lunes, 23 de abril de 2018

Costumbres "bárbaras" que "amenizan" una novela

Las civilizaciones antiguas dan mucho juego a la hora de enhebrar una historia. No pocas novelas de fantasía han recurrido a hechos reales para ambientar sus propios escenarios, o para introducir algunos aspectos o costumbres. Pero hoy no quiero hablar del Muro de Adriano de Jon Snow, o de otros tantos ejemplos existentes en la literatura actual, sino de algunos pequeños detalles históricos que suelen darle "vidilla" a una novela, consiguiendo hacer partícipe al lector de alguna costumbre pasada que, desde nuestra perspectiva, nos resulte curiosa, interesante o nos produzca repulsa, logrando sorprendernos e implicarnos más en la lectura. Tampoco voy a hablar de cómo se levantaban las catedrales góticas ("Los pilares de la tierra", de Ken Follet), o de cómo los romanos construían puentes ("Los asesinos del emperador", de Santiago Posteguillo), ni de cómo era el proceso mediante el que se obtenía la púrpura ("La búsqueda de la púrpura", de Frank Slaughter), o de cómo se fabricaba una buena cerámica ática ("El asesinato de Sócrates", Marcos Chicot), por ejemplo; no, hoy quiero hablar de aquellos pequeños episodios que, sin resultar definitivos en la historia, sí que son capaces de hacer que el lector los recuerde con el paso del tiempo. Lo que podríamos llamar auténticas "barbaridades" a prueba de la mentalidad del siglo XXI.

Todo esto se me ocurrió al terminar una novela que acabo de comprar, y a la que acabo de adelantar en mi cola de lecturas pendientes. No suelo hacerlo, pero en este caso se trataba de una serie, y justo me faltaba este volumen. Se trata de "Los Demonios del Mar", de José Javier Esparza y, con semejante nombre, trata de vikingos. Vikingos que realizan incursiones en la península ibérica en el siglo IX, aunque ellos en sí no sean los protagonistas. Lo que me llamó la atención, para quien lo lea, es que al principio de la novela, uno de los personajes hispanos asiste asqueado y horrorizado al castigo que el jarl vikingo de turno reserva a uno de sus enemigos: el águila de sangre. Un verdadero horror, ciertamente, del que ya había tenido una meticulosa descripción (creo que aún más impactante y desagradable) en la novela "Mar de lobos", de Robert Low. Para el que  no lo sepa, se lo cuento muy por encima (y sin mucho detalle truculento) a continuación:

- El águila de sangre era un método de ejecución mencionado en algunas sagas nórdicas, aunque los historiadores no terminan de ponerse de acuerdo sobre su veracidad. Podríamos decir que además de acabar con la vida de la pobre víctima, de paso, la sometían a una tortura salvaje. En este caso, se realizaban varias incisiones en la espalda del condenado (vivo), desde las que partían y sacaban sus costillas al exterior, para a continuación hacer lo mismo con los pulmones, dejándolos allí, colgando a la espalda del desventurado.

Ni que decir tiene que semejante castigo inhumano conseguía justamente lo que los vikingos que lo quienes lo aplicaban, deseaban: asustar a sus enemigos y sembrar el pánico entre aquellos que tuvieran la desgracia de toparse en su camino. Que cuando los extranjeros vieran la proa de aquellos barcos ya supieran lo que se les venía encima y que, si alguno era tan osado como para hacerles frente, lo hiciera ya con el miedo fuertemente asido a sus entrañas.

Impedimenta vikinga
Pero no solo los vikingos utilizaron este tipo de treta a lo largo de la historia, tan impactante si la encuentras novelada; otros pueblos de la antigüedad ya lo hacían, y su aparición en la ficción también suele quedar impregnada en la retina de quien las lee. Aunque existen muchos, ahora mismo se me ocurren unos pocos ejemplos.

- Celtas: siempre se ha escuchado que los celtas eran aficionados, entre otras cosas, a cortar las cabezas de sus enemigos. Y sí, lo harían, pero ni tan siquiera resultaba una costumbre muy original; algunos pueblos íberos también parecían hacerlo, amén de otras muchas civilizaciones. Pero vamos a detenernos un poco con estos dos casos. En el primero, numerosos autores clásicos citan a esta costumbre como parte de un ritual bélico ejecutado por los guerreros celtas. Su motivación era que creían que en la cabeza residía el espíritu del caído, y, de esa manera, se apropiaban de su espíritu incluso en la muerte, impidiendo que aquel cruzara hacia el más allá (los celtas tenían que estar "de cuerpo completo" o, al menos, como en el momento de la muerte, para pasar a su "otra vida"), obligándolo así a servir a su vencedor para la eternidad.

También, en el caso de algunos pueblos íberos, como se ha podido constatar en el poblado fortificado de Ullastret, los guerreros de este antiguo pueblo asentado en la vertiente mediterránea española antes de la llegada de Roma, cortaban las cabezas de sus enemigos y se las llevaban con ellos a sus hogares. En este caso, las exhibían empaladas en picas en diferentes lugares, desde los que intimidar a sus posibles enemigos y glorificar así a sus guerreros.

Yacimiento arqueológico de Ullastret
Y ahora que lo pienso, tengo un recuerdo de "cabezas expuestas en los rostra" que me marcó cuando leí los primeros volúmenes de la serie "El primer hombre de Roma", de Colleen McCullough. No solo pueblos ajenos a Roma hacían barbaridades, no. Durante la guerra civil entre los partidarios de Cayo Mario y los de Lucio Cornelio Sila, no se andaban con chiquitas.

- Longobardos: aquí viene algo no solo aterrador, sino también "práctico". Este pueblo, denominado longobardo, o lombardo (sí, asentados posteriormente en Lombardía, a la que darían nombre), apareció en la cuenca del Mediterráneo en el siglo VI d.C. Por supuesto, su aparición en la historia coincide con el momento en el que los cronistas bizantinos dejan constancia de ellos, para su horror. Sí, los longobardos asolaron durante años la frontera noroccidental del imperio de Bizancio durante años, hasta que finalmente consiguieron su propósito de instalarse en su interior. El norte de los Balcanes conoció la fiereza de este pueblo, y el miedo a su llegada hizo que muchos hombres y mujeres temblaran al escuchar su nombre. Entre otras lindezas, resulta que los longobardos no solo cortaban las cabezas de sus enemigos y se las llevaban a casa; no, eso estaba muy visto (¡hacía más de mil años que celtas e íberos ya lo hacían!). Una vez con la cabeza cercenada en su poder, procedían a desprender la carne del hueso, para quedarse finalmente con el cráneo. Un cráneo que no pasaba a decorar ninguna estantería ni aparecía ensartado en palo alguno. No, se le aserraba la "tapa de los sesos" y se convertía en una macabra taza en la que los jefes brindaban por una nueva victoria.

- Celtas (britanos): vamos nuevamente con los celtas "sostenibles", aquellos antepasados que cuidaban de robles y vivían en comunidad con su entorno, pero que tenían ciertos problemas en su relación con sus semejantes. Los celtas de Britannia, en el momento de la llegada de los romanos, tenían otra costumbre macabra que, lógicamente, produjo la repulsa Julio César, y del resto de legados que terminaron consiguiendo la conquista de la isla generaciones después. Esta consistía en sacrificar hombres y mujeres vivos, pero no de cualquier manera. No, metían sus enemigos en el interior de unos enormes muñecos, cuya estructura previamente habían elaborado a base de mimbre, y a los que posteriormente prendían fuego. Por supuesto, era un druida quien debía oficiar tal sacrificio. Así, los romanos tuvieron cierta fijación en esos sacerdotes durante la conquista, persiguiéndolos hasta acabar con todos ellos (o eso creían). Si quieres leer la descripción de uno de estos "hombres de mimbre", te recomiendo los cuatro primeros libros de la serie de Cato y Marco, de Simon Scarrow.

Recreación posterior de un "hombre de mimbre"
- Y como bonus extra, sirvan los romanos, que siempre iban un paso por delante. ¿Que es aún mejor que atemorizar a tus enemigos? Pues que sean tus propios hombres los que no se planteen la posibilidad de no obedecer. Hablamos de la decimatio, o diezmar a las unidades. En este autocastigo, utilizado en muy pocas ocasiones a lo largo de la historia, la legión designada por su cobardía o mal desempeño en la batalla, era dividida en grupos de diez hombres (sus propias unidades, hombres que convivían a diario) y, entre ellos, se realizaba un macabro sorteo. Quien resultaba "agraciado" debía ser golpeado con palos por sus compañeros hasta morir. Al igual que en el caso de las "cabezas en los rostra", puedes leer algo al respecto en la serie de "El primer hombre de Roma".

Menuda saga más espectacular. Con esta, empezó todo ;)
Pues con el cuerpo encogido tras tanto castigo inhumano, ya no se me ocurren otros que puedan entrar en este top de "barbaridades" desagradables con las que amedrentar a tus enemigos, y amenizar una novela, pero seguro que hay muchas más. Lo que no sé, es si prefiero no conocerlas.

PD. Feliz día del libro, ¿qué vas a leer?

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