lunes, 21 de agosto de 2017

Hoy nos acompaña... Fran Zabaleta

Entrevista a Fran Zabaleta


Hoy estoy (estamos) de enhorabuena en Letras con Historia, porque cuento con un ilustre visitante: el escritor de novela histórica Fran Zabaleta, que ha aceptado amablemente mi invitación para responder a esta pequeña entrevista a través de la cual pretendo conocer un poco más a algunos de mis más admirados compañeros de letras (¿ya has leído la visita que nos hizo Ana Joyanes?).

Este escritor vigués, licenciado en Geografía e Historia, desempeñó su actividad laboral en el ámbito de la enseñanza en educación secundaria y bachillerato antes de dedicarse en exclusiva a su gran pasión: la escritura. Desde entonces, le ha dado tiempo para trabajar como redactor, corrector, editor de texto, documentalista y adaptador de clásicos con un buen puñado de editoriales: Anaya, Santillana, Alfaguara, Ediciones SM, Martínez Roca, Espasa Calpe, Obradoiro, Grazalema, Xerais… Además, lleva casi veinte años escribiendo guiones de documentales para instituciones, empresas y televisión; y, como no, también se ha consagrado como novelista publicando un interesantísimo puñado de títulos.

La primera de sus novelas aparece en 2005: se trata de La cruz de ceniza, una novela histórica escrita en colaboración con Luis Astorga y publicada por Suma de Letras. Tras ella vinieron Medievalario -en la que ahora mismo me encuentro sumergido (y enganchado)-, publicada por Redelibros en el año 2011; 99 libros para ser más culto (Martínez Roca 2011, escrito en colaboración con Juan Ignacio Alonso); Xoán Branco e a gran revolta irmandiña (NigraTrea 2012); y En tiempo de halcones (Grijalbo, enero 2016).

La Cruz de Ceniza, Fran Zabaleta
La Cruz de Ceniza, 2005.

Un auténtico todoterreno que destila pasión por la historia, y cuyas letras combinan a la perfección una parte de erudición aderezada con otro tanto de simpatía, acidez, desenfado y dominio del lenguaje para generar un cóctel equilibrado y con personalidad

Puedes conocerlo en mayor profundidad en su bloc, que te recomiendo encarecidamente si lo tuyo es la novela histórica (no te pierdas sus Historias para disfrutar de la Historia). Y, como buen escritor moderno, también anda por Twitter y Facebook.

Antes de meternos en faena, y asaetearlo con unas cuantas preguntas, no puedo dejar de hacer mención a una frase suya que suscribo totalmente: "enganchado a la novela histórica hasta las trancas". 

Fran Zabaleta
Una vez más, gracias, Fran :)

1. ¿Cuál es la primera novela histórica que recuerdas haber leído?

En realidad no estoy muy seguro, porque devoro libros desde que tengo memoria. Probablemente leí muchas novelas históricas sin que mi mente las catalogara como tales. La primera que sí tuve claro que era histórica, y que me descubrió un mundo insospechado, fue La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa.

Debía de tener diecisiete o dieciocho años y me impactó no solo la historia, los personajes, la atmósfera de desolación y esperanza, sino la forma en que estaba escrita (y es que, aunque no me guste nada el Vargas Llosa personaje, hay que reconocer que es un maestro con la pluma. Y va sin doble sentido).

Pensándolo ahora, que ya ha llovido hasta hartarse desde que la leí, me doy cuenta de que debió de influirme mucho más de lo que imagino, porque La guerra... cuenta la historia de una alucinante revolución en el sertón brasileiro a finales del siglo XIX… y desde que empecé a escribir siempre que me despisto me descubro novelando revoluciones (como la anabaptista de La cruz de ceniza o la irmandiña de En tiempo de halcones).

Así que parece que le debo más de lo que creo a Vargas Llosa y a su La guerra del fin del mundo, qué le vamos a hacer. Espero que no lea esto y venga a reclamar su parte de los millones de euros que ingreso cada año en concepto de royalties.


Novela histórica
La guerra del fin del mundo

2. Recomiéndanos alguna de tus favoritas.

Eso sí que es difícil. ¡Hay demasiadas! Sin duda, esta de La guerra del fin del mundo, pero también Shogún, de James Clavell, El asirio, de Nicholas Guild, El nombre de la rosa de Umberto Eco, El dios de la lluvia llora sobre México de Laszlo Passuth, El puente de Alcántara de Frank Baer… Hace poco escribí una entrada en mi bloc con quince novelas históricas que me parecen imprescindibles, a él te remito y así me ahorro pensar, que es muy cansado.

Novela histórica
"Novelón"
3. ¿Qué te aporta este género que no lo hagan los demás?

Leo de todo y me gustan (casi) todos los géneros, pero sin duda el histórico es mi favorito. Supongo que se debe a que me fascina la historia, hasta el punto de que estudié Geografía e Historia.

Las novelas históricas me permiten echar una ojeada al pasado, sí, pero sobre todo sumergirme en él, meterme en la piel de personajes de otras épocas. ¡No hay nada como viajar… sin salir de casa!

Y además, a través de la novela histórica se puede, comprender mejor el presente y entender qué diablos pasa en el mundo. O intentarlo, al menos.

4. ¿Cuál es tu periodo histórico favorito? Si existiera una máquina del tiempo, ¿pasarías allí tus vacaciones, te quedarías a vivir o echarías un vistazo y volverías pronto a casa?

Qué difícil. Cuando estudiaba historia tenía un problema: cada nueva época que estudiábamos me atraía de tal forma que me ponía a leer todo lo que encontraba sobre ella. Al final no tenía tiempo para nada, claro. Y hoy me sigue pasando lo mismo: me atraen todas las épocas, desde la prehistoria hasta el siglo XX, y todas las civilizaciones, ya sea la Persia sasánida o el imperio inca.

Va por rachas, supongo. Actualmente llevo dos o tres años enganchado al período colonial español en América, especialmente al siglo XVII, devorando cuanto cae en mis manos. Lo que me sorprende es que con tanta ingestión descontrolada no esté como un tonel.

Sobre viajar al pasado: dudo mucho que consiguiéramos mantenernos vivos más allá de un fin de semana en la mayor parte de las épocas pasadas, probablemente moriríamos de cualquier infección contra la que ya no tenemos defensas, aparte de la dureza de las condiciones de vida o la violencia. Por ejemplo, imagínate que apareces en plena batalla de Crécy, con miles de flechas volando por doquier, entre los relinchos histéricos de cientos de inmensos caballos de batalla que sueltan coces y mordiscos a diestro y siniestro y rodeado de moles humanas embutidas en armaduras acorazadas y con espadones de quintal y medio en las manos. Eso sí que debía de ser una orgía de violencia, y no las chiquilladas de los ultras del fútbol actual.

Aun así, me encantaría tener esa ventana que me llevara al pasado… para echar un vistazo rápido, comprobar que los historiadores no dan ni una y regresar a la comodidad de mi casa. Que está más calentita y en la nevera hay cervecita fría. Sin olvidar el sofá, claro.

5. ¿A qué personaje te habría gustado poder estrecharle la mano? ¿Y de cuál te asegurarías de estar bien lejos?

Me temo que abundan más los segundos que los primeros. No me acercaría ni borracho al pirata Olonés (se dedicaba a cortar en pedazos al primero que se le cruzaba por delante y a comerse sus corazones a mordiscos, literalmente, todavía palpitantes) o al Loco Aguirre, por ejemplo.

Sin embargo, me habría encantado acompañar a Charles Darwin en su viaje en el Beagle, y discutir con él y con Fitzroy sobre lo humano y lo divino… (aunque el pobre Fitzroy era un tanto fanático en cuestiones religiosas, qué se le va a hacer).

6. ¿Qué escenario que se pueda visitar hoy en día podría inspirarte una buena novela?

Precisamente me pillas de viaje, visitando los escenarios de mi próxima novela. Pero no te voy a decir dónde estoy, que la cosa todavía está muy verde. De todas formas, escenarios que inspiren los hay a patadas (al menos que me inspiren a mí, pero reconozco que soy facilón y me dejo enredar a la primera. Chicas, tomad nota).

Si tengo que elegir uno, ¿qué tal alguna isla paradisíaca perdida, por ejemplo, en los Mares del Sur? Seguro que si escarbas un poco descubres la historia de algún náufrago, o de algún explorador español que se pasó por allí de visita hace la tira de años y que te sirve de excusa. Siempre y cuando la editorial corra con los gastos, claro, aunque por desgracia esto es cada vez menos frecuente.

Si tengo que pagármelo yo, me dejo tentar por escenarios mucho menos exóticos (¡ah, cuántas grandes novelas se pierde el mundo por la tacañería de las editoriales! Una injusticia).

7. ¿Hay algún hecho histórico que nunca te atreverías a novelar? ¿Por qué motivo?

En general prefiero novelar, por pura salud mental, los hechos históricos que ofrecen algo de esperanza o que reivindican la lucha del ser humano por un mundo mejor. Por eso no creo que me atreva nunca a novelar, por ejemplo, la historia de la Camboya de los Jemeres Rojos y Pol Pot, uno de los genocidas más sanguinarios de la historia. No, lo siento, demasiado horror para sumergirme en él durante los años que me llevaría documentarme y escribirla. Aparte de que pocos lectores tendrían el estómago necesario para aguantar la lectura.

8. ¿Dedicas mucho tiempo a documentarte cuando inicias un nuevo proyecto?

Soy un puñetero maniático de la documentación. Para escribir La cruz de ceniza, por ejemplo, estuve tres años atiborrándome de tochos sobre la reforma protestante, el anabaptismo, la guerra en el siglo XVI, los movimientos milenaristas, las biografías de los reformadores, la ropa y las costumbres de la Edad Moderna, la gastronomía, la geografía y la historia de Francia, Holanda y Alemania… Un día me descubrí buscando información sobre las técnicas de teñido de la ropa en los Países Bajos y decidí que hasta ahí había llegado, que con la ropa de Zara iban que se mataban.

(Sí, es cierto: no conseguí resistirme y seguí investigando en cuanto se me pasó el pronto).

9. ¿Cuál es tu personaje favorito de los que has creado o novelado?

Ya te vale, en menudo compromiso me metes. No llevo la cuenta, pero a estas alturas ya tengo unos cuantos cientos de hijos haciendo de las suyas por ahí (me han salido revoltosos, qué le voy a hacer, ni te imaginas las fiestas que montamos cuando nos reunimos). Hay unos cuantos que me caen especialmente bien (y alguno que no soporto, eso también).

De todas formas, aún a riesgo de jugarme el cuello si se enteran los demás, reconozco que siento debilidad por Lopo Feixoo de Milmanda (que, por cierto, creo que está de visita en tu casa estos días). Un tipo duro y muy corrido (ejem, que ha vivido mucho, quiero decir), pero que en el fondo es tan sensible como un corderillo sin destetar. Para su desgracia, que la vida siempre ha sido muy jodida para la gente íntegra. De hecho, me cae tan bien que le he invitado a hacer un cameo en la novela que estoy escribiendo ahora.

Si te has quedado con curiosidad por saber a cuál no soporto, lo confesaré: a Baltasar Sachs, el meapilas monje de La cruz de ceniza. Tan obsesionado por seguir a su dios que no le importa meter a sus amigos en el mismo infierno. Pero esa historia ya la conté y si te interesa tendrás que leerla...

Medievalario, Fran Zabaleta
Medievalario. Y me apunto a Baltasar Sachs y la Cruz de ceniza. 

10. Por último, ¿qué consideras que te define como autor?

Aparte de la documentación, que suele ser exhaustiva, me han dicho un montón de veces que mis novelas son muy cinematográficas. Supongo que se debe a que para escribir una escena necesito imaginármela antes hasta el menor detalle, la veo en mi cabeza como si estuviera en ella. Lo que no siempre es agradable: lo he pasado realmente mal más de una vez mientras escribía alguna escena violenta, una violación o una matanza. Maldita imaginación.

Bueno, maldita no: también me lo he pasado muy bien escribiendo otras escenas más… placenteras. Ejem.

Espero que hayáis disfrutado tanto como yo de la entrevista. Una vez más, mil gracias, Fran. Por mi propio interés, sigue enganchado a la novela histórica, porque en tu bloc nos pones sobre la pista de muchas joyas que merece la pena descubrir, y porque queremos seguir disfrutando de tus cinematográficas descripciones y tus paseos por la naturaleza humana y sus diversas manifestaciones en escenarios de lo más complicados. Y porque que exista otro tipo capaz de leer sobre la herejía prisciliana y pensar "anda, qué bien encaja esto en mi novela de aventuras" me hace pensar que, después de todo, no estoy tan loco. ¡Nos leemos!

lunes, 14 de agosto de 2017

Castelnaud la Chapelle y Beynac et Cazenac





Viviendo durante todo el año en una maravillosa isla como es Tenerife, lo menos que me apetece en vacaciones es irme a una playa a pasar horas al sol y bañarme en las cristalinas aguas del mar. Lo puedo hacer casi cada día, así que cuando llega el verano siempre trato de darme una escapada en la que, huyendo de piscinas y costas, principalmente, visito comarcas rurales llenas de encanto, una rica gastronomía y, como no podía ser de otra manera, un extenso patrimonio histórico y arquitectónico en el que investigar (y tomar notas, porque nunca se sabe...).

Este año tocó la Dordoña-Perigord, en en suroeste de Francia, una región preciosa como pocas. Valles verdes, colinas coronadas por pequeñas ciudades amuralladas o castillos, extensos cultivos de girasoles y limpios ríos en los que bañarte: disfruté, imposible negarlo.

Pero vamos a lo que vamos.

Esta región, en la antigüedad (siglo V d.C.), fue parte del reino visigodo de Tolosa; pero esta vez no van por ahí los tiros. En esta entrada, nos remontaremos al siglo XIV de nuestra era, hasta una guerra que asoló Francia durante casi un centenar de inviernos (con algunas treguas durante este período, porque ese ritmo no había cuerpo que lo aguantara :)). Una guerra que, con toda la lógica, se conoce como la guerra de los cien años

Sus batallas más famosas y determinantes, como Crécy o Azincourt, se dirimieron en el norte del país, en las regiones de Bretaña y Normandía; pero, ¿acaso la guerra de los cien años también tuvo un escenario tan al sur? Pues sí. El ducado de Aquitania, como se conocía entonces a la región, había sido heredado por la corona inglesa tras la muerte de la gran Eleonor de Aquitania (duquesa de Aquitania y condesa de Gascuña por nacimiento, y reina consorte de ambos estados en guerra; una mujer formidable, inteligente y práctica, digna del reconocimiento como una de las personalidades más influyentes de su época), por lo que también se convirtió en un animado campo de batalla. Un campo de batalla en el que la fortificación de enclaves resultaba crucial para ambos contendientes para mantener sus posiciones. La guerra no se ganaba en el sur, parecía, pues los mayores esfuerzos bélicos tenían lugar en el norte de Francia (más cercano para los ingleses); pero quien perdiera comba en esta región se encontraría acorralado entre una marea de enemigos.

Muy cercanos a la preciosa ciudad medieval de Sarlat la Caneda (preciosa es quedarse corto), separados por el curso del río Dordogne y apenas a diez kilómetros de distancia, aún se alzan en sendas elevaciones dos grandes colosos de aquella época: los castillos de Castelnaud la Chapelle y Beynac et Cazenac.

Fortaleza (restaurada) de Castelnaud la Chapelle

Durante las décadas en las que la guerra asoló aquellas frondosas riveras, los defensores de ambas fortificaciones se lanzaron a la batalla entre sí en múltiples ocasiones. Si en un primer momento, el conocido actualmente como Castelnaud (castillo nuevo, aunque se tratara de una fortificación realizada sobre el viejo castillo cátaro del siglo XII), fue fortificado por los ingleses y sus aliados aquitanos para enfrentarse a sus vecinos de Beynac, durante el transcurso de la guerra fue tomado por sus enemigos en varias ocasiones, hasta que, ya cerca del final del conflicto, en el año 1442, fue tomado definitivamente por los franceses tras someterlo a un feroz asedio.

Maqueta del castillo de Castelnaud la Chapelle, con el aspecto que tendría en el año 1442

Ahora mismo, el castillo de Castelnaud la Chapelle, bien restaurado y accesible, alberga en su interior un interesante museo de la guerra, en el que la mayoría de las piezas responden a esta época.

Durante la visita tendremos ocasión de ver máquinas de asedio (y defensa), como balistas o lanzapiedras (trabuquetes), así como armas de fuego también de asedio, como bombardas o culebrines (la guerra de los cien años supuso, probablemente, la primera ocasión en que las armas de fuego se utilizaron en batalla en occidente, con desigual resultado). Podremos observar también armas de fuego portátiles (más modernas, de gran peso y muy incómodas de utilizar) como arcabuces, mosquetes e incluso un curioso ribault (primitivos predecesores de las metralletas actuales); pero, si algo llama la atención, es la extensa colección de ballestas que alberga el museo. Ballestas que en un primer momento serían empuñadas por mercenarios genoveses, muy utilizados por los franceses en este conflicto. Se pueden apreciar las múltiples variaciones de este arma a lo largo de su evolución, desde las más primitivas y complicadas, hasta más modernas y sencillas, en las que diferentes mecanismos hacían más fácil la maniobra de recarga al tirador, talón de Aquiles de aquellos hombres. 

Vaya "bicho raro": un ribault

Los ballesteros eran una tropa ofensivamente muy interesante, debido a la potencia y capacidad de penetración de los virotes que lanzaban, pero contaban con un importante hándicap: mientras recargaban la pieza entre disparo y disparo, maniobra que requería cierto tiempo además de fuerza, quedaban a merced de los proyectiles enviados desde el campo inglés. Así, en determinado momento de la guerra, tuvieron que recurrir a la colaboración de otro soldado que los protegiera con un pavés, o escudo de gran tamaño, mientras añadía un nuevo dardo a su ballesta. 

Unas "cuantas ballestas"

En la misma estancia en las que se encuentran no menos de una treintena de estas armas, sin vitrinas, y probablemente sin que la mitad de la gente que pasa por allí repare en su existencia, hay un pequeño recodo en el que, al asomarte, encontrarás una representación de la tropa que durante más de medio siglo supuso una verdadera pesadilla para los ballesteros pero, sobre todo, para los caballeros franceses: el arquero inglés y su temido arco largo o longbow, como era conocido entonces. En el mismo tiempo que un ballestero genovés empleaba en efectuar una sola recarga, un arquero inglés podía lanzar hasta diez de sus flechas. Un arma que, aunque primitiva (nada sofisticada, como las ballestas), reportó a las tropas inglesas las mayores victorias que consiguieron durante el conflicto, haciendo inútil el enorme despliegue de hombres y tecnología militar que acometieron los diferentes reyes franceses durante gran parte de la contienda.

El arco largo inglés (o galés, pues también era empuñado por muchos galeses que servían en las tropas inglesas) sembró de cadáveres franceses media Francia, convirtiéndose en un arma mortífera y, a quienes la portaban, en verdaderos demonios a ojos de los hombres de armas franceses.

Pero ¿sabías que el temor al arco inglés no se limitó únicamente a las tierras francesas? Eduardo de Woodstock, conocido como el príncipe negro, heredero del trono inglés y vencedor en batallas tan cruciales como la de Crécy, trajo hasta España grandes compañías de arqueros. y, nuevamente, sus flechas fueron las protagonistas en una contienda que desangró Castilla durante el siglo XIV, y en las que también tropas francesas al mando de sus más importantes comandantes, como Bertrand du Guesclin, participaron para oponer sus ballestas a los arcos. Está claro que ni en las treguas eran capaces de estarse quietos en casa :)

Una región, sin duda, muy recomendable. Cuéntame, ¿conocías estos castillos franceses? ¿Los has añadido a tu lista de lugares por visitar?

lunes, 7 de agosto de 2017

Hydacio, el cronista de una Hispania moribunda


Hydacio, el cronista de una Hispania moribunda


A riesgo de parecer pesado, sí, el siglo V d.C. supuso una época de inestabilidad para las distintas provincias que constituían Hispania, que no había tenido parangón desde que la férrea autoridad de Roma se hiciera con la totalidad del territorio, en el mismo instante en el que Octavio Augusto decidiera poner fin a la independencia de astures y cántabros.

Un momento de nuestra historia en el que no son precisamente de cronistas y sus correspondientes crónicas de lo que andamos sobrados. Vista la incertidumbre, no era un momento muy adecuado para tomar el cálamo o el estilo, en absoluto; quizás, podríamos decir que lo más inteligente era correr :).


libro antiguo
Kindle de la época...

Si algo sabemos sobre lo sucedido en aquel entonces, es gracias a una figura muy poco conocida en la actualidad, que se atrevió a recoger los hechos de su tiempo en una crónica. Un hombre que, pese a lo contemplativa que pueda resultar en principio la acción de recabar información sobre lo que acontecía a su alrededor, se convirtió en un verdadero "activista" de aquello en lo que creía firmemente: la idoneidad de mantener el legado de Roma en las tierras del imperio, así como su guía.

Esta idea lo impulsó a liderar una arriesgada embajada que lo llevaría desde su tierra natal, Gallaecia, hasta la Galia, para encontrarse con Flavio Aecio (conocido entonces como el "último romano"), Magister militum del imperio (máximo comandante militar del imperio, únicamente detrás del emperador en este aspecto), al que requirió, junto con otros representantes de su provincia, que se internara en Hispania y acabara con los bárbaros allí instalados, restituyendo el poder de Roma.

Aecio, vencedor de Atila, el huno, en los Campos Catalaúnicos, tuvo una vida complicada, siempre luchando (e intrigando) hasta el instante en el que fue asesinado por su emperador. Así que nunca sabremos si realmente pretendía atender al llamamiento de los hispanos, pero fue dejando la tarea para un mejor momento... y, dado que tenía una ingente cantidad de proyectos pendientes, el asunto se demoró por casi tres décadas, en las que el último héroe romano no pareció recordar quién había sido aquel hispano, ni qué se cocía más allá de los Pirineos.

Por contra, los que no olvidaron el papel del cronista en aquella embajada, y sus posteriores ataques verbales desde el púlpito, fueron los suevos, sus incómodos vecinos. Así que, finalmente, tras ser traicionado por varios de los suyos, fue prendido y encarcelado por sus enemigos. Finalmente, en el año 469 d.C., murió, apagándose la vela que había iluminado aquellos años por medio de su crónica.

Estamos hablando de Hydacio, obispo de la ciudad de Aquae Flavia (la actual Chaves, en el norte de Portugal). Nacido en el seno de una familia acomodada de la provincia de la Gallaecia, y entregado desde muy joven al oficio religioso, emprendió un larguísimo (y peligroso) viaje a Palestina, donde fue instruido por diferentes maestros en su fe, entre ellos, el que posteriormente sería conocido como San Jerónimo. Fue a su llegada nuevamente a su tierra, años después, cuando comenzó a trabajar en su Chronicon, iniciando su relato en los últimos años del siglo anterior, tomando información de diferentes historiadores de la época.


Mapa de Gallaecia
Provincia romana de Gallaecia

Unas crónicas que, como en toda labor de investigación histórica que pretenda tener éxito, resulta conveniente leer entre líneas antes de hacer juicios de valor, y entender, además de al cronista y a sus motivaciones, a la propia época. Sirva a modo de ejemplo de por qué esta matización, el siguiente párrafo, que recoge una de las notas de su Chronicon:

Desparramándose furiosos los Bárbaros por las Hispanias, y recrudeciéndose al igual el
azote de la peste, el tiránico exactor roba y el soldado saquea las riquezas y los
mantenimientos guardados en las ciudades; reina un hambre tan espantosa, que obligado por
ella, el género humano devora carne humana, y hasta las madres matan a sus hijos y cuecen
sus cuerpos, para alimentarse con ellos. Las fieras, aficionadas a los cadáveres de los
muertos por la espada, por el hambre y por la peste, destrozan hasta a los hombres más
fuertes, y cebándose en sus miembros, se encarnizan cada vez más para destrucción del
género humano. De esta suerte, exacerbadas en todo el orbe las cuatro plagas: el hierro, el
hambre, la peste y las fieras, cúmplense las predicciones que hizo el Señor por boca de sus
Profetas.

Visto así, Hydacio no estaba disfrutando precisamente de lo que veía a su regreso a su tierra (quizás, debería haber corrido).

Tenía sus razones: el imperio se desmoronaba, y con él las estructuras administrativas que hasta entonces lo habían sostenido; la fe cristiana, de la que él era máximo representante en la ciudad de Aquae Flaviae, se encontraba amenazada por el nacimiento de múltiples herejías (arranismo y priscilianismo, por nombrar las más conocidas), frente al soporte que había representado la autoridad imperial para aquella, desde que se decretara como religión oficial del imperio; y los pueblos bárbaros (suevos, vándalos y alanos, pero para él, sobre todo los primeros pues fueron quienes se establecieron en su tierra) campaban a sus anchas sembrando el terror y apoderándose de cuanto necesitaban en las tierras que habían pertenecido a Roma. Si a todo esto le añadimos inexplicables y repentinos oscurecimientos del cielo durante el día, noches sin luna, cometas que iluminaban el cielo, terremotos o la inesperada aparición de peces o terneros de extraña apariencia, hasta al más pintado le recorrería un escalofrío por la espalda. A Hydacio, únicamente parecía ocurrírsele una cosa, y era que el apocalipsis se encontraba cercano, muy cercano.


Misorium de Teodosio
Misorium de Teodosio, emperador hispano que declaró al cristianismo como religión oficial del imperio

Pero no, el apocalipsis no tuvo lugar, como tampoco sucedería en el año 1000, cuando semejante mensaje pareció calar nuevamente en la mente de muchos cristianos. Los bárbaros terminaron asentándose en el territorio, creando sus propias estructuras administrativas; luchando entre ellos, sí, como también contra los indígenas y contra las tropas que, cada vez en menor número, enviaba Roma, así como contra nuevos pueblos que aparecerían en escena en los años posteriores; pero a todos, sin distinción, lo que más les preocupaba era su propia supervivencia, por lo que -cómo cambian las cosas- un siglo después de la muerte de Hydacio, azote de los suevos, aquellos hispanorromanos que vivían en una Gallaecia entonces en paz, convertida en reino suevo y católico, temerían como hiciera Hydacio la llegada de lo desconocido, en este caso, del godo Leovigildo, arriano y, para ellos, un bárbaro. Pero esta, es otra historia.

¿Te atreves a descubrir qué sucedió en ese siglo V a través de los ojos de Attax, el alano?




lunes, 31 de julio de 2017

El aceite de oliva en la Hispania romana

El aceite de oliva en la Hispania romana


Mucha gente asocia el cultivo del olivo al sur de España, a los campos, principalmente andaluces y extremeños, en los que este árbol domina gran parte del paisaje; sin embargo, un dato no tan conocido es que originalmente proviene de bastante más al este. Al igual que otros muchos productos agrícolas habituales para nosotros hoy en día en nuestros campos, los datos de los que disponemos apuntan a que el olivo fue domesticado hace miles de años en la actual Turquía y sus países limítrofes, incluyendo Siria y las fértiles llanuras del Tigris y el Éufrates.

Eso fue hace muchos miles de años pero, ¿cómo llegó hasta el sur de España? Pues como sucediera con muchas otras producciones agrícolas (también el vino o la castaña, dos de mis productos favoritos), fueron las distintas colonizaciones humanas las que extendieron su cultivo desde oriente. En un primer momento serían los fenicios y griegos, grandes navegantes, los que lo introducirían al llegar a la península ibérica desde muy temprana época en busca de nuevas rutas comerciales que explotar. Tras ellos, Roma se convertiría en la principal protagonista de esta historia. El imperio romano, ya firmemente asentado y dotado de una extensa red viaria y rutas marítimas comerciales seguras, extendió el cultivo de la oliva a lo largo y ancho de la cuenca mediterránea, por todas aquellas regiones donde las condiciones ambientales propiciaban su desarrollo.

Calzada romana
Calzada romana

¿Por qué era tan importante el cultivo del olivo para los romanos como para extenderlo por tantos países?

Pues leyendo un pequeño extracto de la obra del escritor latino Plinio el viejo, denominada "Historia Natural", podremos deducir rápidamente la respuesta a esta pregunta. Dice así:

"Hay dos líquidos que son especialmente agradables para el cuerpo humano: el vino por dentro y el aceite por fuera. Ambos son los productos más excelentes de los árboles, pero el aceite es una necesidad absoluta, y no ha errado el hombre en dedicar sus esfuerzos a obtenerlo".

Plinio no exageraba en su fervor por este producto, pues lo cierto es que los romanos utilizaban el aceite podríamos decir que para casi todo en su vida diaria (e incluso más allá de aquella):

- En la gastronomía, era utilizado para cocinar, para aliñar o para elaborar sus características salsas.

- También era usado como combustible con el que iluminar casas, templos y cuantos lugares lo requirieran.

- Se usaba también para la elaboración de productos cosméticos o de belleza, así como en perfumería o en las conocidas palestras en las que se ejercitaban los ciudadanos para mantenerse en forma, antes de recibir un reparador masaje a base de ¿aceite? :)

- Como remedio, era utilizado para combatir diferentes tipos de dolencias, como úlceras, cólicos o bien como antipirético (para bajar la fiebre).

- Un "subproducto" de la oliva se podía usar como insecticida, herbicida e incluso fungicida.

- Y, por último, para la preparación de los cadáveres para su enterramiento, pues se solían untar los cuerpos de los difuntos con aceite perfumado.

¿Y  por qué asociamos especialmente este cultivo con Andalucía o Extremadura?

En las provincias romanas de la época, conocidas como Baetica, sur de Lusitania y Carthaginense, el cultivo se adaptó muy bien, por lo que rápidamente proliferaron grandes villas rurales en las que, además del cereal y la vid, la oliva ocupaba un papel destacado. En estas edificaciones, básicas para la economía imperial, se encontraban aquellas estructuras industriales necesarias para la elaboración de productos manufacturados partir de materias primas agrarias (¿En suelo rústico, no industrial? Están locos estos romanos...)

El éxito de la oliva y del aceite producidos en la zona, sobre todo en la provincia Baetica, fue tal que el mismo Plinio llegó a asegurar que era el mejor de todo el imperio, tan solo superado por el producido en Histria (península de Istria, en la actual Croacia) y el elaborado en la Campania italiana.

"También era de mi gusto pasear por las dependencias donde se fabricaba el aceite, en las que pasaba largos momentos de tranquilidad, entre encargo y encargo, curioseando entre la maquinaria, y aprendiendo el tratamiento al que se sometía a las olivas, para terminar dando lugar a lo que Balbo llamaba su oro líquido".

Extraído de "El Alano".


¿Y cómo se elaboraba el aceite?

En la mayoría de las ocasiones, los romanos utilizaban largas varas con las que golpear las ramas del olivo (desde luego no vareadores eléctricos como ahora, aunque no ha cambiado tanto el método) para desprender de esta manera las aceitunas del árbol. Únicamente en explotaciones pequeñas y bien atendidas podían recogerse a mano, pues aunque de esta forma se dañaba mucho menos el fruto, lo cierto era que requería demasiado esfuerzo y dedicación.

Una vez recolectado el preciado fruto, se almacenaba en una estancia denominada "tabulatum", en la que el suelo estaba impermeabilizado y ligeramente inclinado para facilitar la evacuación del conocido como alpechín (un líquido oscuro y maloliente que en ocasiones se usaba como repelente para insectos).

Después de asegurarse de que la aceituna se encontraba seca, se procedía a la molienda. Durante esta, resultaba primordial evitar romper el hueso, pues en caso contrario el aceite presentaría un sabor amargo que haría disminuir su precio en el mercado, repercutiendo negativamente en la economía del productor (y, por descontado, de todos los que vivían con aquel).

Para este proceso lo más habitual era utilizar un sistema conocido como "trapetum", que consistía en un gran molino compuesto por una pieza fija denominada "mortarium" y dos piedras móviles semiesféricas llamadas "orbis", que dos hombres hacían girar sobre la primera para moler el fruto. Así se obtenía una pasta de aceitunas que se sometía a prensado en el llamado "torcularium".

"Este negocio –solía decir, sonriente, guiñando sus ojos rodeados de arrugas– es para viejos: árboles viejos para producir, y manos viejas para atenderlos”.  


Extraído de "El Alano".

¿Cómo se comercializaba?

El producto se decantaba en grandes vasijas llamadas "dolia", que solían estar semienterradas, y luego se almacenaban en unas ánforas, las "cella olearia", que tenían forma esférica, a diferencia de las utilizadas para el vino, más estilizadas. A estos envases se les aplicaba un sello que sería la carta de presentación del productor. Casi podríamos hablar de un sello de garantía de calidad, como de los que hablamos en la actualidad en algunos productos diferenciados. Los "tituli picta", como se llamaban estos sellos, indicaban el nombre del propietario, del agente exportador -si lo hubiera- así como el día en el que salía del almacén, el momento del embarque y su llegada al puerto de destino. Eran discos de cerámica que se aislaban utilizando una pasta especial. de manera que resultaran impermeables, y sus inscripciones, duraderas.


ánfora aceite
Ánfora romana


¿Todo el aceite que se elaboraba era igual?

"Según la variedad de oliva utilizada, la época de su recolección y el proceso al que eran sometidas, obteníamos aceites de distinta calidad. El prensado se realizaba cuidadosamente, para aplastar la tierna carne de los frutos sin llegar a romper el hueso de su interior. Tras la primera molienda, se separaba el mejor aceite, y la pulpa restante se volvía a procesar, obteniendo cada vez productos de inferior categoría: los primeros eran los más apreciados para consumir en crudo, y aliñaban las preparaciones que se servían en las mesas de los más pudientes. Los siguientes, destinados a las elaboraciones en caliente, suponían la mayor parte de la demanda, y alcanzaban precios en el mercado mucho más moderados. Por su parte, las fracciones de peor calidad se utilizaban para rellenar las lamparillas para el alumbrado".

Extraído de "El Alano".

Como en la actualidad, entonces ya disfrutaban de diferentes tipos de aceite, para todos los bolsillos y menesteres:

- El Oleum omphacium era, sin duda, el de mayor calidad. Tan solo al alcance de los más pudientes, se extraía de aceitunas aún verdes (pues se consideraba que la madurez del fruto hacía que el aceite resultara más viscosa y grasienta). Su destino principal eran las ofrendas religiosas y la elaboración de perfumes.

"De las olivas que aún no habían alcanzado su punto de sazón extraíamos el omphacium, muy apreciado por los galenos por sus bondades medicinales. Sacábamos un buen dinero por él. También guardábamos parte de la producción recolectada en verde para asegurarnos materia prima que nos permitiera atender las demandas de aceite recién prensado durante la mayor parte del año; Balbo se enorgullecía de suministrar un producto de alta calidad, por lo que se negaba a acudir a los distintos trucos que usaban otros productores de la zona para retrasar el enranciamiento del aceite, como añadirle sal, lo que no favorecía precisamente su sabor".


Extraído de "El Alano".

- El Oleum viride era el aceite de calidad intermedia, el más utilizado en la gastronomía, y por un mayor número de clientes. Su elaboración, a partir de una mezcla de aceitunas verdes y otras ya maduras, se llevaba a cabo en el mes de noviembre, y daba como resultado un aceite suave. Dentro de este Oleum viride, a su vez, se podían diferenciar tres nuevas calidades, según las distintas prensas que hubieran superado la oliva: de mayor calidad a menor, según el prensado resultara menor o mayor.

- Y por último el Oleum acerbum, el más económico y que se elaboraba a partir de aceitunas que habían caído al suelo, con mayor evidencia de madurez y deterioro y, por tanto, de menor calidad. Este aceite era casi exclusivamente para su uso como combustible en la iluminación de los hogares de Roma, de la Baetica, y de todos aquellos lugares, desde Britannia hasta Siria, en los que el imperio se había asentado.


lucernaria romana
Lucernaria
Como ves, el aceite extraído de las olivas era un producto muy apreciado en la época romana, y su cultivo y elaboración dejaron profundas huellas en la economía, la cultura y el paisaje del sur de Hispania, incluso en los últimos años del imperio. Si te apetece asomarte a la vida de Balbo, un prestigioso productor hispalense, y comenzar en estas tierras la aventura con Attax, su guardaespaldas y "hombre para todo", te invito a conocer mi novela: "El Alano, las cenizas de Hispania".  

lunes, 24 de julio de 2017

En la #SemanaAutopublicados, ¡gracias a todos!

En la #SemanaAutopublicados, ¡Gracias a todos!


Después de una breve pausa vacacional (que dará para unos cuantos post en el futuro), y tras aterrizar de nuevo en el blog el pasado lunes recomendando algunos de mis autores internacionales preferidos de novela histórica, esta semana me toca redactar una entrada especial, con la que quiero participar en una iniciativa muy interesante que ha planteado Carmelo Beltrán, creador del blog y canal de Youtube "El Rincón de las Páginas": la #SemanaAutopublicados.

Creo que, hoy en día, el camino de ningún escritor es fácil. En el caso de los autores independientes o autopublicados, que no cuentan con el respaldo de una editorial tradicional tras ellos, pero que por contra disfrutan de una total libertad a la hora de planificar y llevar a cabo -personalmente o a través de colaboradores- todas las partes del proceso que conlleva que una novela vea la luz, las tareas parecen multiplicarse hasta el infinito

Por eso resulta especialmente valioso encontrar en nuestro camino personas que crean en lo que hacemos, que nos respalden, que nos den voz en este mundo sobresaturado de los medios de comunicación y las redes sociales. Así que mi intención esta vez es, sobre todo, dar las gracias a todos esos blogs de reseñas literarias que no cierran las puertas a las novelas indies, y también a los lectores dispuestos a darnos una oportunidad, e incluso arañan un rato de tiempo para regalarnos un comentario en Amazon o Goodreads. 

Ya he hablado en este blog sobre mi experiencia particular a la hora de publicar mi primera novela; en ese artículo citaba al blog A Librería, a La Reina Lectora o a la escritora Ana González Duque como principales referencias, y mencionaba el inicio de mi andadura junto a Pedro Araque en Libretería, una plataforma multimedia destinada a dar visibilidad a los autores independientes que escriben en español. Y sobre este último me gustaría hablar hoy un poco más en profundidad: por un lado, de la sección "El folletín", donde se van desgranando algunos extractos de las novelas indies seleccionadas (si quieres empezar a leer "El Alano" en este formato, aquí están los enlaces de la primera y la segunda entrega); y por otro, de esta fantástica intervención de Pedro en "Te doy mi palabra", el programa de Mar de Tejeda en Onda Cero, en la que relata entre otras anécdotas de Libretería las dificultades que mi recalcitrante invisibilidad en redes (hasta prácticamente ayer) le generó a la hora de lograr ponerse en contacto conmigo.

A todos ellos y muchos más, y a ti que hoy me estás leyendo en este, mi pequeño escondite digital, gracias por todo.

P.D. Como novedad, ya podéis encontrarme también en Facebook.

lunes, 17 de julio de 2017

Quince autores imprescindibles para los amantes de la novela histórica. III.

15 autores imprescindibles para amantes de la novela histórica


Y llegado este momento, vamos a dejar descansar a aquellos escritores y escritoras anglosajones de ficción histórica que tanto me gustan, para centrarnos en otros magníficos autores del ámbito internacional con los que he disfrutado en cada una de sus novelas. A medida que pienso en ellos y ellas, me doy cuenta de que los que trataré en relativa profundidad son, en su mayoría, alemanes. Pero me niego a sacar un post por nacionalidades...

1-. Gisbert Haefs.


Este escritor alemán tiene para mí el simbólico honor de ser el autor de la primera novela que compré con mi propio dinero. Se trataba del primer volumen de los dos en los que narraba la vida del gran Alejandro Magno, hijo de Filipo segundo de Macedonia, el creador de un imperio hasta entonces impensable. En sus páginas pude disfrutar de la visión propia de Haefs, sin espacio para mitos, sin leyendas; mostrando una época salvaje, a un Alejandro despótico e inestable emocionalmente, a la vez que encantador en ocasiones. Sometido a un enjambre de aduladores de lo más variopinto, con marcadas personalidades, a los que amabas u odiabas; al igual que sucedía con el "pequeño" monarca macedonio. Por supuesto, acerté en esa modesta inversión, a la que siguió en poco tiempo la adquisición del segundo título.

Gisbert Haefs nació en un pueblo alemán, de nombre Wachtendonk, a mediados del siglo pasado. Su carrera académica le llevó a estudiar filología inglesa y española en la Universidad de Bonn y, desde entonces, ha publicado más de una decena de títulos ambientados entre la novela histórica y la novela negra.

Novelas de Gisbert Haefs
Y aquí los tres libros en cuestión. Un poquito estropeados, pero el tiempo no pasa en balde, y menos para el papel.


Acerté con los títulos de Alejandro, pero con Aníbal descubrí una de mis novelas favoritas: quizás la que más. Incluso pasados tantos años desde la primera vez en que la leyera, me atrevo a decir que es perfecta. Todo en la novela está extremadamente cuidado, desde la coherencia con las fuentes históricas de los hechos relatados (para los que hay muchas, y por tanto muy poco margen para improvisar), como en la concepción de los personajes. Su protagonista, Antígono (el entrañable Tigo), banquero personal de la familia de los Barca, es uno de los mejores personajes ficticios que, desde mi punto de vista, se hayan escrito en cuanto a novela histórica se refiere. Quedé tan cautivado por esta novela, que reconozco que desde entonces me resisto a leer otra que se centre en la figura del general cartaginés por temor a que me decepcione. La obra de Haefs funcionó en mí como si hubiera apretado un resorte hasta entonces desconocido. Desde el mismo instante en el que la terminé, comencé a documentarme a conciencia acerca de la vida y los hechos de este injustamente tratado referente histórico del mundo mediterráneo. Un hombre que, casi él solo, fue capaz de hacer temblar un emergente imperio romano. Un hombre que, de haber conseguido su propósito, hubiera podido cambiar la historia para siempre. Pero, como siempre es el vencedor quien escribe la historia, hasta nosotros ha llegado una imagen suya distorsionada por la visión de los historiadores latinos de la época, sus enemigos. Así, durante siglos se tuvo a Aníbal como a un ser despreciable, pendenciero, codicioso, traicionero y cruel. Recomiendo, al que no lo haya hecho ya y esté interesado en la figura de este estadista púnico, leer la obra del profesor Serge Lancel, acerca de la vida de este personaje y su tiempo; creo que el propio Gisbert Haefs debió de tenerla en cuenta para su novela.

2-. Rebecca Gablé


No fue hasta hace poco tiempo que supe que el nombre de Rebecca Gablé era el pseudónimo que utilizaba la alemana Ingrid Krane-Müschen para firmar la mayor parte de su obra literaria. Inicialmente dedicada a la banca, escribía en su tiempo libre, pero pasado el tiempo decidió abandonar su actividad laboral para estudiar literatura alemana e inglesa, especializándose en la época medieval. A partir de entonces se ha dedicado de pleno a la escritura.

Tan solo he leído tres de sus novelas, por encontrarse la mayor parte de las demás en su lengua nativa, el alemán, pero he quedado gratamente sorprendido con cada una de ellas. La primera, titulada "El segundo reino" la compré porque me parecía interesante ver cómo abordaba la conquista normanda de Inglaterra, pero no contaba con demasiadas expectativas. La última novela que había leído sobre el tema, "El último rey inglés", no había conseguido engancharme. Muy al contrario, esta novela de Rebecca Gablé me resultó una agradabilísima sorpresa. Desde su personaje principal, Caedmon, el Ealdorman anglosajón, hasta su manera de reflejar la sociedades normanda y anglosajona de la época, con sus múltiples conflictos y peculiaridades. Una novela estupenda cuya continuación, "El traductor del rey", no desmerece en absoluto. Las recomiendo sin lugar a dudas.

Novelas de Rebecca Gablé
Y los de Rebecca Gablé.


Por último, pude hacerme con un volumen de "El rey de la ciudad púrpura", su último título disponible en castellano (o eso creo). Una fantástica novela que, por diversas similitudes podría recordarnos vagamente a los Pilares de la Tierra (así como desde mi punto de vista sucede con la estupenda novela de Daniel Wolf "La sal de la tierra"). En definitiva, una deliciosa novela acerca del día a día de una familia de comerciantes en la ciudad de Londres del siglo XIV.

3-. Alexandre Dumas.


Sí, Alexandre Dumas, con todos sus aciertos y errores. No cambio "los tres mosqueteros" y sus continuaciones por casi ninguna otra lectura. Y todo ello pese a que reconozco que en ocasiones he tratado de leer otras novelas de Dumas, y he pensado que cualquier parecido con la serie de D'Artagnan y los suyos es mera coincidencia.

Una obra cuya naturaleza folletinesca no debe ocultarnos el enorme valor que representan para la novela histórica las andanzas de los cuatro mosqueteros más famosos de la literatura universal. Una obra que inauguró el formato de folletín para el que fue diseñado por su creador. Las aventuras de "capa y espada" le deben a esta novela su origen.

Hace unas semanas publicó Pérez Reverte un artículo acerca de esta serie, y no puedo estar más de acuerdo con cada una de las aseveraciones que apunta. Desde mi prisma, nunca he leído unos personajes más humanos, con los que puedas empatizar tanto a medida que las vicisitudes se suceden a lo largo de una trama de más de treinta años. En los que, en parte, perdonas a Dumas sus múltiples atentados que realiza contra la historia (como él mismo decía: en ocasiones violo la historia, ¿pero a que hago unas criaturas preciosas?).

Novelas de Alexandre Dumas
Los tres mosqueteros... Sobran comentarios de las ediciones de "Veinte años después" y "El vizconde de Bragelonne".


Si alguien desconoce que las vidas de Athos, Porthos, Aramis y D'Artagnan continúan en tres nuevos volúmenes de dimensiones "bíblicas", les recomiendo que se hagan con ellos (si los encuentran). No se arrepentirán. Podrán conocer a unos personajes que han dejado atrás su juventud, en algunos casos incluso los sueños que en ella los dominaban. Sus vidas y sus personalidades han sufrido el rigor del paso del tiempo, de las luchas, de las intrigas, de las envidias; modelando sus comportamientos como si lo hubiera hecho el inclemente mazo de un herrero. Pero, pese a todo, pese a que en ocasiones ni tan siquiera se encuentren en el mismo bando, no podrán escapar al fuerte lazo que ha forjado una amistad tan profunda como la que han disfrutado desde que el joven D'Artagnan no era más que un mozalbete desgarbado a lomos de un jamelgo amarillo que recorría el camino hacia París con la esperanza de convertirse en mosquetero del Rey Luis XIII. Si él hubiera sabido que terminaría por ocupar el lugar de su admirado Monseiur de Treville años después...

Para finalizar, me gustaría nombrar algunos otros autores/as internacionales que ocupan un lugar privilegiado en mi biblioteca, como son los también alemanes Tessa Korber (El médico del emperador, La reina de Saba), Frank Baer (El puente de Alcántara) y Daniel Wolf ( La sal de la tierra), o el libanés Amin Maalouf (León el africano) y la italiana Mariangela Cerrino (Rasna, el pueblo olvidado). Además de los archiconocidos italianos Valerio Manfredi o Umberto Eco, y el finés Mika Waltari.

Otras novelas de autores internaciones
Algunos de los títulos comentados.


¿Has leído alguna de las novelas citadas? ¿Coincides en mis impresiones? Si quieres recomendarme alguna más, sería estupendo.





lunes, 26 de junio de 2017

El muro de Adriano. ¿Quo vadis, Jon Snow?



Cuando era pequeño, mi vida cambió el día en el que el comercial de Larousse se presentó en mi casa asegurando a mis padres que no tenían la enciclopedia completa de la editorial. Sus "volúmenes especiales" incluían un Atlas Histórico. Con el paso de los años resultó, sin duda, el tomo más hojeado (o manoseado, como da fe su pésimo estado de conservación) y amortizado de la colección. Después de ese he comprado numerosos atlas históricos, pero aquel siempre tendrá para mí un encanto especial. En él vi por primera vez las fotos de determinados lugares y monumentos que me impactaron, en una época en la que para encontrarlas no podías recurrir a Internet, sino como mucho a una revista de viajes o a las "Ronda" de Iberia. Una lotería.

Entre ellas, hubo tres imágenes que me llamaron especialmente la atención, y enseguida añadí a mi lista mental de lugares por visitar.

La primera fue la de la abadía de Mont Saint Michel, levantada en un islote rocoso que, durante la marea alta, queda aislado del continente. Para unos bretona, para otros normanda, ambas regiones francesas se la disputan. Declarada Patrimonio de la Humanidad en el año 1979, su origen se remonta al siglo VIII, pero es a partir del siglo X, cuando los monjes benedictinos se instalaron en ella. Todo lo que diga de esta obra de arte es quedarse corto. Ya lo dijo Victor Hugo: "la Abadía de Mont Saint Michel es a Francia lo que la Gran Pirámide a Egipto".

Mont Saint Michel
Mont Saint Michel


En la segunda aparecía el Pont du Gard. El puente sobre el río Gard, como también se llama a este impresionantemente bien conservado tramo de acueducto romano. Se sitúa en los alrededores de la ciudad francesa de Nimes, cerca de la preciosa villa de Uzès. Una obra de ingeniería romana de casi dos mil años cuyo aspecto actual parece hacernos retroceder en el tiempo hasta el momento en el que fue construido para proveer de agua a la ciudad de Nemausus (Nimes). Al igual que en el caso anterior, también fue declarado Patrimonio de la Humanidad; esta vez, en el año 1985. Si nos atenemos a algunas de las curiosidades que se mencionan acerca de él, para la construcción de sus cincuenta kilómetros de recorrido -con casi cincuenta metros de alto en algunas secciones, y doce de desnivel-, se debió emplear una mano de obra de más de 1000 personas trabajando a destajo durante unos cinco años. Darse un chapuzón en el Gard bajo la sobrecogedora estampa del acueducto es sin duda mucho mejor que ver la escena en una página a todo color.

Pont du Gard
Pont du Gard


Y la tercera fotografía mostraba el único de estos emplazamientos que aún me queda por visitar: el muro de Adriano.

Este mismo año tenía planeado darme un salto con la familia y unos amigos, pero quizás lo que a mí me resulta interesante no lo sea tanto para  dos pequeños "vándalos" de cinco años. Así que, teniendo en cuenta además las horas de trayecto que lo separan de Edimburgo, no me queda más remedio que retrasarlo hasta otra ocasión más propicia. Mejor; así tendré tiempo para sacar el físico suficiente como para hacer en bici la ruta que discurre por los casi 120 km que recorría la descomunal construcción entre Carlisle y Newcastle. sus extremos.

Vayamos por partes:

¿Qué era?


El muro de Adriano era lo que en su momento se denominaba "Limes" en la concepción administrativa romana del imperio. Se trataba por tanto de una frontera fortificada y militarizada, pero más corta y férrea que las que podían encontrarse en el Danubio o en el Rin, por poner dos ejemplos. Una frontera fortificada lineal, trazada de costa a costa aprovechando la "estrechez" de la isla de Britannia en el antiguo límite con las tierras pictas y brigantes, tribus ajenas entonces (y por siempre) al yugo de Roma.

Como no podía ser de otra manera, visto su nombre, fue el emperador Adriano (hispano de nacimiento) el que promovió su construcción durante su visita a la isla en el año 122 de nuestra era; la que conllevó seis largos años de trabajo para unos quince mil hombres. Después de su muerte, Antonino Pío (vaya casualidad, nacido en Nemausus), su sucesor, comenzó la construcción de otro muro situado más al norte, mucho más corto en extensión (poco más de 50 km) y frágil, pues en gran parte fue levantado utilizando turba y tierra. Este último se abandonaría a los pocos años de su levantamiento, no como el edificado en tiempos de Adriano.

Casi ciento veinte kilómetros de muralla salpicada por fuertes militares (14) y fortines (80), situados a una distancia entre ellos de una milla romana. Además, todos ellos se encontraban unidos por un camino militar, y protegidos en su cara norte por un vallum o foso. En cada uno de ellos se abría una puerta que comunicaba el mundo romanizado con los "salvajes" del norte. 

¿Para qué se construyó?


Como todos los limes de Roma, su objetivo era limitar el acceso a territorio imperial de los extranjeros, así como fiscalizar las actuaciones comerciales entre ambas zonas. Tanto los comerciantes del norte del muro como los romanos debían pasar por ella para realizar sus transacciones, lo que suponía una estupenda medida para que la administración imperial pudiera recabar los consiguientes impuestos sobre la mercancía. Una medida económica que sí logró su objetivo, porque desde el punto de vista militar, este limes nunca se dotó hombres suficientes como para que la fortificación representara una defensa insalvable para las tribus norteñas, que la traspasaron en varias ocasiones a lo largo de los siglos.

¿Cuándo se abandonó?


El repliegue definitivo de las tropas imperiales acantonadas en la isla desde su conquista, como ya vimos en este post, tuvo lugar entre los siglos IV y V. Si en el año 409 se marchan a luchar en el continente los últimos legionarios acuartelados en Britannia, se estima que los fuertes y fortines de la frontera septentrional ya se habrían abandonado entre los años 389 y 390. A partir de ese momento, algunas de estas estructuras defensivas volvieron a ser ocupadas, en este caso por tropas, hombres y familias de las diferentes confederaciones o reinos "indígenas" que comenzaron a proliferar en la tierra que Roma conquistara más de tres siglos atrás.

Muro de Adriano
Sección del Muro

Algunas novelas históricas que se desarrollan en este escenario.


El Muro ha supuesto un tema de interés recurrente para muchas personas, entre ellos destacados novelistas que han desarrollado sus historias al amparo de la sombra de estos muros. Ahora mismo me vienen a la cabeza unos cuantos títulos de los que se encuentran en mi biblioteca, como son:

- El águila de la novena legión: ópera prima de la escritora inglesa Rosemary Sutcliff (ya fallecida). Narra las aventuras de dos jóvenes que atraviesan el Muro hacia las desconocidas tierras norteñas, en busca del estandarte perdido de la Novena Legión Hispana. Este, un águila de plata, había desaparecido años antes junto con la totalidad de los hombres que integraban esta unidad militar.

- El usurpador del imperio: otra novela de la misma autora. En esta ocasión recrea los difíciles tiempos que pasó la isla a lo largo del siglo III, en el que se suceden las intrigas, las guerras civiles y las traiciones. En ella recrea personajes históricos como Carausio o Alecto, gobernadores de Britannia.

- El muro de Adriano, del alemán William Dietrich. En ella se recrea la vida en el Muro de las últimas tropas romas que se hicieron cargo de la fortificación en el siglo IV.

- La leyenda de Britannia,  de Antonio E. Castillo, en la que se cuentan las aventuras de un joven sajón que llega a la isla britana en el siglo III. En su deambular por la provincia también accede a las cercanías del Muro.

Si he de recomendar alguna, me quedo con la primera. Pero, como siempre, se impone para ello la subjetividad.

¿Y alguna no histórica?


Yo fui uno de lo que no había comenzado a leer las novelas de George R. Martin, cuando vi la primera temporada de la serie Juego de Tronos. No tenía ni idea de quién era el autor, pero en cuanto terminé de ver el primer capítulo pensé: "eso es el Muro de Adriano, seguro". Y no iba muy desencaminado, pues lo pude confirmar poco después en cuanto me interesé por el autor. En una entrevista concedida a la revista Rolling Stone,  George R. Martin, en relación a su serie "Canción de hielo y fuego", recordaba sus sensaciones en el año 1981, cuando visitó las ruinas del Muro de Adriano. En ella, dijo lo siguiente: "me subí e intenté imaginarme cómo debería sentirse un legionario romano, vigilando esas lejanas colinas. Para ellos era el final de una civilización (...) podría haber cualquier tipo de monstruo allí. Lo sentí como una barrera frente a unas fuerzas oscuras, y me dejó una semilla. Pero cuando escribes fantasía, todo es mayor y más colorido, así que tomé el Muro y lo hice tres veces más largo, de doscientos metros de alto, y de hielo.

Así que, Ioannes Nix, has encontrado tu limes... :)

Cuando al fin lo visite, prometo dedicarle un post como se merece. ¿Y tú, tienes algún escenario con historia entre tu lista de lugares pendientes de visitar?