lunes, 12 de marzo de 2018

Otro día en el que "David" venció a "Goliath". Esta vez, en la Hispania tardorromana

Corría el año 451 cuando Atila, el huno, situó al borde de la desaparición al imperio romano, al menos, al que aún se mantenía (como buenamente podía) en las provincias occidentales.

Tan solo un hombre, probablemente, fue capaz de frenar su avance, y no solo por su actuación en el campo de batalla, pues era el Magister militum del imperio, el máximo cargo militar existente en el momento. Flavio Aecio, conocido por muchos en ese entonces como "el último de los romanos", llevó a cabo un complicado y productivo trabajo diplomático para sumar a su causa (y a su ejército) a un buen puñado de pueblos germánicos que en ese entonces, o ya se encontraban dentro de las provincias del imperio, o trataban de estarlo. Gracias a él, en el verano de ese año se desarrolló la mayor batalla que se recuerde en ese siglo, al menos, y probablemente en los dos anteriores y otros tantos posteriores, en Europa. Una batalla en la que los hunos y sus aliados (sármatas, ostrogodos, hérulos, gépidas y otros tantos), se enfrentaron a romanos, pero también visigodos, francos o alanos midieron sus armas con desigual resultado. Las crónicas de la época recogen al menos dos hechos contrastados en el desarrollo de la misma: por un lado, los alanos que luchaban del lado romano se batieron en retirada durante la batalla, estando a punto de provocar el descalabro total del bando imperial; por otro, fueron los visigodos quienes decidieron la batalla hacia el lado de Flavio Aecio y los suyos, con un contraataque feroz tras la muerte de su rey, que hizo replegarse al ejército enemigo.

El "Azote de Dios" 
Esos mismos visigodos, pocos años después, ingresan en Hispania para, cumpliendo las órdenes del emperador de entonces (tanto Aecio como el emperador que reinaba durante la gran batalla, se encontraban ya bajo tierra; el primero a manos de esbirros del segundo, y el segundo a manos de amigos del primero), con la misión de poner fin al reino suevo que se había instalado en la provincia de Gallaecia.

Estos veteranos de guerra, curtidos en la mayor batalla de la tardoantigüedad, vencieron con relativa facilidad a cuantos adversarios encontraron en el año que pasaron en suelo hispano. Los suevos de Rechiario nunca estuvieron cerca de la victoria, ni tan siquiera de entorpecer el avance del rey Teodorico y los suyos. Tampoco fueron rivales aquellos pocos hispanos que se atrevieron a oponerse a los recién llegados. Pero en este paseo triunfal de los hombres de Teodorico, hubo un lunar, ¿lo conocías? ¿sabías que hubo un lugar en Hispania que no solo se enfrentó a ellos, los mejores guerreros de la época, sino que además sus habitantes fueron capaces de derrotarlos y ponerlos en fuga, sembrando de cadáveres el terreno? Vaya... ya hemos adelantado en otros post que no parecía existir ejército romano alguno dentro de la diócesis administrativa. Vista esa circunstancia, lo más lógico hubiera sido apostar por algún caudillo local que comandara un gran ejército, probablemente establecido en algún lugar densamente poblado, rico y próspero, como pudo haber sido el Dux Bellorum Andevotus en los alrededores de Corduba casi veinte años antes. Pero no, fueron los habitantes de un pequeño lugar de la meseta castellana quienes derrotaron a aquellos mismos hombres que pocos años antes habían puesto en fuga al mismo "Azote de Dios". Sucedió en el Castro Coviacense, o Coviacum, como recoge el obispo Hydacio en sus crónicas, la actual Valencia de Don Juan.

¿A que resulta la mar de interesante, a la vez que desconocido? Este hecho se reduce a una línea en la crónica de Hydacio pero, ¿y si te atreves a imaginarlo en forma de novela? ¿Dejarías que fuera Attax, el alano, quien te lo mostrara a través de sus ojos? Si tu respuesta es sí, no dejes de leer "niebla y acero".

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