miércoles, 16 de mayo de 2018

¿Cuándo está preparado un novelista para lanzarse a escribir un relato histórico?



Esto de escribir novela histórica tiene un riesgo añadido (o un valor, según se mire), y es ser fiel, en lo posible, a lo sucedido en épocas pasadas, así como a los comportamientos y relaciones de quienes vivían en ese entonces.

En este punto, hago un inciso para plantear un tema que lleva rondándome por la cabeza en las últimas semanas. Generalmente damos (me incluyo) poca importancia a las muertes por causas naturales que debieran sucederse en nuestras novelas (históricas). Estamos hablando de hombres y mujeres que vivieron hace cientos, miles de años, cuando la esperanza de vida del ser humano era muchísimo menor. No era extraño que una simple gripe acabara con la vida de muchos de ellos, y qué decir de la aparición de tumores, sin necesidad de referirnos a los dramáticos períodos en los que la peste (negra, u otras) asolaban poblaciones completas. Pues sí, una simple infección de muelas podría provocar la muerte de un tipo de más de cien kilos, que hubiera matado a incontables enemigos. Es algo que a veces olvidamos. Pero claro, es mucho mejor que el personaje muera en el desarrollo de una batalla (yo mismo soy culpable, lo reconozco), además, de que con una época tan violenta y pródiga en combates, no está la cosa como para ir liquidando personajes por causas naturales... Definitivamente no, pero no es cuestión de perder este hecho de vista. ¿Conoces novelas en las que las muertes por causas naturales cambien el hilo de la historia? ¿Qué te parecen estos giros desde el punto de vista de lector?

De modo más general, hoy quiero lanzar una pregunta, a la que yo, por mi parte, voy a tratar de responder según mi propia experiencia ¿Cuándo está preparado un novelista para lanzarse a escribir un relato histórico? 

Pues dependerá de varios factores, lógicamente. En primer lugar, del conocimiento previo que se tenga de la época/sociedad objetivo. Muchos nos somos historiadores ni tenemos formación académica al respecto (pero de problemas medioambientales, ecología de las especies y otros aspectos agronómicos te puedo hablar un buen rato sin siquiera proponérmelo), por lo que tendremos que hacer un esfuerzo aún mayor en este primer momento. Además, esta fase de documentación también dependerá del nivel de concreción al que queramos llegar, el que queramos transmitir al lector, del que depende, desde mi punto de vista, la credibilidad de la novela. No podemos quedarnos con un simple barniz de cómo era la sociedad, en qué consistían y cómo resolvían sus conflictos, de las creencias que atesoraban, etc., si queremos que sea el lector el que crea sumergirse en la misma. 

Hablaré de uno de los casos en los que me he embarcado: Las Cenizas de Hispania. Partiendo de que es una época que siempre me ha fascinado, y de la que había leído múltiples ensayos a lo largo de mi vida (es lo que tiene tener hobbies tan raros como la historia), me llevó un año entero sentirme preparado para comenzar. Durante el mismo, no solo me desplacé a algunos de los escenarios en los que discurren las novelas, sino que también terminé comprando (y leyendo, claro :)) cuantos ensayos al respecto se habían publicado en los últimos años. Vale, ya había leído mucho, me gustaba, pero el conocimiento de la historia cambia a medida que los profesionales encuentran nuevos hallazgos que son capaces de refutar teorías previas. No es lo mismo quedarte con las fuentes clásicas (si las hubiera), en las afirmaciones de Edward Gibbon, en el siglo XVIII (excepcionales para su época y los avances técnicos existentes), o en los últimos trabajos de los profesionales más prestigiosos, como en el caso de la Hispania Tardoantigua, puede ser Javier Arce. Es necesario actualizarse, contrastar fuentes (y conocimientos previos con los recién adquiridos) para, por último, con todas ellas, elegir una senda por la que avanzar, aunque dentro de unos años esta pueda resultar equivocada. ¿Por qué digo esto? Pues porque en los últimos años hemos asistido a múltiples (e interesantes) descubrimientos que han venido a suponer verdaderos vuelcos en la interpretación de la historia de nuestro entorno. ¿Quién iba a pensar que en la Región de Murcia, por ejemplo, iba a aparecer un complejo urbanístico como la Bastida, muy superior en tamaño, y con una técnica constructiva infinitamente más compleja que la de las ciudades griegas de la época? Siempre hemos partido de la base de que las primeras ciudades, como tales, de Europa, habían sido las griegas. Por poner un ejemplo, todo el mundo pensaría que Troya (o Micenas), por ejemplo, era la mayor y más majestuosa ciudad en el momento en el que transcurre la Iliada, a finales del segundo milenio antes de Cristo, pero resulta que mil años atrás, una serie de muros ciclópeos ya protegían La Bastida. ¿De qué, o de quién? Pues eso, todavía, está por ver.

En definitiva: según mi punto de vista, la documentación debe ser profunda, y abarcar tanto las fuentes clásicas como referentes más modernos, así como tener en cuenta los hallazgos arqueológicos. Resulta complicado encontrar un punto de equilibrio que no prolongue el proceso hasta el infinito (como  en ocasiones llegamos a pensar), así que también deberemos asumir que no podemos aspirar a la perfección, así como que el próximo descubrimiento asombroso puede desbaratar hasta las teorías en apariencia más firmes. Y, encima de todo este entramado, hilar una buena historia. ¿Te atreves a intentarlo? ¿Cuánto tiempo estimarías necesario para afrontar un proyecto así?

lunes, 23 de abril de 2018

Costumbres "bárbaras" que "amenizan" una novela

Las civilizaciones antiguas dan mucho juego a la hora de enhebrar una historia. No pocas novelas de fantasía han recurrido a hechos reales para ambientar sus propios escenarios, o para introducir algunos aspectos o costumbres. Pero hoy no quiero hablar del Muro de Adriano de Jon Snow, o de otros tantos ejemplos existentes en la literatura actual, sino de algunos pequeños detalles históricos que suelen darle "vidilla" a una novela, consiguiendo hacer partícipe al lector de alguna costumbre pasada que, desde nuestra perspectiva, nos resulte curiosa, interesante o nos produzca repulsa, logrando sorprendernos e implicarnos más en la lectura. Tampoco voy a hablar de cómo se levantaban las catedrales góticas ("Los pilares de la tierra", de Ken Follet), o de cómo los romanos construían puentes ("Los asesinos del emperador", de Santiago Posteguillo), ni de cómo era el proceso mediante el que se obtenía la púrpura ("La búsqueda de la púrpura", de Frank Slaughter), o de cómo se fabricaba una buena cerámica ática ("El asesinato de Sócrates", Marcos Chicot), por ejemplo; no, hoy quiero hablar de aquellos pequeños episodios que, sin resultar definitivos en la historia, sí que son capaces de hacer que el lector los recuerde con el paso del tiempo. Lo que podríamos llamar auténticas "barbaridades" a prueba de la mentalidad del siglo XXI.

Todo esto se me ocurrió al terminar una novela que acabo de comprar, y a la que acabo de adelantar en mi cola de lecturas pendientes. No suelo hacerlo, pero en este caso se trataba de una serie, y justo me faltaba este volumen. Se trata de "Los Demonios del Mar", de José Javier Esparza y, con semejante nombre, trata de vikingos. Vikingos que realizan incursiones en la península ibérica en el siglo IX, aunque ellos en sí no sean los protagonistas. Lo que me llamó la atención, para quien lo lea, es que al principio de la novela, uno de los personajes hispanos asiste asqueado y horrorizado al castigo que el jarl vikingo de turno reserva a uno de sus enemigos: el águila de sangre. Un verdadero horror, ciertamente, del que ya había tenido una meticulosa descripción (creo que aún más impactante y desagradable) en la novela "Mar de lobos", de Robert Low. Para el que  no lo sepa, se lo cuento muy por encima (y sin mucho detalle truculento) a continuación:

- El águila de sangre era un método de ejecución mencionado en algunas sagas nórdicas, aunque los historiadores no terminan de ponerse de acuerdo sobre su veracidad. Podríamos decir que además de acabar con la vida de la pobre víctima, de paso, la sometían a una tortura salvaje. En este caso, se realizaban varias incisiones en la espalda del condenado (vivo), desde las que partían y sacaban sus costillas al exterior, para a continuación hacer lo mismo con los pulmones, dejándolos allí, colgando a la espalda del desventurado.

Ni que decir tiene que semejante castigo inhumano conseguía justamente lo que los vikingos que lo quienes lo aplicaban, deseaban: asustar a sus enemigos y sembrar el pánico entre aquellos que tuvieran la desgracia de toparse en su camino. Que cuando los extranjeros vieran la proa de aquellos barcos ya supieran lo que se les venía encima y que, si alguno era tan osado como para hacerles frente, lo hiciera ya con el miedo fuertemente asido a sus entrañas.

Impedimenta vikinga
Pero no solo los vikingos utilizaron este tipo de treta a lo largo de la historia, tan impactante si la encuentras novelada; otros pueblos de la antigüedad ya lo hacían, y su aparición en la ficción también suele quedar impregnada en la retina de quien las lee. Aunque existen muchos, ahora mismo se me ocurren unos pocos ejemplos.

- Celtas: siempre se ha escuchado que los celtas eran aficionados, entre otras cosas, a cortar las cabezas de sus enemigos. Y sí, lo harían, pero ni tan siquiera resultaba una costumbre muy original; algunos pueblos íberos también parecían hacerlo, amén de otras muchas civilizaciones. Pero vamos a detenernos un poco con estos dos casos. En el primero, numerosos autores clásicos citan a esta costumbre como parte de un ritual bélico ejecutado por los guerreros celtas. Su motivación era que creían que en la cabeza residía el espíritu del caído, y, de esa manera, se apropiaban de su espíritu incluso en la muerte, impidiendo que aquel cruzara hacia el más allá (los celtas tenían que estar "de cuerpo completo" o, al menos, como en el momento de la muerte, para pasar a su "otra vida"), obligándolo así a servir a su vencedor para la eternidad.

También, en el caso de algunos pueblos íberos, como se ha podido constatar en el poblado fortificado de Ullastret, los guerreros de este antiguo pueblo asentado en la vertiente mediterránea española antes de la llegada de Roma, cortaban las cabezas de sus enemigos y se las llevaban con ellos a sus hogares. En este caso, las exhibían empaladas en picas en diferentes lugares, desde los que intimidar a sus posibles enemigos y glorificar así a sus guerreros.

Yacimiento arqueológico de Ullastret
Y ahora que lo pienso, tengo un recuerdo de "cabezas expuestas en los rostra" que me marcó cuando leí los primeros volúmenes de la serie "El primer hombre de Roma", de Colleen McCullough. No solo pueblos ajenos a Roma hacían barbaridades, no. Durante la guerra civil entre los partidarios de Cayo Mario y los de Lucio Cornelio Sila, no se andaban con chiquitas.

- Longobardos: aquí viene algo no solo aterrador, sino también "práctico". Este pueblo, denominado longobardo, o lombardo (sí, asentados posteriormente en Lombardía, a la que darían nombre), apareció en la cuenca del Mediterráneo en el siglo VI d.C. Por supuesto, su aparición en la historia coincide con el momento en el que los cronistas bizantinos dejan constancia de ellos, para su horror. Sí, los longobardos asolaron durante años la frontera noroccidental del imperio de Bizancio durante años, hasta que finalmente consiguieron su propósito de instalarse en su interior. El norte de los Balcanes conoció la fiereza de este pueblo, y el miedo a su llegada hizo que muchos hombres y mujeres temblaran al escuchar su nombre. Entre otras lindezas, resulta que los longobardos no solo cortaban las cabezas de sus enemigos y se las llevaban a casa; no, eso estaba muy visto (¡hacía más de mil años que celtas e íberos ya lo hacían!). Una vez con la cabeza cercenada en su poder, procedían a desprender la carne del hueso, para quedarse finalmente con el cráneo. Un cráneo que no pasaba a decorar ninguna estantería ni aparecía ensartado en palo alguno. No, se le aserraba la "tapa de los sesos" y se convertía en una macabra taza en la que los jefes brindaban por una nueva victoria.

- Celtas (britanos): vamos nuevamente con los celtas "sostenibles", aquellos antepasados que cuidaban de robles y vivían en comunidad con su entorno, pero que tenían ciertos problemas en su relación con sus semejantes. Los celtas de Britannia, en el momento de la llegada de los romanos, tenían otra costumbre macabra que, lógicamente, produjo la repulsa Julio César, y del resto de legados que terminaron consiguiendo la conquista de la isla generaciones después. Esta consistía en sacrificar hombres y mujeres vivos, pero no de cualquier manera. No, metían sus enemigos en el interior de unos enormes muñecos, cuya estructura previamente habían elaborado a base de mimbre, y a los que posteriormente prendían fuego. Por supuesto, era un druida quien debía oficiar tal sacrificio. Así, los romanos tuvieron cierta fijación en esos sacerdotes durante la conquista, persiguiéndolos hasta acabar con todos ellos (o eso creían). Si quieres leer la descripción de uno de estos "hombres de mimbre", te recomiendo los cuatro primeros libros de la serie de Cato y Marco, de Simon Scarrow.

Recreación posterior de un "hombre de mimbre"
- Y como bonus extra, sirvan los romanos, que siempre iban un paso por delante. ¿Que es aún mejor que atemorizar a tus enemigos? Pues que sean tus propios hombres los que no se planteen la posibilidad de no obedecer. Hablamos de la decimatio, o diezmar a las unidades. En este autocastigo, utilizado en muy pocas ocasiones a lo largo de la historia, la legión designada por su cobardía o mal desempeño en la batalla, era dividida en grupos de diez hombres (sus propias unidades, hombres que convivían a diario) y, entre ellos, se realizaba un macabro sorteo. Quien resultaba "agraciado" debía ser golpeado con palos por sus compañeros hasta morir. Al igual que en el caso de las "cabezas en los rostra", puedes leer algo al respecto en la serie de "El primer hombre de Roma".

Menuda saga más espectacular. Con esta, empezó todo ;)
Pues con el cuerpo encogido tras tanto castigo inhumano, ya no se me ocurren otros que puedan entrar en este top de "barbaridades" desagradables con las que amedrentar a tus enemigos, y amenizar una novela, pero seguro que hay muchas más. Lo que no sé, es si prefiero no conocerlas.

PD. Feliz día del libro, ¿qué vas a leer?

lunes, 9 de abril de 2018

Inspiración vikinga: una exposición y muchas novelas




Este pasado fin de semana visité una exposición itinerante denominada: "Vikingos. Guerreros del norte. Gigantes del mar". Una muestra que, gracias a la intervención de la Fundación CajaCanarias, llegó nada más y nada menos que a Santa Cruz de Tenerife, un lugar tan distante al que ni tan siquiera los vikingos de aquella época lograron acceder.

Como no podía ser de otra manera, disfruté de lo lindo, así como también lo hicieron todos los chavales a los que escuchaba durante el recorrido hablando entusiasmados sobre cuanto veían. Que si aquellos individuos debían de ser enormes, los más fuertes, los más salvajes... Espadas, hachas, cotas de malla. Sin embargo, nada parecían decirles las pequeñas figurillas votivas, los peines de hueso, las herramientas de hierro, fíbulas y torques de plata. No, los vikingos tienen que ser fuertes, salvajes y, todo el mundo sabe que... ¿tienen cuernos? No pude evitarlo, no, por supuesto que no tenían cuernos en sus cascos, vaya asunto más estúpido e incómodo hubiera sido. Y eran guerreros, pero también eran agricultores, herreros, comerciantes; hombres y mujeres atados a una tierra pobre en recursos, pero que no se resignaban a su suerte. Pero no era mi intención hablar de cuernos, como tampoco de si eran hombres y mujeres enormes como muchas veces se ha dicho, o más bien eran bajitos, pues en aquel entonces, en aquellas latitudes, la agricultura no podía compararse en productividad y variedad a la de otros lugares más al sur. No, definitivamente hoy no quiero abrir un debate acerca de este pueblo tan sugerente, pero sí me apetece compartir un recorrido novelístico sobre sus hazañas, en base a aquellas novelas que he leído, y que han acudido a mi memoria estos días.

Equipaje ideal para irse a hacer el vikingo una temporada
Creo que se me ha ocurrido una buena idea para dividir las novelas, no en períodos, sino aprovechando la idiosincrasia propia de esta cultura, según el destino de sus viajes. Como anunciaba la exposición (asunto que hacía las delicias de los niños, al imaginar a aquellos dragones aterrorizando a quien encontraban a su paso), lo que hoy conocemos como pueblos vikingos eran grandes navegantes, que, llegado el momento, comenzaron a explorar más allá de sus tierras en busca de tierras, alimentos, ganado, comida y riquezas. Nada que no hubieran inventado antes, por ejemplo, anglos y sajones, pero también vándalos o suevos. Pero en el caso que hoy nos ocupa, los vikingos se amparaban en su gran espíritu navegante y explorador, aspecto que ninguno de los otros pueblos poseía en su momento. Estos guerreros vikingos, a bordo de sus naves de guerra, ideales para remontar los ríos, dejándose guiar por la posición de las estrellas, por la dirección de los vientos y el vuelo de las aves, se lanzaron al descubrimiento del mundo que les rodeaba a partir del siglo VIII d.C. Y a partir de ese momento, podemos aventurar que cuatro fueron las grandes direcciones que tomaron, y aquí, van algunas recomendaciones novelísticas al respecto. Comencemos:

1-. Hacia el "oeste cercano": islas británicas y norte de Francia.

Por supuesto, que gran parte de los novelistas que lea sean angloparlantes, conlleva que haya leído más libros acerca de este primer destino que del resto. 

A partir de finales del siglo VIII (y algunos lo recordarán por la serie de la BBC, Vikingos), los pueblos daneses comienzan a llegar a las islas británicas. En concreto, el primer lugar que pisan (saquean e incendian, como no podía ser de otra manera) es el monasterio de Lindisfarne, en la costa de Northumbria. Tras este primer episodio, y durante otros dos siglos, no dejarán de llegar a las costas británicas embarcaciones cargadas de guerreros, pero también de familias danesas, principalmente, como también frisonas e incluso noruegas, que terminarán conformando sus propios reinos en tierra inglesa. Si quieres leer una buena novela sobre este hecho, lo tuyo es la serie de "Sajones, vikingos y normandos", del gran Bernard Cornwell.

Pero también al otro lado del canal de la Mancha se dejó sentir la presencia de estos personajes del norte. Normandía pasará entonces a convertirse en una nueva Dinamarca, y ya a mediados del siglo XI, será el Duque Guillermo quien finalmente conquiste las tierras que pertenecieran a los descendientes de Eduardo de Wessex. Si estás interesado en este período, entonces debes leer la serie de Rebecca Gabblé con los títulos "El último reino" y "El traductor del rey", o la novela "El último rey inglés", de Julian Rathbone.

Un detalle del "Tapiz de Bayeaux", en el que se cuenta la conquista normanda de Inglaterra.
Pero no solo de la conquista danesa de Britannia tenemos que hablar si nos referimos a la influencia vikinga en las islas británicas. Irlanda, la Hibernia romana, también sufrió el acoso de los dragones llegados del mar. Sin ir más lejos, su capital, Dublín, debe su fundación a un enclave vikingo (en este caso probablemente noruego) llamado en su momento Dyfflin. La saga "Vikingos", de James L. Nelson, puede ser una buena opción si quieres adentrarte en la Irlanda vikinga, así como "Príncipes de Irlanda", de Edward Rutherfurd.

2-. Hacia el noroeste, y más allá: el frío, lejano e inacabable noroeste.

Sí, a partir de esa época comienzan a asentarse colonias vikingas más allá de las islas británicas; las que hasta entonces parecían haber marcado el límite de la tierra conocida en la edad antigua. Las islas Orcadas, Feroe, Shetlands y un numeroso grupo de islitas situadas al norte y oeste de Escocia fueron colonizadas por estos hombres y mujeres en su largo peregrinar. Pero incluso fueron más allá. Se asentaron en Islandia en el siglo IX, pero también en Groenlandia un siglo más tarde e, incluso, parecen haber llegado hasta el continente americano, hasta la isla de Terranova.

Algunas novelas interesantes ambientadas "en parte" en estos, son: "Assur", de Francisco Narla o "Erik el Rojo", de Manuel Velasco.

3-. Al sur, y más allá: la península ibérica y el Mediterráneo.

Pues en el siglo IX llegan por primera vez las embarcaciones vikingas hasta la península ibérica. Como surgidas de las peores pesadillas de nuestros antepasados, las tripulaciones de daneses aparecen en el horizonte para pasar a sangre y fuego cuanto pueden, hasta que son rechazadas por los ejércitos asturianos, navarros y andalusíes (aquí no se salvó nadie...). Santiago de Compostela, Lisboa, Pamplona o Sevilla, esta última de forma brutal e inesperada, fueron algunas de la ciudades que conocieron la fama de salvajes que poseían estos guerreros. Pero lejos de darse por satisfechos, los navegantes vikingos no se detuvieron en la península, sino que se aventuraron en el Mediterráneo. Así, mercenarios normandos llegaron a tomar posesión de la isla de Sicilia, creando su reino propio que se mantendría durante un siglo.

Novelas que no te puedes perder: "Los demonios del mar", de José Javier Esparza, o, "Al-Gazal, el viajero de los dos orientes", de José Luis Maeso de la Torre.

4-. Al sureste y más allá, aunque no haya mar que atravesar: Kiev y Bizancio.

Los llamados vikingos orientales, principalmente de origen sueco t establecidos en la actual Suecia, pero también en Finlandia, Livonia y otras regiones bálticas, al contrario que sus "parientes" daneses y noruegos, cuyas costas abrían al mar del norte, decidieron llevar a cabo su propia exploración en sentido contrario. Se trata de una epopeya vikinga quizás menos menos conocida, pero igual de interesante, quizás incluso más por lo exótica que resulta su presencia en un mundo tan lejano y diferente a su cultura como el imperio bizantino y el mundo árabe. Los guerreros vikingos, bien pertrechados para el combate, fieros y ávidos de riqueza, se hicieron un nombre entre los nobles rusos de Novgorod, en su capital de Kiev, a la que acudían en calidad de mercenarios (cuando no directamente como enemigos) de los dirigentes locales para luchar en su nombre. Tal fue su renombre y su audacia, que continuaron su camino hacia el sur, hasta llegar a la propia Constantinopla. Allí, desde finales del siglo X y hasta la caída de la ciudad a manos de los turcos, constituyeron una de las tropas de élite más reconocidas a lo largo de la historia militar: la guardia varega. Guardia personal del Basileus, escogida entre los escandinavos llegados hasta el imperio bizantino que además de salvaguardar la vida del dirigente, servían como infantería pesada en las batallas que asolaban Asia Menor y los Balcanes. Eran hombres temibles, de aspecto exótico para los orientales, que hicieron cuanto quisieron en la corte imperial, disfrutando de una vida soñada para alguien como ellos: bebían sin medida, provocaban altercados, recibían una paga extraordinaria, y luchaban sin mesura. Tal fue su privilegiado estatus, que incluso nobles de diferentes partes de Escandinavia emprendían el largo camino hasta Constantinopla para alistarse en esta tropa unos cuantos años, antes de regresar a su hogar habiendo amasado una gran fortuna.

Y con todos ustedes, la Guardia Varega.
Si este es tu viaje vikingo, no dejes de leer la serie escrita por Robert Low, que comienza con su novela "El camino de las ballenas".

¿Y tú, conoces alguna otra novela "vikinga" interesante?

No olvides tu martillo de Thor antes de escoger la ruta preferida, y que tengas felices lecturas.



lunes, 19 de marzo de 2018

Saliendo de mi zona de confort



Ya he comentado en post anteriores mis gustos acerca de aquellos períodos históricos que más me fascinan. La historia del Mediterráneo Antiguo en general, la Grecia Clásica y Helenística, Roma y, por supuesto, los últimos años del imperio y los inicios del medievo. Podría decir que ese amplio período de tiempo conforma mi "zona de confort" a la hora de plantearme escribir una novela; incluso de leerla, porque mis incursiones en otros períodos (y qué decir de otros géneros) suelen provocarme cierta duda inicial.

Desde luego, ya salí de mi zona de confort cuando me atreví a escribir mi primera novela hace ya unos cuantos años. Más que nada, por lo inesperado, pues nunca me lo había planteado seriamente. Pero desde ese entonces, sabía que me faltaba por dar "una vuelta de tuerca más" a mi aventura novelística, una vez me había atrevido a comenzarla. Un paso adelante para el que aún no me había llegado el momento. No tenía la desenvoltura, pensaba y, desde luego, no tenía la historia que quería contar. Una historia sobre el lugar en el que nací, en el que vivo y del que disfruto a diario, de la "muy noble y leal ciudad de San Cristóbal de La Laguna". Para quien no lo sepa, ciudad distinguida como Patrimonio de la Humanidad por parte de la UNESCO; conjuntamente con la portuguesa Angra do Heroismo, las únicas ciudades macaronésicas distinguidas con tal galardón. Y a la que también he tenido la suerte de viajar y, por tanto, de tomar notas.

Plano de San Cristóbal de La Laguna en el siglo XVI, elaborado por el ingeniero Leonardo Torriani.

Hoy, tras haber terminado cinco novelas más (y tras otros cuantos años) y haber empleado unos buenos meses en documentarme sobre mi propia ciudad, he concluido el primer manuscrito sobre una novela en la que La Laguna, y Tenerife, sus costumbres y gentes son casi tan protagonistas como el mismo personaje principal de la trama. Un manuscrito cuyo desarrollo me ha permitido conocer detalles que ignoraba acerca de mi propio entorno, rincones por los que paseo habitualmente y personalidades que, aunque había escuchado, desconocía su aportación a la historia de mi isla. Una historia que se remonta al siglo XVII, en el que el tráfico marítimo entre el Nuevo y el Viejo Mundo no era ajeno a la privilegiada posición de las islas Canarias. Un archipiélago y una historia en la que pueden encontrarse piratas, mercaderes y campesinos llegados a las islas desde todas partes de Europa, un continente en el que el otrora poderío español lleva años descomponiéndose y que, desde Tenerife, parece tan lejano como banal.

Antes de comenzar, en la biblioteca municipal, mientras leía diferentes documentos antiguos relacionados con la época pensaba que, por desgracia para mi pluma, ninguna gran batalla tuvo lugar en nuestro suelo en ese entonces (aunque advierto que lo de "nuestro suelo" tiene truco). Lo que no sabía en ese momento era que, pese a no poder narrar grandes combates, sí que era capaz de engarzarse una interesante historia. Ya sabéis que mis personajes suelen tener imán para meterse en líos... 

Falta camino por recorrer; tengo mucho material en el tintero y no he decidido aún cuál de las historias será la próxima en ver la luz, más allá de la tercera y última de la serie Las Cenizas de Hispania, que preveo lanzar después del verano. Pero este manuscrito, por sus características, tiene un significado especial y me apetecía hablaros sobre él. Contadme, ¿he logrado despertar vuestra curiosidad? ¿Os apetece conocer a Martín Díaz de Montánchez? Os mantendré informados.

PD. Será la primera vez que escriba sobre mi isla, pero quizás no sea la última. Hace poco tiempo que he podido descubrir la interesante hipótesis que  aporta José Juan Jiménez, conservador del Museo Arqueológico de Tenerife, en el libro «La tribu de los Canarii. Arqueología, Antigüedad y Renacimiento». En ella se aborda el poblamiento de las islas, y su relación con la expedición africana del Cónsul Suetonio Paulino en el siglo I de nuestra era. Romanos y mi tierra, ¿qué más se puede pedir? Gracias por el apunte, José Luis.


lunes, 12 de marzo de 2018

Otro día en el que "David" venció a "Goliath". Esta vez, en la Hispania tardorromana

Corría el año 451 cuando Atila, el huno, situó al borde de la desaparición al imperio romano, al menos, al que aún se mantenía (como buenamente podía) en las provincias occidentales.

Tan solo un hombre, probablemente, fue capaz de frenar su avance, y no solo por su actuación en el campo de batalla, pues era el Magister militum del imperio, el máximo cargo militar existente en el momento. Flavio Aecio, conocido por muchos en ese entonces como "el último de los romanos", llevó a cabo un complicado y productivo trabajo diplomático para sumar a su causa (y a su ejército) a un buen puñado de pueblos germánicos que en ese entonces, o ya se encontraban dentro de las provincias del imperio, o trataban de estarlo. Gracias a él, en el verano de ese año se desarrolló la mayor batalla que se recuerde en ese siglo, al menos, y probablemente en los dos anteriores y otros tantos posteriores, en Europa. Una batalla en la que los hunos y sus aliados (sármatas, ostrogodos, hérulos, gépidas y otros tantos), se enfrentaron a romanos, pero también visigodos, francos o alanos midieron sus armas con desigual resultado. Las crónicas de la época recogen al menos dos hechos contrastados en el desarrollo de la misma: por un lado, los alanos que luchaban del lado romano se batieron en retirada durante la batalla, estando a punto de provocar el descalabro total del bando imperial; por otro, fueron los visigodos quienes decidieron la batalla hacia el lado de Flavio Aecio y los suyos, con un contraataque feroz tras la muerte de su rey, que hizo replegarse al ejército enemigo.

El "Azote de Dios" 
Esos mismos visigodos, pocos años después, ingresan en Hispania para, cumpliendo las órdenes del emperador de entonces (tanto Aecio como el emperador que reinaba durante la gran batalla, se encontraban ya bajo tierra; el primero a manos de esbirros del segundo, y el segundo a manos de amigos del primero), con la misión de poner fin al reino suevo que se había instalado en la provincia de Gallaecia.

Estos veteranos de guerra, curtidos en la mayor batalla de la tardoantigüedad, vencieron con relativa facilidad a cuantos adversarios encontraron en el año que pasaron en suelo hispano. Los suevos de Rechiario nunca estuvieron cerca de la victoria, ni tan siquiera de entorpecer el avance del rey Teodorico y los suyos. Tampoco fueron rivales aquellos pocos hispanos que se atrevieron a oponerse a los recién llegados. Pero en este paseo triunfal de los hombres de Teodorico, hubo un lunar, ¿lo conocías? ¿sabías que hubo un lugar en Hispania que no solo se enfrentó a ellos, los mejores guerreros de la época, sino que además sus habitantes fueron capaces de derrotarlos y ponerlos en fuga, sembrando de cadáveres el terreno? Vaya... ya hemos adelantado en otros post que no parecía existir ejército romano alguno dentro de la diócesis administrativa. Vista esa circunstancia, lo más lógico hubiera sido apostar por algún caudillo local que comandara un gran ejército, probablemente establecido en algún lugar densamente poblado, rico y próspero, como pudo haber sido el Dux Bellorum Andevotus en los alrededores de Corduba casi veinte años antes. Pero no, fueron los habitantes de un pequeño lugar de la meseta castellana quienes derrotaron a aquellos mismos hombres que pocos años antes habían puesto en fuga al mismo "Azote de Dios". Sucedió en el Castro Coviacense, o Coviacum, como recoge el obispo Hydacio en sus crónicas, la actual Valencia de Don Juan.

¿A que resulta la mar de interesante, a la vez que desconocido? Este hecho se reduce a una línea en la crónica de Hydacio pero, ¿y si te atreves a imaginarlo en forma de novela? ¿Dejarías que fuera Attax, el alano, quien te lo mostrara a través de sus ojos? Si tu respuesta es sí, no dejes de leer "niebla y acero".

lunes, 5 de marzo de 2018

Primeras impresiones acerca de las novelas que me regalaron "Sus Majestades"


Voy a buen ritmo; quedan poco más de tres meses para mi cumpleaños, y creo que voy por buen camino de cara a llegar a esa fecha habiendo menguado considerablemente la pila de novelas por leer. Han pasado casi dos meses desde que la llegada de los reyes magos de oriente añadiera un buen número de títulos a la misma, la tercera parte del tiempo que me había marcado, y creo que es el momento de hacer un pequeño balance de la situación:

novelas históricas
"El botín ya leído".
Ya leídas:
  • Guerreros de la Tormenta - Bernard Cornwell (512 páginas).
Una buena novela. No espectacular, como otras a las que nos tiene acostumbrados el maestro por excelencia de la novela histórica anglosajona actual. Una nueva entrega de la serie "Sajones, vikingos y normandos", a la que parece que ya no le quedan muchas más entregas para poner el punto y final. Por un lado, esta circunstancia me apena (aunque creo que ya es hora de que el protagonista tome posesión de su añorado Bebamburg - Bamburgh Castle); creo que Uthred de Bebbaunburg es uno de los mejores personajes creados por la genial pluma del autor, pero lamentablemente cada una de las entregas ha ido decayendo en interés con respecto a la anterior, aunque el talento narrativo de Bernard Cornwell es suficiente para que cada una de ellas resulte interesante y entretenida.
  • El asesinato de Sócrates - Marcos Chicot (768 páginas).
Una grata sorpresa. Ya me habían advertido de que esta novela era un ejemplo de cómo dar una "vuelta de tuerca" a una historia muy manida y con escaso margen para la libre interpretación. Una de mis épocas favoritas cuando era niño, como era la guerra del Peloponeso. Ni la densa prosa de Tucidídes fue capaz de echarme atrás en ese entonces frente a mi ansia por conocer cada uno de los hechos bélicos que se sucedieron entre los años 431 y 404 a.C en Grecia, en la que el "imperio" de Atenas y sus aliados de la Liga de Delos lucharon casi ininterrumpidamente contra Esparta, la Liga del Peloponeso y otros estados aliados de aquella como Tebas, en diferentes escenarios, llevando incluso la guerra hasta Tracia, Asia Menor, pero también hasta Sicilia, en la que se libró uno de los más sanguinarios episodios de este conflicto, como fue el desenlace de la expedición ateniense comandada por Alcibíades contra la ciudad de Siracusa. Si estás interesado en este episodio en concreto, también te recomiendo la novela de Steven Pressfield "Vientos de guerra". Pero a lo que iba: me ha gustado, y mucho. Una buena novela en la que los hechos históricos contrastados y recogidos en múltiples crónicas de la época se van engarzando alrededor de la vida de unos personajes ficticios "pero casi reales", que se ven atrapados en un período convulso y plagado de atractivo. 
  • Las Lanzas - Fernando Martínez Laínez (604 páginas).
Fernando Martínez Laínez ha escrito ya varios ensayos acerca de los temibles tercios españoles de la edad moderna. Uno de ellos, "Los tercios: la infantería legendaria", ocupa un lugar de privilegio en mi biblioteca técnica. Esta novela, sin resultar especialmente cautivadora, es más que correcta. Lamentablemente, los personajes principales, Alonso Montenegro y Ambrosio Spínola, no terminan de llegar al lector (al menos a mí), pero probablemente se deba a la forma de narrar la historia, más cercana a un diario de guerra. Aún así, se trata de una novela imprescindible para ahondar en un período histórico tan crucial como la guerra en Flandes, que desgastó (y arruinó) a la monarquía española del siglo XVII.

En fin, estoy más que satisfecho con estas tres lecturas (sin duda sus majestades acertaron en sus elecciones), pero aún me quedan unas buenas cuantas. Recapitulemos:

Pendientes (con tres meses por delante para leerlas):
  1. El guerrero a la sombra del cerezo - David B. Gil (736 páginas).
  2. La luz de la tierra - Daniel Wolf (750 páginas).
  3. La perla negra - Claudia Casanova (366 páginas).
  4. Cuando la luna brille - Elena Álvarez (144 páginas).
  5. El castillo - Luis Zueco (688 páginas).
  6. Las legión perdida - Santiago Posteguillo (1.070 páginas). 
Visto así... no, no voy nada bien. Me quedan por leer más de 3.700 páginas, así que no creo que lo consiga, y menos si continúo escribiendo y trabajando a la vez. Está visto que mejor me pongo un objetivo más realista ¿haber leído todas estas novelas para las próximas navidades? Pues sí, creo que así está bastante mejor, añadiendo también un puñado de novedades que vayan cayendo a medida que avanza el año, como "El herrero de Galilea" de Nicholas Guild, que incluso con semejante cola de lectura compré hace un mes. 

Eso sí, teniendo en cuenta que mis objetivos para este año en mi faceta de escritor incluyen la revisión definitiva y publicación de la tercera y última novela de la serie "Las cenizas de Hispania", que tengo entre manos el borrador de un nuevo proyecto, otro en proceso de corrección, y aún otro más que avanza a buen ritmo de escritura, me queda un arduo trabajo por delante...

lunes, 26 de febrero de 2018

Documentación e interpretación de las fuentes: el ejemplo de la Notitia Dignitatum en la Hispania del siglo V d.C.

Notitia Dignitatum

Resulta que en el siglo IV, a alguien muy ordenado (o muy desocupado) se le ocurrió que la administración imperial romana debería conocer todas las tropas que se encontraban desperdigadas en sus provincias. Un trabajo digno de las labores de Hércules y que, con el tiempo, terminó por convertirse más es una especie de propaganda, en vez de reflejar la realidad existente en cada lugar. Aun así, se trata de un documento excepcional, básico para estudiar la situación militar (ideal) del imperio en los siglos IV y V d.C. Para el que esté interesado particularmente en el tema, le aconsejo que eche un vistazo al siguiente artículo elaborados por los chic@s de Despertaferro. 

Notitia Dignitatum
Un detalle de la "Notitia Dignitatum", en la que se muestran algunos estandartes de las unidades.

En esta Notitia Dignitatum también aparecen representadas las tropas presentes en Hispania. Comandantes, nombres de las unidades y hasta efectivos (todo ello de forma teórica, por otra parte, pues casi nunca una unidad de combate se encontraba completa; bajas en conflicto, deserciones y escasez de dinero para acometer los pagos eran problemas habituales y recurrentes). En ese entonces, las tropas imperiales se dividían básicamente en dos tipos: limitanei, que permanecían acantonadas en las diferentes fronteras (las típicas legiones del Rin y el Danubio, por ejemplo), y las tropas comitatenses, que se encontraban en el interior de las provincias y que, dada la escasez de conflictos en lugares tan alejados de los limes, sus integrantes se convertían en una especie de soldados-granjeros, o reservistas, listos para combatir en cuanto se presentara la oportunidad (o al menos esa era la teoría, pues no era poco habitual que en ese entonces muchos hombres llegaran a amputarse el pulgar para evitar así ser llamados a filas). En Hispania, tan alejada en ese entonces de las fronteras del imperio, la mayoría de las unidades existentes se correspondían al segundo tipo. Además, existirían algunas unidades especiales en los pasos que atravesaban los Pirineos, formadas por habitantes de la zona que actuarían a modo de "agentes de frontera"

Notitia dignitatum
Otra "colorida estampa" de la Notitia Dignitatum

Pues bien, salvo en el caso los últimos, del resto de unidades que deberían haber defendido la diócesis en el siglo V, no hubo noticias cuando se presentaron "los verdaderos problemas" en el lugar. ¿Cuál pudo ser el motivo? ¿Existían aquellos hombres en realidad? Ahondando en la bibliografía existente (Orosio, Hydacio, pero también Javier Arce y su inestimable "Bárbaros y Romanos en Hispania", podemos aventurar algunas hipótesis al respecto... Hagamos un pequeño balance de la situación del momento porque, como decía el gran Manolo García en una de sus canciones ¿Dónde estabas entonces, cuando tanto te necesité?:
  • Manejar el arado es aburrido, vale, pero manejar el gladius o la spatha sin expectativas de paga y botín da más pereza aún. Estas tropas, acantonadas en diferentes lugares, como en la ciudad de Legio (León), Lucus Augusti o Iulobriga (estas dos localizaciones podría ser que compartieran la Cohors Lucensis, que primeramente pudo ubicarse en la ciudad gallega para posteriormente emigrar a Cantabria en el último siglo imperial) terminarían por hacer de su principal actividad, el cuidado de la tierra, su ocupación definitiva, olvidando su compromiso de defender la provincia en la que se encontraban, más allá de sus propias tierras.
  • Las guerras civiles que tuvieron lugar en esas fechas por la lucha del imperio de occidente, también se presentaron en las provincias hispanas. Un general britano, Constantino, disputó el trono al emperador legítimo, Honorio y, tras hacerse con gran parte de la Galia, dirigió sus ojos hacia Hispania, a la que envió a su hijo y a uno de sus mejores generales, el bretón Gerontius. Cuando estos, junto con sus tropas principalmente galas y britanas, además de diferentes contingentes provenientes de pueblos" bárbaros" se acercaron a Hispania, se toparon con los "rústicos" que defendían los pasos de los Pirineos (estos, al menos, parecían existir). Superado este escollo, pues aquellas tropas montaraces no estaban preparadas para resistir frente a un ejército de tal tamaño y preparación, Gerontius se adentró en Hispania, dejando acantonadas en aquellos pasos de montaña algunas unidades de "bárbaros", ocupando el lugar de los "rústicos". Una Hispania que, no olvidemos, era la cuna del emperador legítimo, o al menos, del padre de aquel, Teodosio el Grande. Pues bien, ninguna unidad regular enarbolando coloridas enseñas desafió a los recién llegados. Tan solo en los alrededores de Emerita Augusta se levantó un ejército para hacerles frente. ¿Conformado, pensaréis, por unidades de limitanei o comitatenses y sus respectivos comandantes de cargo rimbonbante? No, un ejército levantado por los parientes de Honorio, compuesto por sus siervos y esclavos (varios miles, eso sí) que, pese a todo, plantó cara a las experimentadas tropas enviadas por Constantino. 
  • En el momento en el que los parientes de Honorio (Dídimo y Verininano) resultaron derrotados, Hispania y las provincias que la componían pasaron a estar bajo el mando nominal del britano Constantino, que se había autoproclamado emperador. Constantino, más pendiente de defenderse de Honorio y tratar de socavar la autoridad de aquel en Italia, dejó a Gerontius al mando de las provincias recién anexionadas, mientras su hijo Constante regresaba a la Galia. ¿Alguien más protestó? ¿Alguien se alzó en armas? No, y no.
  • La guerra civil no terminó ahí, sino que se complicó aún más. Gerontius terminó por traicionar a su señor y declarar a las provincias hispanas libres de su yugo, utilizando para ello a un hispano de la Tarraconense, de nombre Máximo, al que nombró César. Nuevamente, nadie se alzó contra aquel.
  • Llegado el momento, Gerontius desafió el poder de su antiguo benefactor, e invadió la Galia, llegando a derrotar al hijo de Constantino, dándole muerte. Con él, llegado el caso, podrían haber partido de la península las últimas tropas hispanas, si hubieran existido. Nunca regresarían, si así hubiera sido; pues Gerontius sufrió la deserción masiva de los suyos en cuanto las tropas de Honorio alcanzaron la Galia dispuestas a acabar con sendos usurpadores.
  • Después de aquello, podríamos terminar planteando el desenlace de la situación como el comienzo de un chiste: se juntan un alano, un suevo y un vándalo y dice el primero: mira, que hay un tipo muy simpático en Hispania que dice que vayamos, que necesita soldados y que nos dará tierras y botín. El tipo, era Máximo, el usurpador hispano ¿y qué hacen entonces todos estos "pueblos bárbaros"? pues abandonar Aquitania, donde llevaban años viviendo, para dirigirse a los Pirineos. Allí, se encuentran con las "tropas bárbaras" estacionadas por Gerontius poco tiempo atrás... que no sólo dejaron pasar a estos pueblos en movimiento, sino que se unieron a ellos y penetraron en las provincias asolando cuanto encontraban a su paso, desoyendo al inocente Máximo. Para los hispanos de aquel entonces, si aquello era un chiste, desde luego no le encontrarían la gracia.
Sin duda, una época convulsa a la que, novelísticamente hablando, se le puede sacar mucho partido.
¿Has leído alguna buena novela sobre este tema? ¿Dónde crees tú que estarían las tropas recogidas en el mayor inventario militar de la antigüedad cuando se las necesitaba?