismo, las únicas ciudades macaronésicas distinguidas con tal galardón. Y a la que también he tenido la suerte de viajar y, por tanto, de tomar notas.

Plano de San Cristóbal de La Laguna en el siglo XVI, elaborado por el ingeniero Leonardo Torriani.

Hoy, tras haber terminado cinco novelas más (y tras otros cuantos años) y haber empleado unos buenos meses en documentarme sobre mi propia ciudad, he concluido el primer manuscrito sobre una novela en la que La Laguna, y Tenerife, sus costumbres y gentes son casi tan protagonistas como el mismo personaje principal de la trama. Un manuscrito cuyo desarrollo me ha permitido conocer detalles que ignoraba acerca de mi propio entorno, rincones por los que paseo habitualmente y personalidades que, aunque había escuchado, desconocía su aportación a la historia de mi isla. Una historia que se remonta al siglo XVII, en el que el tráfico marítimo entre el Nuevo y el Viejo Mundo no era ajeno a la privilegiada posición de las islas Canarias. Un archipiélago y una historia en la que pueden encontrarse piratas, mercaderes y campesinos llegados a las islas desde todas partes de Europa, un continente en el que el otrora poderío español lleva años descomponiéndose y que, desde Tenerife, parece tan lejano como banal.

Antes de comenzar, en la biblioteca municipal, mientras leía diferentes documentos antiguos relacionados con la época pensaba que, por desgracia para mi pluma, ninguna gran batalla tuvo lugar en nuestro suelo en ese entonces (aunque advierto que lo de "nuestro suelo" tiene truco). Lo que no sabía en ese momento era que, pese a no poder narrar grandes combates, sí que era capaz de engarzarse una interesante historia. Ya sabéis que mis personajes suelen tener imán para meterse en líos... 

Falta camino por recorrer; tengo mucho material en el tintero y no he decidido aún cuál de las historias será la próxima en ver la luz, más allá de la tercera y última de la serie Las Cenizas de Hispania, que preveo lanzar después del verano. Pero este manuscrito, por sus características, tiene un significado especial y me apetecía hablaros sobre él. Contadme, ¿he logrado despertar vuestra curiosidad? ¿Os apetece conocer a Martín Díaz de Montánchez? Os mantendré informados.

PD. Será la primera vez que escriba sobre mi isla, pero quizás no sea la última. Hace poco tiempo que he podido descubrir la interesante hipótesis que  aporta José Juan Jiménez, conservador del Museo Arqueológico de Tenerife, en el libro «La tribu de los Canarii. Arqueología, Antigüedad y Renacimiento». En ella se aborda el poblamiento de las islas, y su relación con la expedición africana del Cónsul Suetonio Paulino en el siglo I de nuestra era. Romanos y mi tierra, ¿qué más se puede pedir? Gracias por el apunte, José Luis.


lunes, 12 de marzo de 2018

Otro día en el que "David" venció a "Goliath". Esta vez, en la Hispania tardorromana

Corría el año 451 cuando Atila, el huno, situó al borde de la desaparición al imperio romano, al menos, al que aún se mantenía (como buenamente podía) en las provincias occidentales.

Tan solo un hombre, probablemente, fue capaz de frenar su avance, y no solo por su actuación en el campo de batalla, pues era el Magister militum del imperio, el máximo cargo militar existente en el momento. Flavio Aecio, conocido por muchos en ese entonces como "el último de los romanos", llevó a cabo un complicado y productivo trabajo diplomático para sumar a su causa (y a su ejército) a un buen puñado de pueblos germánicos que en ese entonces, o ya se encontraban dentro de las provincias del imperio, o trataban de estarlo. Gracias a él, en el verano de ese año se desarrolló la mayor batalla que se recuerde en ese siglo, al menos, y probablemente en los dos anteriores y otros tantos posteriores, en Europa. Una batalla en la que los hunos y sus aliados (sármatas, ostrogodos, hérulos, gépidas y otros tantos), se enfrentaron a romanos, pero también visigodos, francos o alanos midieron sus armas con desigual resultado. Las crónicas de la época recogen al menos dos hechos contrastados en el desarrollo de la misma: por un lado, los alanos que luchaban del lado romano se batieron en retirada durante la batalla, estando a punto de provocar el descalabro total del bando imperial; por otro, fueron los visigodos quienes decidieron la batalla hacia el lado de Flavio Aecio y los suyos, con un contraataque feroz tras la muerte de su rey, que hizo replegarse al ejército enemigo.

El "Azote de Dios" 
Esos mismos visigodos, pocos años después, ingresan en Hispania para, cumpliendo las órdenes del emperador de entonces (tanto Aecio como el emperador que reinaba durante la gran batalla, se encontraban ya bajo tierra; el primero a manos de esbirros del segundo, y el segundo a manos de amigos del primero), con la misión de poner fin al reino suevo que se había instalado en la provincia de Gallaecia.

Estos veteranos de guerra, curtidos en la mayor batalla de la tardoantigüedad, vencieron con relativa facilidad a cuantos adversarios encontraron en el año que pasaron en suelo hispano. Los suevos de Rechiario nunca estuvieron cerca de la victoria, ni tan siquiera de entorpecer el avance del rey Teodorico y los suyos. Tampoco fueron rivales aquellos pocos hispanos que se atrevieron a oponerse a los recién llegados. Pero en este paseo triunfal de los hombres de Teodorico, hubo un lunar, ¿lo conocías? ¿sabías que hubo un lugar en Hispania que no solo se enfrentó a ellos, los mejores guerreros de la época, sino que además sus habitantes fueron capaces de derrotarlos y ponerlos en fuga, sembrando de cadáveres el terreno? Vaya... ya hemos adelantado en otros post que no parecía existir ejército romano alguno dentro de la diócesis administrativa. Vista esa circunstancia, lo más lógico hubiera sido apostar por algún caudillo local que comandara un gran ejército, probablemente establecido en algún lugar densamente poblado, rico y próspero, como pudo haber sido el Dux Bellorum Andevotus en los alrededores de Corduba casi veinte años antes. Pero no, fueron los habitantes de un pequeño lugar de la meseta castellana quienes derrotaron a aquellos mismos hombres que pocos años antes habían puesto en fuga al mismo "Azote de Dios". Sucedió en el Castro Coviacense, o Coviacum, como recoge el obispo Hydacio en sus crónicas, la actual Valencia de Don Juan.

¿A que resulta la mar de interesante, a la vez que desconocido? Este hecho se reduce a una línea en la crónica de Hydacio pero, ¿y si te atreves a imaginarlo en forma de novela? ¿Dejarías que fuera Attax, el alano, quien te lo mostrara a través de sus ojos? Si tu respuesta es sí, no dejes de leer "niebla y acero".

lunes, 5 de marzo de 2018

Primeras impresiones acerca de las novelas que me regalaron "Sus Majestades"


Voy a buen ritmo; quedan poco más de tres meses para mi cumpleaños, y creo que voy por buen camino de cara a llegar a esa fecha habiendo menguado considerablemente la pila de novelas por leer. Han pasado casi dos meses desde que la llegada de los reyes magos de oriente añadiera un buen número de títulos a la misma, la tercera parte del tiempo que me había marcado, y creo que es el momento de hacer un pequeño balance de la situación:

novelas históricas
"El botín ya leído".
Ya leídas:
  • Guerreros de la Tormenta - Bernard Cornwell (512 páginas).
Una buena novela. No espectacular, como otras a las que nos tiene acostumbrados el maestro por excelencia de la novela histórica anglosajona actual. Una nueva entrega de la serie "Sajones, vikingos y normandos", a la que parece que ya no le quedan muchas más entregas para poner el punto y final. Por un lado, esta circunstancia me apena (aunque creo que ya es hora de que el protagonista tome posesión de su añorado Bebamburg - Bamburgh Castle); creo que Uthred de Bebbaunburg es uno de los mejores personajes creados por la genial pluma del autor, pero lamentablemente cada una de las entregas ha ido decayendo en interés con respecto a la anterior, aunque el talento narrativo de Bernard Cornwell es suficiente para que cada una de ellas resulte interesante y entretenida.
  • El asesinato de Sócrates - Marcos Chicot (768 páginas).
Una grata sorpresa. Ya me habían advertido de que esta novela era un ejemplo de cómo dar una "vuelta de tuerca" a una historia muy manida y con escaso margen para la libre interpretación. Una de mis épocas favoritas cuando era niño, como era la guerra del Peloponeso. Ni la densa prosa de Tucidídes fue capaz de echarme atrás en ese entonces frente a mi ansia por conocer cada uno de los hechos bélicos que se sucedieron entre los años 431 y 404 a.C en Grecia, en la que el "imperio" de Atenas y sus aliados de la Liga de Delos lucharon casi ininterrumpidamente contra Esparta, la Liga del Peloponeso y otros estados aliados de aquella como Tebas, en diferentes escenarios, llevando incluso la guerra hasta Tracia, Asia Menor, pero también hasta Sicilia, en la que se libró uno de los más sanguinarios episodios de este conflicto, como fue el desenlace de la expedición ateniense comandada por Alcibíades contra la ciudad de Siracusa. Si estás interesado en este episodio en concreto, también te recomiendo la novela de Steven Pressfield "Vientos de guerra". Pero a lo que iba: me ha gustado, y mucho. Una buena novela en la que los hechos históricos contrastados y recogidos en múltiples crónicas de la época se van engarzando alrededor de la vida de unos personajes ficticios "pero casi reales", que se ven atrapados en un período convulso y plagado de atractivo. 
  • Las Lanzas - Fernando Martínez Laínez (604 páginas).
Fernando Martínez Laínez ha escrito ya varios ensayos acerca de los temibles tercios españoles de la edad moderna. Uno de ellos, "Los tercios: la infantería legendaria", ocupa un lugar de privilegio en mi biblioteca técnica. Esta novela, sin resultar especialmente cautivadora, es más que correcta. Lamentablemente, los personajes principales, Alonso Montenegro y Ambrosio Spínola, no terminan de llegar al lector (al menos a mí), pero probablemente se deba a la forma de narrar la historia, más cercana a un diario de guerra. Aún así, se trata de una novela imprescindible para ahondar en un período histórico tan crucial como la guerra en Flandes, que desgastó (y arruinó) a la monarquía española del siglo XVII.

En fin, estoy más que satisfecho con estas tres lecturas (sin duda sus majestades acertaron en sus elecciones), pero aún me quedan unas buenas cuantas. Recapitulemos:

Pendientes (con tres meses por delante para leerlas):
  1. El guerrero a la sombra del cerezo - David B. Gil (736 páginas).
  2. La luz de la tierra - Daniel Wolf (750 páginas).
  3. La perla negra - Claudia Casanova (366 páginas).
  4. Cuando la luna brille - Elena Álvarez (144 páginas).
  5. El castillo - Luis Zueco (688 páginas).
  6. Las legión perdida - Santiago Posteguillo (1.070 páginas). 
Visto así... no, no voy nada bien. Me quedan por leer más de 3.700 páginas, así que no creo que lo consiga, y menos si continúo escribiendo y trabajando a la vez. Está visto que mejor me pongo un objetivo más realista ¿haber leído todas estas novelas para las próximas navidades? Pues sí, creo que así está bastante mejor, añadiendo también un puñado de novedades que vayan cayendo a medida que avanza el año, como "El herrero de Galilea" de Nicholas Guild, que incluso con semejante cola de lectura compré hace un mes. 

Eso sí, teniendo en cuenta que mis objetivos para este año en mi faceta de escritor incluyen la revisión definitiva y publicación de la tercera y última novela de la serie "Las cenizas de Hispania", que tengo entre manos el borrador de un nuevo proyecto, otro en proceso de corrección, y aún otro más que avanza a buen ritmo de escritura, me queda un arduo trabajo por delante...