lunes, 12 de febrero de 2018

¿Y si en carnaval te disfrazas de alano? Ahí van unas cuantas recomendaciones


Attax, el alano


Aunque vine al mundo en tierras hispanas, y por aquel entonces había pasado ya más de veinte largos años de mi vida en la provincia, me sentía profundamente orgulloso de mis raíces alanas. De todas formas, mi aspecto físico se encargaba de dejar claro mi origen desde el primer vistazo. Entre las gentes de Hispalis y alrededores, descendientes de generaciones de dominio romano en la península, donde predominaban los hombres y mujeres de tamaño medio e incluso pequeño, tez más morena y ojos castaños, mi elevada estatura –superior a los seis pies– se hacía notar. Además, mis ojos son de color azul claro, y nunca he querido recortar mis largos y algo desgreñados cabellos rubios.
Extracto de "El Alano"

Esta es la descripción que hace Attax de sí mismo cuando contaba con veintiséis años, al inicio de la novela "El Alano". Una descripción que no se debe al azar, ni a ninguna idea preconcebida que yo mismo tuviera cuando en mi cabeza comenzó a rondar la idea de escribir la novela. No: se debe a la consulta de las fuentes clásicas acerca del aspecto que solían presentar los hombres de este pueblo en la antigüedad. Como ya comentamos en post anteriores, esta descripción física propia de los alanos la debemos principalmente al historiador y militar romano Amiano Marcelino, que en sus anotaciones (siglo IV d.C) los caracterizaba como unos "bárbaros ideales": pueblo belicoso cuya principal distracción resultaba precisamente la guerra, nómada y ganadero, ajeno a la agricultura, cuyos hombres presentaban una gran talla y resultaban bien parecidos; con el cabello normalmente rubio y ojos fieros. Vaya, pues vistos así sí que resultaban ideales. Por supuesto, semejante descripción superaba a cualquier Attax que me hubiera podido imaginar con anterioridad. Pero no, primero hay que documentarse, siempre :). Una explicación con respecto al último apunte de Amiano sobre esos ojos de aspecto fiero: como ya hemos hablado en otros post, es conveniente recordar que este pueblo tenía un origen iranio. Sin ir más lejos, similar al que podían tener los hunos, sármatas o escitas, por lo que podrían presentar los ojos ligeramente rasgados, lo que resultaría una inquietante novedad para sus vecinos romanos.

Pues hoy estoy de enhorabuena, porque la ilustradora Gemma Martínez nos ha preparado una magnífica ilustración en la que aparece mi querido Attax (la que encabeza este post); tan alucinante  que me ha dejado con la boca abierta. Antes de que yo mismo me decida a hablar sobre algunos aspectos que podemos observar en ella, vamos primero que nada a conocer las impresiones de su creadora (¡y muchas gracias, Gemma!):

Ilustrar un personaje de ficción histórica ha sido una experiencia de lo más positiva. Para empezar, normalmente no me enfrento al reto de dibujar cuerpos masculinos (y mucho menos en poses épicas como la del protagonista de El Alano) y eso ha significado a la vez un reto y un aprendizaje. 

En cuanto a la creación de personajes de obras autopublicadas e independientes, siempre me llena más hacer esta clase de dibujos que los tradicionales FanArts de obras conocidas. Las pequeñas joyas que se esconden en nuestra literatura y que, en ocasiones, no gozan de la publicidad suficiente merecen ser más reconocidas y creo que, en ocasiones, mis ilustraciones ayudan a aportarles algo más de visibilidad.

Espero seguir trabajando con Esther y José en un futuro. Mis compañeras de A Librería siguen su trabajo de cerca y espero empezar a seguirlo yo también ahora que lo he descubierto.

Para finalizar, diré que agradezco mucho la oportunidad y la confianza que Esther y José me han brindado en este vasto mar. ¡No llevo ni un año por aquí y para mí esto es muy importante!

Pues una vez vistas las impresiones de Gemma, vamos con las mías, a modo de apuntes sobre lo que podemos ver en la ilustración. Ya sabes, si quieres un disfraz de alano creíble para este carnaval, deberías tener en cuenta los siguientes consejos:

El cabello. Efectivamente, rubio. Además, en algún detalle se puede observar cómo se ha trenzado unos pequeños mechones. Este hecho se debe a que los guerreros alanos solían trenzar sus largos cabellos para entrar en combate. El motivo, además de conseguir que la melena no les molestara durante la lucha, radicaba en que aquella minuciosa y mecánica maniobra conseguía mantenerlos concentrados el tiempo previo al combate, evitando así que el desánimo o el temor los atenazara. Vaya, estaban calentado, como harían los jugadores de baloncesto antes de comenzar un partido con una ronda de tiros, abstrayéndose de los gritos del público y de la tensión previa al choque.

- El rostro. Un rostro barbado, como correspondía a los pueblos ajenos al imperio. En ese entonces los guerreros tanto alanos, como suevos, vándalos o visigodos lucían enormes y cuidadas barbas (a modo de hipsters tardorromanos, pero en algunos casos en lugar de con laca y colonia, los más salvajes podían añadir a sus barbas pequeños adornos como huesecillos u otras lindezas...)

La indumentaria:

- Cota de malla de anillas. Sí, vale, en este momento podríamos decir que Attax es todo un potentado, pues dispone de una protección realmente costosa para la época. Durante el siglo V, ni tan siquiera muchos de los guerreros de Roma disponían de una armadura como esa. Hacía años que la crisis económica y militar del imperio había provocado no solo que el número de efectivos hubiera disminuido, sino que también había variado su disposición, su armamento e incluso su forma de luchar. En ese entonces tan solo los mejores guerreros (o los más pudientes) lucirían una cota como aquella, pero también podrían encontrarse algunas otras de escamas de metal cosidas sobre un coselete de cuero, aunque estas en menor medida. Con respecto a la que luce Attax en la ilustración, se trata de una protección sencilla compuesta por infinidad de aros de metal entrelazados entre sí, como si se tratara de la malla de un pescador. Una protección que era capaz de detener el impacto de flechas (en ese entonces únicamente los proyectiles lanzados por arcos hunos, sármatas o alanos supondrían un peligro real para quien la poseyera) y minimizar los golpes propinados por la espada, pero que poco podía hacer frente al impacto de una lanza a poca distancia. Una armadura que cada cierto tiempo debía ser restaurada, pues en cada escaramuza solían perderse decenas, o cientos de anillas tras cada golpe recibido. Por ese motivo, en muchas ocasiones este tipo de armaduras lucirían ciertamente coloridas e irregulares, pues en el mejor de los casos (en el que el propietario dispusiera de fondos suficientes como para encargar su arreglo), las nuevas anillas que vendrían a ocupar los huecos serían de diferente tamaño y color a las originales.

- Pantalones y camisola.

Sí, en esa época, y más tratándose de un pueblo acostumbrado a luchar a caballo, ningún alano llevaría un corto faldellín como podríamos imaginar que utilizaban los romanos en la época de la república, o como los hemos visto en películas como "Espartaco". No, los alanos usarían pantalones fabricados en base al uso de pieles de animales, tanto domésticos como salvajes, porque además de reputados ganaderos, resultaban fieros cazadores.

Para cubrir el torso usarían una camisa de tela basta, elaborada probablemente a base de lana u otro tejido natural, que los abrigara desde el cuello hasta por debajo de la cintura, sobre la que se asentaría la cota de mallas, permitiendo que esta última provocara los menos roces posibles sobre el cuerpo, y facilitando así el movimiento de quien la portara.

- La espada.

En esa época las protecciones de las espadas de los guerreros no resultaban excesivamente trabajadas, como se puede observar en la imagen. Eran herramientas para matar, no delicados trofeos que enseñar a los invitados. En este caso, la espada más utilizada en la época era la conocida como "spatha"; una espada larga utilizada por los jinetes de las legiones desde siglos atrás, que había ido evolucionando a medida que se sucedían los decenios. Tendría aproximadamente un metro de longitud, con una empuñadura en forma de cruz pero de asas muy cortas. Hay que entender el uso de esta espada desde un punto de vista: la mayor parte de las tropas de a caballo en los ejércitos imperiales eran mercenarios provenientes del otro lado de sus fronteras, generalmente pueblos germánicos, muchos de los cuales utilizarían sus propias armas e indumentarias. Así, en el siglo V, tanto las tropas que defendían el Rin de la entrada de los bárbaros, como los propios bárbaros, usarían espadas de similar factura.

- La postura: la espada en la tierra. Los alanos resultaban un pueblo de inclinaciones religiosas simples. Hasta nuestros días no ha llegado el nombre de sus divinidades en ese entonces; tan solo sabemos que adoraban a un dios de la guerra dedicándole como ofrenda una oración sobre su espada firmemente clavada en la tierra. En algunos casos, también podían verter sangre obtenida previamente de un sacrificio ritual (con animales) sobre el metal que horadaba la superficie. Sí, suena un poco a la Leyenda del Rey Arturo y la espada clavada en la roca. Lo que me recuerda que algún día tengo que dedicarle un post al respecto porque, si Arturo (o el personaje real que inspiró la leyenda) existió, no solo habría tenido contacto con unos pocos mercenarios sármatas en Britannia (como se muestra en la película del año 2004, Arturo). Atendiendo al propio mito, Arturo (Ambrosius, Owain, o como se llamara) habría luchado durante sus años de juventud (mucho antes de ser "rey" o simplemente "Dux Bellorum") al otro lado del mar, en la Armórica (Bretaña francesa). Región en la que si tienes la suerte de visitar, descubrirás cuán importante es el misterio artúrico allí, con el bosque de Broceliande y otros muchos rincones de espectacular belleza. Justamente en la misma región en la que, pocos años antes de esta "incursón artúrica", se habían asentado unas cuantas decenas miles de alanos, tribus enteras, como pueblo federado del imperio.

¿Qué os parece la ilustración? ¿Podríais imaginar así a Attax?

P.D. Es muy probable que os estéis preguntando cómo contactar con Gemma Martínez. La encontraréis en Twitter e Instagram, y también podéis echar un vistazo a su trabajo aquí. Al igual que sucedió con Yeivit, creador de las portadas de El Alano y Niebla y Acero, la experiencia de trabajar con ella ha sido muy positiva, y recomendaría a ambos sin dudarlo.

lunes, 29 de enero de 2018

¿Qué novelas regalan los Reyes Magos a un escritor de novela histórica?


Una de las ventajas de cumplir años en junio es que siempre sabes que por esa fecha te regalarán un buen puñado de libros, y que, ya para Reyes, te caerán otros cuantos que completen un año cargado de buenas lecturas. Dos fechas equidistantes en las que mi biblioteca se agranda a cada año que pasa, agudizando mis problemas de espacio. Porque, aunque hace ya algunos años que me he acostumbrado a usar mi kindle, sigo prefiriendo las versiones en papel.

Y este año, como debo de haberme portado muy bien, y los Reyes, además de magos, son sabios, me han dejado una buena selección de libros que saben que tendrán éxito y que durarán poco tiempo en mi mesilla de noche (este punto ya no lo tengo tan claro), antes de ocupar su lugar de honor en mi abarrotada biblioteca.

Partiendo de la base de que casi todas ellas son novelas históricas de buenas dimensiones, voy a tener muy difícil llegar al mes de junio "con la tarea hecha". El ritmo al que leo últimamente, afición a la que cada vez tengo que quitarle más tiempo para poder seguir escribiendo a ratos, tampoco invita a ser optimista, pero hay que intentarlo :)

Pues vamos allá con ¿Qué novelas históricas regalan los Reyes Magos a un escritor de novela histórica?

1-. Los ya leídos:

- Guerreros de la tormenta, Bernard Cornwell. Edhasa 2017.

Guerreros de la tormenta

Apuesta segura y sinónimo de éxito para los Reyes. ¿Cómo no voy a disfrutar con mi autor favorito? Por supuesto, Bernard Cornwell nunca defrauda, aunque tenga que reconocer que la saga de "Sajones, vikingos y normandos" hace varias entregas que tiende a ser demasiado repetitiva. En otro autor eso, quizás, pudiera resultar un problema, pero en el caso de Cornwell, que recrea tan espectacularmente algunos pasajes, no me importa leerlo una y otra vez. Para mi cumpleaños ya tengo apuntada otra de este mismo autor, "Casaca Roja"...

2-. En proceso:

- El asesinato de Sócrates, Marcos Chicot. Planeta, 2017.

El asesinato de Sócrates

Los Reyes sabían que hacía tiempo que quería leerme esta novela finalista del Premio Planeta 2016, ambientada en una de mis épocas favoritas. Una época en la que, pese a que la conozca muy bien, o quizás precisamente por eso, me parece muy complicado "innovar novelando"; y ese es uno de los aspectos que pretendo comprobar. Superada la página 200, puedo confirmar que la apuesta está resultando satisfactoria.  

3-. En cola:

- La Luz de la Tierra, Daniel Wolf. Grijalbo 2017.

La luz de la tierra

Ya he comentado en otros post que este joven autor alemán me resultó todo un descubrimiento hace un par de años. Su novela, "La sal de la tierra" me sorprendió gratamente, así que los Reyes intuyeron que disfrutaría con las nuevas aventuras de Michel de Fleury en la figurada ciudad alemana de Varennes durante el siglo XIII.

- La legión perdida, Santiago Posteguillo. Planeta, 2016

La legión perdida

Al igual que en el caso anterior, después de haber leído (y disfrutado) los dos primeros volúmenes de "Los asesinos del emperador", de Santiago Posteguillo, era una apuesta segura decidirse por la novela que cierra la trilogía. Creo que ya he comentado en otras ocasiones que en un primer momento decidí no leer la trilogía sobre Escipión, por motivos sentimentales (posicionarse del lado cartaginés tiene estos inconvenientes), pero con la de Trajano, tengo que quitarme el sombrero. 

- El guerrero a la sombra del cerezo, David B. Gil. Ediciones Suma, 2017.

El guerrero a la sombra del cerezo


Una de las mejores novelas históricas del pasado año 2017 según el blog veinte minutos. Si alguien tan conocedor del tema como es el periodista, y también novelista, David Yagüe dice eso de un libro, es información suficiente como para decidirse a leerla, aunque reconozco no tener ni idea del Japón Medieval. Una apuesta que estoy seguro que hará buena la iniciativa de "sus majestades".

- El castillo, Luis Zueco. Ediciones B, 2015.

El castillo

Otro título al que hacía tiempo que tenía ganas de "hincarle el diente". Allí por donde he preguntado he obtenido muy buenas referencias de este joven autor aragonés. Un pasaje oscuro de nuestra historia, el medievo, en el que el majestuoso castillo de Loarre ocupa un papel protagonista. 

- Las Lanzas, Fernando Martínez Laínez. Ediciones B, 2017.

Las lanzas

Hacía tiempo que quería leer una novela sobre los Tercios españoles, más allá de la serie del capitán Alatriste (que leí hace ya bastantes años), y de este mismo autor ya tenía en mi biblioteca técnica"algún ensayo acerca de esta temible infantería que asolara los campos de batalla de Europa durante el siglo XVI y parte del XVII. Acertada apuesta por parte de Sus Majestades. Espero con ganas el momento en el que comenzar a leerla.

- La Perla Negra, Claudia Casanova. Ediciones B, 2017.

La perla negra

Otra novela bajo el sello de Ediciones B, que tan buenas obras lleva sacando en los últimos tiempos. De esta novela me llama la atención que el papel protagonista en la trama recaiga en una mujer: ¡ya era hora! También ambientada durante el medievo, en este caso en el conflicto entre la iglesia y los cátaros de Occitania. ¿Sabrán los Reyes que el pasado verano estuve por el Languedoc y no se me escapó castillo cátaro alguno?

- Cuando la luna brille, Elena Álvarez. Editorial Tandaya, 2017.

Cuando la luna brille


Y, por último, Cuando la Luna Brille. Esos vikingos nacidos de la imaginación de una extremeña, y que finalmente desembarcaron en una isla tan alejada como Tenerife. Ocuparé mi lugar junto al fuego para escuchar a la vieja Otkatla, y ya te contaré qué tal, Elena :)

¿Te ha gustado la selección? ¿Alguna sugerencia para el mes de junio?

lunes, 22 de enero de 2018

Barritus para tod@s: cómo narrar una buena batalla


"El enemigo se preparaba para el inevitable choque que vendría a continuación. Las primeras filas de bagaudas parecían desorganizadas, una multitud de individuos malcarados que profería insultos contra nuestros hombres mientras escupían en nuestra dirección. El olor acre que empezaba a extenderse en el frente revelaba que los menos audaces comenzaban a tener problemas para contener sus vejigas. Lo mismo ocurría en las últimas filas de nuestra formación. Una batalla no es solo sangre y miembros amputados, también son heces y sudor que lo inundan todo. Creo que esa es una de las razones por las que siempre he preferido luchar a caballo: te permite escapar de esa desagradable sensación de sucia decadencia, en la que el dolor y el miedo pueden con la dignidad de tantos, la nobleza se vuelve relativa y las vidas se escurren entre el limo maloliente en el que los fluidos se mezclan con el polvo".
Extracto de "EL Alano"

El inicio de la peli de Gladiator me encanta. Más allá de algunos errores que podemos encontrar si nos ponemos "históricamente quisquillosos", como el supuesto papel decisivo de los jinetes romanos en la batalla (además de desarrollarse aquella en el interior de un bosque), o el uso de estribos. La niebla espesa que como jirones atraviesa el bosque, la tensión en los rostros de los legionarios en formación, el tintinear de las armas y los arreos de los animales, y un enorme y rubicundo germano (¿cuado, marcomano?) exhalando el gutural barritus con el que animar a los suyos a la batalla y atemorizar a sus contrincantes por igual. Esa debía de ser la atmósfera de una batalla, asfixiante, en la que el hedor a hombres descompuestos por el miedo, sudorosos y, en muchos casos, borrachos, invadía el aire como antesala al choque de ambos ejércitos.


legionarios
Alistaos, veréis mundo.
Quien haya leído "El Alano", o "Niebla y Acero", intuirá que uno de los momentos en los que más disfruto escribiendo (aunque disfrutar, disfruto de todos y cada uno), es durante el desarrollo de una batalla. Bien, pero ¿qué es necesario para narrarla sin que parezca un conjunto de hechos de armas deslabazados narrados sin pasión? ¿Cómo trasmitir esa atmósfera a quien la lee, de manera que, sentado en un sillón o acostado en un sofá pueda sentir como si traslada a las llanuras de Cannas rodeado de decenas de miles de mercenarios al servicio de los hijos del Barca (Aníbal, Gisbert Haefs); a las tierras pantanosas de Azincourt, mientras los arqueros disponen sus flechas frente a ellos para detener la carga de un muro ambulante de metal y carne, como debía de ser la aparición de la caballería pesada de la época (Azincourt, Bernard Cornwell); o a los inmensos campos de Waterloo, aspirando el olor a pólvora que debía de invadir los instantes previos al choque entre las tropas de Napoleón y Wellington (Los Generales, Simon Scarrow)? Pues, desde mi punto de vista, aquí van algunos elementos clave:

Es necesario documentarse y conocer perfectamente el hecho histórico: el conflicto, su resultado, su desarrollo y sus consecuencias. Mucha gente puede saber que la batalla de Crecy supuso una derrota dolorosa y casi definitiva para las tropas francesas en la guerra de los cien años. Lógicamente, si vas a escribir sobre ella, como hace Bernard Cornwell en la trilogía del Grial, tendrás que poner en valor la actuación de los hombres que consiguieron que la flor y nata de la caballería francesa pereciera en aquella jornada. Todos los detalles sobre la misma, como la forma en la que los ballesteros recargaban sus virotes, o la cruel manera en la que los arqueros ingleses y galeses remataban a los caballeros caídos levantando las viseras de sus yelmos y acuchillando sus rostros, sirven para ambientar el hecho, así como para trasladar al lector su intensidad. Porque una batalla, desde luego, no debía de resultar agradable, y así debe trasmitirse, desde mi punto de vista, aunque nos ahorremos los momentos más "gore" de cara al lector. Al menos a mí, en mi faceta de lector, no me resulta agradable leer cómo se amputan miembros o se regodean en los vencidos de manera gratuita, fríamente, sin venir a cuento. Creo que todos tenemos nuestro corazoncito. Si lo vamos a narrar así, deberá tener sentido, de manera que quien lo lea entienda que semejante grado de violencia es coherente y necesario para lo que queremos transmitir.

A medida que escribo me doy cuenta de que este tema puede dar para un buen puñado de post, porque el desarrollo será diferente según el conflicto elegido para nuestra novela. Retomando el recuerdo de la peli de Gladiator, por ejemplo, en los ejércitos republicanos, y en los primeros siglos del imperio de Roma, no serían los caballeros pesados quienes resultaran cruciales en una victoria. Al contrario, su uso apenas estaba extendido dentro de sus fronteras. Serían los infantes, principalmente los príncipes y triarios (los mejores lanceros de la época, divididos en los hombres más diestros y en mejor edad para combatir, y los más veteranos, respectivamente), en un primer momento, y los legionarios ya en época imperial, los que conseguirían la mayoría de los éxitos de Roma. Habría que esperar hasta el siglo IV d.C. para que los emperadores y sus generales comprendieran que, sin el uso de una caballería pesada numerosa en sus conflictos, cosecharían una derrota tras otra, como comprobarían en sus carnes en la batalla de Adrianópolis frente a los godos, o en la de Carrae frente a los persas Sasánidas (aunque en este caso, desde la época de Craso, cuando el mismo cónsul resultó derrotado y muerto en ese mismo lugar por las tropas partas, tendrían que haberse dado cuenta... pero no lo hicieron).

Y como me ponga a hablar de romanos, pues no acabo. Prometo escribir un post exclusivo acerca de cómo ambientar una "batalla de romanos". Que se note que leer a Adrian Goldsworthy y a Yann Le Bohec me ha servido de algo :)

También es importante conocer bien la panoplia utilizada por cada uno de los contendientes, así como la forma en que la utilizaban (y no lo que nos traslada el cine muchas veces, como el caso de los estribos). Por supuesto, no será igual una batalla entre las legiones de Pompeyo y los guerreros del Ponto de Mitridates (por ejemplo), que las que tuvieron lugar entre las legiones y los pueblos bárbaros en la frontera del Rhin, quinientos años más tarde. El armamento era diferente, y la forma de utilizarlo también lo era, así como las tácticas utilizadas por sus respectivos comandantes. Si, en el primer caso, la mayoría de los guerreros de uno y otro bando podían portar una buena armadura, bien de placas, de escamas o de anillas (las menos), en el segundo, serían muy pocos los que podrían hacerlo (los pocos privilegiados con aquellas provistas de anillas de metal), tanto por uno, como por otro bando (salvo los catafractas y clibanarios, que podrían utilizar armaduras de escamas, pero que casi exclusivamente lucharon en la frontera oriental). Así, herir y quitar la vida a los enemigos resultaría mucho más sencillo en el segundo caso, como también podía suceder en otras épocas pretéritas, como en la edad del bronce en la antigua Grecia, en la que las armaduras, en el mejor de los casos, eran de lino reforzado. Este hecho también debe servirnos como referencia respecto a la gravedad de las heridas, y la probabilidad de sobrevivir de nuestros protagonistas y sus compañeros al conflicto, así como al número de bajas que podemos estimar, si no estamos recreando un hecho histórico contrastado, sino una escaramuza (o una batalla) ficticia o para la que no se disponga de datos fiables.

panoplia
¿Cuándo empieza la peli?
Volviendo a los arqueros ingleses de la guerra de los cien años, su importancia radicaba en lo lejos que podían lanzar sus flechas, pero también en la fuerza que su arco largo les imprimía, capaz de atravesar algunas armaduras. No siempre eran los caballeros los blancos que estos buscaban: principalmente trataban de acertar en los caballos, provocando que aquellos, ciegos por el dolor, desviaran su trayectoria o cayeran al suelo, arrastrando a otros de sus congéneres consigo y abortando la carga. Pero no siempre fue así: el impacto de una flecha no siempre resultaba fatal. Durante el siglo V d.C., por ejemplo, los arqueros con los que contaban los ejércitos en Europa no eran rivales para aquellos guerreros que se protegieran con una buena cota de malla, aunque ya hayamos avanzado que estos serían muy pocos. Los arcos de la época, salvo acaso los arcos hunos, no disparaban con gran potencia, y no podían atravesar una malla de anillas. En cambio, como la mayoría de los hombres luchaban sin mayor protección que sus escudos, incluso la flecha de un cazador podría herirlos superficialmente durante el desarrollo de una pelea, aunque generalmente no los matara en el acto, salvo que la pericia del lanzador (o la cercanía a su objetivo) hicieran posible que acertara en algún punto vital. En cambio, un arquero inglés del siglo XIV, con aquella potencia conferida por un arco mayor que ellos mismos, bien podía introducir su flecha profundamente en el interior de un cuerpo, haciendo que el herido muriera poco después.

El desarrollo de una batalla tiene que resultar realista. Los hombres no caían como las espigas de trigo durante una tormenta de granizo, aunque a veces utilicemos ese símil. Sí, muchas veces los guerreros podían caer tras una ráfaga de proyectiles, pero eran pocos los que no se levantaban después. Matar un guerrero en una batalla mientras las tropas se encontraban en formación resultaba complicado. Daba igual que fuera un cuadro de falange macedónica, que una legión en combate. Los hombres se entregaban a la lucha al amparo de sus compañeros, que les protegían los flancos y la espalda. Así, chocaban con sus adversarios tras resistir la lluvia de proyectiles y así podían permanecer durante horas, sin apenas avanzar unos pasos, sintiendo cómo tanto tus compañeros como tus enemigos trataban de hacerte avanzar o retroceder, respectivamente. En ese momento, mientras los hombres luchaban por su vida, las bajas sufridas en ambos bandos debían de ser pocas (si estamos hablando de ejércitos equilibrados en armamento y destreza, que es algo que también es conveniente reflejar). La movilidad era reducida, muchas veces las armas apenas podían utilizarse y, lo realmente importante era no caer y ser pisoteado por quienes aún luchaban. Resistir, sobrevivir hasta que algún golpe de efecto consiguiera romper la formación del adversario. Este, sin duda, podía estar representado por la aparición de la caballería pesada, que terminara por atacar por el flanco a las formaciones a pie. En ese momento se producía el mayor número de bajas en un batalla de la antigüedad. Roto el orden de las tropas, cada uno buscaba ponerse a salvo, por lo que nadie protegía tu espalda ni el brazo de tu espada, no. En ese momento los cuerpos iban cayendo sobre el campo de batalla para no volver a levantarse, mientras los guerreros victoriosos corrían como si en sus pies hubieran calzado las botas de Hermes y pudieran "volar" acuchillando a los fugitivos.

sajones y normandos
- Oye, Caedmon, ¿ese de ahí es Guillermo el normando?
Una elección importante, que condiciona tremendamente la narración de una batalla, es el tipo de narrador. Se puede contar una buena batalla cuando utilizamos la tercera persona, seguro, y he leído algunos ejemplos excepcionales; pero es difícil alcanzar "desde fuera" la intensidad de una narración hecha a través de los ojos de nuestro protagonista, en primera persona. De esta forma, me parece que adquieren un cariz especial: no es lo mismo narrar lo que sucede en diferentes partes de un campo de batalla, nombrado hechos de armas, bajas y retiradas, que recrearlo desde el mismo frente, en el meollo de la acción. Allí donde los hombres se animan, vociferan, escupen sangre y trozos de dientes, tiemblan de miedo, lloran e imploran piedad. Todo eso te permite empatizar con quienes luchan, con valor o con miedo, con asco o con impotencia. Cualquier detalle es importante, no únicamente quién resulta vencedor. 

¿Una desventaja de narrar una batalla en primera persona? Fundamentalmente, el alcance de la misma. Si hablamos de una batalla en la que los contendientes se cuentan por pocos centenares, quizás miles (la Grecia del bronce, el último siglo del imperio romano y la baja edad media europea), será más sencillo que nuestro protagonista y, por tanto, el lector, conozca de primera mano lo que sucede en el transcurso de la misma. En cambio, si utilizamos esta forma narrativa en un conflicto en el que los ejércitos implicados se encuentran conformados cada uno por miles o decenas de miles de hombres (Grecia Clásica, Roma Republicana y Alto imperial, Edad Moderna), las vivencias de un solo personaje no serán suficientes para trasladar al lector el desarrollo de una batalla de semejantes dimensiones. Conoceremos lo ocurre en un extremo de una formación kilométrica, en la que decenas, cientos de miles de hombres combaten mientras los estrategas (desde la colina) mueven a sus tropas en una especie de baile macabro. Perderemos así buena parte de capacidad de transmitir qué ocurre de forma global. Nuestro protagonista puede salir victorioso allí donde él luchaba, pero su ejército como conjunto ser derrotado de manera flagrante. 

PD. Pero en tercera persona también se puede disfrutar de la narración. Ahora mismo estoy en ello :) Espero que llegado el momento penséis lo mismo que yo.


lunes, 15 de enero de 2018

Hoy invitamos a... Rocío (El Lugar de Clío) para hablar sobre ficción histórica.

Después de una semanita de descanso regresamos para abrir las puertas de Letras con Historia a Rocío, la bloguera literaria que comparte sus letras, sus reseñas y sus impresiones sobre las iniciativas en las que participa en su rincón particular de la red: El Lugar de Clío.

El Lugar de Clío

Con su visita cerramos el bloque de colaboraciones de las merecedoras de las menciones de honor en la Gincana "El Alano", que organizamos junto con La Reina Lectora. Te invito a que pasees un poco por el blog para conocer un poco más al resto de nuestras visitantes: Brenda, que nos comentó su experiencia durante la gincana y la lectura de la novela; María (Vida de una lectora dispersa), a la que tuvimos ocasión de entrevistar; y Carla (Mi dulce estantería), con la que charlamos sobre autopublicación.

Y, sin más dilación, os dejo con Rocío para compartir con ella su opinión sobre la ficción histórica, este género que a tantos nos apasiona :)

Hoy tengo el placer de colarme en el blog de José, y darle las gracias por dejarme un pequeño hueco, para hablar sobre la literatura y la ficción histórica. Antes de nada quiero decir que esto es una reflexión propia sobre mi conocimiento sobre ello. Con esto dicho, empecemos.

Este género es, en mi opinión, uno de los más difíciles, ya que los autores intentan recrear hechos de un pasado posiblemente complicado de reconstruir. Para hacer esta recreación necesitan muchísima documentación, para poder mostrar los aspectos necesarios de la época a tratar. Un buena documentación sobre los sucesos que envuelven a la trama hace que los lectores muestren interés hacia lo ocurrido en el período en el que se basa el libro.

Una de las cosas que a mí me sucede cuando leo un libro que no es de época contemporánea, o simplemente desconozco sobre los hechos narrados, hace que investigue sobre lo que me está explicando el autor de ese libro. Desgraciadamente, en alguna ocasión me he encontrado con cosas que no tenían cabida dentro de ese libro o no deberían aparecer en ese contexto histórico. Y eso es a consecuencia de una desinformación por parte del escritor, ya que no es lo mismo hablar de Egipto y sus dioses poniéndome a Zeus dentro de ellos o el paisaje y vestimentas de la época. Esto hace que el que lo esta leyendo reciba una información errónea o una mala contextualización.

Ahora bien, en algunas ocasiones los lectores rehuyen de este tipo de libros a raíz de los fallos de documentación, y esto hace que novelas bien documentadas queden al margen por culpa de esos errores. Pero también tenemos el lado opuesto, que es la sobre-documentación, haciéndose en algunos momentos pedantes y excediéndose al proporcionar al lector una información que no necesita saber o no tiene nada que ver con lo que está contando en ese momento.

Sin ninguna duda, la ficción histórica hace que se abran puertas a redescubrir partes de nuestra historia que, tal vez, explicadas de una forma más formal, no lleguen del mismo modo, o sean de más difícil compresión que si los hechos están explicados de forma mucho más amena y sencilla.

A modo de conclusión, pienso que la ficción histórica es una gran forma de descubrir nuevos sucesos que tal vez no habríamos descubierto sin ese libro, como me han ocurrido en diversas ocasiones con algunos de este género. Pero también es un arma de doble filo, ya que si se narran cosas que no han sucedido o erróneas, con una mala contextualización de la época a narrar, hacen que el lector obtenga una falsa evocación del período. Al igual el excedente de información dentro del libro puede hacer que al lector no le vuelvan a interesar ese tipo de libros o el autor a consecuencia de esto.

Como sugerencia de libros sobre ficción histórica, os dejo unos cuantos títulos:

-El juez de Egipto de Christian Jacq
-El Alano (actualmente en lectura) de José Zoilo (Gracias, Rocío)
-El niño de pijama de rayas de Boyne John
-El Faraón Negro de Christian Jacq
-Matar a Leonardo Da Vinci de Christian Gálvez
-Operación Black Death (el título cambiará a Todos tus nombres)
-Persépolis (novela gráfica) de Marjane Satrapi
-Maus (novela gráfica) de Art Spiegelman (inspirada en la lucha contra los nazis) 

Muchas gracias a Rocío por visitarnos y dejar plasmada su experiencia con este género. No puedo estar más de acuerdo con ella en la importancia de una documentación exhaustiva, y la necesidad de que esta no se plasme de una manera que abrume al lector con datos innecesarios

lunes, 1 de enero de 2018

Regnum destructum et finitum est suevorum, o no

Regnum destructum et finitum est suevorum

No, Hydacio no iba muy encaminado cuando escribió estas palabras en su célebre (para unos pocos) Chronicon. Le podía su subjetividad. Subjetividad que terminaría pagando años más tarde, cuando los mismos suevos lo encarcelaron.

Corría el año 456 cuando el poder que los monarcas suevos habían establecido en Gallaecia unas décadas atrás parecía haberse diluido ante la súbita aparición del ejército comandado por Teodorico, el godo. Pero no, el reino suevo de Gallaecia sobrevivió a ese envite, y conseguiría pervivir otro centenar de años más en su reducto noroccidental de la península, hasta el instante en el que Leogivildo (también godo) terminó por anexionarse las posesiones suevas, en su "cruzada" personal por unificar las tierras "hispanas". Antes de ese momento, ya había conseguido hacerse con una zona situada en el interior del reino visigodo, denominada Orospeda en su momento. Esta era una región rústica, según los historiadores godos de la época, conformada por siete ciudades y el territorio rural que se extendía entre ellas y cuya ciudad más importante era Aurariola (la actual Orihuela). Una región que terminó sucumbiendo al empuje de las tropas godas, como también lo hicieron algunas de las posesiones bizantinas que, desde el año 552, habían proliferado en las costas sur y oeste de la península: desde Cádiz, hasta las cercanías de Valencia (aproximadamente). Herencia del sueño imperialista de Justiniano, muerto poco después de la anexión de ese territorio.

bizantinos contra búlgaros
Los bizantinos "intimando" con los búlgaros, un tiempo después.
Como podemos imaginar, Leovigildo pasó buena parte de su vida guerreando. Cántabros, astures, vascones y otros hispanos como aregenses y gentes de la Orospeda, pero también suevos y bizantinos, además de una constante relación de tensa vecindad con los reinos francos al norte. Pero, de todos ellos, probablemente fue su propio hijo quien más quebraderos de cabeza le propició al bueno de Leovigildo. Hermenegildo, como se llamaba el muchacho, comenzó una guerra civil contra su padre desde sus posesiones en la Baetica, al poco de tomar posesión de su cargo allí. Una guerra que tuvo un fuerte componente religioso, pues Hermenegildo se había convertido al catolicismo, renegando del arrianismo propio de los visigodos. Tan solo por esta inesperada situación, el reino suevo escapó en ese momento de su final, al menos por unos años. Para entonces, Leovigildo ya había comenzado a poner cerco a sus posiciones norteñas, llevando a sus guerreros hasta sus cercanías, tomando y ocupando las regiones conocidas como Sabaria y de los Aregenses (zonas próximas a Zamora y la comarca del Bierzo, como Orense, respectivamente). 

Ante la rebelión de su hijo, Leovigildo olvidó sus planes para Gallaecia y retornó a Toletum. A partir de entonces, comenzó el conflicto militar con Hermenegildo en el sur de Hispania. El príncipe pudo haber derrocado a su padre. Todos los pueblos sometidos o acosados por su progenitor pudieron haberse unido a su causa: astures, cántabros, vascones, el resto de hispanos católicos, bizantinos, francos y suevos. Pero semejante alianza nunca tuvo lugar, y Hermenegildo resultó derrotado y muerto poco tiempo después de ser capturado en la ciudad de Corduba. Entonces, una vez libre del inesperado acoso de su hijo, Leovigildo emprendió por fin la definitiva conquista de una Gallaecia ya sin posibles aliados en el territorio peninsular.

Codex Vigilanus
Algunos reyes visigodos, recogidos en el Codex Vigilanus
Con las comarcas aregenses y de Sabaria ya en sus manos, la campaña para la toma del reino suevo estaba más que dispuesta. Miro, rey suevo, sabiendo que era el siguiente en la lista de objetivos de Leovigildo una vez hubiera terminado por sofocar la revuelta de su hijo, había tratado de unirse a aquel para hacer un frente común ante al viejo gobernante. Derrotado en la Baetica, tuvo que retirarse con los suyos de nuevo a sus tierras, falleciendo poco después y dejando el poder a su hijo Eborico. Este no sería el último rey suevo de Gallaecia: resultó asesinado apenas un año después de su entronización por uno de sus nobles, de nombre Andeca, sobre el que sí recayó el honor de ser el último rey suevo de Gallaecia, tras ser derrotado y encerrado en un monasterio por Leovigildo. Entonces sí, se habían cumplido las palabras que escribiera Hydacio 130 años antes: Regnum destructum et finitum est suevorum.

Como colofón, quería contaros que comienzo el nuevo año con el borrador de mi próxima novela ya finalizado y dispuesto para las primeras fases de su corrección. Un nuevo proyecto que espero que vea la luz tras el tercer volumen de Las Cenizas de Hispania, que cerrará la historia de Attax con el final de las aventuras de este alano que tantas alegrías me ha proporcionado. Otro protagonista tomará después su relevo. Espero que, cuando llegue su momento, disfrutéis también con su compañía.

lunes, 25 de diciembre de 2017

Sucedió un 25 de diciembre...

Mitreo del muro de Adriano


¡Vaya! Ya estamos en Navidad; el año pasó casi sin que nos diéramos cuenta. Un año que espero que haya estado plagado de buenas lecturas y aún mejores acciones con las que presentarnos ante Papá Noel o los Reyes Magos (ahí cada cuál) con la esperanza de llevarnos unos merecidos regalos. Pero no, no es mi intención hablar ni del señor del traje "rojo y blanco", o verde, ni de sus tres majestades llegados desde oriente a contemplar al niño Jesús. No, aquí va mi apunte histórico de hoy:

Desde hace ya muchos siglos, los cristianos (de todas las confesiones) celebramos en esta fecha el nacimiento de Jesucristo en un humilde pesebre en la pobre región de Galilea. Alejado de los fastos que debían corresponder al Rey de los judíos, como esperaban que lo hiciera sus contemporáneos compatriotas. Una onomástica discutida y discutible, pero que se ha asociado básicamente con el solsticio de invierno, fecha señalada en otros credos, como ocurría, por ejemplo, con las fiestas saturnales que se celebraban tradicionalmente en Roma.

Pero tampoco vamos a hablar de las saturnales. Nos centraremos, en cambio, en una deidad bastante más misteriosa: Mitra, el dios de los soldados, cuyo nacimiento también habría tenido lugar, precisamente, el 25 de diciembre. Aquel que, en la ficción que imaginé, glorificaban en secreto hombres como el abuelo de Issa en Britannia, o el armoricano Arcadio en la propia Hispania; ambos viejos soldados de las antiguas legiones. Un culto que, pese a todo su significado para las tropas del imperio, tuvo su origen en las tierras del acérrimo enemigo de Roma desde el siglo II: el imperio persa. Aquí podemos encontrar su nacimiento; sin embargo, parece ser que el credo evolucionó de formas diferentes a un lado y otro de la frontera que separaba a ambos estados. El culto a Mitra en Roma, por tanto, parece independiente del que podría desarrollarse en Ctesifonte y otros lugares.

Sol Invictus
Sol Invictus.
Fuente: Marie-Lan Nguyen, Wikimedia Commons
La introducción del culto a Mitra en el interior de las fronteras de Roma también resulta muy cercana al momento en el que debió de transcurrir la vida de Jesús y sus discípulos. A lo largo del siglo primero de nuestra era aparecen los primeros devotos de este dios solar, que personificaba el nacimiento del Sol Invicto. Un dios, en buena parte, opuesto a la imagen que representaba Jesucristo en aquellos primeros años del cristianismo. Mitra era el dios de la luz, una deidad del bien según el mito persa, pero también era el dios de los guerreros, de los hombres que portaban espadas y sembraban muerte y dolor allí por donde pasaban; un dios que despreciaba a las mujeres y a los débiles, al contrario de lo que ocurría con Jesús, que incluía a todos en su mensaje. Para lograr el favor de Mitra, sus acólitos debían superar diferentes ritos secretos mediante los que ascendían en la jerarquía de creyentes que se instauró en su vertiente romana. Como ya nos podemos imaginar, las palabras de Jesús medraron entre los pobres y las mujeres, mientras que las de los adoradores de Mitra lo hacían entre los guerreros, es decir, entre los hombres de las legiones de Roma.

De esta manera, los vestigios que han llegado hasta nosotros hoy en día de Mitra y de los escasos templos en los que se oficiaban sus ritos (cuevas, como eran llamadas su honor, pues en una de estas, según recoge su misterio, el dios sometió y sacrificó al toro primigenio), debemos buscarlos en aquellos lugares en los que se encontraban acantonadas las legiones: en los limes fortificados existentes alrededor del imperio. ¿Qué sentido tenía que una religión como esta triunfara en una sociedad como la romana? ¿Por qué debería superar a Marte, el tradicional dios de la guerra en Roma, u a otras deidades extranjeras adoptadas por los ciudadanos del imperio? Pues, en principio, porque aquellos hombres eran especialmente supersticiosos, y además necesitaban estrechar lazos entre ellos para defenderse en un territorio hostil. Las fronteras de Roma (siempre, no solo en los últimos años del imperio) resultaban territorios en los que imperaba la inestabilidad, en los que los legionarios y auxiliares se jugaban la vida mientras el emperador y las élites gobernantes se encontraban tranquilamente acomodados en sus residencias italianas o en otras provincias bien alejadas de los limes. En ese escenario, el culto a Mitra ofrecía a los hombres el establecimiento de una férrea autoridad jerárquica que resolvía cualquier conflicto interno, o externo. Una especie de orden en la que los acólitos se distribuían según su grado de comunión con el culto. Con responsabilidades y roles muy definidos, en el que la sumisión era la base, como resulta evidente desde el primer momento, pues el iniciado accedía a las pruebas de aceptación con los ojos vendados, confiando ciegamente en quienes se encontraran a su alrededor, aunque no los conociera. Toda esta ceremonia, este rito, esta sumisión incondicional, resultaba particularmente útil para estrechar lazos entre los guerreros que se encontraban en lugares muy distantes de sus hogares, y más aún a partir del siglo III d.C., cuando las antaño inexpugnables fronteras de Roma comenzaban a tambalearse (no sé por qué me vino a la cabeza la "guardia de la noche").

¿En qué consistía el culto a Mitra?

Pues, como ya hemos comentado, esta deidad persa personificaba la victoria del sol invicto y, por tanto, su nacimiento se relacionaba con el solsticio de invierno, fecha en la que que Mitra resultaba vencedor y, por tanto, el sol nacía de nuevo para los hombres. Para que esto ocurriera, Mitra, tras luchar y cargar con un enorme toro sobre sus espaldas, lo ofrecía en sacrificio en el interior de una cueva, haciendo que de la sangre del animal sacrificado brotaran espigas de trigo, propiciando el despertar de la vida.

Mitra sacrificando un toro
Mitra sacrificando un toro.
Fuente: Ángel M. Felicísimo. Flickr.

Del episodio místico anterior derivaban buena parte de los ritos o misterios que realizaban sus adeptos, principalmente en los primeros siglos. Mediante estos, un total de siete, el aspirante iba ascendiendo en aquella férrea jerarquía, desde el grado menor, conocido como "cuervo", hasta "pater", máxima autoridad dentro de la religión. Unos ritos en los que el iniciado solía comparecer desnudo y con los ojos vendados, y debía permanecer impertérrito sucediera lo que sucediera. En gran parte de ellos, el toro, como animal totémico de Mitra, poseía una importante significado y un papel protagonista en el misterio. ¿El iniciado debía sacrificar a un toro, como había hecho el dios, se bebía su sangre y comía su carne cruda, o acaso era un infante lo que asesinaba? Se admiten apuestas, porque se trataba de un rito secreto del que ninguna certeza ha trascendido, y mucho menos a partir de los últimos seguidores de Mitra, cuando su culto fue prohibido y, por tanto, sus seguidores perseguidos.

Aparte de la relativa a la fecha, otra similitud que algunos autores han querido ver entre el credo mitraico y el cristiano ha sido el banquete que compartían sus adeptos durante sus celebraciones. En este caso, una vez superado el rito iniciático, el nuevo integrante de la comunidad y sus nuevos compañeros participaban en el mismo lugar de un banquete en el que comían, bebían y compartían sus impresiones. Me pregunto qué pasaría con los que no lograban superar las pruebas...

Mitra en Hispania

Las legiones de Britannia, y aquellas establecidas en las fronteras del Rhin y el Danubio, fueron las que acogieron a un mayor número de seguidores en el misterio mitraico, pero también en las provincias hispanas se han encontrado evidencias de esta corriente religiosa. Lógicamente, por la escasa trascendencia hispana en las guerras del imperio desde el siglo I hasta el IV, su importancia es menor. Aun así, pueden encontrarse algunos monumentos en Emerita Augusta (ciudad fundada por antiguos legionarios licenciados, como ya vimos en este post), Lucus Augusti  (también fundada en época de Augusto como base para sus guerras contra astures y cántabros) o Corduba.

El fin del mitraísmo.

Ya hemos visto que este rito, pese a ser importante entre los hombres de armas, nunca despertó demasiado interés entre el resto de ciudadanos del imperio, más allá de algunos senadores con historial militar. A partir del siglo IV, primero con la conversión de Constantino al cristianismo y su posterior oficialización promovida por Teodosio, el rito mitraico se convirtió en un culto aún más minoritario, secreto y destinado a desaparecer. Tan solo algunos legionarios, en pequeños reductos militares muy alejados del centro de poder imperial, mantenían el vínculo con su dios. Un dios que, junto con sus compañeros de armas, parecía ser el único apoyo con el que podían contar en aquellos tiempos aciagos en los que hordas de bárbaros arrasaban una y otra vez las fronteras, mientras los emperadores se asesinaban unos a otros por las migajas de un imperio en descomposición.

¿Te ha parecido interesante esta curiosa "coincidencia" por la cual confluyen festividades de cultos tan distintos en un mismo día? ¿Has imaginado por un momento cómo resultaría participar en tan misteriosos ritos?

lunes, 18 de diciembre de 2017

Hoy invitamos a... Carla (Mi dulce estantería) para hablar de autopublicación.

¡Hola a todos!

Seguimos con nuestra serie dedicada a las merecedoras de las menciones de honor en la gincana "El Alano", organizada por La Reina Lectora, de la que pudimos disfrutar el mes pasado. Y hoy es el turno de Carla, del blog "Mi dulce estantería", que compartirá con nosotros su opinión y experiencia con la lectura de autores autopublicados, a los que habitualmente apoya desde su tribuna literaria.

Mi dulce estantería

Carla es una lectora muy comprometida con la difusión de la literatura, y ha sabido encontrar un hueco para sumergirse en ese grupo de obras no tan conocidas. Lo cierto es que, si echáis un vistazo a su blog, os daréis cuenta de que se atreve con todo: desde la ciencia ficción y la fantasía a las novelas de aventuras, sin olvidar aquellas en las que los sentimientos juegan un papel fundamental. Espero que, de ahora en adelante, se decida a darle una oportunidad también al género histórico :) También puedes encontrarla en Twitter, Instagram y Facebook.

Sin más dilación, os dejo con ella:

Primero que todo decir que es todo un honor para mí estar hablando sobre un tema tan conflictivo a veces como lo es la autopublicación. 

He recibido una mención de honor por la Gincana "El Alano" -no me lo esperaba para nada-, y ese es el motivo de esta entrada. Mi experiencia en esta Gincana ha sido divertida, y sobre todo he tenido que aprovechar todo el poco tiempo libre que he tenido. Sinceramente, la historia no es un género que suela leer, más que nada porque nunca me apasionó, aunque yo creo que es porque no he encontrado “mi libro histórico” (todavía). En la Gincana hicimos varias actividades como el desbloqueo de la nueva portada de El Alano, y un juego por el blog del autor. Después nos dedicamos a enseñar por las redes la nueva portada, y a mí se me ocurrió poner la sinopsis en los stories de Instagram. Hemos tenido ratos divertidos y curiosos. También descubrí una entrada en el blog del autor en la que hablaba de historia, pero comenzando por un relato tan poco real como una princesa, lo que me hizo decir “anda, si al final la historia va a terminar gustándome”. Ha sido toda una buena y nueva experiencia, ya que nunca había formado parte de una Gincana literaria.

Después de hablaros un poco sobre mi experiencia en la Gincana, quería contaros un poco mi experiencia con la autopublicación de una forma sincera y cercana (al menos lo voy a intentar).

Yo hasta hace un año y poco no conocía qué era la autopublicación, y cuando escuché por primera vez hablar de ella fue en el Club de Lectura de La Reina Lectora, al que llegué por pura casualidad. A partir de aquí fui leyendo uno tras otro, y me he encontrado con libros de todo tipo que han ido llegando dentro de mí. También ha habido otros que no me han gustado tanto, justo como pasa con los libros publicados por editoriales. Podría ponerme a decir diferencias entre ambos “grupos” de libros, pero no estoy aquí para ello. Al fin y al cabo, todos son libros. Libros escritos por personas con amor por la escritura y que quieren que el lector se emocione al leer sus palabras. Hay escritores que deciden publicar ellos mismos porque no quieren dejar a sus “bebés” en manos que no les traten como ellos quieren, y otros optan por editoriales. Nada más. 

Ahora os dejo una serie de razones para que probéis o sigáis probando la autopublicación:

El precio. No sé por qué el precio de los libros es tan dichosamente caro. Siempre hay ofertas de todo tipo en cualquier producto, menos en los libros. Como mucho veremos un 5%, y podemos darnos con un canto en los dientes. Sin embargo, en la autopublicación no resulta así, puesto que, a grandes rasgos, es el autor quien decide el precio. Si quieres tener más libros y tener más ahorros, puedes optar por la autoedición.

La variedad de libros que hay es mi segunda razón. Si vamos a una librería nos encontramos con distintas secciones de “terror”, “romántica”, “ciencia ficción”, “fantasía”, etc. Y en los autopublicados también. Incluso diría que hay más variedad, puesto que las editoriales suelen tender a publicar tipos concretos de libros, y eso no pasa en este mundo.

Ayudas a autores. Si compras un libro autoeditado, muy probablemente estarás ayudando más a una persona que lo necesite que comprando un libro de una editorial. Además, si te decides a comentar en Amazon o reseñarlo en tu blog, seguro que el autor te lo agradece. Lo que lleva al siguiente punto.

La cercanía con los autores. Esto no tiene punto de comparación con el mundo de los libros editados. Esas conversaciones que puedes tener con el autor de un libro autopublicado, no creo que lo tengas con un libro de sello editorial. Son muy agradecidos, y seguro que te llevas una sorpresa si le das tu opinión sobre su obra.

A pesar de haber tenido alguna que otra disputa con algún autor autopublicado, no me arrepiento de consumir este tipo de literatura, que es igual de importante/necesaria/útil/bonita/todo-lo-que-queráis que los libros editados por editoriales.

Gracias por pasar este rato conmigo y leerme. Y gracias a Esther y José por invitarme a pasar por aquí. 

¡Un abrazo y hasta siempre!

Carla.

Muchísimas gracias a ti, Carla, por visitarnos en el blog y darnos tu opinión y tus razones para apoyar a autores autopublicados. ¡Ha sido un placer recibirte!