lunes, 14 de septiembre de 2020

El nombre de Dios: una novela más allá de la batalla de Guadalete

Pues por fin ha llegado a las librerías El nombre de Dios (Ediciones B - Megustaleer), y creo que ha llegado el momento de compartir algunas pinceladas sobre lo que podéis esperar de ella.


Siempre me han gustado las épocas de transición, repletas de desafíos y de incertidumbre, y en El Nombre de Dios he permanecido fiel a esta idea. Esta vez, la acción nos sitúa en la península Ibérica a inicios del siglo VIII, cuando, tras el desembarco de los bereberes de Tariq ibn Ziyab (o no, el que quiera que lea la extensa nota histórica de la novela), enviados por el gobernador de Ifriquiya, Musa ibn Nusayr, se produce una gran batalla (o al menos la más relevante) en en algún lugar cercano al cauce del río Guadalete. Un momento fundamental de nuestra historia, pues se comienza a gestar un cambio sustancial en la hasta entonces herencia romana (y germánica, muy influenciada por aquella) del territorio peninsular.

Muchos estudiamos en algún momento, bien en el colegio o bien en el instituto, que en dicha batalla se selló el destino del reino visigodo, pues en ella, las tropas de Rodrigo, o Roderico, último rey de Toledo (que no visigodo) son barridas por los extranjeros. Pero poco más se habla sobre el tema, porque enseguida se suele "saltar" a la "batalla" de Covadonga, que ocurrió once años más tarde. Lógico por otro lado, pues no existen fuentes contemporáneas al año 711 en el territorio peninsular, y debemos buscar la primera de ellas ya en el año 754, con la crónica mozárabe, o incluso posteriores en el caso de fuentes musulmanas, lo que enmaraña aún más el propósito de sumergirse en esta época tan fascinante. 

Pues justamente este punto, la derrota visigoda del Guadalete, se convierte en el "pistoletazo de salida" para las aventuras narradas en El nombre de Dios. A partir de ahí, el desarrollo de la trama nos llevará por buena parte de la geografía de un reino visigodo en descomposición durante la década siguiente.

Así, todo cambiará para quienes vivían entonces en esos territorios, pero lo mismo ocurrirá para quienes llegan por primera vez. Durante este tiempo, conoceremos las aventuras y desventuras de hombres y mujeres de muy distinto origen: nobles, plebeyos, hispanogodos, bereberes, árabes, francos... personajes ficticios como Ademar, Ragnarico, Argimiro, Elvia, Witerico, Ingunda, Hermigio, o Yussuf ibn Tabbit, que se entremezclan con otros históricos, como Roderico (o Rodrigo, que no fue el último rey visigodo), Tariq ibn Ziyab, Musa ibn Nusayr, Sinderedo (obispo metropolitano de Toletum), Agila II o Ardo, este sí, último rey visigodo.

Esta, mi cuarta novela, he querido abordarla de forma diferente a como lo hice con Las cenizas de Hispania. Me encanta la narración en primera persona, que permite crear personajes con los que resulta fácil empatizar, personajes carismáticos como mi tan querido Attax; pero, en esta ocasión, la historia que tenía en mente me pedía algo diferente: necesitaba múltiples puntos de vista que me permitieran desgranar la acción desde la perspectiva de cada uno de los personajes implicados, a los que acompañaremos en un periplo lleno de dificultades.

Y lo que empezó como un "y por qué no lo intento", terminó en más de seiscientas páginas de novela y año y medio de intenso trabajo. 

Una época convulsa en la que las aventuras y desventuras se suceden sin descanso a lo largo de las más de seiscientas páginas de la novela. 

¡Feliz aventura!