lunes, 9 de abril de 2018

Inspiración vikinga: una exposición y muchas novelas




Este pasado fin de semana visité una exposición itinerante denominada: "Vikingos. Guerreros del norte. Gigantes del mar". Una muestra que, gracias a la intervención de la Fundación CajaCanarias, llegó nada más y nada menos que a Santa Cruz de Tenerife, un lugar tan distante al que ni tan siquiera los vikingos de aquella época lograron acceder.

Como no podía ser de otra manera, disfruté de lo lindo, así como también lo hicieron todos los chavales a los que escuchaba durante el recorrido hablando entusiasmados sobre cuanto veían. Que si aquellos individuos debían de ser enormes, los más fuertes, los más salvajes... Espadas, hachas, cotas de malla. Sin embargo, nada parecían decirles las pequeñas figurillas votivas, los peines de hueso, las herramientas de hierro, fíbulas y torques de plata. No, los vikingos tienen que ser fuertes, salvajes y, todo el mundo sabe que... ¿tienen cuernos? No pude evitarlo, no, por supuesto que no tenían cuernos en sus cascos, vaya asunto más estúpido e incómodo hubiera sido. Y eran guerreros, pero también eran agricultores, herreros, comerciantes; hombres y mujeres atados a una tierra pobre en recursos, pero que no se resignaban a su suerte. Pero no era mi intención hablar de cuernos, como tampoco de si eran hombres y mujeres enormes como muchas veces se ha dicho, o más bien eran bajitos, pues en aquel entonces, en aquellas latitudes, la agricultura no podía compararse en productividad y variedad a la de otros lugares más al sur. No, definitivamente hoy no quiero abrir un debate acerca de este pueblo tan sugerente, pero sí me apetece compartir un recorrido novelístico sobre sus hazañas, en base a aquellas novelas que he leído, y que han acudido a mi memoria estos días.

Equipaje ideal para irse a hacer el vikingo una temporada
Creo que se me ha ocurrido una buena idea para dividir las novelas, no en períodos, sino aprovechando la idiosincrasia propia de esta cultura, según el destino de sus viajes. Como anunciaba la exposición (asunto que hacía las delicias de los niños, al imaginar a aquellos dragones aterrorizando a quien encontraban a su paso), lo que hoy conocemos como pueblos vikingos eran grandes navegantes, que, llegado el momento, comenzaron a explorar más allá de sus tierras en busca de tierras, alimentos, ganado, comida y riquezas. Nada que no hubieran inventado antes, por ejemplo, anglos y sajones, pero también vándalos o suevos. Pero en el caso que hoy nos ocupa, los vikingos se amparaban en su gran espíritu navegante y explorador, aspecto que ninguno de los otros pueblos poseía en su momento. Estos guerreros vikingos, a bordo de sus naves de guerra, ideales para remontar los ríos, dejándose guiar por la posición de las estrellas, por la dirección de los vientos y el vuelo de las aves, se lanzaron al descubrimiento del mundo que les rodeaba a partir del siglo VIII d.C. Y a partir de ese momento, podemos aventurar que cuatro fueron las grandes direcciones que tomaron, y aquí, van algunas recomendaciones novelísticas al respecto. Comencemos:

1-. Hacia el "oeste cercano": islas británicas y norte de Francia.

Por supuesto, que gran parte de los novelistas que lea sean angloparlantes, conlleva que haya leído más libros acerca de este primer destino que del resto. 

A partir de finales del siglo VIII (y algunos lo recordarán por la serie de la BBC, Vikingos), los pueblos daneses comienzan a llegar a las islas británicas. En concreto, el primer lugar que pisan (saquean e incendian, como no podía ser de otra manera) es el monasterio de Lindisfarne, en la costa de Northumbria. Tras este primer episodio, y durante otros dos siglos, no dejarán de llegar a las costas británicas embarcaciones cargadas de guerreros, pero también de familias danesas, principalmente, como también frisonas e incluso noruegas, que terminarán conformando sus propios reinos en tierra inglesa. Si quieres leer una buena novela sobre este hecho, lo tuyo es la serie de "Sajones, vikingos y normandos", del gran Bernard Cornwell.

Pero también al otro lado del canal de la Mancha se dejó sentir la presencia de estos personajes del norte. Normandía pasará entonces a convertirse en una nueva Dinamarca, y ya a mediados del siglo XI, será el Duque Guillermo quien finalmente conquiste las tierras que pertenecieran a los descendientes de Eduardo de Wessex. Si estás interesado en este período, entonces debes leer la serie de Rebecca Gabblé con los títulos "El último reino" y "El traductor del rey", o la novela "El último rey inglés", de Julian Rathbone.

Un detalle del "Tapiz de Bayeaux", en el que se cuenta la conquista normanda de Inglaterra.
Pero no solo de la conquista danesa de Britannia tenemos que hablar si nos referimos a la influencia vikinga en las islas británicas. Irlanda, la Hibernia romana, también sufrió el acoso de los dragones llegados del mar. Sin ir más lejos, su capital, Dublín, debe su fundación a un enclave vikingo (en este caso probablemente noruego) llamado en su momento Dyfflin. La saga "Vikingos", de James L. Nelson, puede ser una buena opción si quieres adentrarte en la Irlanda vikinga, así como "Príncipes de Irlanda", de Edward Rutherfurd.

2-. Hacia el noroeste, y más allá: el frío, lejano e inacabable noroeste.

Sí, a partir de esa época comienzan a asentarse colonias vikingas más allá de las islas británicas; las que hasta entonces parecían haber marcado el límite de la tierra conocida en la edad antigua. Las islas Orcadas, Feroe, Shetlands y un numeroso grupo de islitas situadas al norte y oeste de Escocia fueron colonizadas por estos hombres y mujeres en su largo peregrinar. Pero incluso fueron más allá. Se asentaron en Islandia en el siglo IX, pero también en Groenlandia un siglo más tarde e, incluso, parecen haber llegado hasta el continente americano, hasta la isla de Terranova.

Algunas novelas interesantes ambientadas "en parte" en estos, son: "Assur", de Francisco Narla o "Erik el Rojo", de Manuel Velasco.

3-. Al sur, y más allá: la península ibérica y el Mediterráneo.

Pues en el siglo IX llegan por primera vez las embarcaciones vikingas hasta la península ibérica. Como surgidas de las peores pesadillas de nuestros antepasados, las tripulaciones de daneses aparecen en el horizonte para pasar a sangre y fuego cuanto pueden, hasta que son rechazadas por los ejércitos asturianos, navarros y andalusíes (aquí no se salvó nadie...). Santiago de Compostela, Lisboa, Pamplona o Sevilla, esta última de forma brutal e inesperada, fueron algunas de la ciudades que conocieron la fama de salvajes que poseían estos guerreros. Pero lejos de darse por satisfechos, los navegantes vikingos no se detuvieron en la península, sino que se aventuraron en el Mediterráneo. Así, mercenarios normandos llegaron a tomar posesión de la isla de Sicilia, creando su reino propio que se mantendría durante un siglo.

Novelas que no te puedes perder: "Los demonios del mar", de José Javier Esparza, o, "Al-Gazal, el viajero de los dos orientes", de José Luis Maeso de la Torre.

4-. Al sureste y más allá, aunque no haya mar que atravesar: Kiev y Bizancio.

Los llamados vikingos orientales, principalmente de origen sueco t establecidos en la actual Suecia, pero también en Finlandia, Livonia y otras regiones bálticas, al contrario que sus "parientes" daneses y noruegos, cuyas costas abrían al mar del norte, decidieron llevar a cabo su propia exploración en sentido contrario. Se trata de una epopeya vikinga quizás menos menos conocida, pero igual de interesante, quizás incluso más por lo exótica que resulta su presencia en un mundo tan lejano y diferente a su cultura como el imperio bizantino y el mundo árabe. Los guerreros vikingos, bien pertrechados para el combate, fieros y ávidos de riqueza, se hicieron un nombre entre los nobles rusos de Novgorod, en su capital de Kiev, a la que acudían en calidad de mercenarios (cuando no directamente como enemigos) de los dirigentes locales para luchar en su nombre. Tal fue su renombre y su audacia, que continuaron su camino hacia el sur, hasta llegar a la propia Constantinopla. Allí, desde finales del siglo X y hasta la caída de la ciudad a manos de los turcos, constituyeron una de las tropas de élite más reconocidas a lo largo de la historia militar: la guardia varega. Guardia personal del Basileus, escogida entre los escandinavos llegados hasta el imperio bizantino que además de salvaguardar la vida del dirigente, servían como infantería pesada en las batallas que asolaban Asia Menor y los Balcanes. Eran hombres temibles, de aspecto exótico para los orientales, que hicieron cuanto quisieron en la corte imperial, disfrutando de una vida soñada para alguien como ellos: bebían sin medida, provocaban altercados, recibían una paga extraordinaria, y luchaban sin mesura. Tal fue su privilegiado estatus, que incluso nobles de diferentes partes de Escandinavia emprendían el largo camino hasta Constantinopla para alistarse en esta tropa unos cuantos años, antes de regresar a su hogar habiendo amasado una gran fortuna.

Y con todos ustedes, la Guardia Varega.
Si este es tu viaje vikingo, no dejes de leer la serie escrita por Robert Low, que comienza con su novela "El camino de las ballenas".

¿Y tú, conoces alguna otra novela "vikinga" interesante?

No olvides tu martillo de Thor antes de escoger la ruta preferida, y que tengas felices lecturas.



lunes, 19 de marzo de 2018

Saliendo de mi zona de confort



Ya he comentado en post anteriores mis gustos acerca de aquellos períodos históricos que más me fascinan. La historia del Mediterráneo Antiguo en general, la Grecia Clásica y Helenística, Roma y, por supuesto, los últimos años del imperio y los inicios del medievo. Podría decir que ese amplio período de tiempo conforma mi "zona de confort" a la hora de plantearme escribir una novela; incluso de leerla, porque mis incursiones en otros períodos (y qué decir de otros géneros) suelen provocarme cierta duda inicial.

Desde luego, ya salí de mi zona de confort cuando me atreví a escribir mi primera novela hace ya unos cuantos años. Más que nada, por lo inesperado, pues nunca me lo había planteado seriamente. Pero desde ese entonces, sabía que me faltaba por dar "una vuelta de tuerca más" a mi aventura novelística, una vez me había atrevido a comenzarla. Un paso adelante para el que aún no me había llegado el momento. No tenía la desenvoltura, pensaba y, desde luego, no tenía la historia que quería contar. Una historia sobre el lugar en el que nací, en el que vivo y del que disfruto a diario, de la "muy noble y leal ciudad de San Cristóbal de La Laguna". Para quien no lo sepa, ciudad distinguida como Patrimonio de la Humanidad por parte de la UNESCO; conjuntamente con la portuguesa Angra do Heroismo, las únicas ciudades macaronésicas distinguidas con tal galardón. Y a la que también he tenido la suerte de viajar y, por tanto, de tomar notas.

Plano de San Cristóbal de La Laguna en el siglo XVI, elaborado por el ingeniero Leonardo Torriani.

Hoy, tras haber terminado cinco novelas más (y tras otros cuantos años) y haber empleado unos buenos meses en documentarme sobre mi propia ciudad, he concluido el primer manuscrito sobre una novela en la que La Laguna, y Tenerife, sus costumbres y gentes son casi tan protagonistas como el mismo personaje principal de la trama. Un manuscrito cuyo desarrollo me ha permitido conocer detalles que ignoraba acerca de mi propio entorno, rincones por los que paseo habitualmente y personalidades que, aunque había escuchado, desconocía su aportación a la historia de mi isla. Una historia que se remonta al siglo XVII, en el que el tráfico marítimo entre el Nuevo y el Viejo Mundo no era ajeno a la privilegiada posición de las islas Canarias. Un archipiélago y una historia en la que pueden encontrarse piratas, mercaderes y campesinos llegados a las islas desde todas partes de Europa, un continente en el que el otrora poderío español lleva años descomponiéndose y que, desde Tenerife, parece tan lejano como banal.

Antes de comenzar, en la biblioteca municipal, mientras leía diferentes documentos antiguos relacionados con la época pensaba que, por desgracia para mi pluma, ninguna gran batalla tuvo lugar en nuestro suelo en ese entonces (aunque advierto que lo de "nuestro suelo" tiene truco). Lo que no sabía en ese momento era que, pese a no poder narrar grandes combates, sí que era capaz de engarzarse una interesante historia. Ya sabéis que mis personajes suelen tener imán para meterse en líos... 

Falta camino por recorrer; tengo mucho material en el tintero y no he decidido aún cuál de las historias será la próxima en ver la luz, más allá de la tercera y última de la serie Las Cenizas de Hispania, que preveo lanzar después del verano. Pero este manuscrito, por sus características, tiene un significado especial y me apetecía hablaros sobre él. Contadme, ¿he logrado despertar vuestra curiosidad? ¿Os apetece conocer a Martín Díaz de Montánchez? Os mantendré informados.

PD. Será la primera vez que escriba sobre mi isla, pero quizás no sea la última. Hace poco tiempo que he podido descubrir la interesante hipótesis que  aporta José Juan Jiménez, conservador del Museo Arqueológico de Tenerife, en el libro «La tribu de los Canarii. Arqueología, Antigüedad y Renacimiento». En ella se aborda el poblamiento de las islas, y su relación con la expedición africana del Cónsul Suetonio Paulino en el siglo I de nuestra era. Romanos y mi tierra, ¿qué más se puede pedir? Gracias por el apunte, José Luis.


lunes, 12 de marzo de 2018

Otro día en el que "David" venció a "Goliath". Esta vez, en la Hispania tardorromana

Corría el año 451 cuando Atila, el huno, situó al borde de la desaparición al imperio romano, al menos, al que aún se mantenía (como buenamente podía) en las provincias occidentales.

Tan solo un hombre, probablemente, fue capaz de frenar su avance, y no solo por su actuación en el campo de batalla, pues era el Magister militum del imperio, el máximo cargo militar existente en el momento. Flavio Aecio, conocido por muchos en ese entonces como "el último de los romanos", llevó a cabo un complicado y productivo trabajo diplomático para sumar a su causa (y a su ejército) a un buen puñado de pueblos germánicos que en ese entonces, o ya se encontraban dentro de las provincias del imperio, o trataban de estarlo. Gracias a él, en el verano de ese año se desarrolló la mayor batalla que se recuerde en ese siglo, al menos, y probablemente en los dos anteriores y otros tantos posteriores, en Europa. Una batalla en la que los hunos y sus aliados (sármatas, ostrogodos, hérulos, gépidas y otros tantos), se enfrentaron a romanos, pero también visigodos, francos o alanos midieron sus armas con desigual resultado. Las crónicas de la época recogen al menos dos hechos contrastados en el desarrollo de la misma: por un lado, los alanos que luchaban del lado romano se batieron en retirada durante la batalla, estando a punto de provocar el descalabro total del bando imperial; por otro, fueron los visigodos quienes decidieron la batalla hacia el lado de Flavio Aecio y los suyos, con un contraataque feroz tras la muerte de su rey, que hizo replegarse al ejército enemigo.

El "Azote de Dios" 
Esos mismos visigodos, pocos años después, ingresan en Hispania para, cumpliendo las órdenes del emperador de entonces (tanto Aecio como el emperador que reinaba durante la gran batalla, se encontraban ya bajo tierra; el primero a manos de esbirros del segundo, y el segundo a manos de amigos del primero), con la misión de poner fin al reino suevo que se había instalado en la provincia de Gallaecia.

Estos veteranos de guerra, curtidos en la mayor batalla de la tardoantigüedad, vencieron con relativa facilidad a cuantos adversarios encontraron en el año que pasaron en suelo hispano. Los suevos de Rechiario nunca estuvieron cerca de la victoria, ni tan siquiera de entorpecer el avance del rey Teodorico y los suyos. Tampoco fueron rivales aquellos pocos hispanos que se atrevieron a oponerse a los recién llegados. Pero en este paseo triunfal de los hombres de Teodorico, hubo un lunar, ¿lo conocías? ¿sabías que hubo un lugar en Hispania que no solo se enfrentó a ellos, los mejores guerreros de la época, sino que además sus habitantes fueron capaces de derrotarlos y ponerlos en fuga, sembrando de cadáveres el terreno? Vaya... ya hemos adelantado en otros post que no parecía existir ejército romano alguno dentro de la diócesis administrativa. Vista esa circunstancia, lo más lógico hubiera sido apostar por algún caudillo local que comandara un gran ejército, probablemente establecido en algún lugar densamente poblado, rico y próspero, como pudo haber sido el Dux Bellorum Andevotus en los alrededores de Corduba casi veinte años antes. Pero no, fueron los habitantes de un pequeño lugar de la meseta castellana quienes derrotaron a aquellos mismos hombres que pocos años antes habían puesto en fuga al mismo "Azote de Dios". Sucedió en el Castro Coviacense, o Coviacum, como recoge el obispo Hydacio en sus crónicas, la actual Valencia de Don Juan.

¿A que resulta la mar de interesante, a la vez que desconocido? Este hecho se reduce a una línea en la crónica de Hydacio pero, ¿y si te atreves a imaginarlo en forma de novela? ¿Dejarías que fuera Attax, el alano, quien te lo mostrara a través de sus ojos? Si tu respuesta es sí, no dejes de leer "niebla y acero".

lunes, 5 de marzo de 2018

Primeras impresiones acerca de las novelas que me regalaron "Sus Majestades"


Voy a buen ritmo; quedan poco más de tres meses para mi cumpleaños, y creo que voy por buen camino de cara a llegar a esa fecha habiendo menguado considerablemente la pila de novelas por leer. Han pasado casi dos meses desde que la llegada de los reyes magos de oriente añadiera un buen número de títulos a la misma, la tercera parte del tiempo que me había marcado, y creo que es el momento de hacer un pequeño balance de la situación:

novelas históricas
"El botín ya leído".
Ya leídas:
  • Guerreros de la Tormenta - Bernard Cornwell (512 páginas).
Una buena novela. No espectacular, como otras a las que nos tiene acostumbrados el maestro por excelencia de la novela histórica anglosajona actual. Una nueva entrega de la serie "Sajones, vikingos y normandos", a la que parece que ya no le quedan muchas más entregas para poner el punto y final. Por un lado, esta circunstancia me apena (aunque creo que ya es hora de que el protagonista tome posesión de su añorado Bebamburg - Bamburgh Castle); creo que Uthred de Bebbaunburg es uno de los mejores personajes creados por la genial pluma del autor, pero lamentablemente cada una de las entregas ha ido decayendo en interés con respecto a la anterior, aunque el talento narrativo de Bernard Cornwell es suficiente para que cada una de ellas resulte interesante y entretenida.
  • El asesinato de Sócrates - Marcos Chicot (768 páginas).
Una grata sorpresa. Ya me habían advertido de que esta novela era un ejemplo de cómo dar una "vuelta de tuerca" a una historia muy manida y con escaso margen para la libre interpretación. Una de mis épocas favoritas cuando era niño, como era la guerra del Peloponeso. Ni la densa prosa de Tucidídes fue capaz de echarme atrás en ese entonces frente a mi ansia por conocer cada uno de los hechos bélicos que se sucedieron entre los años 431 y 404 a.C en Grecia, en la que el "imperio" de Atenas y sus aliados de la Liga de Delos lucharon casi ininterrumpidamente contra Esparta, la Liga del Peloponeso y otros estados aliados de aquella como Tebas, en diferentes escenarios, llevando incluso la guerra hasta Tracia, Asia Menor, pero también hasta Sicilia, en la que se libró uno de los más sanguinarios episodios de este conflicto, como fue el desenlace de la expedición ateniense comandada por Alcibíades contra la ciudad de Siracusa. Si estás interesado en este episodio en concreto, también te recomiendo la novela de Steven Pressfield "Vientos de guerra". Pero a lo que iba: me ha gustado, y mucho. Una buena novela en la que los hechos históricos contrastados y recogidos en múltiples crónicas de la época se van engarzando alrededor de la vida de unos personajes ficticios "pero casi reales", que se ven atrapados en un período convulso y plagado de atractivo. 
  • Las Lanzas - Fernando Martínez Laínez (604 páginas).
Fernando Martínez Laínez ha escrito ya varios ensayos acerca de los temibles tercios españoles de la edad moderna. Uno de ellos, "Los tercios: la infantería legendaria", ocupa un lugar de privilegio en mi biblioteca técnica. Esta novela, sin resultar especialmente cautivadora, es más que correcta. Lamentablemente, los personajes principales, Alonso Montenegro y Ambrosio Spínola, no terminan de llegar al lector (al menos a mí), pero probablemente se deba a la forma de narrar la historia, más cercana a un diario de guerra. Aún así, se trata de una novela imprescindible para ahondar en un período histórico tan crucial como la guerra en Flandes, que desgastó (y arruinó) a la monarquía española del siglo XVII.

En fin, estoy más que satisfecho con estas tres lecturas (sin duda sus majestades acertaron en sus elecciones), pero aún me quedan unas buenas cuantas. Recapitulemos:

Pendientes (con tres meses por delante para leerlas):
  1. El guerrero a la sombra del cerezo - David B. Gil (736 páginas).
  2. La luz de la tierra - Daniel Wolf (750 páginas).
  3. La perla negra - Claudia Casanova (366 páginas).
  4. Cuando la luna brille - Elena Álvarez (144 páginas).
  5. El castillo - Luis Zueco (688 páginas).
  6. Las legión perdida - Santiago Posteguillo (1.070 páginas). 
Visto así... no, no voy nada bien. Me quedan por leer más de 3.700 páginas, así que no creo que lo consiga, y menos si continúo escribiendo y trabajando a la vez. Está visto que mejor me pongo un objetivo más realista ¿haber leído todas estas novelas para las próximas navidades? Pues sí, creo que así está bastante mejor, añadiendo también un puñado de novedades que vayan cayendo a medida que avanza el año, como "El herrero de Galilea" de Nicholas Guild, que incluso con semejante cola de lectura compré hace un mes. 

Eso sí, teniendo en cuenta que mis objetivos para este año en mi faceta de escritor incluyen la revisión definitiva y publicación de la tercera y última novela de la serie "Las cenizas de Hispania", que tengo entre manos el borrador de un nuevo proyecto, otro en proceso de corrección, y aún otro más que avanza a buen ritmo de escritura, me queda un arduo trabajo por delante...

lunes, 26 de febrero de 2018

Documentación e interpretación de las fuentes: el ejemplo de la Notitia Dignitatum en la Hispania del siglo V d.C.

Notitia Dignitatum

Resulta que en el siglo IV, a alguien muy ordenado (o muy desocupado) se le ocurrió que la administración imperial romana debería conocer todas las tropas que se encontraban desperdigadas en sus provincias. Un trabajo digno de las labores de Hércules y que, con el tiempo, terminó por convertirse más es una especie de propaganda, en vez de reflejar la realidad existente en cada lugar. Aun así, se trata de un documento excepcional, básico para estudiar la situación militar (ideal) del imperio en los siglos IV y V d.C. Para el que esté interesado particularmente en el tema, le aconsejo que eche un vistazo al siguiente artículo elaborados por los chic@s de Despertaferro. 

Notitia Dignitatum
Un detalle de la "Notitia Dignitatum", en la que se muestran algunos estandartes de las unidades.

En esta Notitia Dignitatum también aparecen representadas las tropas presentes en Hispania. Comandantes, nombres de las unidades y hasta efectivos (todo ello de forma teórica, por otra parte, pues casi nunca una unidad de combate se encontraba completa; bajas en conflicto, deserciones y escasez de dinero para acometer los pagos eran problemas habituales y recurrentes). En ese entonces, las tropas imperiales se dividían básicamente en dos tipos: limitanei, que permanecían acantonadas en las diferentes fronteras (las típicas legiones del Rin y el Danubio, por ejemplo), y las tropas comitatenses, que se encontraban en el interior de las provincias y que, dada la escasez de conflictos en lugares tan alejados de los limes, sus integrantes se convertían en una especie de soldados-granjeros, o reservistas, listos para combatir en cuanto se presentara la oportunidad (o al menos esa era la teoría, pues no era poco habitual que en ese entonces muchos hombres llegaran a amputarse el pulgar para evitar así ser llamados a filas). En Hispania, tan alejada en ese entonces de las fronteras del imperio, la mayoría de las unidades existentes se correspondían al segundo tipo. Además, existirían algunas unidades especiales en los pasos que atravesaban los Pirineos, formadas por habitantes de la zona que actuarían a modo de "agentes de frontera"

Notitia dignitatum
Otra "colorida estampa" de la Notitia Dignitatum

Pues bien, salvo en el caso los últimos, del resto de unidades que deberían haber defendido la diócesis en el siglo V, no hubo noticias cuando se presentaron "los verdaderos problemas" en el lugar. ¿Cuál pudo ser el motivo? ¿Existían aquellos hombres en realidad? Ahondando en la bibliografía existente (Orosio, Hydacio, pero también Javier Arce y su inestimable "Bárbaros y Romanos en Hispania", podemos aventurar algunas hipótesis al respecto... Hagamos un pequeño balance de la situación del momento porque, como decía el gran Manolo García en una de sus canciones ¿Dónde estabas entonces, cuando tanto te necesité?:
  • Manejar el arado es aburrido, vale, pero manejar el gladius o la spatha sin expectativas de paga y botín da más pereza aún. Estas tropas, acantonadas en diferentes lugares, como en la ciudad de Legio (León), Lucus Augusti o Iulobriga (estas dos localizaciones podría ser que compartieran la Cohors Lucensis, que primeramente pudo ubicarse en la ciudad gallega para posteriormente emigrar a Cantabria en el último siglo imperial) terminarían por hacer de su principal actividad, el cuidado de la tierra, su ocupación definitiva, olvidando su compromiso de defender la provincia en la que se encontraban, más allá de sus propias tierras.
  • Las guerras civiles que tuvieron lugar en esas fechas por la lucha del imperio de occidente, también se presentaron en las provincias hispanas. Un general britano, Constantino, disputó el trono al emperador legítimo, Honorio y, tras hacerse con gran parte de la Galia, dirigió sus ojos hacia Hispania, a la que envió a su hijo y a uno de sus mejores generales, el bretón Gerontius. Cuando estos, junto con sus tropas principalmente galas y britanas, además de diferentes contingentes provenientes de pueblos" bárbaros" se acercaron a Hispania, se toparon con los "rústicos" que defendían los pasos de los Pirineos (estos, al menos, parecían existir). Superado este escollo, pues aquellas tropas montaraces no estaban preparadas para resistir frente a un ejército de tal tamaño y preparación, Gerontius se adentró en Hispania, dejando acantonadas en aquellos pasos de montaña algunas unidades de "bárbaros", ocupando el lugar de los "rústicos". Una Hispania que, no olvidemos, era la cuna del emperador legítimo, o al menos, del padre de aquel, Teodosio el Grande. Pues bien, ninguna unidad regular enarbolando coloridas enseñas desafió a los recién llegados. Tan solo en los alrededores de Emerita Augusta se levantó un ejército para hacerles frente. ¿Conformado, pensaréis, por unidades de limitanei o comitatenses y sus respectivos comandantes de cargo rimbonbante? No, un ejército levantado por los parientes de Honorio, compuesto por sus siervos y esclavos (varios miles, eso sí) que, pese a todo, plantó cara a las experimentadas tropas enviadas por Constantino. 
  • En el momento en el que los parientes de Honorio (Dídimo y Verininano) resultaron derrotados, Hispania y las provincias que la componían pasaron a estar bajo el mando nominal del britano Constantino, que se había autoproclamado emperador. Constantino, más pendiente de defenderse de Honorio y tratar de socavar la autoridad de aquel en Italia, dejó a Gerontius al mando de las provincias recién anexionadas, mientras su hijo Constante regresaba a la Galia. ¿Alguien más protestó? ¿Alguien se alzó en armas? No, y no.
  • La guerra civil no terminó ahí, sino que se complicó aún más. Gerontius terminó por traicionar a su señor y declarar a las provincias hispanas libres de su yugo, utilizando para ello a un hispano de la Tarraconense, de nombre Máximo, al que nombró César. Nuevamente, nadie se alzó contra aquel.
  • Llegado el momento, Gerontius desafió el poder de su antiguo benefactor, e invadió la Galia, llegando a derrotar al hijo de Constantino, dándole muerte. Con él, llegado el caso, podrían haber partido de la península las últimas tropas hispanas, si hubieran existido. Nunca regresarían, si así hubiera sido; pues Gerontius sufrió la deserción masiva de los suyos en cuanto las tropas de Honorio alcanzaron la Galia dispuestas a acabar con sendos usurpadores.
  • Después de aquello, podríamos terminar planteando el desenlace de la situación como el comienzo de un chiste: se juntan un alano, un suevo y un vándalo y dice el primero: mira, que hay un tipo muy simpático en Hispania que dice que vayamos, que necesita soldados y que nos dará tierras y botín. El tipo, era Máximo, el usurpador hispano ¿y qué hacen entonces todos estos "pueblos bárbaros"? pues abandonar Aquitania, donde llevaban años viviendo, para dirigirse a los Pirineos. Allí, se encuentran con las "tropas bárbaras" estacionadas por Gerontius poco tiempo atrás... que no sólo dejaron pasar a estos pueblos en movimiento, sino que se unieron a ellos y penetraron en las provincias asolando cuanto encontraban a su paso, desoyendo al inocente Máximo. Para los hispanos de aquel entonces, si aquello era un chiste, desde luego no le encontrarían la gracia.
Sin duda, una época convulsa a la que, novelísticamente hablando, se le puede sacar mucho partido.
¿Has leído alguna buena novela sobre este tema? ¿Dónde crees tú que estarían las tropas recogidas en el mayor inventario militar de la antigüedad cuando se las necesitaba?

lunes, 12 de febrero de 2018

¿Y si en carnaval te disfrazas de alano? Ahí van unas cuantas recomendaciones


Attax, el alano


Aunque vine al mundo en tierras hispanas, y por aquel entonces había pasado ya más de veinte largos años de mi vida en la provincia, me sentía profundamente orgulloso de mis raíces alanas. De todas formas, mi aspecto físico se encargaba de dejar claro mi origen desde el primer vistazo. Entre las gentes de Hispalis y alrededores, descendientes de generaciones de dominio romano en la península, donde predominaban los hombres y mujeres de tamaño medio e incluso pequeño, tez más morena y ojos castaños, mi elevada estatura –superior a los seis pies– se hacía notar. Además, mis ojos son de color azul claro, y nunca he querido recortar mis largos y algo desgreñados cabellos rubios.
Extracto de "El Alano"

Esta es la descripción que hace Attax de sí mismo cuando contaba con veintiséis años, al inicio de la novela "El Alano". Una descripción que no se debe al azar, ni a ninguna idea preconcebida que yo mismo tuviera cuando en mi cabeza comenzó a rondar la idea de escribir la novela. No: se debe a la consulta de las fuentes clásicas acerca del aspecto que solían presentar los hombres de este pueblo en la antigüedad. Como ya comentamos en post anteriores, esta descripción física propia de los alanos la debemos principalmente al historiador y militar romano Amiano Marcelino, que en sus anotaciones (siglo IV d.C) los caracterizaba como unos "bárbaros ideales": pueblo belicoso cuya principal distracción resultaba precisamente la guerra, nómada y ganadero, ajeno a la agricultura, cuyos hombres presentaban una gran talla y resultaban bien parecidos; con el cabello normalmente rubio y ojos fieros. Vaya, pues vistos así sí que resultaban ideales. Por supuesto, semejante descripción superaba a cualquier Attax que me hubiera podido imaginar con anterioridad. Pero no, primero hay que documentarse, siempre :). Una explicación con respecto al último apunte de Amiano sobre esos ojos de aspecto fiero: como ya hemos hablado en otros post, es conveniente recordar que este pueblo tenía un origen iranio. Sin ir más lejos, similar al que podían tener los hunos, sármatas o escitas, por lo que podrían presentar los ojos ligeramente rasgados, lo que resultaría una inquietante novedad para sus vecinos romanos.

Pues hoy estoy de enhorabuena, porque la ilustradora Gemma Martínez nos ha preparado una magnífica ilustración en la que aparece mi querido Attax (la que encabeza este post); tan alucinante  que me ha dejado con la boca abierta. Antes de que yo mismo me decida a hablar sobre algunos aspectos que podemos observar en ella, vamos primero que nada a conocer las impresiones de su creadora (¡y muchas gracias, Gemma!):

Ilustrar un personaje de ficción histórica ha sido una experiencia de lo más positiva. Para empezar, normalmente no me enfrento al reto de dibujar cuerpos masculinos (y mucho menos en poses épicas como la del protagonista de El Alano) y eso ha significado a la vez un reto y un aprendizaje. 

En cuanto a la creación de personajes de obras autopublicadas e independientes, siempre me llena más hacer esta clase de dibujos que los tradicionales FanArts de obras conocidas. Las pequeñas joyas que se esconden en nuestra literatura y que, en ocasiones, no gozan de la publicidad suficiente merecen ser más reconocidas y creo que, en ocasiones, mis ilustraciones ayudan a aportarles algo más de visibilidad.

Espero seguir trabajando con Esther y José en un futuro. Mis compañeras de A Librería siguen su trabajo de cerca y espero empezar a seguirlo yo también ahora que lo he descubierto.

Para finalizar, diré que agradezco mucho la oportunidad y la confianza que Esther y José me han brindado en este vasto mar. ¡No llevo ni un año por aquí y para mí esto es muy importante!

Pues una vez vistas las impresiones de Gemma, vamos con las mías, a modo de apuntes sobre lo que podemos ver en la ilustración. Ya sabes, si quieres un disfraz de alano creíble para este carnaval, deberías tener en cuenta los siguientes consejos:

El cabello. Efectivamente, rubio. Además, en algún detalle se puede observar cómo se ha trenzado unos pequeños mechones. Este hecho se debe a que los guerreros alanos solían trenzar sus largos cabellos para entrar en combate. El motivo, además de conseguir que la melena no les molestara durante la lucha, radicaba en que aquella minuciosa y mecánica maniobra conseguía mantenerlos concentrados el tiempo previo al combate, evitando así que el desánimo o el temor los atenazara. Vaya, estaban calentado, como harían los jugadores de baloncesto antes de comenzar un partido con una ronda de tiros, abstrayéndose de los gritos del público y de la tensión previa al choque.

- El rostro. Un rostro barbado, como correspondía a los pueblos ajenos al imperio. En ese entonces los guerreros tanto alanos, como suevos, vándalos o visigodos lucían enormes y cuidadas barbas (a modo de hipsters tardorromanos, pero en algunos casos en lugar de con laca y colonia, los más salvajes podían añadir a sus barbas pequeños adornos como huesecillos u otras lindezas...)

La indumentaria:

- Cota de malla de anillas. Sí, vale, en este momento podríamos decir que Attax es todo un potentado, pues dispone de una protección realmente costosa para la época. Durante el siglo V, ni tan siquiera muchos de los guerreros de Roma disponían de una armadura como esa. Hacía años que la crisis económica y militar del imperio había provocado no solo que el número de efectivos hubiera disminuido, sino que también había variado su disposición, su armamento e incluso su forma de luchar. En ese entonces tan solo los mejores guerreros (o los más pudientes) lucirían una cota como aquella, pero también podrían encontrarse algunas otras de escamas de metal cosidas sobre un coselete de cuero, aunque estas en menor medida. Con respecto a la que luce Attax en la ilustración, se trata de una protección sencilla compuesta por infinidad de aros de metal entrelazados entre sí, como si se tratara de la malla de un pescador. Una protección que era capaz de detener el impacto de flechas (en ese entonces únicamente los proyectiles lanzados por arcos hunos, sármatas o alanos supondrían un peligro real para quien la poseyera) y minimizar los golpes propinados por la espada, pero que poco podía hacer frente al impacto de una lanza a poca distancia. Una armadura que cada cierto tiempo debía ser restaurada, pues en cada escaramuza solían perderse decenas, o cientos de anillas tras cada golpe recibido. Por ese motivo, en muchas ocasiones este tipo de armaduras lucirían ciertamente coloridas e irregulares, pues en el mejor de los casos (en el que el propietario dispusiera de fondos suficientes como para encargar su arreglo), las nuevas anillas que vendrían a ocupar los huecos serían de diferente tamaño y color a las originales.

- Pantalones y camisola.

Sí, en esa época, y más tratándose de un pueblo acostumbrado a luchar a caballo, ningún alano llevaría un corto faldellín como podríamos imaginar que utilizaban los romanos en la época de la república, o como los hemos visto en películas como "Espartaco". No, los alanos usarían pantalones fabricados en base al uso de pieles de animales, tanto domésticos como salvajes, porque además de reputados ganaderos, resultaban fieros cazadores.

Para cubrir el torso usarían una camisa de tela basta, elaborada probablemente a base de lana u otro tejido natural, que los abrigara desde el cuello hasta por debajo de la cintura, sobre la que se asentaría la cota de mallas, permitiendo que esta última provocara los menos roces posibles sobre el cuerpo, y facilitando así el movimiento de quien la portara.

- La espada.

En esa época las protecciones de las espadas de los guerreros no resultaban excesivamente trabajadas, como se puede observar en la imagen. Eran herramientas para matar, no delicados trofeos que enseñar a los invitados. En este caso, la espada más utilizada en la época era la conocida como "spatha"; una espada larga utilizada por los jinetes de las legiones desde siglos atrás, que había ido evolucionando a medida que se sucedían los decenios. Tendría aproximadamente un metro de longitud, con una empuñadura en forma de cruz pero de asas muy cortas. Hay que entender el uso de esta espada desde un punto de vista: la mayor parte de las tropas de a caballo en los ejércitos imperiales eran mercenarios provenientes del otro lado de sus fronteras, generalmente pueblos germánicos, muchos de los cuales utilizarían sus propias armas e indumentarias. Así, en el siglo V, tanto las tropas que defendían el Rin de la entrada de los bárbaros, como los propios bárbaros, usarían espadas de similar factura.

- La postura: la espada en la tierra. Los alanos resultaban un pueblo de inclinaciones religiosas simples. Hasta nuestros días no ha llegado el nombre de sus divinidades en ese entonces; tan solo sabemos que adoraban a un dios de la guerra dedicándole como ofrenda una oración sobre su espada firmemente clavada en la tierra. En algunos casos, también podían verter sangre obtenida previamente de un sacrificio ritual (con animales) sobre el metal que horadaba la superficie. Sí, suena un poco a la Leyenda del Rey Arturo y la espada clavada en la roca. Lo que me recuerda que algún día tengo que dedicarle un post al respecto porque, si Arturo (o el personaje real que inspiró la leyenda) existió, no solo habría tenido contacto con unos pocos mercenarios sármatas en Britannia (como se muestra en la película del año 2004, Arturo). Atendiendo al propio mito, Arturo (Ambrosius, Owain, o como se llamara) habría luchado durante sus años de juventud (mucho antes de ser "rey" o simplemente "Dux Bellorum") al otro lado del mar, en la Armórica (Bretaña francesa). Región en la que si tienes la suerte de visitar, descubrirás cuán importante es el misterio artúrico allí, con el bosque de Broceliande y otros muchos rincones de espectacular belleza. Justamente en la misma región en la que, pocos años antes de esta "incursón artúrica", se habían asentado unas cuantas decenas miles de alanos, tribus enteras, como pueblo federado del imperio.

¿Qué os parece la ilustración? ¿Podríais imaginar así a Attax?

P.D. Es muy probable que os estéis preguntando cómo contactar con Gemma Martínez. La encontraréis en Twitter e Instagram, y también podéis echar un vistazo a su trabajo aquí. Al igual que sucedió con Yeivit, creador de las portadas de El Alano y Niebla y Acero, la experiencia de trabajar con ella ha sido muy positiva, y recomendaría a ambos sin dudarlo.

lunes, 29 de enero de 2018

¿Qué novelas regalan los Reyes Magos a un escritor de novela histórica?


Una de las ventajas de cumplir años en junio es que siempre sabes que por esa fecha te regalarán un buen puñado de libros, y que, ya para Reyes, te caerán otros cuantos que completen un año cargado de buenas lecturas. Dos fechas equidistantes en las que mi biblioteca se agranda a cada año que pasa, agudizando mis problemas de espacio. Porque, aunque hace ya algunos años que me he acostumbrado a usar mi kindle, sigo prefiriendo las versiones en papel.

Y este año, como debo de haberme portado muy bien, y los Reyes, además de magos, son sabios, me han dejado una buena selección de libros que saben que tendrán éxito y que durarán poco tiempo en mi mesilla de noche (este punto ya no lo tengo tan claro), antes de ocupar su lugar de honor en mi abarrotada biblioteca.

Partiendo de la base de que casi todas ellas son novelas históricas de buenas dimensiones, voy a tener muy difícil llegar al mes de junio "con la tarea hecha". El ritmo al que leo últimamente, afición a la que cada vez tengo que quitarle más tiempo para poder seguir escribiendo a ratos, tampoco invita a ser optimista, pero hay que intentarlo :)

Pues vamos allá con ¿Qué novelas históricas regalan los Reyes Magos a un escritor de novela histórica?

1-. Los ya leídos:

- Guerreros de la tormenta, Bernard Cornwell. Edhasa 2017.

Guerreros de la tormenta

Apuesta segura y sinónimo de éxito para los Reyes. ¿Cómo no voy a disfrutar con mi autor favorito? Por supuesto, Bernard Cornwell nunca defrauda, aunque tenga que reconocer que la saga de "Sajones, vikingos y normandos" hace varias entregas que tiende a ser demasiado repetitiva. En otro autor eso, quizás, pudiera resultar un problema, pero en el caso de Cornwell, que recrea tan espectacularmente algunos pasajes, no me importa leerlo una y otra vez. Para mi cumpleaños ya tengo apuntada otra de este mismo autor, "Casaca Roja"...

2-. En proceso:

- El asesinato de Sócrates, Marcos Chicot. Planeta, 2017.

El asesinato de Sócrates

Los Reyes sabían que hacía tiempo que quería leerme esta novela finalista del Premio Planeta 2016, ambientada en una de mis épocas favoritas. Una época en la que, pese a que la conozca muy bien, o quizás precisamente por eso, me parece muy complicado "innovar novelando"; y ese es uno de los aspectos que pretendo comprobar. Superada la página 200, puedo confirmar que la apuesta está resultando satisfactoria.  

3-. En cola:

- La Luz de la Tierra, Daniel Wolf. Grijalbo 2017.

La luz de la tierra

Ya he comentado en otros post que este joven autor alemán me resultó todo un descubrimiento hace un par de años. Su novela, "La sal de la tierra" me sorprendió gratamente, así que los Reyes intuyeron que disfrutaría con las nuevas aventuras de Michel de Fleury en la figurada ciudad alemana de Varennes durante el siglo XIII.

- La legión perdida, Santiago Posteguillo. Planeta, 2016

La legión perdida

Al igual que en el caso anterior, después de haber leído (y disfrutado) los dos primeros volúmenes de "Los asesinos del emperador", de Santiago Posteguillo, era una apuesta segura decidirse por la novela que cierra la trilogía. Creo que ya he comentado en otras ocasiones que en un primer momento decidí no leer la trilogía sobre Escipión, por motivos sentimentales (posicionarse del lado cartaginés tiene estos inconvenientes), pero con la de Trajano, tengo que quitarme el sombrero. 

- El guerrero a la sombra del cerezo, David B. Gil. Ediciones Suma, 2017.

El guerrero a la sombra del cerezo


Una de las mejores novelas históricas del pasado año 2017 según el blog veinte minutos. Si alguien tan conocedor del tema como es el periodista, y también novelista, David Yagüe dice eso de un libro, es información suficiente como para decidirse a leerla, aunque reconozco no tener ni idea del Japón Medieval. Una apuesta que estoy seguro que hará buena la iniciativa de "sus majestades".

- El castillo, Luis Zueco. Ediciones B, 2015.

El castillo

Otro título al que hacía tiempo que tenía ganas de "hincarle el diente". Allí por donde he preguntado he obtenido muy buenas referencias de este joven autor aragonés. Un pasaje oscuro de nuestra historia, el medievo, en el que el majestuoso castillo de Loarre ocupa un papel protagonista. 

- Las Lanzas, Fernando Martínez Laínez. Ediciones B, 2017.

Las lanzas

Hacía tiempo que quería leer una novela sobre los Tercios españoles, más allá de la serie del capitán Alatriste (que leí hace ya bastantes años), y de este mismo autor ya tenía en mi biblioteca técnica"algún ensayo acerca de esta temible infantería que asolara los campos de batalla de Europa durante el siglo XVI y parte del XVII. Acertada apuesta por parte de Sus Majestades. Espero con ganas el momento en el que comenzar a leerla.

- La Perla Negra, Claudia Casanova. Ediciones B, 2017.

La perla negra

Otra novela bajo el sello de Ediciones B, que tan buenas obras lleva sacando en los últimos tiempos. De esta novela me llama la atención que el papel protagonista en la trama recaiga en una mujer: ¡ya era hora! También ambientada durante el medievo, en este caso en el conflicto entre la iglesia y los cátaros de Occitania. ¿Sabrán los Reyes que el pasado verano estuve por el Languedoc y no se me escapó castillo cátaro alguno?

- Cuando la luna brille, Elena Álvarez. Editorial Tandaya, 2017.

Cuando la luna brille


Y, por último, Cuando la Luna Brille. Esos vikingos nacidos de la imaginación de una extremeña, y que finalmente desembarcaron en una isla tan alejada como Tenerife. Ocuparé mi lugar junto al fuego para escuchar a la vieja Otkatla, y ya te contaré qué tal, Elena :)

¿Te ha gustado la selección? ¿Alguna sugerencia para el mes de junio?