miércoles, 16 de mayo de 2018

¿Cuándo está preparado un novelista para lanzarse a escribir un relato histórico?



Esto de escribir novela histórica tiene un riesgo añadido (o un valor, según se mire), y es ser fiel, en lo posible, a lo sucedido en épocas pasadas, así como a los comportamientos y relaciones de quienes vivían en ese entonces.

En este punto, hago un inciso para plantear un tema que lleva rondándome por la cabeza en las últimas semanas. Generalmente damos (me incluyo) poca importancia a las muertes por causas naturales que debieran sucederse en nuestras novelas (históricas). Estamos hablando de hombres y mujeres que vivieron hace cientos, miles de años, cuando la esperanza de vida del ser humano era muchísimo menor. No era extraño que una simple gripe acabara con la vida de muchos de ellos, y qué decir de la aparición de tumores, sin necesidad de referirnos a los dramáticos períodos en los que la peste (negra, u otras) asolaban poblaciones completas. Pues sí, una simple infección de muelas podría provocar la muerte de un tipo de más de cien kilos, que hubiera matado a incontables enemigos. Es algo que a veces olvidamos. Pero claro, es mucho mejor que el personaje muera en el desarrollo de una batalla (yo mismo soy culpable, lo reconozco), además, de que con una época tan violenta y pródiga en combates, no está la cosa como para ir liquidando personajes por causas naturales... Definitivamente no, pero no es cuestión de perder este hecho de vista. ¿Conoces novelas en las que las muertes por causas naturales cambien el hilo de la historia? ¿Qué te parecen estos giros desde el punto de vista de lector?

De modo más general, hoy quiero lanzar una pregunta, a la que yo, por mi parte, voy a tratar de responder según mi propia experiencia ¿Cuándo está preparado un novelista para lanzarse a escribir un relato histórico? 

Pues dependerá de varios factores, lógicamente. En primer lugar, del conocimiento previo que se tenga de la época/sociedad objetivo. Muchos nos somos historiadores ni tenemos formación académica al respecto (pero de problemas medioambientales, ecología de las especies y otros aspectos agronómicos te puedo hablar un buen rato sin siquiera proponérmelo), por lo que tendremos que hacer un esfuerzo aún mayor en este primer momento. Además, esta fase de documentación también dependerá del nivel de concreción al que queramos llegar, el que queramos transmitir al lector, del que depende, desde mi punto de vista, la credibilidad de la novela. No podemos quedarnos con un simple barniz de cómo era la sociedad, en qué consistían y cómo resolvían sus conflictos, de las creencias que atesoraban, etc., si queremos que sea el lector el que crea sumergirse en la misma. 

Hablaré de uno de los casos en los que me he embarcado: Las Cenizas de Hispania. Partiendo de que es una época que siempre me ha fascinado, y de la que había leído múltiples ensayos a lo largo de mi vida (es lo que tiene tener hobbies tan raros como la historia), me llevó un año entero sentirme preparado para comenzar. Durante el mismo, no solo me desplacé a algunos de los escenarios en los que discurren las novelas, sino que también terminé comprando (y leyendo, claro :)) cuantos ensayos al respecto se habían publicado en los últimos años. Vale, ya había leído mucho, me gustaba, pero el conocimiento de la historia cambia a medida que los profesionales encuentran nuevos hallazgos que son capaces de refutar teorías previas. No es lo mismo quedarte con las fuentes clásicas (si las hubiera), en las afirmaciones de Edward Gibbon, en el siglo XVIII (excepcionales para su época y los avances técnicos existentes), o en los últimos trabajos de los profesionales más prestigiosos, como en el caso de la Hispania Tardoantigua, puede ser Javier Arce. Es necesario actualizarse, contrastar fuentes (y conocimientos previos con los recién adquiridos) para, por último, con todas ellas, elegir una senda por la que avanzar, aunque dentro de unos años esta pueda resultar equivocada. ¿Por qué digo esto? Pues porque en los últimos años hemos asistido a múltiples (e interesantes) descubrimientos que han venido a suponer verdaderos vuelcos en la interpretación de la historia de nuestro entorno. ¿Quién iba a pensar que en la Región de Murcia, por ejemplo, iba a aparecer un complejo urbanístico como la Bastida, muy superior en tamaño, y con una técnica constructiva infinitamente más compleja que la de las ciudades griegas de la época? Siempre hemos partido de la base de que las primeras ciudades, como tales, de Europa, habían sido las griegas. Por poner un ejemplo, todo el mundo pensaría que Troya (o Micenas), por ejemplo, era la mayor y más majestuosa ciudad en el momento en el que transcurre la Iliada, a finales del segundo milenio antes de Cristo, pero resulta que mil años atrás, una serie de muros ciclópeos ya protegían La Bastida. ¿De qué, o de quién? Pues eso, todavía, está por ver.

En definitiva: según mi punto de vista, la documentación debe ser profunda, y abarcar tanto las fuentes clásicas como referentes más modernos, así como tener en cuenta los hallazgos arqueológicos. Resulta complicado encontrar un punto de equilibrio que no prolongue el proceso hasta el infinito (como  en ocasiones llegamos a pensar), así que también deberemos asumir que no podemos aspirar a la perfección, así como que el próximo descubrimiento asombroso puede desbaratar hasta las teorías en apariencia más firmes. Y, encima de todo este entramado, hilar una buena historia. ¿Te atreves a intentarlo? ¿Cuánto tiempo estimarías necesario para afrontar un proyecto así?